De la ‘casa común europea’ de Gorbachov a la guerra de Ucrania

Fabian Scheidler
Fabian Scheidler

Por Fabian Scheidler

Trabaja como periodista para Le Monde Diplomatique y Berliner Zeitung, entre otros medios.

Extracto del libro ‘El estado de guerra y la lucha por un nuevo orden de paz’

El estado de guerra y la lucha por un nuevo orden de paz.
El estado de guerra y la lucha por un nuevo orden de paz.

Es notable que a Mijaíl Gorbachov solo se le haya dedicado un único monumento en Alemania, concretamente en Dessau-Roßlau, una ciudad que cuenta con apenas 80.000 habitantes y que está ubicada en el estado federado de Sajonia-Anhalt. Para los más de 80 millones de alemanes restantes, el antiguo jefe de Estado soviético ha sido invisibilizado y prácticamente ha desaparecido de la memoria colectiva. Sin embargo, fue él quien en su día hizo a Europa, y sobre todo a Alemania, dos regalos de importancia histórica mundial: la reunificación alemana y el fin pacífico de la confrontación entre bloques, la que durante décadas había supuesto el peligro de una guerra nuclear que hubiera devastado el mundo entero. No se puede hacer obsequios más valiosos a una población como la alemana: gracias a él fue posible quitar la espada de Damocles de una destrucción inminente y además superar la división de Alemania durante la Guerra Fría (1945-1989). Por este hecho, Mijaíl Gorbachov merecería un lugar central en la memoria colectiva alemana y europea, y un monumento en cada ciudad importante. Pero nada de eso se ve.

En la década de 1990, la ofrenda hecha por Gorbachov abrió perspectivas insospechadas para un cambio de rumbo a nivel mundial: por fin, así parecía, las naciones de la Tierra podían enterrar el hacha de guerra y abordar conjuntamente los grandes temas del futuro, en particular la superación de la desigualdad y la amenaza de una catástrofe ecológica. La Cumbre Mundial de Río de Janeiro de 1992, que dio lugar a las convenciones de la ONU sobre la protección del clima y la biodiversidad, estaba repleta de estas esperanzas. El desarme masivo, ahora visto como algo factible, liberaría a los presupuestos nacionales de los descomunales gastos militares y crearía espacio para invertir en un cambio socio-ecológico. Al menos, eso parecía.

Pero, al final, los gobiernos occidentales desaprovecharon esta oportunidad y no supieron estimar adecuadamente lo que Gorbachov les había puesto en sus manos. En vez de ello, aprovecharon el colapso de la Unión Soviética, y el consiguiente período de debilidad del país bajo Boris Yeltsin, para ampliar su propia esfera de influencia. Rusia no tenía por qué haberse convertido en el enemigo de Occidente tal como es presentado hoy día. La nueva confrontación entre bloques y la guerra entre Rusia y Ucrania se podrían haber evitado.

Esto no significa que el Gobierno ruso no sea culpable de la invasión de Ucrania, una clara vulneración del Derecho Internacional. Los graves errores de Occidente, de los que se hablará más adelante, no justifican en modo alguno la invasión, que ha causado un gran sufrimiento al país y su población. Pero, como ya se ha mencionado anteriormente, el análisis de las causas es una cosa fundamentalmente diferente a la legitimación; y la confusión entre ambos, ya habitual en los debates actuales, ha complicado considerablemente la comprensión de la situación y ha causado un daño inmenso. Por esta razón, esta historia se cuenta aquí una vez más de forma resumida. Es un ejemplo de cómo, por arrogancia, se puede desperdiciar una oportunidad histórica mundial y crearse enemigos innecesarios.

Crónica de oportunidades perdidas

El 8 de febrero de 1990, el secretario de EEUU, James Baker, viaja a Moscú para hablar con Mijaíl Gorbachov sobre las condiciones para la reunificación alemana.

El día después le siguen el canciller alemán Helmut Kohl y su ministro de Asuntos Exteriores Hans-Dietrich Genscher. En el vuelo de regreso a Ottawa, los tres anuncian que Gorbachov ha dado “luz verde a la reunificación”.

Kohl, Genscher, Gorbachov 1990: Llenos de esperanzas.
Kohl, Genscher, Gorbachov 1990: Llenos de esperanzas.

