
Por Guillermo Carmona Rodríguez
Cuba, 1994. Nunca me he podido definir como escritor o periodista. Me considero un híbrido,
La población cubana recurre a los paneles solares como única alternativa ante el colapso del sistema eléctrico por el bloqueo de Estados Unidos, pero no todos los hogares pueden permitirse estas instalaciones

Si a Mayra le dijeran que pidiera un deseo, no solicitaría visitar a sus nietos en Londres, tampoco aquella crema antiarrugas que, según la publicidad, la haría lucir cinco años más joven, mucho menos transformar en aviones de papel a los drones enemigos sobre Teherán o la desaparición del parasitismo en los niños africanos. Ella solo quiere un panel solar.
Puede ser uno mínimo, con la suficiente capacidad para conectar su hornilla eléctrica y hacer su café de las mañanas o ver la novela de las tres o encender un mísero ventilador en las noches bochornosas. No importa si su tamaño es el de una pizarra de juguete, solo necesita sentir que es una mujer de setenta años y no una superviviente.
Ahora está en la acera al frente de la casa. Mira hacia su techo. Calcula dónde colocarlo. Cree que si lo pone cercano a la antena de televisión generaría alguna interferencia en la señal y entonces sus galanes turcos temblarán en rayas en la TV; y si lo instala muy cerca de los bordes, al arreciar el viento caribeño – este lleva dentro de sí la brisa refrescante y la hoz de los huracanes – caería directo a la calle. En su mente escucha el sonido del aparato estrellarse contra el asfalto y lo contempla quebrarse en un montón de esquirlas negras.
Después de casi treinta horas de apagón ha adquirido la costumbre de pararse ahí y llevar a cabo dicho ejercicio de imaginación como una terapia. Observa también las azoteas de sus vecinos. Los paneles con sus espaldas plateadas en varias de ellas se elevan orondos. En una, en particular, resultan tantos y tan apretados que no dejan filtrarse una pizca de sol. Si ella poseyera tantos, incluso, podría utilizar su lavadora. La pila de ropa sucia ha trascendido al cesto y se acumula sobre la cama, la silla de computadora y la cómoda. Una envidia poco sana se apodera de ella.
Sin embargo, tarde o temprano tendrá su panel. Su hijo, que vive en Reino Unido, le prometió comprárselo pronto. Él espera por un bono de la empresa para enviarle el dinero; mientras tanto Mayra se desespera. El estrés del subdesarrollo la avejenta tanto o más que el tiempo guillotina dentro de los relojes. Ninguna crema antiarrugas puede contra eso.
Su único consuelo, tal vez un poco egoísta, demasiado triste, sea que en varios de los techos vecinos solo hay tanques de agua de fibrocemento o plástico azul, algunos palomares y varias tendederas.
En la década de los noventa –destetados ya del Campo Socialista y la Unión Soviética– se analizaron las potencialidades con las cuales contaba el país. Recordaron que si algo siempre nos ha sobrado es sol. Omnipresente, hostigador, incorruptible, tropicalísimo. Invirtieron en el turismo de sol y playa. Así se logró, de una manera u otra, vadear la crisis económica. El gobierno erigió una infraestructura hotelera y de entretenimiento. La población se aprovechó del contexto, quien pudiera, a través de empleos o casas de rentas y otros negocios no tan claros.
Treinta años después, recurrimos de nuevo al astro rey como la última esperanza para los desheredados de la Tierra. Las dificultades en la generación de energía con combustibles fósiles se agravaron en las últimas épocas. Esto lo causó la falta de políticas previsoras por parte de las autoridades y el derrumbe financiero de la Isla; pero, sobre todo, el cerco impuesto por la Administración Trump con el objetivo de a poco sumir en la oscuridad al Estado cubano y entender el agobio de un pueblo por dichas prácticas como un daño colateral menor.
Como sucedió en los noventa con el turismo, el gobierno se ha lanzado a una carrera desenfrenada para aprovechar al máximo las capacidades fotovoltaicas del país. Con dicho fin, se han construido decenas de parques. Aspiran, en un futuro, a generar miles de megawatts. También han instalado sistemas en instituciones medulares para la economía y la sociedad como bancos, oficinas de trámites o escuelas, en un proceso al cual han llamado Cambio de Matriz Energética.
En una reunión de la Asamblea Nacional del Poder Popular, incluso se afirmó que el crecimiento de Cuba con respecto al porcentaje de energía renovable compite en cifras con naciones del primer mundo como Dinamarca o Suecia. Si esto se analiza de manera cuantitativa resulta cierto; mas no está exento de matices.
El 21 de junio del 2014 el Consejo de Ministros aprobó la “Política para el Desarrollo Perspectivo de las Fuentes Renovables y el Uso Eficiente de la Energía 2014-2030”. Según dicho programa, antes del fin de este plazo, se alcanzaría un 24 % de uso de la energía renovable. No obstante, en 2024, con la mitad del periodo cumplido, solo se llegó al 3,6 %, según cifras del Ministerio de Energía y Minas. En 2025, sin embargo, arribó a un 10 %.
