Antifeminismo en los jóvenes: entre lo material y lo cultural

 Nuria Alabao
Nuria Alabao

Por Nuria Alabao

Periodista y doctora en Antropología Social. Investigadora especializada en el tratamiento de las cuestiones de género en las nuevas extremas derechas.

Atrapados entre la falta de expectativas vitales y el cambio en los roles de género, los chavales se enfadan con el feminismo y no con quien los precariza

En 2021, ser feminista era lo más parecido a un consenso generacional que España había conocido en décadas. La mitad de los jóvenes se identificaba con el feminismo, una cifra muy superior a la de la década anterior. Apenas cuatro años después, ese apoyo ha decrecido considerablemente –al 38,4%–, y no solo entre los chicos, aunque es en ellos donde encontramos la mayor caída.

El antifeminismo es una posición construida políticamente al calor de la derechización global. Pero también podríamos incluir otros factores: cuando el feminismo más vivible se identifica con el gobierno, con el sistema educativo, con la corrección política, para una parte de los jóvenes se convierte en la voz de la autoridad. Y toda autoridad genera su rebeldía. Estos chicos perciben una culpabilización –se les responsabiliza del machismo antes de haber vivido sus vidas– y encuentran en los espacios antifeministas un alivio que mezcla provocación y diversión contracultural. También es importante no sobredimensionar el fenómeno: las posiciones abiertamente antifeministas siguen siendo minoritarias entre los jóvenes, pero la alarma social que producen amplifica su eco.

Cuando hablamos de las causas de esta derechización solemos señalar la manosfera, donde estos contenidos se difunden en internet y en las redes sociales y donde también circulan determinados afectos negativos amplificados por los algoritmos. Sin embargo, hay que hacerse también una pregunta fundamental: ¿por qué el contenido antifeminista encuentra un terreno fértil en una generación que creció en un entorno más igualitario que las anteriores? ¿Qué tipo de salidas ofrece para las frustraciones de estos chicos?

Fotograma de la serie Red Rose (2022).
Fotograma de la serie Red Rose (2022).

Entre lo material y lo cultural

En Ínceles, gymbros, criptobros y otras especies antifeministas (CTXT, 2026) trataba de explicar cómo los malestares materiales y las inquietudes sobre el futuro pueden ser convertidos en reacción antifeminista en las nuevas generaciones que ya saben que vivirán peor que sus padres.

Ínceles, gymbros, criptobros y otras especies antifeministas.
Ínceles, gymbros, criptobros y otras especies antifeministas.

Esto en un sentido de menor acceso a bienes de consumo o propiedades –la vivienda es muchísimo más cara–, salarios proporcionalmente más bajos, etc. Pero vivir mejor no es solo tener mejores condiciones materiales, aunque esto sea importante. Las mujeres de la generación X –nacidas entre 1965 y 1980– sabemos que, al introducir la dimensión cultural, sí vivimos mejor que nuestras madres en términos de expectativas y posibilidades de vida, en acceso al estudio y trabajo, en libertad para vivir nuestra sexualidad, aunque esa ventaja se va reduciendo en las generaciones posteriores a medida que crece la igualdad social.

Por tanto, el debate sobre causas culturales y materiales no siempre se puede separar y tiene varias aristas. Una de ellas es cómo el género tiene una capacidad especial para condensar malestares materiales que terminan codificándose –o desviándose– en términos culturales.

Los restos de la fábrica Bethlehem Steel, en Pennsylvania (EEUU), abandonada en 2001.
Los restos de la fábrica Bethlehem Steel, en Pennsylvania (EEUU), abandonada en 2001.

Es decir: las sensaciones de pérdida, de miedo o falta de reconocimiento social a menudo encuentran expresión, y a veces distorsión, en el lenguaje del género. Por ejemplo, los procesos de desindustrialización pueden dar lugar a una nostalgia patriarcal, y no necesariamente tiene que ver con las pérdidas de estatus real, sino más bien autopercibido. Veamos un ejemplo.

