Emmanuel Rodríguez:“No es el fin del mundo, simplemente no va haber una vuelta a la ‘normalidad’”

Guillem Martínez
Guillem Martínez

Por Guillem Martínez

Escritor y periodista en Ctxt.

Emmanuel Rodríguez (Madrid, 1974) es historiador, cooperativista –lo conocerán por frecuentar o utilizar algunos de los cacharros en los que está involucrado, como la editorial y las librerías trademark Traficantes de Sueños– y, claro, autor de ensayos útiles y sumamente particulares, poseedores de una lógica propia, que es lo más que se le puede pedir a un ensayo

Emmanuel Rodríguez
Emmanuel Rodríguez

Desde la década anterior ha elaborado un gran mapa de un concepto que ha descrito y, casi, esculpido. Se trata de la palabra crisis. Su obra explica la crisis –económica, democrática, del Estado, ecológica…– como realidad y paisaje, como nuevas reglas y situaciones. Su obra, de hecho, supone acceder, progresivamente, a la madurez de un autor, a través de la madurez de sus observaciones sobre el concepto crisis, esa catarata de agua negra que no aparece en los medios salvo en la forma de las noticias aisladas que confirman, sin que nadie lo sepa en su rotundidad, este fin de época denominado crisis. Lo que convierte a Emmanuel Rodríguez en un pensador de fondo, en un maître à penser, esa categoría de intelectual que, en otras culturas, se lo rifan, mientras que por aquí abajo suele ser un ser sospechoso.

Pero aquí hemos venido a hablar de su libro: El fin de nuestro mundo. La lenta irrupción de la catástrofe (Traficantes de Sueños, Madrid, 2025). Se trata de una continuación de su libro anterior (El efecto clase media. Crítica y crisis de la paz social, 2022), un pieza más, a su vez, de una construcción ya de envergadura, que se inicia en el volumen Fin de ciclo (2010, escrito al alimón con Isidro López,  ¿Por qué fracasó la democracia en España. La Transición y el Régimen del 78 (2015), y de La política en el ocaso de la clase media. El ciclo 15M-Podemos (2016). En este libro, la crisis adquiere tridimensionalidad, plasticidad, forma. Emmanuel la describe como si se tratara de un país –o, mejor, de un mundo–, a través de un estilo de gran peso literario, por cierto, lo que siempre mola. La tesis: la catástrofe –política, democrática, económica, ecológica– ya es oficialmente inevitable –en efecto, Emmanuel no es la alegría de la huerta; pero es que la huerta está en crisis, como todo–. Lo que lo cambia todo. La política, así, ya no es la gestión del progreso, sino de la catástrofe, y el reformismo, la socialdemocracia, incluso, por ejemplo, pasa a ser otra cosa. Se trata de un libro descriptivo de un paisaje que nadie ve, por lo que es rico en conceptos con juego de piernas, útiles para visualizar lo que Emmanuel quiere comunicar, como el de “nihilismo dulce”, un nihilismo de baja intensidad, sumamente diferente del de verdad, el del XIX, y que lo cala todo en el Norte Global. O el concepto “insurrecciones grises”, que alude también a conflictos de baja intensidad, o de intensidad puntual, que irán poblando, cada vez más, una realidad que ya es, básicamente, conflicto indialogable, no canalizable a través del sistema. O el concepto “contrasociedad”, la alternativa a la sociedad de la catástrofe, que surge de la deserción, del abandono, de la huida de esa sociedad. El libro, parco en soluciones, rico en la descripción de por qué no las hay, alude a la política como ruido, como Guerra Cultural, que suple el conflicto político con parodias, muy entretenidas, de conflicto. Si en el anterior libro Emmanuel decía que “la nueva clase social tendrá que aprender a querer la crisis”, en este, la frase total podría ser esta otra: “La catástrofe no viene: es el medio en el que vivimos ya”. No se pierdan esta juerga.

