
Periodista nacida en Buenos Aires y actualmente residente en Madrid.
Tras décadas de neoliberalismo y destrucción del Estado benefactor, las protestas en Francia, España, Italia o Albania forman parte de un nuevo movimiento de la juventud europea que hace un cuestionamiento total del sistema.

Una rebelión juvenil está sacudiendo Europa. Tiene su corazón en Francia, y se contagia: ocupaciones de escuelas en Italia, acampadas por la vivienda en Portugal y Grecia y una revuelta estudiantil en Albania con enorme radicalidad. Son tiempos acelerados, mientras aquí –desde Madrid a Barcelona, de Sevilla a Bilbao– transitamos el camino de la movilización por la vivienda hacia la huelga general.
La Europa de la guerra y las fronteras se resquebraja, con derechas radicales acechando el poder y partidos del extremo centro político neoliberal arrastrando crisis incurables. En medio de ese devenir distópico, surge algo nuevo que cambia el tablero político: una fuerza juvenil que emerge desde abajo y muestra la potencialidad de la lucha de clases para transformarlo todo. La juventud no era toda de derechas.
Este 17 de octubre, se vivieron jornadas en Francia que, si buscamos un símil histórico, remiten a la noche de las barricadas de mayo de 1968, con barricadas episódicas en decenas de ciudades, movilizaciones de hasta 800.000 personas, y una enorme resistencia juvenil durante horas, que desbordó a las fuerzas policiales. El Estado acosado, escenas de furia callejera. Desde entonces, la gran prensa del establishment se concentra en atacar y criminalizar a los “bárbaros”, transformar a los manifestantes en delincuentes o “infiltrados”, para justificar al “partido del orden”. Quieren enterrar bajo gritos securitarios la evidencia de que esa rabia callejera es producto de la acumulación de agravios y descontentos provocados por ellos mismos. Los costos de más de 40 años de neoliberalismo en las vidas de jóvenes que son hijos inesperados de la crisis del 2008. Los que fueron catalogados como la generación de “cristal” eran la generación de los espejos rotos, los que no se reconocen en el reflejo astillado que les ofrece un sistema en decadencia. Son los hijos de un mundo marcado por las crisis, la precariedad y las guerras.
Alexis Durey es estudiante en la Universidad París 8 y trabaja como auxiliar en el instituto Paul Éluard, en Saint Denis, corazón de la revuelta estudiantil. Es referente de la agrupación juvenil Le Poing Levé [El Puño en Alto], a la que numerosos medios franceses señalan con una presencia destacada en las movilizaciones y las asambleas. “Al principio, cuando arrancó el movimiento, empezó en la juventud popular de los barrios de la periferia de París. Fue un rechazo al trato racista hacia esta juventud. Donde yo trabajo, en el instituto Paul Éluard, por ejemplo, se ve ese racismo: las condiciones son muy graves, las instalaciones están muy mal, y además hay una selección muy racista para ir a la universidad”, afirma. “El movimiento rechaza una plataforma de selección que se llama Parcoursup, que está en el centro de sus reivindicaciones. Pero lo que es muy interesante ahora es que toda la juventud del país entró en la lucha: la de zonas rurales y la de las pequeñas ciudades, pero también la del centro de las grandes ciudades más ricas. Ahora hay una unidad de toda la juventud del país que está en lucha”.
Detrás de las postales de la revuelta, del fuego en el Ayuntamiento de Limoges, hay algo nuevo para tomar nota. En varias ciudades comenzaron a gestarse polos de confluencias entre trabajadores y estudiantes. Ferroviarios que se acercaron al instituto Paul Éluard para hacer un “cordón humano” y proteger a los estudiantes de la represión, junto con profesores y personal auxiliar. Escenas similares en Le Havre, o en Toulouse. Ahí, a pequeña escala por ahora, se encuentra el mayor peligro para las clases dominantes. Si esa confluencia logra desplegarse, consolidarse y estructurarse en nuevas formas de comunidad y nucleamientos entre sectores juveniles, de la clase obrera y sectores populares desde abajo, el sistema puede temblar. Juan Chingo señala en este artículo que esta nueva generación “se nutre de las experiencias de una década de lucha de clases y exige el derecho a vivir de forma diferente. La autoorganización y la consolidación de una alianza con el movimiento obrero pueden transformar este impulso en una contraofensiva contra Macron y su agenda de austeridad”.
Hay imaginarios rojos en esta revuelta juvenil europea. Las barricadas frente al Hôtel de Ville, sede de la Comuna de París en 1871. Una orquesta entonando La Marsellesa y La Internacional cerca de las barricadas de Lyon. En el norte italiano, las movilizaciones juveniles en Milán y Turín, ecos del otoño caliente que comenzó también con radicalidad estudiantil. En Lisboa se canta Grândola, Vila Morena, banda de sonido de la Revolución de los Claveles. En mis redes sociales aparece una piba (¿tendrá 17 años?) en Albania, con el rostro cubierto. Le preguntan por qué están luchando. Y dice: “Queremos la revolución”. Son postales fragmentarias, que componen un movimiento que ya atraviesa las fronteras, estalla en los muros de Instagram, repica sus campanadas entre TikTok y las calles.
