
Por Pilar Ruiz
Licenciada en Periodismo, máster en guion y diplomada en dirección cinematográfica.
Están dispuestos a matar por él
¿Lo han adivinado? Efectivamente: ese único negro que no desprecian es el llamado oro negro y sus derivados: petróleo, gas, carbón, gasofa, fertilizantes, pesticidas, plásticos… Les gusta tanto que podrían matar por él. En cambio detestan la otra negritud, la de los seres humanos; más si es de la llamada ilegal, de la que emigra huyendo de la miseria de las guerras para currar sin contrato en invernaderos, limpiar casas, cuidar ancianos… O fundirse en un oscuro, impenetrable mar de cadáveres. Dicen que su futuro pinta aún más negro porque a las personas sin papeles les esperan los campos de concentración –incluso para niños de 18 a 24 meses– que prepara Europa en países tan “seguros” como Libia.
¿Racismo? Solo están legislando al estilo ICE, que es lo trendy . No, eso no puede ocurrir en la cuna del derecho internacional tras dos guerras mundiales… Ah, pero, ¿todavía hay leyes en el Viejo Continente? A tenor de lo proferido por las voces más trumpistas –con acento alemán– parecería que la única ley que sobrevive es la de la oferta y la demanda o la de “donde hay patrón no manda marinero”. Desde que EE.UU. e Israel atacaron Irán y subieron los precios, las seis mayores petroleras del planeta han ganado la friolera de 217.000 millones de dólares.
Sin embargo, la patronal petrolera saudí –que ya es patronal– advierte de que la guerra en Irán podría representar la mayor crisis del sector desde que hay noticias y provocar una catástrofe en la economía mundial. Mientras tanto, caen misiles y drones sobre los países del Golfo Pérsico y se detiene el tráfico de los petroleros en el estrecho de Ormuz, exótico lugar del que antes salían las perlas de la princesa triste en la Sonatina de Rubén Darío, ¿recuerdan? Las referencias del siglo pasado hacen mucho que se quedaron viejas, véase el derecho internacional en general.
Pero puede que también haya sonado la hora de la jubilación a tanto emir, jeque y siniestro reyezuelo del Golfo Pérsico, el fin de sus demenciales ciudades de rascacielos y cúpulas kilométricas surgidas de un desierto regado con petrodólares y la sangre de miles de obreros de Pakistán, Bangladesh, Egipto, India o Filipinas.

Quizás hayan sonado las trompetas del Apocalipsis para distopías como “ The Rig ”, la plataforma petrolera de 300.000 metros cuadrados de hoteles de mega lujo, restaurantes, helipuertos, amarres para los superyates de los jeques y un enorme parque temático “primer destino turístico del mundo inspirado en plataformas petrolíferas en alta mar” y que pretende “promover la perforación petrolera entre niños y mayores”. No se rían porque todo es real, sin ápice de ironía.

El enorme país riquísimo en oro negro y pobrísimo en derechos humanos es una dictadura medieval para los demócratas en general y las mujeres y el colectivo LTBIQ+ en particular., aunque, al parecer, no tanto como otros vecinos también barbados convertidos en los verdaderos malos de la película.
Para entender algunas claves de cómo se las gasta esta gente arábiga y cuándo, cómo y por qué pintan tanto en la geopolítica mundial pueden echar un vistazo a Oro negro (2011) de Jean Jaques Annaud, superproducción torpona y retro pero muy reveladora respecto al carajal primigenio cuando, en los años 30, se encontró petróleo en un desierto atrasado y arrasado por guerras tribales y corruptas potencias coloniales.

El francés Tahar Rahim –¡cómo les jode reconocer su nacionalidad a los lepenistas!– y Antonio Banderas, quien siempre será la belleza sarracena de El guerrero nº13 (McTiernan, 1999), hacen lo que pueden para que no recordemos Lawrence de Arabia (Lean, 962), a la que esta película no llega ni al forro de la chilaba.

En la otra punta del globo, la miniserie noruega El tiempo de la felicidad (Mette M. Bolstad, 2018) narra, en forma de culebrón de amor y lujo, cómo se descubrió la reserva de petróleo más grande del planeta y el origen, nada fácil, del Estado de bienestar escandinavo, unido al establecimiento del fondo soberano de Noruega. Parece que repartir entre la población los beneficios del petróleo atenúa las mil y una maldiciones que envía el Dios Negro cuando los hombres abren su tumba milenaria: crisis climática, pérdida de biodiversidad, contaminación medioambiental, enfermedades respiratorias, dependencia energética, tensiones económicas y guerras, muchas guerras.