Este aumento –de un año a otro se triplicaron los números– no constituye la consecuencia de una conciencia ambiental en búsqueda de disminuir los gases con efecto invernadero o la normal transición hacia modelos de producción más ecológicos, sino la desesperación de un país por brindar a su población servicio eléctrico cuando una de las naciones más poderosas del hemisferio trata, mediante una táctica de desgaste, de hacerlo tocar fondo.
Leonel trata de equilibrar seis jabas y un portafolio entre sus dos manos. En la tarde cobró y, de camino a casa desde la empresa donde trabaja como consultor jurídico, aprovechó para buscar provisiones. Detergente de fregar y lavar. Papel sanitario. Plátanos verdes. Sal. Azúcar. Un poco de arroz y otro de frijoles. No compró carne, porque está demasiado cara para que se eche a perder por falta de conservación. Después de un día y medio sin electricidad, su refrigerador parece un escaparate vacío. En más de una ocasión ha pensado que si quita las bandejas y coloca una percha en su interior puede enganchar ahí sus sacos.
Logra acomodar sus bultos y caminar con cierto nivel de rectitud. Sin embargo, a esa hora, la una de la tarde, el sol cae sobre él perpendicular. Goterones de sudor se le deslizan por las sienes, siguen por las mejillas y caen sobre la acera desde su mentón. Un charco se extiende bajo las axilas, siente cómo la tela se le pega a la espalda. Eso lo asquea.
“El sol, por lo menos, es justo. Nos toca a todos por igual”, piensa, mientras con dificultad por el peso se seca la frente con el antebrazo. Por la cabeza ni le pasa agarrar un taxi. Un litro de gasolina cuesta cinco dólares en el mercado negro, la mitad de su salario al cambio y, por tanto, los chóferes han apretado los precios hasta volverse, en vez de una comodidad, la última opción.
Avanza y detrás de sí, en el piso, deja salpicaduras de sudor. Hansel, sin Gretel, perdido en un monte de casonas coloniales semiderruidas. “El panel debe estar a máxima potencia”, escucha desde dentro de una casa en un momento que se detiene a descansar. El resto del trayecto lo hizo con los ojos fijos en los techos. La ciudad se poblaba, poco a poco, de esos aparatos. En unos años, vista desde el cielo, luciría blindada con sus placas y la luz le sacaría destellos de aluminio.
Con su poca ganancia como jurídico y sin familia en el exterior, está muy lejos de conseguir alguna tecnología parecida a esa. Por ello ni se preocupa por pensar al respecto. Él continuará en la caza de sus dos horas de corriente diarias, con su hornilla de carbón en el patio y las ventanas bien abiertas para llamar al más pequeño fresco nocturno.
No obstante, una idea sí le ronda. Para él, con sus seis jabas y su portafolio, el sol descarnado resulta una tortura, lenta e intensa; pero sobre todo agotadora (no por gusto los extraviados de los desiertos enloquecen bajo su dominio). Sin embargo, para los dueños de los paneles constituía una bendición, un regalo de altura. “No es justo para nada”, concluye y da un paso más hacia su hogar. Necesita soltar su carga y echarse en un sofá.
Si en la tierra no hay nada para ellos, las personas dirigen la mirada hacia los cielos y todas las culturas humanas, a su manera, le han rendido pleitesía al Dios Sol. Desde hace ya años el Sistema Electroenergético Nacional no suple la demanda del país. Tal fenómeno se traduce en largos cortes eléctricos y una incertidumbre sobre cierta mejoría generalizada.
Por dicha razón, muchas personas y negocios no estatales han debido recurrir a la energía solar fotovoltaica como la única alternativa. Mas el acceso a esta es limitado. Hay gente, como Mayra, con familia en el exterior o con un capital holgado pueden pagárselos; otros no pueden siquiera permitirse soñar con ello.
En la actualidad, un solo panel solar puede llegar a costar unos 190 dólares, equivalentes a 98.800 pesos cubanos, y el salario mínimo de la Isla son 2.100 pesos. A ello habría que sumarle una estación portátil de energía si uno opta por lo mínimo o un inversor, más la cablería y la mano de obra para la instalación. Con facilidad todo te puede salir en unos 1.200 dólares, 624.000 pesos.
Un empleado estatal con una ganancia de 4.500 pesos mensuales, la media del pago a los profesionales en Cuba, como Leonel, tardaría casi once años en poder reunir dicho monto. Por supuesto, demoraría eso si no se alimenta, no se compra ropa interior, no se come un maní para evitar desfallecer por el hambre y el sofoco; en fin, no vive, solo existe. La cantidad de kilovatios que logres generar en una tarde donde el calor calcine las piedras hasta que estas se asemejen a plastilina se ha convertido en un medidor de tu estatus social.
Cuba, en estos momentos, se encuentra bajo el imperio del sol y a la merced de otro imperio, el de los hombres del norte. Recurrimos a viejos dioses, los de la naturaleza y las fuerzas elementales, cuando los actuales, con sus mercados bursátiles, sus hambres políticas y su fiereza algorítmica, nos dan la espalda.

Fuente: Ctxt

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