El fin de nuestro mundo. La lenta irrupción de la catástrofe.
El fin de nuestro mundo. La lenta irrupción de la catástrofe

La catástrofe es inevitable. ¿Desde cuándo? ¿Desde siempre? –Marx hablaba, en cierta manera, de ello en el XIX–. ¿Desde cuándo, al menos, no es lícito, para ti, hablar de evitarla?

Desde que perdimos la guía del progreso, desde que reconocemos que ya no hay más horizonte de futuro que la incertidumbre. En esto consiste nuestra diferencia con la época de Marx. Hace tiempo que sabemos que el futuro será probablemente peor y radicalmente distinto a nuestro presente. En esto consiste el “fin de nuestro mundo”.

¿Y desde cuándo sabemos eso?

Radicalmente, hace poco, nada. Desde 2008.

La política y el Estado han pasado de administrar el progreso a administrar la catástrofe. ¿Quienes son esos administradores? ¿En qué se diferencian de sus antepasados, los administradores del progreso? ¿Saben que ya administran la catástrofe?

“Pasaron de administrar el progreso a administrar la catástrofe” es una fórmula de los epígonos de los situacionistas ya en la década de 1980. Su intuición resultó premonitoria. Tres décadas antes de la crisis de 2008, que marca seguramente el gran cambio de época, estos críticos, sobre todo en Francia, señalaron que los buenos años del neoliberalismo y de la expansión comercial global eran solo una prórroga de una crisis capitalista que consideraban catastrófica.

Hoy caben pocas dudas de que las élites mundiales, incluso las más estúpidas (como las europeas), son conscientes de que todo lo que antes dábamos por sentado está hoy en crisis: el orden mundial basado en reglas, las democracias liberales, las viejas alianzas occidentales, pero también la estabilidad climática que sirve de base a toda forma de vida, la garantía de un progreso económico lineal, la línea civilizatoria que conduce a un mundo mejor y más ordenado. La imagen más corriente de esta pérdida de confianza en el futuro es que hoy tenemos que reconocer que, por primera vez en un par de siglos, vivimos, al menos en términos materiales, peor que nuestros padres. Pero la imagen más paródica, y seguramente la más inquietante, es la de esos milmillonarios que buscan su propia y delirante solución al fin del mundo.

Diseño interior y exterior del 'toro de Stanford', un proyecto de la NASA que proporcionaría una vivienda fija a entre 10.000 y 140.000 personas.
Diseño interior y exterior del ‘toro de Stanford’, un proyecto de la NASA que proporcionaría una vivienda fija a entre 10.000 y 140.000 personas.

Aquí el disparate va desde la construcción de mansiones en los paisajes más remotos de Nueva Zelanda o los búnkeres en Alaska hasta los proyectos de colonias superelitistas en Marte. Desde su pretensión de alcanzar en vida la “velocidad de escape de la muerte” hasta sus proyectos de microestados libertarianos como la ciudad de Próspera en Honduras.

Construcción del edificio Duna Tower, el más alto de Roatán, en la ZEDE de Próspera en 2023.
Construcción del edificio Duna Tower, el más alto de Roatán, en la ZEDE de Próspera en 2023.

En tu libro rechazas al experto y al político como canales de solución de los problemas ¿Cuál es el papel del conocimiento en la era de la catástrofe irreversible? ¿Para qué sirve, incluso?

El conocimiento, la ciencia, siguen siendo una herramienta fundamental para orientarnos en este tiempo brumoso. Lo que no podemos aceptar es que la ciencia se “aplique” directamente como política; que tecnólogos de distinto tipo nos den soluciones a problemas socialmente complejos y que inevitablemente exigen sacrificios repartidos de forma desigual. Una parte esencial de la actual crisis de credibilidad de los saberes expertos y del antielitismo, que es su correlato, tiene que ver precisamente con esto. La extrema derecha se ha hecho fuerte capitalizando una prevención que deberíamos tener todos: no podemos delegar el futuro en aquellos que saben y que dicen representarnos.

