
Entrevista de Sebastiaan Faber
Profesor de Estudios Hispánicos en Oberlin College, Ohio.

Hay un fenómeno raro que es particularmente nocivo para el periodismo y los libros de texto. Muchas veces, la versión resumida de un acontecimiento –por más cuidadosa que sea– acaba invirtiendo el significado real de ese mismo acontecimiento. Un resumen, en otras palabras, es casi siempre una falsificación. Puede servir como un primer paso en el proceso de comprensión, claro. Pero no puede sustituirla. Es más, si la comprensión se produce de verdad, el resumen ha de quedar descartado como se descartan los andamios una vez construido un edificio.
El problema del periodismo no solo es que se dedica, por fuerza, a resumir las cosas, sino que incluso sus lectores más afanados –las y los más empeñados en comprender qué pasa en el mundo– estarán condenados a quedarse con la versión sinopsis en la mayoría de los temas. Y, por tanto, estarán mal informados.
Así, un resumen fidedigno de la guerra entre Estados Unidos e Irán concluirá sin lugar a duda que Estados Unidos la está perdiendo. Provocó el conflicto sin necesidad; malgastó sus municiones; no previó que Irán cerrara el estrecho de Ormuz; dañó su prestigio y su relación con importantes aliados; y acabó por reforzar el mismo régimen que quiso derrocar. Y, sin embargo, por debajo de esa primera capa de la realidad geopolítica hay otra en la que los papeles se invierten.
“La guerra en Irán es, entre otras muchas cosas, un juego de trileros de primer orden”, escribe el economista Juan Torres López (Granada, 1954) en La guerra en Irán (Escritos Contextatarios).

“Sus directos responsables se empeñan en que la gente mire hacia donde les conviene para ocultar lo que verdaderamente está ocurriendo”.
Los procesos de fondo que produjeron el conflicto, afirma Torres, son cuatro: “El declive hegemónico de Estados Unidos, el ascenso de China, la fragilidad del sistema financiero global y el vacío de gobernanza internacional”. También son duraderos. No por nada el libro se subtitula Lo que hay detrás, qué viene después.
La línea argumental es, resumidamente (!), la siguiente. La primera lectura es que Estados Unidos está perdiendo una guerra caprichosa que ya ha causado un vasto daño humano por todo el planeta. La segunda, que está sacando importantes ventajas económicas y geoestratégicas y la tercera, que estas ventajas resultan de corto plazo, incapaces de frenar la decadencia de un imperio condenado a perder su hegemonía. Si Estados Unidos hoy se empeña, desesperadamente, en usar la guerra para rediseñar el espacio geoestratégico –y el mapa energético mundial– es porque busca posponer lo inevitable. “Lo que está haciendo Estados Unidos en el Golfo Pérsico”, en fin, “no es una demostración de su poder. Es, en realidad, una muestra de su fragilidad y vulnerabilidad”.
El diagnóstico que nos proporciona Torres del conflicto provocado por Estados Unidos a instancias de Israel no es optimista. Pero tampoco le falta esperanza. Hay que trabajar, ante todo, por parar las hostilidades. “Hablar de construir la paz en un momento como este puede sonar a ingenuidad o a retórica vacía”, dice, pero no cuando con ello se refiere a “algo más modesto y más real”: “No la ausencia de conflicto, sino la capacidad de gestionar los conflictos sin recurrir a la violencia”. En este caso, hay tres pasos urgentes: “Abrir canales de negociación que incluyan a todos los actores con capacidad de bloquear cualquier acuerdo”, incluidos China, Rusia y los países del Sur; “construir mecanismos de seguridad colectiva en el Golfo que no dependan de la hegemonía unilateral de ninguna potencia” y “trabajar por el reconocimiento de que el estrecho de Ormuz es un bien común”.
Torres López, que ejerció de catedrático de Economía aplicada en la Universidad de Sevilla, es autor de más de veinte libros, incluidos Economía para no dejarse engañar por los economistas, La renta básica y Cómo sobrevivir al trumpismo y a la economía de la motosierra, editados por Deusto. Algunos lo conocerán por sus columnas en estas páginas; otros, por haber sido coautor, con Vicenç Navarro, de un documento de debate para la elaboración del primer programa económico de Podemos, allá por 2014. Hablamos a mediados de septiembre.
Siempre es un riesgo publicar un libro sobre un acontecimiento en curso. Finalizó el manuscrito en junio; su libro ha tardado tres meses en salir. ¿Qué ha pasado en el ínterin?