Corea del Sur como laboratorio

Gente caminando por la calle en Seúl, Corea del Sur.
Gente caminando por la calle en Seúl, Corea del Sur.

Corea del Sur tiene la tasa de natalidad más baja del mundo –0,75 hijos por mujer– y muestra algunas peculiaridades en la relación hombres y mujeres. Allí históricamente el matrimonio ha sido una muestra de la llegada a la vida adulta de los varones y un marcador de éxito en el que el hombre se casa, funda y mantiene a una familia.

El deseo de tener hijos crece, pero más rápido entre los hombres.
El deseo de tener hijos crece, pero más rápido entre los hombres.

En España también lo fue, pero hoy esa demanda ya no opera de la misma manera: nadie espera que los jóvenes sean el sostén familiar y que las mujeres no trabajen. Lo que sucede en Corea del Sur es que esas expectativas se han desmantelado muy rápidamente por dos lados a la vez.

Por el lado económico, la precariedad laboral y el precio de la vivienda han hecho que muchos hombres jóvenes no puedan cumplir el rol de proveedor que el modelo tradicional les exige. El mercado matrimonial coreano sigue funcionando con expectativas rígidas y, a diferencia de lo que sucede en España, se espera que el hombre aporte vivienda y estabilidad económica. Sin eso, muchos quedan fuera.

Por otra parte, las mujeres han evolucionado de manera muy rápida y, de hecho, una parte creciente ha decidido que no quiere casarse ni tener hijos en esas condiciones.

La protesta silenciosa de las mujeres en Corea del Sur.
La protesta silenciosa de las mujeres en Corea del Sur.

Según una encuesta de 2022, el 65% de las mujeres jóvenes coreanas no quiere tener descendencia, frente al 48% de los hombres. Y más del 62% de las mujeres jóvenes solteras se declaraban satisfechas con su situación sentimental, frente al 38% de los hombres solteros. El movimiento llamado 4B –no matrimonio, no hijos, no citas, no sexo– es la expresión más radical de ese rechazo. Aquí hemos podido ver debates parecidos en las redes –le llamamos heteropesimismo–, pero su alcance no es ni por asomo parecido al del caso coreano.

El resultado es un desacople. Los hombres jóvenes perciben que el matrimonio se les vuelve inalcanzable, y en vez de tratar de modificar sus propias expectativas sobre la masculinidad que les oprime, o dirigir su frustración contra un sistema económico que les impide cumplir el rol que se les ha asignado, la proyectan contra el feminismo y contra las mujeres que ya no aceptan ese pacto.

Esto tiene consecuencias políticas muy directas. En las presidenciales coreanas de 2022, el 63% de los idenam –varones veinteañeros– votó por el conservador antifeminista Yoon Suk-yeol –la máxima adhesión de cualquier grupo de edad– frente al 26% de las mujeres de la misma edad. Según una encuesta de Gallup Korea, el 56,1% de los hombres jóvenes coreanos participa activamente en espacios online masculinos. Como ya es habitual, los autores de la investigación correlacionan la participación en la manosfera con un incremento del sexismo hostil y moderno, así como con menor apoyo a prácticamente todas las políticas destinadas a promover la igualdad de género. Sin embargo, en este caso advierten de que estas asociaciones no tienen por qué ser causales, es decir, no pueden determinar si estos espacios radicalizan o si los hombres ya radicalizados acuden a ellos.

Antifeminismo y precariedad

Una investigación en Corea de la socióloga Joeun Kim trató de responder a la pregunta de si la ideología de victimismo masculino –la creencia de que los hombres son hoy los principales discriminados– se explica por la precariedad económica. Lo que encontró es que los hombres desempleados, con bajos ingresos o sin estudios superiores no eran más propensos al victimismo que el resto de hombres con buena posición económica. Encontró que la correlación entre ideas antifeministas y posición social se encontraba más bien en la percepción de declive socioeconómico respecto a la generación de sus padres, y de forma especialmente marcada entre hombres de clase media y alta. Es decir, en este caso, no eran los más marginados quienes abrazaban necesariamente el discurso antifeminista, sino aquellos que sentían que estaban descendiendo de clase o que su posición estaba amenazada.