Por ejemplo, muchas veces las soluciones “verdes” a la crisis climática, agraria, urbana, etc. implican el reparto de los impactos más negativos según las líneas de clase y desigualdad hoy vigentes: prohibir a los diésel-dependientes el uso de sus coches y furgonetas, la instalación de grandes infraestructuras energéticas allí donde existe una población con menos capacidad de resistencia, sacrificar sectores sociales enteros en aras de la nueva racionalidad capitalista. Pero lo que tendríamos que promover es una política que implica un conflicto entre quienes mandan y quienes son llamados a obedecer. Los saberes expertos no pueden sustituir la política y saltar por encima de las divisiones sociales.

Me parece sensacional el concepto “nihilismo dulce”. Explica al lector en qué se diferencia de su abuelito, el nihilismo gore, por favor. Y, ya puestos, por qué este nihilismo no parece conducir a una sociedad Mad-Max, sino que parece evitarla.

Diría que es el tono de nuestro tiempo. Podríamos resumirlo como la certeza compartida de que las cosas van mal, seguramente muy mal, a la vez que nos reconocemos con muy poca capacidad de cambiar el curso de las mismas. Ante esta falta de horizonte, que es también de sentido, se impone una suerte de conformismo generalizado basado en los paliativos que nos ofrece la amplia paleta de experiencias y mercancías de la sociedad de consumo. Por eso este nihilismo es dulce, porque al menos los que estamos todavía dentro de la amplia clase media de los países ricos disponemos de los medios para calmar la urgencia y la alarma que genera la aceleración del caos y la violencia. Enfrentados a nuestra impotencia radical, nos concentramos así obsesivamente sobre las pequeñas cosas en las que todavía puede ejercerse algo de control, como el cuerpo moldeado por toda clase de tecnologías de salud: ejercicio, dietas, farmacopea, antiaging, etc.

Existe una distancia abismal entre los retos que nos plantea este mundo en crisis y nuestra capacidad para afrontarlos. Con el fin de salvarla, nos entregamos a estas formas de narcotización basadas en los viajes, la compras, la comida, el deporte, los antidepresivos, las terapias, el sexo online, etc.

Vienes a decir que no hay alternativa a la crisis del capitalismo porque, precisamente, el capitalismo está en crisis, en descomposición. ¿Qué se salvará del capitalismo? ¿Nos salvaremos nosotros? ¿En qué términos vislumbras la alternativa al sistema?

De una parte, estamos ante la misma vieja crisis del capitalismo, presente desde su mismo origen, y que es el gran motor de su dinamismo: la búsqueda de nuevos mercados, de nuevas materias primas, de nuevos trabajadores, de nuevo conocimiento, con el fin de aumentar la rentabilidad de la inversión. El problema al que se enfrenta este metabolismo de glotonería insaciable es que la explotación de los recursos, la tierra, los humanos y sus ecosistemas da muestras de un creciente agotamiento. Hay cada vez menos tierras, menos mundo, que explotar, y el que hay está cambiando rápidamente y seguramente no en una dirección de más abundancia y diversidad. La crisis ecológica es solo una dimensión de la crisis capitalista.

Estamos así metidos de lleno en una etapa, que viene de los años setenta, en la que la sobreabundancia de capital en búsqueda de rentabilidad solo se sacia en los juegos especulativos de los mercados financieros. La financiarización de nuestras economías responde a esta crisis de la rentabilidad del capital. Para agravar el problema todavía más, desde 2008 las muletas financieras de nuestras economías han entrado en crisis. Y el resultado, por resumir mucho, es una creciente competencia por acaparar los nichos de rentabilidad disponibles: lo que se traduce en guerras por el petróleo y los recursos, monopolios tecnológicos más cerrados, nuevas formas de mercantilismo y también unas élites volcadas en administrar la crisis y la escasez relativa de formas cada vez más excluyentes, racistas, clasistas, etc.