Se ha rebajado la intensidad del conflicto, probablemente por las limitaciones armamentísticas de Estados Unidos. Por lo demás, se confirma el fracaso norteamericano. Si Estados Unidos tuvo como objetivo acorralar a China en el plano energético, por ejemplo, parece que China ha llevado la presión con enorme éxito. Incluso puede haber salido reforzada. Sin ir más lejos, está hoy condicionando los precios del petróleo.
En términos futbolísticos, ¿podemos decir que EE.UU. ha apostado por una táctica de presión alta y China se ha mostrado lo bastante hábil como para saltársela y pillarles a los norteamericanos con la defensa en mínimos?
Estados Unidos, impelido a jugar al corto plazo, es como un equipo de fútbol que tiene la obligación de salir a colar un gol cuanto antes, porque sabe que tiene un equipo enfrente con una capacidad física mucho mayor, que se puede permitir agotar los 90 minutos. Es lo que le ocurre a China. Pero Estados Unidos no se acaba de enterar. Se equivoca constantemente. Si seguimos con la metáfora futbolística, EE.UU. es un equipo que se formó hace años y que está en sus últimos momentos. China, en cambio, tiene gente joven. Estados Unidos manifiesta el comportamiento típico de un imperio en declive, mal dirigido además por un entrenador compulsivo, histérico. Quiere llevar a sus jugadores de una manera mucho más intensa de lo que pueden dar.
Su libro es combativo. No solo desentraña una realidad bélica compleja, sino que hace un llamamiento por la paz.
Es un libro de batalla, sí, escrito desde la conciencia de que hay industrias, empresarios y autócratas que, por avaricia, ya tienen como única apuesta la guerra. Durante muchos años, el equilibrio de fuerzas que había dentro de –y entre– las naciones obligaba a hablar de paz, de la forma que fuera. Ya no. Hoy, ya es explícita la apuesta por el conflicto, por la polarización y por la violencia. Una apuesta, en fin, por la muerte y por la destrucción de la sociedad. Creo que hay que hablar en contra de eso.
Su libro me ha dejado con una duda. En el análisis geopolítico, los actores protagonistas suelen ser los Estados-nación. Sube China; baja Estados Unidos; se intenta aprovechar Rusia, etcétera. Pero ¿cómo damos cuenta de actores infra-nacionales –la ultraderecha en Alemania, digamos, o el poder judicial en España– y de actores supra-nacionales? Empresas como Apple o Meta o Palantir son mucho más poderosas que muchos Estados –¡a los que tienen, de hecho, como clientes!–, por más que algunas ahora quieran presumir de “patrióticas”.

El tema de los actores supranacionales que se imponen sobre los gobiernos viene de hace algunas décadas. Es producto de la desaparición de los controles sobre el capital, del desmantelamiento de los derechos laborales y de la ingente concentración de la riqueza y el poder político de las grandes corporaciones. Esto, a su vez, ha provocado una brutal fragmentación social y el cambio del alma de los sujetos, como pidió Thatcher, para convertirlos en átomos incapaces de percibir su ser social y, por tanto, de defenderse ante la desposesión que les supone todo eso.
¿Qué quiere decir con esto?
Hasta hace cuatro o cinco décadas era relativamente fácil modelizar el comportamiento de los vectores de fuerza que intervenían en la vida social, política o comercial. Pero en los últimos años hemos presenciado una profunda metamorfosis de estos sujetos. Y el poder de los gobiernos se ha resentido de una manera extraordinaria.
¿Y los actores infranacionales?
Muchas instituciones que antes tenían una posición claramente subordinada han empezado a cobrar una presencia extraordinaria como operadores políticos directos. No solo está ocurriendo eso con el Poder Judicial en España. En otros muchísimos países se ve cómo los poderes del Estado comienzan a ser poderes autónomos en el Estado. Pero estos fenómenos se están produciendo de una manera muy asimétrica en el mundo. China, por ejemplo, responde a una lógica diferente. Creo percibir que su gobierno opera con una capacidad de intervención mucho mayor, porque allí el Estado no se ha fragmentado tanto.
En su libro, mantiene que el mundo está viviendo un momento de degeneración, o al menos de transformación, que resulta sumamente peligroso. ¿A qué se debe?
A veces digo que el neoliberalismo está a punto de matar al capitalismo de empacho. Es tan enorme lo que se está tragando que puede explotar.