A cambio, según las palabras textuales de Genscher, ellos mismos “han prometido que la OTAN no se expandiría ni un centímetro hacia el este”. El acta de la conversación entre Baker y Gorbachov del 9 de febrero lo confirma. En ella se dice que “Baker asegura a Gorbachov que ni el presidente ni yo tenemos la intención de sacar ventajas unilaterales de los procesos actuales” y que los estadounidenses comprenden la importancia para la URSS y para Europa de que “la actual jurisdicción militar de la OTAN no se expanda ni un centímetro hacia el este”. Ya el 31 de enero, Genscher había dejado claro públicamente: “Es tarea de la OTAN declarar sin regodeos que, independientemente de lo que ocurra en el Pacto de Varsovia, no habrá una expansión del territorio de la OTAN hacia el este, es decir, más cerca de las fronteras de la Unión Soviética. […] Occidente también debe ser consciente de que los cambios en Europa del Este y el proceso de reunificación alemana no deben perjudicar los intereses de seguridad soviéticos”.

En el discurso público, estas promesas han sido a menudo puestas en entredicho, ya que Gorbachov cometió el error de no plasmarlas por escrito en forma de tratado. Un ejemplo: todavía en octubre de 2024 la cadena alemana Südwestfunk emitió un programa en el que se afirmaba que en aquel entonces solo se habían dado garantías en relación con el territorio de la República Democrática Alemana (RDA). También el ministro alemán de Asuntos Exteriores Johann Wadephul (CDU) negó rotundamente en el Bundestag alemán que se hubieran hecho las promesas arriba mencionadas, al igual que Jens Stoltenberg quien fue secretario general de la OTAN hasta 2024. Sin embargo, no solo que en ese momento se conocían desde hace mucho las declaraciones de Genscher y Baker, sino que también se habían desclasificado docenas de documentos gubernamentales al respecto que antes eran secretos. Estos documentos evidenciaron que los representantes de política exterior de las principales potencias occidentales habían prometido a Moscú que renunciarían a la ampliación militar occidental hacia el este, en dirección a Rusia. Por ejemplo, una nota del Archivo Nacional Británico que protocoliza una reunión entre los directores políticos de los Ministerios de Asuntos Exteriores de Alemania, Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos en 1991. Todas las personas presentes en esta reunión coincidieron en que la expansión hacia el este era “inaceptable”. Otro ejemplo es el destacado diplomático alemán Jürgen Chrobog quien participó en las negociaciones del “Tratado sobre el acuerdo final con respecto a Alemania”, firmado en 1990 entre la RFA, la RDA y las cuatro potencias que controlaban las zonas de ocupación aliada en Alemania tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Chrobog declaró sobre el tema que nos atañe: “En las negociaciones dejamos claro que no ampliaríamos la OTAN más allá del río Elba. Por lo tanto, no podemos ofrecer a Polonia y a los demás la adhesión a la OTAN.” El representante diplomático estadounidense Raymond Seitz se sumó a esta opinión: “En las conversaciones, igual que en otras, hemos dejado claro a la Unión Soviética que no sacaremos ninguna ventaja de la retirada de las tropas soviéticas de Europa del Este. La OTAN no debe expandirse hacia el este, ni formal ni informalmente”.

Sin embargo, entre bastidores ya se estaban sentando las bases para un cambio de rumbo. Poco después del histórico viaje de James Baker a Moscú, su jefe, el presidente estadounidense George Bush padre, le llamó al orden. Según Bush, no había que prometer nada al perdedor de la historia.

George H. W. Bush junto a Gorbachov en la Cumbre de Helsinki, en septiembre de 1990.
George H. W. Bush junto a Gorbachov en la Cumbre de Helsinki, en septiembre de 1990.

Sin embargo, estas declaraciones no se hicieron públicas en aquel momento y no llegaron a los oídos de Moscú.

En noviembre de 1990, se celebró en París la Conferencia sobre la Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE), que en su día fue impulsada, entre otros, por Willy Brandt en el marco de la política de distensión. Su principal objetivo consistió en reducir los riesgos de una tercera guerra mundial y en aliviar la situación de las personas a ambos lados de la Cortina de Hierro. Teniendo como miembros a EEUU, Canadá, la Unión Soviética y todos los Estados europeos, era un proyecto transatlántico-euroasiático que abarcaba un espacio que iba desde Los Ángeles hasta Berlín y Vladivostok. La cumbre de París fue la culminación de este proceso de la CSCE, sin el cual habría sido difícil imaginar el fin pacífico de la confrontación entre bloques.

Sigamos la crónica: en París están presentes George Bush padre, Mijaíl Gorbachov, Helmut Kohl y otros 19 jefes de Gobierno de los Estados de la OTAN y del Pacto de Varsovia. Aprueban la “Carta de París” que oficialmente pone fin al conflicto Este-Oeste y que sienta las bases de un nuevo orden de paz en Europa, incluida la Unión Soviética. Helmut Kohl subraya en su discurso que la CSCE debe convertirse en parte central de la nueva arquitectura de seguridad europea.

