El año en que quedamos atrapadas en las redes de los señores de la guerra

Anita Fuentes
Anita Fuentes

Por Anita Fuentes

Investigadora en el Instituto de Estudios Feministas de la Universidad Complutense de Madrid.

La tarea más urgente del feminismo es poner el foco en la alianza entre el capital tecnológico y la ultraderecha, que ha producido la infraestructura más autoritaria de la historia y un proyecto basado en el supremacismo blanco y cisheteropatriarcal

No hay truco más viejo que usar la liberación de las mujeres para justificar su dominación. Esta retórica ha servido para legitimar sanciones comerciales, guerras coloniales, ocupaciones militares y represión a civiles en las calles. Para borrar los nombres de las niñas enterradas bajo los escombros, para mirar hacia otro lado ante la hambruna y la escasez que matan primero a las más vulnerables, para normalizar la violación como arma de guerra, para disfrazar de civilización el control sobre los cuerpos de las mujeres racializadas, para condenar a las trabajadoras migrantes a la desposesión de sus medios de vida. Siempre en nuestro nombre, pero nunca con nosotras.

Una mujer cocina en Gaza en medio de ruinas, en una imagen tomada en septiembre de 2024.
Una mujer cocina en Gaza en medio de ruinas, en una imagen tomada en septiembre de 2024.

“Hombres blancos salvando a mujeres de piel morena de los hombres de piel morena”. Así resumió Gayatri Spivak en 1985 la lógica del feminismo colonial en la India victoriana, donde el imperio intervenía para civilizar las relaciones de género mientras despojaba a la población de sus tierras, monopolizaba sus rutas comerciales y la sometía a trabajo forzoso.

¿Puede  hablar el subalterno?
¿Puede hablar el subalterno?

Cuando en 2001 las bombas estadounidenses cayeron sobre Afganistán, Lila Abu-Lughod se preguntó en voz alta si alguien había tenido la decencia de consultar a las mujeres afganas si querían ser salvadas. Para sorpresa de nadie, lo que éstas quisieran o no era la última de las prioridades. A partir de entonces, diversas voces han teorizado sobre la construcción del hombre árabe y musulmán como amenaza civilizatoria para justificar invasiones, deportaciones y vigilancia permanente. 

Sherene Razack llamó a esto race thinking: una estructura de pensamiento que divide el mundo entre quienes merecen derechos y quienes no, justificando esa exclusión en nombre de la seguridad nacional. .

Expulsar. La expulsión de los musulmanes del derecho y la política occidentales.
Expulsar. La expulsión de los musulmanes del derecho y la política occidentales.

Sara Farris le puso nombre a su aplicación en el contexto europeo: “Femonacionalismo”, la operación a través de la cual el feminismo se convierte en coartada xenófoba del proyecto identitario de la derecha.

En nombre de los derechos de las mujeres.
En nombre de los derechos de las mujeres.

Acuñó este concepto siguiendo el rastro de Jasbir Puar en su denuncia de la cooptación israelí del discurso pro-LGBTQ.

Ensamblajes terroristas. El homonacionalismo en tiempos queer.
Ensamblajes terroristas. El homonacionalismo en tiempos queer.

En 2026, las potencias imperiales que bombardean a los pueblos de la periferia lo hacen invocando la amenaza del “Otro”. Proyectan sobre él la violencia que ellas mismas ejercen y convierten esa acusación en licencia moral para justificar el exterminio. 

Judith Butler escribió en 2009 que a través de los marcos mediáticos se determina qué vidas son reconocibles como pérdidas y cuáles no llegan a contarse como vidas. Cuando Estados Unidos e Israel lanzaron su ofensiva contra Irán el pasado 28 de febrero, dijeron que actuaban en nombre de la emancipación del pueblo y las mujeres iraníes, que serían, de nuevo, liberadas por el magnánimo Occidente.Ese mismo día, uno de sus misiles destruyó una escuela de niñas en Minab, cobrándose cientos de vidas.

168 personas asesinadas en la escuela de niñas iraní.
168 personas asesinadas en la escuela de niñas iraní.

El genocidio israelí, desatado tras la operación Inundación de Al-Aqsa, marcó un punto de inflexión en la profundización del imaginario femonacionalista. Los medios occidentales no dudaron en retratar al hombre palestino como violador por naturaleza, monstruoso e irreformable, para dar cobertura a la limpieza étnica de Gaza. Los relatos se propagaron hasta hacerse hegemónicos, a pesar de la insistencia de las investigaciones periodísticas independientes, que alertaron de la imposibilidad de verificarlos.Lo que sí se documentó, paradójicamente, fue la violencia sexual sistemática que las fuerzas israelíes ejercen contra las detenidas palestinas, mujeres y niñas por igual.

