
Entrevista de Carlos Bajo Erro
Licenciado en periodismo y máster en Cultura y Desarrollo en África.
“Este modelo de desarrollo y adopción de la IA vuelve dependientes de la nube de Amazon, Microsoft y Google a empresas y a Estados”

Es una de las afirmaciones categóricas que Cecilia Rikap (Buenos Aires, 1984) hace en su último libro, Teoría de la dependencia digital. Soberanía y desarrollo en el capitalismo del siglo XXI (Caja Negra Editora, 2026). El trabajo de esta prolija economista argentina, responsable de investigación del Institute for Innovation and Public Purpose del University College London (IIPP-UCL), ayuda a entender los entresijos de la industria tecnológica y hasta qué punto condiciona nuestras vidas. Rikap recupera el marco de la teoría clásica de la dependencia para evidenciar las responsabilidades de todos los comensales del banquete en el que la tecnología se ha colocado en medio del nuevo (des)orden mundial.

¿Qué responsabilidad tienen las grandes tecnológicas en la actual inestabilidad global?
Esas grandes corporaciones producen tecnología con aplicación militar y le sirven de infraestructura a las empresas de la industria militar tradicional y a las que lo hacen con tecnología digital, como Palantir.

Aunque Palantir no es la única responsable del uso de inteligencia artificial en los departamentos de Defensa. Vemos el rol de Anthropic o de OpenAI… desesperadas por vender sus servicios a los gobiernos, en particular al de Estados Unidos. Se estrecha y crece el vínculo entre estas grandes empresas y el Departamento de Defensa de Estados Unidos. También son las responsables de parte de la tecnología que se utiliza en el genocidio en Gaza.
¿Y más allá de los conflictos bélicos?
Claramente hay una pata militar, pero no es la única. Estas empresas son también las responsables de contribuir, con algoritmos que están diseñados para generar adicción, a la emergencia y la proliferación de discursos violentos y de odio. Esto es un fundamento de las redes sociales. Está en cómo han sido concebidas, cuál es el modelo de negocio. Necesitan sujetos adictos. Este patrón se replica en la inteligencia artificial generativa. Y ahí también señalaría otro punto: a mayor confianza en la inteligencia artificial, menor capacidad de pensamiento crítico y menor capacidad para organizar la resistencia y producir alternativas.
Sin embargo, afirma que si ponemos el foco en el capitalismo tecnológico se pierde la línea de continuidad de estas grandes empresas con otras grandes empresas dominantes anteriores.
Y con otras que siguen existiendo. Por ejemplo, Europa ha estado a la vanguardia en intentar regular a las grandes tecnológicas, pero nunca fue al fondo, al nudo del poder de estas empresas que es la concentración sistemática de activos, de intangibles, de formas de conocimientos, de datos… ¿Y por qué? Porque eso exige rediscutir el régimen de propiedad intelectual y eso es meterse también con las grandes farmacéuticas o las grandes automotrices, entre las que también hay empresas europeas.

