
Por Chris Lehmann
Jefe de la oficina de Washington D. C. de The Nation.
El ataque de Donald Trump puede ser irracional, injustificado e ilegal. Pero eso no impide que la prensa suba el volumen de la propaganda
A nuestros medios tradicionales [en EEUU] les suelen pillar desprevenidoss las numerosas y rápidas convulsiones en la política estadounidense y en la economía en general, ya sea el frenético optimismo detrás de la burbuja de la inteligencia artificial o el colapso de la otrora imponente coalición que apoyó a Trump en 2024. Sin embargo, con la guerra surrealista, injustificada e ilegal de Donald Trump contra Irán, nuestros magnates de la prensa han recuperado su brújula cognitiva con renovada intensidad.

Al igual que sus predecesores de la prensa sensacionalista que apoyaron los primeros conflictos del imperio estadounidense moderno hace más de un siglo, hoy la prensa del establishment vuelve a construir una narrativa de impunidad intervencionista, usando los mismos rancios materiales. Ahora, como en 1898, los líderes estadounidenses se presentan a nivel mundial como los guardianes desinteresados de la autogobernanza; ahora, como entonces, el país profesa que devolverá sin chistar la soberanía, que él mismo ha profanado, a las manos del pueblo agradecido y oprimido que se encuentra al otro lado de la línea del frente. Ahora, como entonces, esta nueva misión imperial parece destinada a causar estragos aún mayores en toda la región afectada. Y cuando ello ocurra, el Gobierno [de Estados Unidos] pasará a su siguiente aventura destructiva, dejando a un contingente de retaguardia de piratas y capitalistas compinches para ocuparse de las labores de limpieza (es un decir). Y hoy, como entonces, la prensa no se harta de la guerra.
El consabido reseteo mediático en clave patriotera es tan radical que incluso los críticos más prominentes de la presidencia imperial de Trump –o los que se suponen críticos– se disputan el puesto por estar en la primera fila de animadores. En el periódico de mi ciudad [The Washington Post], hecho trizas por un multimillonario, el columnista conservador George F. Will, normalmente fiable en sus críticas a Trump, ha publicado una loa digna de William Randolph Hearst sobre la errática acción del presidente. Su titular es un elocuente testimonio del palpable alivio que siente Will al volver a su rol de columnista beligerante: “Por fin se restaura la credibilidad del poder de disuasión estadounidense”. La alucinación-en-prosa que sigue se regocija con que “el régimen de Irán, cuyo mantra desde su creación en 1979 ha sido ‘Muerte a Estados Unidos’, está a punto de morir a manos de Israel y Estados Unidos”.

Y esa es solo la segunda oración. A partir de ahí, Will avanza con agilidad, tachando a los críticos de la sorprendente apuesta monárquica de Trump por un cambio de régimen en Irán de quintacolumnistas faltos de civilización: “Los manifestantes iraníes subrayaron dramáticamente la barbarie del régimen, por lo que aquellos que hoy lamentan la desaparición del mismo revelan su propia barbarie”. Y aunque Will suele presentarse como defensor de la estricta obediencia a la Constitución (al menos cuando se trata de revocar las leyes de financiación de campañas electorales o desmantelar el Estado regulador), aquí descarta la idea de que la intervención sea una “guerra de elección”; se trata, más bien, de un acto heroico de autoconservación nacional comparable a la negativa de Lincoln a permitir que los estados del sur se separaran silenciosamente. (Sí, realmente hace esa comparación, por más difícil que sea imaginar a nuestro primer presidente asesinado como el mayor admirador de un atentado orquestado por el Estado contra un líder extranjero). Al matar al jefe de Estado de Irán y a cientos de sus ciudadanos, Trump se ha transformado de repente, a los ojos de Will, de un César estadounidense frustrado en el heredero de Lincoln, el Gran Emancipador: “La administración de Donald Trump ha optado por no dejar que la seguridad de Estados Unidos dependa de que Irán abandone sus intentos, iniciados hace décadas, de adquirir armas nucleares, y por no confiar en que, una vez adquiridas esas armas, Irán no fuera en serio cuando decía lo de ‘Muerte a Estados Unidos’”.
Mientras el belicismo de Will va de respetable y solemne, el resto de nuestra esfera mediática se deleita en el trabajo sucio de crear alguna apariencia de apoyo popular a esta aventura más reciente de Trump como hombre fuerte.
Pasando a la cobertura informativa de The Washington Post, hay un relato apasionante (proporcionado, por supuesto, por reporteros de agencias, dado que el periódico ha cerrado la mayoría de sus redacciones en el extranjero) de cómo la brutal respuesta de Israel a las masacres de Hamás del 7 de octubre puso a Irán en su punto de mira: “Irán abandonó el statu quo”, dice con entusiasmo un subtítulo, como si una campaña genocida de terrorismo de Estado no fuera más que la obra de una descarada empresa tecnológica emergente. Para leer un reportaje igualmente crédulo sobre la incursión que acabó con la muerte del líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, véase el cuádruple elogio de The New York Times a los viejos servicios secretos estadounidenses, “La CIA ayudó a localizar una reunión de líderes iraníes. Entonces Israel atacó”.
Por supuesto, el propio Trump ha lamentado desde entonces que esta operación “precisa” también eliminara a los principales candidatos para liderar el país tras el asesinato de Jamenei.
Y los estudiosos serios de la política iraní –es decir, personas sin ninguna posibilidad de ser escuchadas de forma sostenida en los círculos diplomáticos o militares trumpistas– han observado que, independientemente de cómo se califique la habilidad operativa de esta misión en particular, matar al líder supremo de un régimen islámico militante que cortejaba abiertamente el martirio no es el golpe estratégico definitivo que la Casa Blanca de Trump espera desesperadamente que sea.