Pocos días después de Año Nuevo, las fuerzas especiales de Estados Unidos secuestraron a Nicolás Maduro y Donald Trump tomó el control del petróleo venezolano. En ninguno de los vídeomemes que publicó la Casa Blanca después de los hechos se mencionó a las mujeres venezolanas. No hizo falta. Durante años, los mismos servicios de inteligencia que ejecutaron la operación habían erigido a una mujer –María Corina Machado, líder de la oposición y heredera de una de las mayores fortunas del país– como símbolo global de la democracia, con tanta convicción que Oslo acabó otorgándole el Premio Nobel de la Paz. Un caso paradigmático de lo que Zillah Eisenstein definió como “señuelos sexuales”.

Señuelos sexuales.
Señuelos sexuales.

En Cuba las mujeres también sufren silenciosamente la violencia del imperio: en cada hospital sin electricidad, en cada parto sin anestesia. Desde que Washington cortó el suministro de crudo venezolano son más de 32.000 las embarazadas que han perdido el acceso a ecografías y seguimientos.

Cuba denuncia que unas 33.000 mujeres embarazadas corren peligro por el bloqueo de EEUU y la falta de combustible.
Cuba denuncia que unas 33.000 mujeres embarazadas corren peligro por el bloqueo de EEUU y la falta de combustible.

Pero esas cifras no constituyen un argumento legítimo en el discurso occidental, porque delatarían al agresor en lugar de justificarlo. 

Chandra Talpade Mohanty lo advirtió hace ya casi cuatro décadas al afirmar que el Norte solo convierte a las mujeres del Sur en sujeto político si su opresión puede atribuirse al “Otro”, al régimen que hay que derrocar. Cuando la fuente del daño es el propio orden colonial que esa política exterior sostiene, las mujeres desaparecen del relato de redención. 

En Somalia, el Mando Africano de Estados Unidos lleva ya veintiocho operaciones militares en lo que va de año. Nuevamente, nadie ha invocado a las mujeres somalíes. En Sudán, una misión independiente de la ONU ha concluido que las matanzas, violaciones y la hambruna deliberada impuesta por las Fuerzas de Apoyo Rápido presentan las características definitorias del genocidio. De momento, el conflicto ha desatado la mayor crisis de desplazamiento del mundo y las mujeres y las niñas son las principales afectadas.

Washington tampoco ha encontrado ninguna liberación que proclamar. Donde no hay petróleo que extraer ni posición estratégica que disputar, las “mujeres de piel morena” no son víctimas de sus propios hombres esperando ser rescatadas. Son, en términos de Rita Segato, el primer territorio a conquistar.

Si analizamos los profundos cambios del sistema, observamos que la retórica de la emancipación femenina como cara amable del poder imperialista ha agotado su función. El “zigzag” que mantuvo al capitalismo en pie durante décadas –la promesa universalista de igualdad y el binomio racismo-sexismo que la anulaba– se ha disuelto. El trumpismo es el último intento de estabilizar la acumulación capitalista cuando el declive de la potencia dominante ya no puede disimularse. Abandona sin reparos el residuo igualitario del universalismo y gobierna de forma abiertamente jerárquica, sin necesidad de prometer ni de justificarse, orgulloso de sus masacres. La pregunta es si este nuevo orden mundial, asentado sobre la fortificación y la securitización, requiere de algo más que una vigilancia masiva para legitimarse; o si también es necesaria una lógica capaz de designar quién debe asumir el coste de la defensa de la civilización occidental.

Para los empresarios de Silicon Valley que susurran al oído de Donald Trump, “liberación” significa acelerar las fuerzas del mercado sin fricciones democráticas y monopolizar la capacidad de resolver los problemas del capitalismo mediante el control de las infraestructuras digitales contemporáneas. La privatización de la soberanía que ello implica es el mecanismo central de un orden posdemocrático asentado sobre la dominación racial y de género. Nada lo ilustra mejor que Gotham, el “AI-powered kill chain” de Palantir, que extrae e integra datos de migrantes detenidos en fronteras, refugiados rastreados en distintos continentes, civiles palestinos en Gaza, mujeres vigiladas a través de sus registros reproductivos, comunidades negras y latinas cartografiadas por algoritmos de policía predictiva, y trabajadoras monitoreadas a través de sus historiales de ubicación y mensajes privados. Estos datos alimentan contratos públicos con el Ejército, la CIA, las autoridades migratorias y los cuerpos policiales. La discriminación es el modelo de negocio y la represión, el servicio prestado.