Así lo ve Alexis Durey: “Lo que me parece muy interesante es que hay un imaginario revolucionario que se expresa de manera muy fuerte en todos los sectores de la juventud. Hay un montón de pancartas en las manifestaciones que hablan de Mayo del 68 y que dicen que vamos a hacer nuestro propio mayo del 68, o que vamos a tomar la Bastilla, como hicieron los franceses en la primera revolución burguesa. Creo que eso dice algo de nuestra generación: es una generación que entiende que no podemos esperar nada de este sistema, y esta revuelta plantea que el problema no es solo una ley, el problema es el sistema. Nuestra generación está muy politizada: los alumnos hablan de Palestina, hablan de la extrema derecha, encuentran relaciones entre los edificios de mierda que tenemos para estudiar y la cuestión militar, porque todo el dinero del gobierno va a los misiles. Esas me parecen las cosas que están en el centro de la revuelta”.
Hasta hace unos meses, lo que ocupaba la escena era el crecimiento de las derechas y la aparición de personajes aún más siniestros y más radicales, a la derecha de las extremas derechas (pienso en Vannacci en Italia, en Zemmour en Francia). La crisis de los gobiernos del centro, lo que podemos definir como una polarización asimétrica, inclinada hacia la derecha, con fuerzas como Alternativa por Alemania, Reform en Reino Unido, Vox aquí. Son proyectos de un neoliberalismo autoritario que busca arrasar con todo. Frederik Lordon escribía hace unos días que después de 40 años de neoliberalismo, la prepotencia del capital financiero, destruyendo todas las mediaciones del viejo Estado benefactor, está generando como contraparte un nuevo movimiento juvenil que hace un cuestionamiento TOTAL. Un gran rechazo, que va más allá de lo puntual.
Si nos preguntamos por las causas profundas detrás de esto, encontramos múltiples razones: precariedad, sufrimiento mental, pandemia, crisis habitacional, deterioro de la sanidad y la educación, catástrofe climática. Pero hay algo más integral que da forma a la nueva crisis. El proyecto europeo de “concordia” y “valores democráticos”, esa Europa ilustrada que se erigió en “jardín moral” de Occidente ya no existe más. La vieja Europa resurge como zombi, habla a las nuevas generaciones con el lenguaje de la guerra y les pide “sacrificios” en el altar del rearme. Financial Times describió hace unos días la situación con un título demoledor: “Francia, entre la deuda y las barricadas”. Una crisis estructural ha quebrado el modelo capitalista alemán, que ya no cuenta con el gas barato ruso, ni el paraguas militar estadounidense, mientras China le gana la carrera con sus coches eléctricos. Las potencias europeas avanzan sonámbulas hacia la crisis y pisan el acelerador del rearme como única salida hacia adelante. No hay ningún proyecto europeo. Hay potencias imperiales en decadencia, atrapadas en las tensiones geopolíticas de la nueva época, que quieren armarse hasta los dientes. Esas clases dominantes hoy miran a los pibes de 12 y 13 años como la carne de cañón de sus próximas guerras. Frente a todo eso se levanta una nueva generación. No quieren aceptar ese futuro.
Natalia Lago es una de las estudiantes de la Universidad Complutense de Madrid que fue golpeada por la policía dentro del campus, mientras hacían un piquete informativo para apoyar la huelga educativa. “El 14 de octubre, el día de la huelga educativa, nos metieron una paliza salvaje a las estudiantes y profesoras que estábamos haciendo un piquete de huelga. Pero si hacen eso es porque nos temen, porque temen a una juventud que acampa por Maricarmen, que está saliendo a las calles, que hace una enorme huelga educativa y que se empieza a preparar para que el 11 de noviembre, el día de la huelga general, sea una huelga de verdad y construida desde abajo”, señala.
Lago reflexiona sobre un movimiento internacional: “Somos muy conscientes de que formamos parte de toda una juventud que se está rebelando en toda Europa, en Francia, pero también en Alemania, en Italia, en Albania, en Grecia, en Portugal. Y desde aquí queremos decir que tenemos un enorme orgullo, porque es una juventud que no pelea solo contra una ley o contra un ataque, sino contra todo un sistema que nos condena a la precariedad, que desfinancia nuestra educación y que no nos permite acceder a la vivienda, mientras todos los gobiernos, sean del color que sean, aumentan con millonadas el presupuesto armamentístico al servicio de los intereses imperialistas y capitalistas. Y nosotras no lo vamos a tolerar. Nos roban el futuro, nos quieren mandar a futuras guerras, y no lo vamos a aceptar”.