Sin embargo, las narrativas imperiales estadounidenses rara vez se ven trastocadas por meros detalles empíricos. En cambio, las fantasías de un golpe de Estado remoto e indoloro orquestado por Estados Unidos ya están floreciendo en nuestra esfera mediática. El ejemplo más sorprendente y descarado proviene, por supuesto, de CBS News, que bajo la supervisión del nuevo propietario de la cadena, David Ellison, se ha convertido en una réplica de Fox News, aunque luce menos anuncios de incontinencia para adultos y presentadoras rubias robotizadas.

La editora jefe de CBS News, Bari Weiss, se regocijaba en las redes sociales por la invasión de Irán por parte de Trump y no tardó en traducir esos sentimientos en una cobertura destacada. El domingo 28 de febrero, el programa de noticias insignia de la cadena, 60 Minutes, arrancó con una extensa y elogiosa entrevista a Reza Pahlavi, hijo del difunto sha de Irán en el exilio, al que se presentaba como candidato a líder del país tras la invasión.

Esto fue una exageración en varios sentidos: Pahlavi no ha vivido en Irán desde hace casi 50 años, y su supuesto apoyo popular se basa en gran medida en granjas de bots de redes sociales extranjeras, así como en un estado de ánimo desesperado de nostalgia monárquica entre algunos líderes de la oposición iraní. Sin embargo, el corresponsal de 60 Minutes, Scott Pelley, hizo el papel de patriota oportunista, lanzando preguntas fáciles a Pahlavi en su lujosa sede de París. (Una primera muestra de los numerosos momentos de choque que esperaban a los desventurados espectadores se produjo en la introducción del segmento en el estudio, cuando la voz en off relató los sombríos acontecimientos del fin de semana pasado en Irán y luego pasó torpemente a la inoportuna revelación de que “Scott Pelley estaba en París”).
Pelley comenzó con una pregunta sobre las ambiciones de liderazgo de Pahlavi, que dio lugar a una torpe evasiva. Los iraníes “confían en mí como líder de transición”, dijo un hombre que no ha pasado ni un solo momento de su vida adulta viviendo con iraníes. “No como futuro rey o futuro presidente o lo que sea. Estoy totalmente centrado en mi misión vital, que es llevar al país a un punto en el que pueda tomar esa decisión libremente. Para mí, sería suficiente para poder decir ‘misión cumplida’”.
Que cualquier aspirante a líder en Oriente Medio cite con total seriedad la infame y prematura declaración de victoria de George W. Bush tras su invasión ilegal e injustificada de Irak debería desencadenar una avalancha de preguntas escépticas por parte de cualquier periodista honesto que le entreviste. Pero se trataba de Scott Pelley en el programa 60 Minutes de Bari Weiss, por lo que, cuando logró citar el horrible saqueo y la represión orquestados por el padre de Pahlavi, permitió al príncipe exiliado blanquear el relato histórico, al tiempo que aseguraba a los espectadores (de forma torpe) que las venganzas de Estado no eran lo suyo.
“Miren, mi padre abandonó Irán voluntariamente para evitar un derramamiento de sangre”, dijo Pahlavi, sin mencionar, por supuesto, que el derramamiento de sangre en cuestión habría sido el del propio sha. “Y dijo: ‘Soy un rey. Un rey no construye su trono sobre la sangre de su propio pueblo’. Si la nación hoy me quiere fuera, volvería a salir. No les apuntaría con mis armas”. Aparte del relato totalmente ahistórico de Pahlavi sobre la monarquía y el reinado de su padre, su camiseta con el lema “No apuntaré con mis armas a mis súbditos” no podía sino suscitar muchas más preguntas que respuestas.
Para cualquiera que no sea Scott Pelley, claro. El portavoz de guerra designado para esta franquicia del periodismo de investigación antaño venerada optó por servirnos lindezas como esta: “Cuando usted ve el coraje que estamos presenciando ahora en las calles, me pregunto qué sentimientos le produce”.
Pahlavi se emocionó repetidamente mientras elogiaba el heroísmo genuino de los manifestantes iraníes, lo que provocó esta explicación en off de Pelley: “Pahlavi nos dijo que hay unidades dentro del ejército y la policía que se volverían contra el gobierno [si mantiene la] línea dura. Dice que muchas tropas, aunque no todas, podrían beneficiarse de una amnistía en un proceso de reconciliación nacional”.
En otras palabras, ahora que el candidato de la CBS para liderar Irán se ha presentado ya ante las cámaras al más puro estilo Oprah Winfrey, ya ha prometido implantar una represión contra disidentes y críticos comparable a la de Estados Unidos. Sin duda, [al verlo,] George Will y decenas de productores de televisión y comentaristas de nuestra decadente república imperial lloraban al unísono, aliviados por haber recuperado sus verdaderas vocaciones.
Fuente: Ctxt

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