Cabe destacar que se trataba de la CSCE, no de la OTAN. Este punto es decisivo, ya que la CSCE (posteriormente OSCE) es una organización de un tipo completamente diferente. Se basa en la cooperación civil y es integradora, mientras que una alianza militar es necesariamente exclusiva y, por lo tanto, favorece las estructuras conflictivas. Por primera vez en la historia moderna, se vislumbraba la posibilidad de superar los abismos de la confrontación militar a nivel mundial y de crear un mundo de cooperación. Incluso la disolución de la OTAN, que había perdido su función con el previsible fin del Pacto de Varsovia, parecía entrar en el ámbito de lo posible. Ya en mayo de 1990, el presidente francés François Mitterrand había declarado frente a Gorbachov en Moscú que “personalmente acogería con satisfacción la disolución gradual de ambos bloques militares”.

Sin embargo, en los años y décadas siguientes se desperdició la oportunidad histórica de consolidar una arquitectura de seguridad totalmente inédita, basada en la integración, la cooperación civil y el desarme. Hoy en día, la OSCE es solo una sombra de lo que era, políticamente insignificante y financieramente agotada, mientras que los presupuestos de defensa de los países de la OTAN y Rusia se han disparado.

Advertencias ignoradas

A pesar de las declaraciones públicas de Helmut Kohl a favor de la CSCE y del fin de la confrontación entre bloques, en los años siguientes, Alemania comenzó a socavar el proceso de distensión, que ella misma había ayudado a iniciar en la década de 1970 y del que se había beneficiado como ningún otro país. En la primavera de 1991, el ministro de Defensa alemán de entonces, Manfred Wörner, anunció ante los periodistas en el Hofburg de Viena que los países de Europa del Este debían ser admitidos en la OTAN lo antes posible.

Aunque durante esta fase EEUU todavía se mantuvo cauteloso al respecto, en los años siguientes también inició un cambio de rumbo. Desde mediados de la década de 1990, el Gobierno estadounidense, bajo la presidencia de Bill Clinton, declaró abiertamente que la ampliación de la OTAN hacia el este era un proceso imparable. Con ello, dejó sin efecto las promesas anteriores de que solo habría “asociaciones para la paz” con Europa del Este y ofendió al presidente ruso Boris Yeltsin, que se sintió engañado.

La oposición a los planes de ampliación provino no solamente de Rusia, también la ejercieron destacadas figuras de la política exterior de los propios EEUU. El 5 de febrero de 1997, George Kennan, uno de los estrategas geopolíticos estadounidense más influyentes, publicó un artículo de opinión en The New York Times titulado “Un error fatal”. El tema: los planes de ampliación de la OTAN hacia el este. En cuestiones militares, Kennan para nada era una paloma o un amigo de Rusia. Como fundador de la estrategia de “contención global” durante la Guerra Fría, jugó un papel fundamental en la política de contrarrestar, aislar y finalmente derrotar a la Unión Soviética. Pero, a diferencia de gran parte del mundo político de hoy en día, conocía Rusia desde dentro, tras haber trabajado durante mucho tiempo en la embajada estadounidense en Moscú. En el mencionado artículo escribió: “Esta ampliación es el error más fatal que puede cometer la OTAN, porque reforzará las tendencias chovinistas, expansionistas y militaristas ya existentes en Moscú. Esto dará lugar a una política exterior rusa que nos causará grandes problemas en Occidente”. Sus advertencias resultaron proféticas.

En una carta abierta, 50 exsenadores estadounidenses, miembros del gobierno, embajadores y expertos en desarme y asuntos militares, entre ellos el veterano secretario de Estado, Robert McNamara, y el exdirector de la CIA, James D. Watkins –todos ellos sin sospecha alguna de tener simpatía hacia Rusia– expresaron unas opiniones similares al respecto.

No obstante, a pesar de todas las objeciones expresadas por sus propios expertos, se llevó adelante la ampliación de la OTAN. El Acta Fundacional sobre Relaciones Mutuas, Cooperación y Seguridad, firmada entre la OTAN y Rusia en 1997, prohibía el despliegue de armas nucleares en los nuevos Estados miembros de la OTAN; al mismo tiempo, con la formulación de que “todos los Estados tienen derecho a determinar soberanamente su política exterior y de seguridad”, se reconocía implícitamente la ampliación hacia el este. Sin embargo, en dicho Acuerdo también se insiste en que deben tenerse en cuenta los “intereses legítimos de seguridad” de todos los Estados.