En un segundo estudio experimental, Kim demostró que la exposición a escenarios de amenaza al estatus –el declive de oportunidades matrimoniales y laborales– no aumentaba el sexismo hostil en todos los hombres, pero sí lo hacía significativamente entre hombres que ya experimentaban movilidad descendente. Y el hallazgo más revelador es que el mecanismo es específicamente generizado, es decir, aumenta la hostilidad hacia las mujeres pero no hacia la sociedad en general. La frustración no se dirigía contra el sistema económico que produce la precariedad o contra su propia opresión de género que produce expectativas inalcanzables, sino contra el feminismo, que se convierte en chivo expiatorio de un descenso social cuyas causas son estructurales.

Por su parte, la investigadora Soohyun Christine Lee atribuye el peso de esta cuestión a que, en un país étnicamente homogéneo sin inmigrantes como que funcionen como víctimas propiciatorias, las mujeres se han convertido en el objeto sustitutivo principal de las frustraciones económicas: “La inseguridad económica, unida al familismo tradicional y a las normas matrimoniales han generado una ansiedad tóxica entre los hombres jóvenes, ya que llevar una ‘vida normal’ de matrimonio y familia queda fuera de su alcance”. La misoginia se convierte así en la válvula de escape de su malestar y de la crisis de masculinidad, donde esta es también inseparable de los determinantes económicos.

Por último, es interesante reflexionar aquí sobre la cuestión generacional. En Corea del Sur es especialmente marcada, ya que los hombres veinteañeros expresan posiciones más hostiles al feminismo que cualquier otra cohorte masculina, incluidos los mayores de 60 años. Este patrón no es exclusivamente coreano. En España algunos datos peculiares sobre valores nos hablan de esta inversión. Por ejemplo, el 23% de la generación Z considera que quedarse en casa para cuidar de sus hijos hace que un hombre sea “menos hombre”, frente al 4% de los boomers, según Ipsos. A nivel global, la inversión generacional es aún más marcada: el 31% de los varones de la generación Z de 29 países considera que una esposa debe obedecer siempre a su marido, frente al 13% de los hombres boomers, según el mismo estudio.

Una explicación que podríamos dar tiene que ver con la memoria: las generaciones mayores habrían estado más vinculadas a las luchas por la igualdad y percibirían esos derechos como conquistas que hay que proteger. Pero las investigaciones citadas aportan una lectura complementaria de tipo material. Si el predictor más significativo del antifeminismo no es la precariedad objetiva sino la percepción de declive de estatus, y esto en los jóvenes tiene que ver con un descenso respecto de los padres, cabe preguntarse si la posición consolidada de los boomers –con tasas de propiedad, niveles salariales y patrimonio acumulado muy superiores a los de los jóvenes– no opera aquí como un amortiguador frente al resentimiento de género. Quien no percibe que su estatus se deteriora tiene menos razones para buscar culpables. Quien siente que el suelo se mueve bajo sus pies es más vulnerable a la narrativa que señala al feminismo como responsable de su caída.

En este contexto, y en medio de la utilización de las frustraciones de los jóvenes como herramienta de derechización, para desactivar la trampa del antifeminismo tendremos que sacar la cuestión de género de la guerra cultural –donde solo podemos perder– y devolverla al terreno de las condiciones materiales de existencia. Un marco político feminista efectivo para estos tiempos exige además afirmar que el mandato de masculinidad produce sufrimiento en hombres y mujeres, aunque de forma diferente. Ponernos a destruir ese mandato no sería entonces un gesto de generosidad hacia los varones, sino una condición para la emancipación de todos, todas y todes.

Fuente: Ctxt

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