“Las mujeres siempre hemos sido un agente secundario en el espacio físico”

Clara Nuño
Clara Nuño

Entrevista de Clara Nuño

Periodista freelance.

Escribía Bruce Chatwin, viajero, novelista y caminante, que el cambio es la única cosa por la que merece la pena vivir y decía que nunca hay que aparcar la vida en un escritorio, que lo único que trae son las úlceras y los problemas cardíacos. Que los grandes males de nuestra civilización son consecuencia del sedentarismo.

La ensayista Adriana Herreros posando en una imagen reciente.
La ensayista Adriana Herreros posando en una imagen reciente.

La suya es una de las múltiples citas sobre el caminar que Adriana Herreros recoge en ‘Andar por andar’ (EnDebate, 2025), un ensayo en el que reivindica el paseo y hace un elogio del caminar como resistencia a una sociedad cada vez más veloz, y también como forma de estar en el mundo, tanto personal como política. En el ensayo Herreros recorre las historias de las mujeres –de alta alcurnia en su mayoría, por motivos evidentes– que se atrevieron a salir a pisar las calles o a pensar sobre ellas y elogia la actividad que enderezó a los primates para convertirlos en humanos. El libro está dedicado a la memoria de una amiga muerta con la que, seguro, Herreros caminó mucho.

Andar por andar.
Andar por andar.

¿Por qué camina Adriana Herreros?

Camino casi siempre por desahogo, para deshacerme de penas y ansiedades. En general, cada vez que siento que algo me atormenta o tengo un día especialmente nervioso, camino. El caminar te quita las angustias. Pero también camino como método básico y fundamental de desplazamiento siempre que puedo. Y, eso, hoy, es un privilegio, porque para caminar necesitas tiempo. Aunque también camino por una tercera y última razón: por curiosidad. 

Son muchos los escritores que han escrito sobre el caminar. En su libro usted cita a varios y, además, este ensayo deviene de una newsletter en la que ya comenzó a tocar los temas que se desarrollan aquí, pero, ¿de dónde le viene el deseo primigenio de pensar sobre algo en lo que tantos han pensado?

Creo que fue con la pandemia o, más bien, con la desescalada de la misma. Como decíamos, yo ya caminaba mucho, pero en ese contexto –cuando lo necesité más que nunca para deshacerme de angustias– empecé a pensar que me apetecía ponerlo por escrito, como si fuera un desahogo.

He leído bastante a esa genealogía de autores y autoras que han tratado el caminar y el camino y traté de buscar respuestas. Ver si a ellos les pasaba lo mismo que a mí. Ahí nació la newsletter, que también surgió de una conversación con una amiga sobre lo desapacibles que son las ciudades y sobre lo difícil que es caminar y encontrar tu sitio, tu espacio físico y tu red, en ellas. Lugares hostiles donde ni siquiera podemos encontrar sitios para llorar y descubrir momentos de placidez. Entonces, ella y yo hablamos de mapear Madrid y los sitios donde podría ser que una pudiera llorar mejor. Es ahí cuando le dije que, con todas las certezas o intuiciones que he ido recabando con las lecturas y las caminatas, –a mí me sucede que al caminar entro en un estado de gracia– podía empezar a escribir, a poner en palabras las certezas que me sobrevenían al mover las piernas.

Siguiendo con el tema; en su ensayo dice que una de las cosas que más nos condiciona es nuestro entorno físico, el lugar en el que estamos, y defiende que las ciudades nacieron para ser vividas. Ahora, en un momento en el que se habla de arquitectura hostil, de bares que ocupan las aceras, de gente a la que expulsan de sus casas al subir los alquileres, ¿en qué estado de salud se encuentran las ciudades para el caminante?

Aunque no se puede generalizar en la totalidad de municipios, porque sí que hay algunas ciudades que están haciendo un ejercicio de repensarse para resultar menos hostiles, yo sí que creo que hoy, por el modelo del diseño de ciudades y de urbanismo del que venimos, las ciudades son hostiles para el peatón. De hecho, me llama bastante la atención que en conversaciones habituales, o incluso en lecturas o en medios, cuando escuchas la palabra accesible se entiende que es accesible al coche. O sea, entiendes que un sitio es accesible porque puedes llegar con tu coche. No se incluye al peatón en ningún caso. Ahora mismo, las ciudades no son buenas para caminar y en el libro incluyo datos que refrendan esta tesis.