Por eso no produce sorpresa que la demencia corra junto al crudo por el interior de tuberías de oleoductos y gasoductos: el magnate petrolero siempre ha sido retratado como un psicópata, al menos en el cine, ese espejo deformante de la realidad. Pero, ¿qué pasa cuando la realidad se convierte en una caricatura de la ficción? Pues que ya no nos sorprende ver cómo unos villanos sin atisbo de conciencia pretendan comprar un pueblo para desintegrarlo a base de fracking en Tierra prometida (Van Sant, 2012), inunden de petróleo el campo de almendros de un anciano contumaz y peleón en El diablo tiene un nombre (E.J. Olmos, 2019) y mucho menos que Daniel Day Lewis se deslice por la pendiente de la locura hasta caer en los Pozos de ambición (2007) de P.T. Anderson, especialista en recrear hasta la caricatura la desmesura y egomanía de sus personajes, barre en los Oscar, señal de que está a la moda.
Pero el amok petrolero es antiguo y también invade a James Dean en Gigante (Stevens, 1956), cuando no sabe gestionar lo de transformarse de palurdo pobretón en millonario de la noche a la mañana y eructo de pozo petrolífero mediante. Además, la guinda del desquicie son las calabazas que le da Elizabeth Taylor, porque el chaval es un poco íncel-pajillero. Esto último no resulta creíble por culpa del carisma y esplendor físico –24 añitos– del mejor imitador de Marlon Brando, a quien, en pleno rodaje, vino a ver la Gloria en forma de Porsche y cruce de autopista.

El oro negro también provoca malformaciones morales congénitas en la descendencia de sus magnates, como cuenta Douglas Sirk en Escrito sobre el viento (1956). Algunas aprendimos a apreciar el cine del rey del melodrama gracias al desaparecido cineasta Antonio Drove y es imposible no volver a escuchar su voz arrebatada desmenuzando cada plano de esta película. La admiración que sentía Drove por el director alemán queda reflejada en un libro imprescindible para cualquier cinéfilo: Tiempo de vivir, tiempo de revivir. Conversaciones con Douglas Sirk (Antonio Drove, 1995).

De las guerras metafóricas del melodrama a los conflictos literales: petropolítica y belicismo forman un combo inseparable desde que alguien encontró utilidad a un apestoso “aceite de roca”, el petra óleum de los romanos. Vean por ejemplo Syriana (Gaghan, 2005) y George Clooney metido en un avispero de jeques, magnates, terroristas e inmigrantes explotados en la guerra global soterrada que se traen entre manos China y los EE.UU. desde hace décadas. Visión sesgada del cine yanqui, sí, pero ¿pura ficción? La historia está basada en el librito de un exagerante de la CIA con título acusica: Durmiendo con el diablo: cómo Washington vendió nuestra alma por crudo saudí . Sorprende el despiste de uno de esos supuestamente implacables y avezados espías que pululan por el cine.

Pero la imagen del petróleo ligada a la guerra quedó en nuestras retinas grabada a fuego hace ya muchos años, durante la primera guerra del Golfo ya manos de uno de los mejores retratistas de la locura: Werner Herzog. En Lecciones en la oscuridad (1992) pone la cámara para contar los desastres de la guerra de la manera más goyesca posible, arrastrándonos a presenciar un infierno de llamas infinitas y los paisajes desolados de la catástrofe ambiental ocurrida tras la retirada de las tropas iraquíes de Kuwait.
Los criminales ayatolas y sus vecinos saudíes, omanís, catarís y emiratíes tan criminales como ellos, están sostenidos por el oro negro, sin sus inmensas ganancias no podrían comprar la connivencia de las débiles democracias occidentales: políticos, jueces, medios de comunicación, influencers , fifas y federaciones… puestos todos al servicio del dinero más ennegrecido de la tierra. Esos cómplices dejarían de ondear como una bandera sus mentiras desfachatadas, no podrían enterrarnos en sus pozos de ambición, de propaganda y de estúpido cortoplacismo que destruye el planeta a toda velocidad y condena a cientos de millas de personas a la guerra, al desplazamiento, la miseria o la muerte. Imaginen como sería el mundo sin el poder de los dueños del oro negro… ¿No les parece razón suficiente para dejar de consumirlo y cambiar a otro tipo de energía?
Fuente: Ctxt

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