¿Hay interacción con otros monopolios “tradicionales”?
Les venden tecnología, por supuesto. Inteligencia artificial para predecir dónde hay que cavar el pozo para sacar petróleo. Al mismo tiempo que las grandes tecnológicas le venden a los gobiernos green tech (tecnología verde), como si la tecnología pudiera resolver la crisis ecológica por sí misma, también le venden tecnología digital a las grandes petroleras. Y lo hacen en todas las industrias.
Parece que estas empresas tecnológicas han añadido una capa a la estructura de los monopolios.
Exacto. Se han colocado por encima de los monopolios anteriores y de los Estados de todo el mundo, salvo los de sus países de origen, donde hay una tensión, una disputa de poderes.
¿Cómo es esa relación?
A veces subordinan a partes del Estado; por ejemplo, el Departamento de Defensa de Estados Unidos no puede funcionar sin las grandes tecnológicas, pero estas grandes empresas como Microsoft, Amazon o Google no necesitan de los contratos con el Departamento de Defensa para ser exitosas y tener beneficios. Palantir es distinta, porque en torno al 50% de sus ingresos dependen del Gobierno de Estados Unidos. Hay una diferencia en la capacidad de influencia que puede tener el Gobierno de Estados Unidos con Palantir o con Amazon, Microsoft o Google. Si vos sos una gran empresa o un Estado y querés controlar a otros, a tus trabajadores, a tus ciudadanos, necesitás información y capacidad de procesar esa información, y quienes controlan hoy a qué información tenemos acceso, quién accede a qué y cómo (ese cómo son las tecnologías digitales), son Amazon, Microsoft y Google. Controlan la nube, que es el ámbito de producción, la capa sobre la cual se monta prácticamente toda la producción de tecnologías digitales.
Pero usted habla de una estructura un poco más compleja, con más capas.
Claro, hay actores que se ubican estratégicamente en una capa intermedia para poder seguir chupando más valor, más datos, más conocimiento de los que están todavía más abajo. Lo que tenemos no es una estructura donde hay unos pocos malos y un montón de “carmelitas descalzas” sin una jerarquía de poderes. Esa es una de las razones para retomar la teoría de la dependencia y llevarla a la teoría de la dependencia digital. A diferencia de las visiones más clásicas del imperialismo, el colonialismo o los autores del tecnofeudalismo, en la teoría de la dependencia no hay una división binaria. Reconoce esas jerarquías y escalas, a los cómplices locales de la dependencia, que hoy tenemos que extender e incluir, por ejemplo, a empresas europeas con la misma estructura predatoria que las grandes tecnológicas, pero en una posición intermedia.
Estas empresas tecnológicas tienen, además del control del mercado, más capacidad de generar narrativas que los monopolios tradicionales.
Han profesionalizado la construcción de narrativa y discurso. Han aprendido de la vieja Coca Cola, que financiaba a investigadores que dijeran que tener caries estaba en los genes. Han aprendido de esas formas burdas de controlar el pensamiento y, gracias a su acceso a datos, dominan la construcción de narrativas. Es parte de lo que refuerza sus monopolios intelectuales. Son monopolios intelectuales, no solo porque controlan las redes de coproducción de conocimiento en ciencias de la computación y porque concentran el acopio descomunal de datos, sino también porque definen, controlan y redireccionan los discursos dominantes y generan sentidos comunes en la población.
¿Qué impacto tiene eso?
Por ejemplo, refuerzan cotidianamente el sentido común de que la regulación va en contra de la innovación, como si toda innovación fuera intrínsecamente buena para la sociedad; como si toda regulación fuera negativa para la innovación. De hecho, estas empresas son apropiadoras de conocimientos. Si estas empresas no tuvieran el lugar que tienen, el conocimiento que se produce se podría socializar y generaría más proyectos distintos. Ese manejo del discurso impacta de lleno en los hacedores de políticas y los limita a la hora de pensar alternativas.
Habla del extractivismo gemelo como uno de los pilares de este modelo. ¿Cómo funciona?
Bueno, hay dos niveles. El nivel más genérico es que a medida que unas pocas empresas se apropian del conocimiento y de los datos producidos colectivamente en los países periféricos, les imprimen un intercambio desigual, porque necesitan acceder a ese conocimiento que contribuyeron a producir. Esta dependencia por no tener la tecnología ya la señalaban los teóricos de la dependencia en los años sesenta, pero estamos en una situación peor, porque el conocimiento también se produce en las periferias y tenés que pagar por él. El efecto es que en los países periféricos se recrudece el extractivismo de la naturaleza como forma de acceso a divisas para poder comprar los productos extranjeros de unas pocas grandes empresas. En resumen, el extractivismo del conocimiento recrudece el extractivismo de la naturaleza.
¿Y el segundo nivel más específico?
Son los centros de datos. Son el ejemplo paradigmático de cómo se da esta dinámica viciosa para las periferias. Cuanto más crecen esas empresas, más datos acumulan y desarrollan modelos más grandes. Así, a más extractivismo en el conocimiento y más extractivismo de datos, más centros de datos son necesarios, entonces hay más extractivismo en la naturaleza directamente vinculado con las tecnologías digitales. Además del extractivismo de litio, de cobalto, de todos los materiales y minerales que son necesarios para producir los dispositivos y los procesadores.
En su trabajo no solo revisa la teoría de la dependencia, además recuerda que Europa ha dejado de ser un centro para pasar a ser periferia.
En la reconfiguración del capitalismo global y en la actualización de la teoría de la dependencia, China se ubica en el centro del capitalismo mundial, que es el capitalismo digital, y Europa camina hacia la periferia o quizá ya ocupa un lugar periférico o semiperiférico.
Pero si comparamos la vida en China y en Europa…
Por supuesto que estamos hablando de cómo se reparte la creación colectiva de valor a nivel global, de cómo se reparte la producción de conocimiento y de quién produce y monetiza datos. En Europa, por suerte, todavía queda algo de estado de bienestar. Claramente, las condiciones de vida promedias de una persona en Europa siguen siendo mejores que las de una persona en China. Pero el problema es de tendencia.