Tenemos que luchar por el espacio público, muchos cascos antiguos de nuestras ciudades se han privatizado en un proceso que está llegando casi a la totalidad de nuestras urbes. Tenemos que demandar un espacio físico y ciudadano para las vecinas. Es una demanda muy importante si queremos no solo hacerlas más caminables sino mantener nuestra condición de ciudadanos políticos y sociales. Vivir en ciudades no accesibles, no peatonales, nos atomiza y nos convierte en personas que vivimos al margen de las realidades de nuestros barrios y de lo que ocurre a nuestro alrededor. Yo quería escribir acerca de la necesidad de recuperar el espacio para las vecinas.

Hablemos de mujeres y paseo y lugares restringidos por peligrosos.

Las mujeres siempre hemos sido un agente secundario en el espacio físico. Histórica y culturalmente nos ha estado restringido. A veces, a todas las horas. En muchos momentos de la historia, incluyendo este, en muchas regiones del mundo, a las mujeres les está vetado el salir a caminar. Salir a andar solas en el espacio público. Y yo pensaba, tenía la sensación, que nuestras sociedades occidentales actuales, más privilegiadas y en las que se supone que ya existe cierto consenso acerca de los derechos de la mujer, teníamos ya algunas cosas adquiridas. 

Yo creía que, por lo menos, las chicas más jóvenes se sentían un poco más libres en el espacio físico de lo que yo me había sentido cuando era joven. Y me puse a leer algunos informes y me preocupé: las jóvenes se siguen sintiendo superinseguras en el espacio público. No podemos ser ciudadanas de primera si no tenemos acceso al espacio siempre y en todas las circunstancias.

En el ensayo menciona a figuras como Jane Jacobs, Rebecca Solnit o Virginia Woolf, ¿De qué manera el acto de caminar ha sido, históricamente, una herramienta de emancipación para la mujer?

Si no estás no existes. Y si no existes, no puedes dar voz ni demandar derechos para ti. Entonces, a veces, caminar ha sido fuente de rebeldía. Un acto rebelde. Algo que podemos comprobar fácilmente al echar los ojos para atrás al fijarnos en la historia de los movimientos sociales. Para demandar cualquier derecho, ha sido necesario salir a la calle y caminar juntas. Si las mujeres no pueden ocupar el espacio público para exigir sus demandas estas no se van a satisfacer nunca. 

Caminar y andar, tanto de manera individual como colectiva saliendo a manifestarnos, ha sido clave para que las mujeres hayan podido salir en defensa de sus derechos en muchos casos.

¿Qué revela el andar en nuestra sociedad occidental de hoy?

Creo que, ahora, en un momento en el que nuestra sociedades parece que valoran solo lo productivo, las actividades que tienen que ver con producir algo en términos económicos, el andar, que es una actividad tan humilde como a contracorriente y que no genera ningún rédito económico pero sí personal, puede resarcirnos de excesos y desmanes.

En el libro habla de los distintos tipos del caminar, del estar conectados al entorno, pero también el de los absortos, como el que camina con sus cascos y está aislado de todo aunque estés caminando. Cuéntenos un poco de los tipos del caminar que ha investigado.

Esto tiene que ver con las preguntas que llevo haciéndome en los últimos años sobre cómo me gustaría estar en el mundo en este momento histórico que me ha tocado vivir. Hay veces que me he sentido plenamente conectada y otras en las que he sentido que los momentos de evasión completa eran cuando me daba el aire. Son formas muy distintas de pasear, pero ambas son paseo. Es algo en lo que he pensado mucho en abstracto y, cuando decidí ponerlo sobre el papel, investigué a ver si existía un genealogía del caminante para hablar de aquellos: del que vive y pasea conectado y aquel más ensimismado, mucho más literario. Me apetecía saber si era capaz de teorizar y de encontrar una base real a estos dos tipos de caminantes.

¿Cuando conoce a alguien le pregunta si le gusta caminar?

No lo pregunto, pero sí que lo pienso. Y también lo noto porque todos tenemos una manera de presentarnos ante la vida. Seguramente por cómo te presentes o cómo te definas, yo lo notaré. Es algo que, creo, soltamos a bocajarro, casi inconscientemente.

Fuente: Ctxt

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