En 1999, Polonia, la República Checa y Hungría se incorporaron a la OTAN. Ese mismo año, la OTAN bombardeó Serbia, aliada de Rusia. Este ataque, llevado a cabo sin mandato de la ONU, vulneró claramente el Derecho Internacional, como admitieron más tarde sin rodeos algunos de sus defensores y artífices, como el entonces secretario de Estado del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, Ludger Volmer (Los Verdes). Esta guerra de agresión también violó la prohibición del uso de la fuerza, que ocupa un lugar central en el Acta fundamental sobre las relaciones mutuas, la cooperación y la seguridad entre la OTAN y la Federación de Rusia de mayo de 1997. Para Rusia, aquellos bombardeos evidenciaron inequívocamente dos cosas: por un lado, que Occidente no estaba dispuesto a respetar el Derecho Internacional y otras normas de la ONU; por otro, que la OTAN no era en absoluto una alianza puramente defensiva, sino que estaba dispuesta a librar guerras de agresión.

En este contexto, resulta sorprendente que, el 25 de septiembre de 2001, Vladimir Putin pronunciara en el Bundestag alemán un “discurso de la mano extendida”, de tono decididamente conciliador, en el que volvió a retomar la visión de una casa común pacífica en el sentido de Gorbachov. Por ello, todas las bancadas del Bundestag allí reunidas, desde el CDU/CSU hasta el SPD y el FDP, pasando por los Verdes y el PDS, le dedicaron una ovación a pie que duró varios minutos.

A pesar de ello, durante los años siguientes las relaciones este-oeste se fueron deteriorando considerablemente. La salida unilateral del Tratado ABM para la limitación de los sistemas de defensa antimisiles, llevada a cabo a finales de 2001 por parte de los EEUU bajo el mandato de George W. Bush, contribuyó de manera significativa a socavar la confianza entre ambos bandos. A esto se sumó la negativa de los países de la OTAN a ratificar el Tratado sobre Fuerzas Armadas Convencionales en Europa (FACE), el que definía unos límites precisos en categorías claves del equipamiento militar convencional en todo el continente.

En 2004, Eslovaquia, Lituania, Estonia, Letonia, Bulgaria y Rumanía entraron en la OTAN. En septiembre de 2006, la OTAN anunció que había entablado un “diálogo intensificado” sobre la adhesión de Georgia.

En 2007, Vladímir Putin pronuncia un discurso muy comentado en la Conferencia de Seguridad de Múnich, que contrasta fuertemente con el discurso de 2001. El presidente ruso critica los intentos de establecer un “orden unipolar” y la rápida expansión de la fuerza militar. Denuncia el incumplimiento del Derecho Internacional, que llevaría a que “nadie se sintiera seguro”, aludiendo claramente al bombardeo de Serbia por parte de la OTAN y a la guerra de Irak. Insiste en el monopolio del Consejo de Seguridad de la ONU para el uso de la fuerza, que no debía ser sustituido por la OTAN. Lamenta el “estancamiento del desarme” y aboga por una mayor reducción de las armas nucleares. Además, expresa su preocupación por los sistemas de defensa antimisiles que EEUU tenía previsto instalar en Europa, lo que podría dar lugar a una nueva carrera armamentística; califica las nuevas bases estadounidenses en Bulgaria y Rumanía como “un factor provocador que reduce el nivel de confianza mutua”. El discurso culmina con una crítica a la ampliación hacia el este: “¿Contra quién va dirigida esta ampliación? ¿Y qué está quedando de las garantías que nos dieron nuestros socios occidentales tras la desintegración del Pacto de Varsovia? (…) ¿Dónde están esas garantías?”.

La situación se agrava considerablemente cuando, a principios de 2008, el Gobierno ucraniano solicita un Plan de Acción para su Adhesión a la OTAN, una medida que cuenta con el apoyo del Gobierno estadounidense. A raíz de ello, durante dos meses, el parlamento ucraniano queda paralizado por la oposición, la que se moviliza contra tales planes y convoca un referéndum sobre la afiliación del país a la alianza militar occidental.

Según las encuestas, en aquel momento, alrededor de dos tercios de la población ucraniana se mostraba escéptica o contraria a la adhesión a la OTAN.

Manifestación anti-OTAN en Kiev.
Manifestación anti-OTAN en Kiev.

Sin embargo, el Gobierno refuta una consulta oficial por vía de un referéndum.