Las transformaciones tecnológicas en curso alteran significativamente el terreno de lucha de los feminismos y nos obligan a repensar nuestras tácticas y estrategias. Atrás ha quedado la idea de que las redes sociales son un campo de batalla fértil o un espacio para la lucha de las mujeres. El espacio digital donde se inició el #MeToo no solo ha servido para desorganizarnos y promover las lógicas mercantiles de competencia e individualismo, sino que ha dado lugar a una arquitectura global que convierte el odio en valor económico a través de algoritmos orientados a maximizar el engagement, fijando las reglas según criterios de rentabilidad y no de deliberación democrática. Luchar desde estas plataformas nunca desmontará las estructuras que nos obligan a luchar en primer lugar.

La manosfera ha dejado de ser un fenómeno de subculturas de internet para convertir la misoginia y la batalla contra “lo woke” en la coartada ideológica del complejo militar-industrial. Aunque los incels, los gymbros, los criptobros se han instalado como la figura del enemigo en buena parte del discurso feminista, lo que nos ocupa, por desgracia, va mucho más allá de Elon Musk, Andrew Tate o Un Tío Blanco Hetero. Los señores de la guerra han convertido a los movimientos sociales que cuestionan el sistema en la única explicación del declive imperial. Pareciera que el problema del capitalismo viniese de fuera, cuando en realidad es inherente a las propias contradicciones de la globalización neoliberal. Los objetivos de esta reconfiguración no son solo aplacar la disidencia, sino crear una red de control mundial que abandone por completo la pretensión igualitaria universalista, sustituyéndola por formas reaccionarias de gobierno justificadas como progreso tecnológico.

Nombrar ese escenario no es un ejercicio de catastrofismo, sino de honestidad política. Los feminismos de 2026 tienen dos tareas urgentes. La primera es poner el foco en la alianza entre el capital tecnológico y la ultraderecha, un bloque de poder inédito con miles de millones de dólares, la infraestructura más autoritaria de la historia y un proyecto de orden mundial basado en el supremacismo blanco y cisheteropatriarcal impuesto mediante intervenciones militares. La segunda es resolver las tensiones internas del propio movimiento a partir de los errores de sus últimos ciclos de lucha. Cuando el feminismo se volvió hegemónico e institucional, su propio éxito lo vació de contenido radical y lo forzó a asumir las condiciones impuestas por el terreno de juego liberal. Los ideales de emancipación individual terminaron por desplazar los de liberación colectiva, reforzando las estructuras capitalistas y allanando el camino hacia lo que podría denominarse feminismo autoritario.

El resultado es una confusión teórica y estratégica de proporciones históricas. El punitivismo se presenta desde algunas posiciones como la solución al giro securitario del capital mientras la energía militante se consume atacando a las trabajadoras sexuales, las mujeres trans o las musulmanas, acrecentando así la división interna y desarmando al movimiento frente a lo que realmente lo amenaza. Los espacios feministas han perdido capacidad de movilización masiva, de llegada a las personas jóvenes y migradas, no solo por los ataques de la ultraderecha y el capital, sino porque cuando el feminismo aparece públicamente como acusatorio, moralista y fragmentado, la derecha ocupa ese espacio con una oferta más atractiva para quienes viven el desamparo del capitalismo sin un marco político desde donde combatirlo. 

La hegemonía sin materialidad dura lo que una tendencia en TikTok. Cuando las lógicas estructurales del sistema imponen la desarticulación de los vínculos plurales entre los feminismos, nuestro cometido es formar un movimiento amplio que se preocupe de los problemas colectivos y no una amalgama de marcas e influencers que depositan sus energías creativas en cuestiones individuales, reproduciendo los mismos métodos y prácticas que sostienen el neoliberalismo. Los movimientos que se organizan para combatir el colonialismo, las políticas neoliberales, la corporativización y la extracción, la misoginia, la explotación de clase, el racismo y la violencia contra las disidencias sexuales llevan a cabo una praxis insurgente: asumen formas concretas de hacer y actuar que generan esperanza frente a los proyectos necropolíticos que mercantilizan la muerte y normalizan la violencia en nuestros mundos online y offline. Si estas prácticas podrán hacer frente a la magnitud de la crisis actual, nadie lo sabe. Lo que sí está claro es que estas utopías existentes constituyen hoy el único contrapunto creíble a la clausura neorreaccionaria de lo posible.

Fuente: Ctxt

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