A estas alturas, ¿es posible que un hegemón colapse sin que lo haga todo el sistema? China puede estar en auge, ¿pero se puede permitir que la economía de EE.UU. se hunda?
Claro que no. Hace cosa de 20 años escribí un artículo que se difundió mucho en que decía que había ocurrido lo nunca visto: el Comité Central de un Partido Comunista –el de China– tenía al alcance de la mano hundir a Estados Unidos. Porque ya entonces China tenía una cantidad de deuda de Estados Unidos tan inmensa que si la ponía en el mercado, EE.UU. se hundía. Pero claro, se hundiría también la propia China.
Esto no deja de ser una situación típica de los sistemas complejos. Cómo estos sistemas se mantienen en pie –y sobre todo, cómo se hunden– es algo que está bastante estudiado. En este tema, la izquierda suele quedarse estancada en una herencia del mecanicismo lineal decimonónico. Desafortunadamente, porque el tema es muy importante. Por un lado, estos sistemas tienen una tendencia al desequilibrio permanente: al caos, al desorden, a la desintegración, a la ruptura, a la quiebra, a la tensión, a la fractura, al exceso. Por otro, esos mismos rasgos se convierten en factores que refuerzan el sistema. Los procesos, en otras palabras, nunca son lineales. En la izquierda, aún hay personas que creen que podemos analizar la evolución de la sociedad y del sistema capitalista como si fuera la de fichas del dominó que se empujan una a otra y van cayendo. Y, por tanto, que la caída de Estados Unidos llevará al ascenso de China. Las cosas no funcionan de una forma tan simple. Lo que sí estamos viendo es una modificación de los grandes vectores de los que depende el funcionamiento del mundo.
Explica en su libro que Estados Unidos solo puede permitirse una deuda nacional ingente porque el dólar es la moneda de referencia de la economía global. ¿Se acerca el momento en que deje de serlo?
No. Pero, fíjate, no por la salud financiera de Estados Unidos, su industria y su comercio, ni por su potencia política. El dólar se mantendrá como moneda de referencia porque EE.UU. tiene 800 bases militares en el mundo.
En cambio, afirma que EE.UU. puede dejar de ser un imperio.
Sí. Para mí, la clave del declive de Estados Unidos es industrial. Y yo diría que es radicalmente imposible que Estados Unidos vuelva a tener la malla industrial sobre la cual se puede consolidar una potencia imperial. China, en cambio, combina su avance industrial –muy visible– con un avance militar extraordinario, mucho menos visible, pero no por ello menos real.
Al mismo tiempo, mantiene que la situación es altamente impredecible.
Y lo es cada vez más. La situación de tensión interna, de desequilibrio, es tan permanente e intensa, y afecta a tantos sectores, que el riesgo de que algo ocurra que contamine al conjunto del sistema es muy alto. Claro que hay impactos y shocks constantes, es inevitable. El problema es que la fragilidad sistémica es tal que cualquiera puede producir un colapso. Es como si el suelo que pisamos se estuviera quedando cada vez más débil.
Si Estados Unidos o la Unión Europea tuvieran mejores líderes, ¿cree que nos podríamos alejar un poco del abismo en lugar de acercarnos a él?
No creo que sea un problema de liderazgo. El tipo de cambio que se necesita es de carácter más sistémico. Biden representó algo diferente en Estados Unidos, pero fue también la mecha que generó en gran parte la guerra en Ucrania. El problema no es que haya un autócrata en un país muy poderoso que está creando un desorden. Es que el poder económico se ha concentrado tanto, que lo que pueden hacer estos grandes grupos con la cantidad de dinero que tienen es tan ingente que para mucha gente resulta difícil de asumir.
Sin embargo, insiste en que hay alternativas. “Si el problema no es la naturaleza humana”, escribe, “sino un sistema de incentivos que la deforma, entonces el sistema puede cambiarse”.
El problema es el desmantelamiento, la destrucción de la sociedad, que ha producido el neoliberalismo. Margaret Thatcher decía que no había sociedad, sino solo individuos y familias, cuando la verdad es que es la sociedad la que hace que los seres humanos seamos seres morales y sociales –y que podamos ser dueños de nuestro destino–. Por tanto, insisto en que no es una cuestión de liderazgo, sino de cambio social. De cambio personal y colectivo. A nivel de especie, me atrevería a decir.
Fuente: Ctxt

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