En febrero de 2008, William Burns, entonces embajador de EEUU en Moscú y más tarde director de la CIA, da la voz de alarma. En un correo electrónico dirigido a la entonces secretaria de Estado Condoleezza Rice, escribe: “La adhesión de Ucrania a la OTAN es la línea roja más clara para la élite rusa, no solo para Putin”. Señala que hoy en día ya no se trata de la débil Rusia de los años de Yeltsin. “La Rusia actual actuará”, afirma Burns. El intento de incorporar a Ucrania a la OTAN llevaría a Rusia a “intervenir en Crimea y en el este de Ucrania”. También podría dar lugar a una guerra civil en Ucrania.

Todas las predicciones de Burns se iban a cumplir. Pero también fueron ignoradas. El entonces ministro de Defensa y exdirector de la CIA, Robert Gates, también consideró que esta decisión era un grave error y señaló que “el intento de incorporar a Georgia y Ucrania a la OTAN iba realmente demasiado lejos”. Según Gates en sus memorias, esta medida “ignoraba de forma imprudente lo que Rusia consideraba sus propios intereses nacionales vitales”.

Así, un total de tres directores de la CIA, varios ministros de Defensa y de Asuntos Exteriores, incluso algunos de los principales estrategas y expertos estadounidenses en asuntos de Rusia, advirtieron con dureza de las fatales consecuencias de una ampliación ilimitada hacia el este.

Desde la perspectiva actual, puede sorprender que figuras de la política exterior estadounidense jefes de la CIA, en su totalidad de línea dura, reivindicaron que se tuvieran en cuenta los “intereses nacionales vitales de Rusia”. Sin embargo, conocían bien Rusia y eran conscientes de que un conflicto con esta potencia nuclear tendría consecuencias nefastas para EEUU y tampoco redundaría en interés de los países europeos asociados, ni de los de Europa Occidental ni de los de Europa Oriental. También comprendían que evitar tal conflicto no le costaba nada a EEUU: para atraer económicamente a los países de Europa del Este a la órbita occidental, no era necesaria la expansión de la OTAN.

En triste contraste con la clarividencia de aquellas voces en pro de una realpolitik, se encuentran las declaraciones de los actuales “expertos en seguridad”, que, en contra de toda evidencia histórica, afirman que cualquier crítica a la ampliación de la OTAN hacia el este equivale a propaganda rusa. Por ejemplo, Claudia Major –perteneciente a la fundación alemana pro gubernamental Ciencias y Política (Wissenschaft und Politik) e invitada habitual en los programas de entrevistas alemanes– incluso se propasó afirmando que no se debería utilizar la expresión “ampliación de la OTAN hacia el este”, ya que esto serviría a las narrativas del Kremlin. En realidad, como hemos visto, desde el principio también hubo críticas masivas por parte de figuras destacadas de la política exterior estadounidense que predijeron correctamente las fatales secuelas de tal sendero. Si Occidente realmente hubiera tenido en mente el bien de la población ucraniana, como suele reiterar, habría hecho lo que fuera menester para evitar la guerra. Ni siquiera habría sido mucho: solo habría tenido que abandonar su pretensión de tenerlo todo, de controlarlo todo y de llegar a traspasar todas las líneas rojas. En otras palabras: habría tenido que mostrar un mínimo de respeto a la otra parte y dejarle espacio para respirar.

Esto también se aplicó a la cumbre de la OTAN celebrada en abril de 2008 en Bucarest, donde el Gobierno estadounidense de George W. Bush impuso a la alianza la adhesión de Georgia y Ucrania sin consultar previamente a Moscú. Sin embargo, Alemania y Francia plantearon objeciones, y España, Italia y otros países de la UE se mostraron escépticos. Como fórmula de compromiso, se le ofreció a Ucrania la posibilidad de convertirse en miembro de la OTAN, pero sin especificar una fecha ni medidas concretas. No obstante, el documento final reza palmariamente: “Hoy hemos acordado que estos países se convertirán en miembros de la OTAN”. Un día después, Vladimir Putin declaró en la misma cumbre que Rusia consideraba la adhesión de estos países a la OTAN como una “amenaza directa” para su seguridad.

No es casualidad que, pocos meses después, el conflicto entre Rusia y Georgia, que llevaba mucho tiempo latente, se convirtiera en una guerra abierta. Entre 2002 y 2008, Georgia se había rearmado masivamente con la ayuda de EEUU, y el presupuesto militar pasó de 18 a 900 millones de dólares. Para la élite rusa, el anuncio de que este país sería pronto un nuevo miembro de la OTAN sobrepasó las líneas rojas mencionadas poco antes por William Burns. El renombrado politólogo estadounidense, John Mearsheimer, escribió más tarde en la revista Foreign Affairs que, a más tardar en ese momento, los gobiernos occidentales deberían haber tomado distancia de sus planes si realmente querían evitar una guerra a gran escala.

Fuente: Ctxt

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