¿Y cree que esa es la tendencia?
Este escenario de recrudecimiento de las desigualdades, de pérdida de las capacidades de orientar la propia vida y de encontrar posibilidades de trabajos interesantes, estables, etc., que cada vez se hace más la norma en Europa, favorece la proliferación de discursos de extrema derecha, que a la vez aceleran la destrucción de ese poco que queda del estado de bienestar. No digo que sea lo mismo vivir en París que en Buenos Aires. Digo que las grandes tendencias en el capitalismo global se orientan, cada vez más, hacia una subordinación de Europa. Tiene que ser una llamada de alerta para cambiar ese curso, cuando todavía no se destruyeron por completo las partes de la economía que permiten a las mayorías tener un buen vivir. Ser centro no es sinónimo de desarrollo, y lo digo no solo porque China está en el centro, sino porque lo está Estados Unidos, un país en donde cae la esperanza de vida, donde no hay acceso universal a la salud, ni a la educación en todos sus niveles, eso no puede ser sinónimo de desarrollo.
Entonces, ¿Estados Unidos y China serían los centros y el resto las periferias?
Tenemos que despegar la categoría “desarrollo” de la categoría “centro”, porque quienes están en el centro son también países sumamente desiguales. Capturan mucho valor a nivel global, pero internamente no lo reparten. En realidad, en la periferia del capitalismo global están las mayorías que viven en Estados Unidos, las mayorías que viven en China. En esta reconfiguración de centros y periferias, si queremos hacer un análisis más agudo y específico, el centro del capitalismo global está integrado por corporaciones tecnológicas gigantes que actúan como si fueran Estados de potencias mundiales, además de gobiernos y élites que están en Estados Unidos y en China, principalmente; y después empiezan a sumar los anillos de distintos tipos de periferias.
¿Esa tendencia es inevitable?
Europa camina hacia su periferia digital porque está cada vez más obsesionada con ganar la carrera por la inteligencia artificial y por las tecnologías digitales, una carrera que no solo ya perdió, sino que no debería correr. Esas tecnologías no son compatibles con cualquier forma en la que quieras pensar los valores europeos, desde los más cercanos al liberalismo o la derecha, hasta las visiones más críticas y fundamentales de discutir qué significa tener una vida digna y plena, en la que no solo se trabaja para vivir y el trabajo no es un ámbito de sufrimiento todo el tiempo. Hay mucho de la vida en Europa que, a veces, se pierde de vista, quizá porque se da por sentado. Europa podrá estar detrás de Estados Unidos y China en ciertas estadísticas, pero eso no es necesariamente una mala noticia. Lo que es una mala noticia es que los gobernantes agachen la cabeza y respondan de la manera que quieren estas empresas y sus gobiernos.
En esta idea de periferias no pesa solo el producto interior bruto, sino la capacidad de decisión, ¿verdad?
Exactamente. Puedes vivir relativamente bien, pero igual no tener ninguna capacidad de decisión. Y también habla de qué es ser humano, en última instancia. No es, solamente, tener lo mínimo para comer o tener una vida que esté bien. Es también ser sujetes políticamente actives, construir comunidad, vivir colectivamente, conscientes de cómo queremos vivir, de qué queremos hacer. La gente capaz piensa que es el mercado el que decide, como una confluencia abstracta de necesidades. Si en algún momento funcionó así, hace rato que no lo hace. Lo que hay son corporaciones y gobiernos que deciden por nosotres. No es solamente un problema de redistribución de la riqueza, es también un problema de redistribución de la capacidad de toma de decisiones, del acceso al conocimiento, a la capacidad de pensar y al tiempo para poder decidir.
Y en todo este panorama aparecen los tecnooligarcas, ¿qué papel juegan?
Hay que entender que en Silicon Valley conviven dos grandes discursos ideológicos. Uno es el que la gente asocia con el tecnooligarca porque piensa en Elon Musk, en Peter Thiel o en el CEO de Palantir, Alex Karp. Es esta idea de que “el Estado fracasó, hay que eliminarlo, pero, por supuesto, lo que nunca fracasa es la tecnología que va a traer todas las soluciones (para el que pueda pagarlas): va a curar el cáncer, va a llevarnos a todos (a los que puedan pagar) a vivir a Marte…”. El otro discurso no es anti-Estado, lo que busca es que el Estado exista, pero completamente subordinado, y que se le puedan vender herramientas para que gobierne a través de la tecnología de estas grandes empresas. Ese discurso es el de Bill Gates, o el actual CEO de Microsoft o de Google. Buscan esta falsa alianza con el Estado, el partnership, y el enfoque es “te ayudamos porque el crecimiento económico se alcanza con tecnología y yo soy el que te trae la tecnología”. En realidad, termina subordinando a los Estados, y se produce algo que en el libro llamo “inversión de roles” porque los gobiernos dejan de gobernar y son las empresas las que te venden una visión de futuro, de sociedad, de gobierno más amplio. El gobierno solamente se encarga de perseguir el crecimiento económico, que, en principio, es lo que tiene que hacer la empresa.
Pero el objetivo de las empresas sigue siendo conseguir los máximos beneficios, ¿no?
En realidad, cuando el gobierno busca el crecimiento económico, estas grandes empresas, a veces, incluso pueden decidir no crecer tanto para aumentar su control. Amazon, por ejemplo, es una empresa que ha sido deficitaria durante años y con bajas tasas de ganancia; ahora, desde la nube y el crecimiento asociado, sobre todo, a la inteligencia artificial, cada vez gana más; pero, aún así, es una empresa que ha apostado mucho más al control, a expandirse lo más posible, a imponer su visión del mundo, a costa de menores ganancias. A cambio de crecer menos en el corto plazo, se vuelve más imperial y más dominante a nivel global. Mientras, los gobiernos siguen ahí como los caballos con las anteojeras, solo pensando en el crecimiento económico. Es importante separar estos dos discursos para pensar las alternativas. Entender dónde se encuentran, en el tecnosolucionismo, pero entender sus diferencias. Porque si no, el riesgo es que terminemos pensando que el problema son los Alex Karp y que Bill Gates está bien.
Fuente: Ctxt

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