Nosotros la guerra no la pagamos
Me gusta especialmente la creatividad de los activistas italianos para expresar en la lengua de Dante las consignas que marcan una época. Una asamblea en un instituto en Turín dejó este mensaje: “Lo único que nos ofrecen es ser precarios o llevar un fusil al hombro”. “Soldi alla scuola non alla guerra” [Dinero a la escuela, no a la guerra”]. No quieren ni sus guerras ni su mundo. Leo en las redes sociales otro mensaje contundente. “Si siembran precariedad, explotación, represión y guerras, cosecharán tempestades”.
Laura Colli, joven graduada en economía en Florencia, participó en la ocupación de la Universidad por Palestina hace un año y hoy de nuevo está en las plazas. “Los recortes, los salarios bajos, el rearme y la crisis climática tienen un hilo común: defender las ganancias de las grandes empresas a costa de la juventud y de la clase trabajadora. Por eso la clave es la unidad entre estudiantes y trabajadores, porque los trabajadores pueden bloquear todo el sistema y hacer temblar a los poderosos, como vimos durante la movilización ‘blocchiamo tutto’ del otoño pasado. Por eso ahora preparamos la huelga general del 30 de octubre contra la guerra y contra el rearme. Queremos que sea masiva y que se organice desde abajo, pero que abra una nueva fase de lucha contra el gobierno, contra los recortes y contra la militarización. Hacer como en Francia significa eso: unir a estudiantes y trabajadores. Fin del sistema, para que no sea el fin del mundo”.
La guerra de Ucrania ha transformado el extremo oriental de Europa en una ciénaga descomunal con cientos de miles de muertos y cadáveres, con bandadas de drones acechando desde el cielo. Una guerra de desgaste eterna que ya lleva tres años y ocho meses, chupando miles de millones de euros que se transforman en pólvora, sangre y fango. Un genocidio en Palestina a cielo abierto, con la complicidad de “Occidente” y nuevas tecnologías para asesinar niños en masa. Trump al volante de la Casa Blanca, iniciando nuevas guerras y anexiones neocoloniales en América Latina. Militarismo, presupuestos militares descomunales, mientras la educación y la salud están en crisis. Trabajos de mierda. No poder pagar un alquiler. Intervenciones imperialistas a cielo abierto. Multinacionales que expolian el norte de África, ejércitos que apalean a los migrantes en la frontera. Todo eso genera radicalidad por izquierda. ¿Quién lo hubiera dicho?
Y mientras la derecha y la extrema derecha cuentan con nuevas y viejas representaciones políticas, esa juventud (que es estudiantil y también trabajadora) no la tiene. Porque los gobiernos progresistas votaron los presupuestos militares más altos de la historia reciente. Y quienes prometieron “asaltar los cielos” (¿se acuerdan del tándem Syriza-Podemos hace más de una década?) terminaron administrando migajas. Porque se pelean por ministerios y no por políticas que cambien algo en la vida de millones. En Alemania, Die Linke cosechaba grandes ilusiones juveniles en invierno, y las aplastaba en verano, buscando acuerdos con los neoliberales del SPD, y los guerreristas verdes.
Hay tendencias que van en otro sentido. El 30 de octubre, la USB, los portuarios y el sindicalismo de base italiano convocan una huelga general contra la guerra. Van a confluir con el movimiento estudiantil. Puede ser un nuevo punto de inflexión. El 5 de noviembre, huelga nacional en Francia. El 11 de noviembre, huelga general por la vivienda en el Estado español. Aquí ya están surgiendo comités unitarios en barrios, centros de estudio y lugares de trabajo para construirla desde abajo y preparar también el día después. Esas nuevas formas de organización y coordinación son fundamentales. Porque la lucha sigue, gobierne quien gobierne. Para que las burocracias no transformen una huelga general en un paseo de domingo y una campaña electoral por el “mal menor”. La confluencia entre la juventud y la clase trabajadora no es solo un deseo, sino una pelea concreta.
Se abre una nueva época y la juventud busca perspectivas radicales por izquierda. El Manifiesto Comunista se viraliza en TikTok, una frase de León Trotsky se escucha en RTVE, en boca de un conocido actor español: “Las revoluciones parecen imposibles, hasta que se vuelven inevitables”. Son tiempos nuevos, en los que el pensamiento estratégico resulta imprescindible para que la energía de la movilización no se disipe, ni sea reintegrada en proyectos siempre-más-de-lo-mismo, que permiten que las derechas crezcan y se envalentonen. Son tiempos nuevos: “Si siembran precariedad, explotación, represión y guerras, cosecharán tempestades”. Allá vamos.
Nota de la autora: La que escribe esta crónica cuenta con una ventaja, lo confieso. El testimonio directo de mis compañeras y compañeros de Le Poing Levé en Francia, de las jóvenes de Contracorriente desde la acampada de Sol y Plaza Catalunya, relatos de jóvenes alemanas e italianas de agrupaciones juveniles revolucionarias en esos países. Voces de una juventud que ya no teme soñar con la revolución y quiere transformarlo todo. Bienvenidas.
Fuente: Ctxt

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