Al considerar en qué nos afecta esto, debemos tener siempre presente que en un capitalismo en crisis, en el que las inversiones no son especialmente rentables, nosotros como trabajadores nos volvemos también excedentarios, dejamos de tener utilidad a la hora de producir valor. Esto es lo que determina nuestra condición como trabajadores precarios de los servicios, de la cultura o de actividades cada vez más prescindibles en términos capitalistas. En el libro, se usa la metáfora del zombi para describir esta situación. El zombi es el inservible, que deambula entre la vida y la muerte, que no sirve a la valorización capitalista, que solo tiene hambre. Y es la metáfora de uno de nuestros miedos sociales más arraigados: la caída en una crisis total, en este caso por una infección que vuelve a todos depredadores, alienados unos de otros, una condición igualadora que además se contagia por medio de un simple mordisco.

¿Cómo diferencias crisis, colapso y fin de una era histórica?

Las discusiones terminológicas son siempre difíciles, cada concepto puede ser declinado de distintos modos. El colapso resulta fascinante, porque se imagina como una suerte de fuego purificador, similar a la revolución, pero como su negativo, en forma de caída y no de ascenso o de progreso. El problema es que no vamos a asistir a un hundimiento general de los sistemas sociales que nos devuelvan al neolítico temprano, aun cuando no se pueda excluir la posibilidad de un guerra de aniquilación total. Lo más probable, en cambio, es que vaya a seguir habiendo Estados, infraestructuras, tecnologías sofisticadas y espacios de seguridad para una parte importante del planeta. Pero combinados con crisis terroríficas, guerras criminales y poblaciones sacrificadas en la misma línea histórica que ya ha comenzado.

La novedad de nuestra época no es la del final del mundo, sino la de que no va haber una vuelta a la “normalidad”. En este sentido es el “fin de nuestro mundo”, no del mundo en general. Asistimos a la crisis de lo que daba fuerza a nuestro sentido común: unas coordenadas, una rutina, unas certezas.

Es fascinante tu concepto de “insurrecciones grises”. ¿Podrías explicárselo al lector a partir de las insurrecciones grises en funcionamiento en la actualidad?

Son formas de protesta que no se pueden interpretar ya según las rejillas típicas de la izquierda o de las categorías progresistas. Son grises precisamente porque no son ni blancas, ni negras. No se mueven en el registro de las categorías viejas, que discriminaban los movimientos según su carácter progresista o reaccionario, emancipador o conservador. Un ejemplo es el de los chalecos amarillos en Francia en 2019: el sujeto que parece rebelarse es el de la clase media de provincias, en caída libre debido a su posición marginal en los nuevos repartos de la globalización financiera y al desmantelamiento progresivo del Estado de bienestar; el motivo que desata las protestas es la medida amparada en retóricas progresistas de restringir el uso del diésel; los objetivos de los chalecos se manifiestan igualmente como un campo de disputa entre la extrema derecha y la extrema izquierda, pero dejan completamente al margen al establishment político francés.

Diría que las insurrecciones grises no tienen sujetos sociales claros, tampoco tienen un horizonte que proyectar sobre el futuro y claramente no son representables en términos políticos, al menos al modo tradicional. La generalización del disturbio como forma de protesta urbana característica de los excedentarios apunta también en esta dirección. Frente a lo que fue el 15M con su organización genuinamente cívica y su propuesta de redemocratización del país, los conflictos por venir seguramente tendrán componentes más desesperados y menos asimilables para las almas bienpensantes. Quien quiera hacer política (y la extrema derecha está claramente por la labor) tendrá que estar del lado también de estos zombis, y no solo de lo que queda de las clases medias presuntamente ilustradas y de izquierdas.

Dibujas la guerra cultural como una simulación del conflicto, de lo que hace décadas era política y enfrentamiento, a través, fundamentalmente, de la cosa identidad. ¿La guerra cultural es, inevitablemente, la futura política? ¿Hay una guerra cultural de izquierdas, o hay izquierdas practicando la guerra cultural, ese invento reaccionario?

