Por una primavera mediterránea

Franco“Bifo” Berardi
Franco“Bifo” Berardi

Por Franco“Bifo” Berardi

Escritor y filósofo italiano. Activista de la izquierda.

El seppuku de la izquierda, una metamorfosis radical para salvar la democracia y la sociedad

Seppuku.
El seppuku de la izquierda, una metamorfosis radical para salvar la democracia y la sociedad

Con el segundo cerebro

Hace tiempo que deberíamos haber aprendido a razonar con dos cerebros: el cerebro de lo inevitable y el de lo imprevisible. Desde esta doble perspectiva deberíamos razonar sobre la primavera de 2027, cuando los países de la Europa mediterránea –Italia, España, Francia y Grecia– acudirán a las urnas.

No podemos estar seguros de nada, si pensamos en las próximas evoluciones de la tormenta en curso, ni siquiera del hecho de que en la primavera del 27 sigamos aquí, ni de que las condiciones mínimas de civilización para celebrar elecciones políticas sigan existiendo en ese momento. El nacionalismo ruso y el ucraniano, el nazismo sionista y la mafia belicista trumpista aprietan en un puño los destinos del continente, mientras que desde dentro se levanta una ola negra y los racistas se preparan para dar el golpe de gracia en Alemania y en el Reino Unido.

Pero supongamos que dentro de un año seguimos aquí: en ese caso, en la zona mediterránea debemos esperar el posible triunfo de una tenebrosa idiotez, a menos que surja una invención política imprevista de la que la izquierda existente es, evidentemente, incapaz.

Estigma - La Boca del Logo.
Estigma – La Boca del Logo.

Visto cómo se está desarrollando el juego, vistos los contendientes que se enfrentan en él, diría que la más sombría de las perspectivas parece inevitable: rearme acelerado, guerra, recesión, proliferación de agresiones racistas, deportaciones, hundimiento de las condiciones sociales. Pero si es cierto que esto parece inevitable, es necesario que alguien se ocupe de lo imprevisible.

¿Cómo se hace? El psicoanalista Paul Watzlawick y el antropólogo Gregory Bateson hablan de terapia paradójica para aquellas situaciones en las que parece imposible curar una patología resistente a todo tratamiento: una modalidad terapéutica que consiste en redefinir el campo y modificar su perímetro, en no respetar las reglas del juego y en confundir las identidades: pragmática paradójica.

Watzlawick hablaba al respecto de “reestructuración del campo”, y esa reestructuración consiste en cambiar las premisas y el significado que atribuimos a las palabras, en delinear un marco imprevisto para la acción, que permita salir de la trampa que constituyen las reglas establecidas.

La reestructuración no modifica los hechos concretos, sino los significados atribuidos a la situación, y de ese modo instaura un “nuevo juego”.

Intentemos trasladar esta metodología de la paradoja a la perspectiva específica de la primavera electoral, en la que una derecha racista y belicista se prepara para apoderarse de todo el continente y acabar definitivamente con toda esperanza de una vida tolerable. Por el bien de la democracia y de la sociedad en su conjunto, la izquierda existente debería tener el valor de declarar su propia extinción para dar vida a una forma inédita de frente electoral de emergencia que denuncie sin más rodeos la guerra, el racismo y la esclavitud.

De la vida y de la muerte

La izquierda europea, especialmente en Italia, ha contribuido a la catástrofe en curso: ha favorecido la privatización de los servicios sociales, ha entregado a los migrantes a los campos de concentración libios, ha autorizado la clandestinidad del trabajo migrante, ha apoyado políticas de guerra. ¿Por qué habría que votar a gente como Marco Minniti, un verdugo democrático que aplica las mismas políticas que Matteo Salvini?

La izquierda ha perdido toda credibilidad y no es reformable; pero ahora se abre una cuestión radical que exige formas políticas distintas de las que la izquierda puede concebir.

De hecho, el problema no es coyuntural, sino estructural: la izquierda podía ganar cuando existían las condiciones para la unidad de los trabajadores. La globalización ultraliberal ha destruido para siempre esta posibilidad: la liberalización del mercado laboral ha introducido una competencia continua entre los trabajadores, y la inmigración ha provocado una fragmentación del trabajo que elimina toda fuerza contractual.

Las migraciones son un fenómeno imparable, éticamente justo porque los pobres del sur son pobres como consecuencia de la colonización europea, y económicamente necesario para compensar el envejecimiento y la contracción de la población del norte. No obstante, hay que reconocer que la incorporación de mano de obra migrante ha provocado una descomposición del frente laboral que no se puede recomponer en nombre de una solidaridad abstracta. La mano de obra migrante ha provocado una bajada de los salarios, y la estratificación étnica, lingüística y cultural de la fuerza de trabajo ha provocado una fragmentación y también una desconfianza interna en el mundo laboral. Ningún esfuerzo político puede contrarrestar este profundo desmoronamiento.

Por lo tanto, la izquierda ya no puede ganar y, por otra parte, no tiene ningún proyecto alternativo al capitalismo.

La cuestión social no ha desaparecido en absoluto, pero ya no es un ámbito en el que sea posible movilizar energías solidarias. Sin embargo, surge otra cuestión: la de la vida o la muerte. En esta encrucijada, se trata de trazar nuevas líneas divisorias, de elaborar programas mucho más radicales que los de la izquierda actual.

Mitologías felices contra mitologías sádicas

La derecha lo está ganando todo porque propone una mitología basada en la seguridad, la propiedad, la competencia y la nación.

Los mitos no se desmontan con la razón crítica, sino solo con mitos alternativos, diferentes: mitos relajantes contra los agresivos, mitos sensuales contra los rencorosos. Mitos paradójicos contra la banalidad del mal.