Hemos convertido la política en una enfrentamiento de valores, que además ligamos con algo así como nuestro ser en el mundo, como dices “nuestra identidad”. Esto genera confusión. Impide no solo pensar los problemas sociales que se trata de dirimir, sino a veces considerar con cierto desafío aquello que se pretende con estos fuegos de artificio. Por así decir, estamos en un escalón inferior al de la guerra ideológica de otros tiempos, que al menos hacían chocar proyectos de sociedad, que eran proyectos de vida en común.

En una consideración histórica, la política es siempre maquiaveliana, tiene poco que ver con los valores o con la “cultura”. La política es un conflicto entre poderes sociales, que pueden (y deben también) negociar. Por eso el reto de aquellos que están abajo ha sido siempre el de construir un poder propio, una organización, que obviamente está atada a una forma de vida y a unos valores. Sin embargo, los sin-poder solo pasaban a existir cuando tenían la capacidad (el poder) para hacerse presentes, para rebelarse. Hoy como ayer, el problema es, por eso, construir estas formas de poder de los que no tienen poder.

La izquierda es especialista en contarse cuentos sobre sí misma, embellecer sus propósitos, emplear palabras bonitas y grandilocuentes. En cierto modo, la izquierda es hoy una consecuencia de la guerra cultural. Quizás solo tiene valores. Y solo con valores no se cambia nada.

Pareces fijar los hilos de la esperanza en el concepto “contrasociedades”. ¿Existen? ¿Dónde las puede observar el lector?

Hablaría sobre todo de contrapoderes, formas de organización y de vida con capacidad de hacer y de afectar a los demás. En nuestras sociedades ricas, que se han construido específicamente para integrar y pacificar cualquier forma social capaz de conflicto, estas formas de contrapoder parecen una rareza (este fue el objeto de mi libro anterior, El efecto clase media). Pero están en potencia en todas partes: en la socialidad, en la conversación continua que mantenemos con los demás, en cómo la gente se inventa su vida con otros para hacerla mejor y más soportable.

Tal vez el núcleo del libro consiste en asumir la irreversibilidad del desastre para dejar de delegar, para ejercer cierta autoorganización. ¿Cómo se hace eso?

Quizás lo primero es dejar de pensar en términos de comunicación y de indignación moral, que son los propios de lo que se nos propone hoy como política, en las redes sociales y en los medios de comunicación, y que además nos conducen a una radical aislamiento dentro de las burbujas culturales en las que buscamos nuestra continua validación. Se trata de dejar de darnos gustito insultando al televisor (o en las redes sociales), contra los fachas (o los progres) de turno. La exhibición de uno mismo o la confirmación de uno mismo, del tipo que sea y en la forma que sea (mis emociones, mis ideas, mi inteligencia), es políticamente inútil.

Lo que resulta esencial es hablar con otros, pensar y organizarse con ellos. A partir de ahí surgirán las iniciativas que pueden ser de distinto tipo: sindicales, sociales (como determinadas asociaciones, centros sociales, ateneos), económicas (como cooperativas), culturales etc. Podría decir como en el siglo XIX: “Ateneo, sindicato, cooperativa”. No es una gran receta, pero es ciertamente la base de cualquier política posible.

El tuyo es un libro útil, si bien duro. ¿Puedes ponerte alitas y una lira y darnos tres mensajes luminosos del futuro?

Lo más luminoso que se puede decir es que estamos en un tiempo de cambios radicales y profundos y, por lo tanto, también de oportunidades. En este sentido, podríamos decir que todo depende de lo que seamos capaces de poner en el mundo en las próximas décadas. El futuro está hoy claramente abierto, quizás demasiado. Pero políticamente tenemos que reconocer, como los revolucionarios campesinos chinos, mucho antes que Mao, que “todo es caos bajo las estrellas, la situación es excelente”.

Fuente: Ctxt

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