Lo que hace falta es un programa inverosímil: un límite insuperable de treinta y seis horas semanales de trabajo con sanciones para las empresas que no lo respeten, aumentos salariales iguales para todos, la eliminación del gasto militar, sanciones económicas para quienes producen y distribuyen plástico, la regularización de quinientos mil migrantes.

España lo ha hecho, y la economía española es la única en Europa que puede presumir de un crecimiento económico del tres por ciento. Sin embargo, según las encuestas, también en España la derecha tiene grandes probabilidades de ganar las elecciones de la primavera de 2027.

¿Cómo explicar esta debilidad de la izquierda?

Porque la sensatez no basta frente a la locura. Por lo tanto, es en el terreno de la locura donde hay que medirse.

Cuando el neoliberalismo dejó (como era de esperar) paso a la agresividad racista y al autoritarismo, la izquierda intentó resistir la ola negra adoptando un tono moderado, razonable y educado, tras haber apoyado durante treinta años las devastadoras políticas neoliberales.

Rechazando los tonos extremos (rechazando el catastrofismo como si fuera una falta de estilo), la izquierda ha evitado ponerse al mismo nivel que la derecha, y en esto se ha equivocado por completo, porque los tonos catastrofistas de la derecha se corresponden con el sentimiento profundo de la mayoría, y conducen a decisiones que agravan la situación y acercan el apocalipsis, con el resultado de poder endurecer aún más los tonos y aplicar medidas cada vez más devastadoras. Las profecías catastrofistas se cumplen a sí mismas y dan pie a políticas cada vez más desequilibrantes.

La izquierda, en cambio, sabe a sopa de hospital: su mensaje insípido y racional no puede calar en el inconsciente colectivo sobreexcitado. El inconsciente no reconoce los tonos moderados.

La izquierda no se atreve a decir la verdad sobre el colapso climático, se limita a sugerir medidas que luego siempre se posponen porque hay cosas más urgentes. Más urgente que cualquier otra cosa es la guerra. Y la izquierda se cuida mucho de denunciar el peligro inminente de una precipitación apocalíptica de la guerra en Europa, para no asustar a las masas.

Pero las masas están asustadas porque la derecha se encarga de exacerbar los tonos, y porque, en cualquier caso, cualquiera que no sea estúpido comprende que el peligro de una catástrofe militar, medioambiental y social se acentúa cada día más.

Pedro Sánchez es el único líder europeo que ha logrado hasta ahora contener la propagación de la agresividad fascistoide. Ha sabido hacerlo con decisiones valientes en materia de economía, inmigración y, sobre todo, contra la guerra y el sionismo. Aunque en aislamiento, ha sabido mantener su posición porque España es el país culturalmente más abierto, más rico y también menos deprimido de Europa.

Pero ahora existe el riesgo de que, debido a su aislamiento, incluso la izquierda española pierda el gobierno.

Debe surgir una cultura apocalíptica de izquierda. Es la última esperanza, la última posibilidad de escapar del apocalipsis.

Se necesita el valor de presentar a los votantes una descripción realista de lo que les espera a los europeos en los próximos años, aplastados como están entre la agresividad nacionalista rusa y la agresividad imperialista estadounidense que, tras haber utilizado a Ucrania para sus fines durante la presidencia de Biden, abandona a Ucrania y a Europa, sin desactivar la mecha que puede hacer estallar un polvorín nuclear a escala continental.

Hay que tener el valor de describir las consecuencias sociales que está provocando la guerra descabellada impulsada por la coalición sionista-estadounidense de Epstein: miseria creciente, desmantelamiento de sectores enteros de la industria europea, colapso económico de Alemania e Italia.

Un programa inverosímil, como la realidad

Sobre todo, hace falta el valor de lanzar un programa inverosímil. Puesto que la realidad contemporánea es inverosímil, solo la inverosimilitud podrá captar el inconsciente que oscila entre el pánico y la depresión.

¿Es un programa descabellado?

Por supuesto que lo es.

Pero llevamos diez años asistiendo a la victoria de programas descabellados, al triunfo de desequilibrados que conquistan a los votantes mostrando una motosierra y declarando que la usarán contra ellos. Llevamos diez años asistiendo al ascenso de fuerzas belicistas que exacerban el miedo y el odio.

Solo quien tenga el valor de oponer al miedo y al odio un discurso de radicalismo pacifista, solo quien oponga la conspiración del bien al delirio sádico, solo quien prometa recuperar los niveles de vida y los salarios que los trabajadores obtuvieron hace cincuenta años y que la traición de la izquierda ha liquidado –solo quien tenga el valor de alzar la voz en nombre de la sensatez y de la vida tendrá alguna posibilidad de detener la carrera hacia el abismo–.

Reclamamos las mitologías del Mediterráneo frente a las sombrías mitologías nórdicas en las que el nazismo se inspiró en el pasado y en las hoy se vuelve a inspirar. Reclamamos el placer de vivir, la sensualidad. Reclamamos la herencia de las culturas sincréticas del pasado antiguo y medieval. La Florencia del Renacimiento no habría existido sin la contribución del griego Gemisto Pletón, y la Universidad de Bolonia no habría nacido sin la contribución de los migrantes árabes y germánicos que se reunieron a la sombra de las dos torres recién construidas (que hoy corren el riesgo de derrumbarse). Córdoba y Granada no habrían podido convertirse en el centro de una civilización pacífica y rica sin la mezcla de elementos judíos, cristianos e islámicos.

¿Son trivialidades? Claro que lo son.

A las trivialidades perversas de los racistas oponemos las trivialidades buenas de quienes prefieren la paz a la guerra y la vida a la muerte.

Dixi et salvavi animam meam.

Fuente: IL DISERTORI

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