
Por Mercedes Gallego
Corresponsal del Grupo Vocento en Nueva York desde hace 16 años.
Cubrir el Mundial en EEUU se ha convertido en un deporte de riesgo. Las organizaciones profesionales recomiendan que se borren los móviles antes de entrar

A los corresponsales fogueados no nos pilla por sorpresa tener que vaciar el teléfono, purgar las redes sociales o desactivar datos biométricos antes de aterrizar en países como China, Nicaragua, Venezuela, Irán, Egipto, Arabia Saudí u otros regímenes autoritarios del montón. El que no estaba en nuestra lista, hasta el año pasado, era Estados Unidos.
Es una de las muchas cosas impensables que ocurren en este país desde la segunda presidencia de Donald Trump. Cuánto han cambiado las cosas en el supuesto faro de la democracia mundial. “Nos odian por nuestras libertades”, repetía George W. Bush tras los atentados del 11-S, mientras bombardeaba Irak y Afganistán. Aquello ya olía mal, pero desde que Trump volvió al poder, ebrio de revancha, el país de la Estatua de la Libertad se ha transformado a la velocidad de la luz en la dictadura que prometió para su primer día de gobierno, cuando todavía era candidato y aquello sonaba a broma de campaña. No estaba de broma. Como tampoco son bromas las recomendaciones de Reporteros Sin Fronteras a los 50.000 periodistas que cubrirán el Mundial: borrar datos sensibles de sus dispositivos, cerrar cuentas y sesiones, desactivar el reconocimiento facial, borrar los chats y memorizar un contacto al que llamar si te detienen.
Quién nos iba a decir que el periodismo deportivo se convertiría en una profesión de riesgo. Los compañeros de deportes, que en otros mundiales solo se jugaban una indigestión de perritos calientes en el palco de prensa, están descubriendo que el rótulo de “Press” pone una diana donde antes solo había publicidad de una aseguradora. “Las credenciales de prensa no protegen necesariamente en la frontera ni en la cobertura sobre el terreno”, ha advertido la directora ejecutiva del Comité para la Protección de Periodistas (CPJ), Jodie Ginsberg, en su llamado a “extremar las precauciones” para los periodistas que viajen a EEUU. Menuda recomendación para un deporte que debe unirnos.
El Mundial de 2026 se escribirá en la historia al estilo Trump: será el más grande, el más largo, el más caro, el más polémico, el más televisado y el más contradictorio, entre otros superlativos. ¿Quién da más? Su arma favorita para la represión sigue siendo la policía migratoria, “utilizada como herramienta para silenciar el periodismo”, ha dicho Ginsberg sin rodeos. El CPJ lleva meses haciendo la cuenta, y el resultado no es nada halagüeño: la organización dice haber visto a las autoridades estadounidenses “detener y denegar la entrada o deportar a periodistas, no por haber cometido algún crimen, sino por su periodismo”.
Entre los casos documentados está el del periodista australiano Alistair Kitchen, detenido y deportado en el aeropuerto de Los Ángeles por escribir sobre las protestas propalestinas de la Universidad de Columbia en Substack. La excusa, tras 12 horas de interrogatorio político en el que cometió el error de dar el código de su teléfono, fue haber mentido sobre el uso previo de drogas en la Autorización Electrónica para Viajar (ESTA). “Dijeron que habían encontrado pruebas en mi teléfono de que había fumado marihuana, aunque no me las mostraron. Me dio miedo que me acusaran de haber mentido y lo admití. Luego, de vuelta, con el teléfono en la mano, entendí que no tenían ninguna prueba”, contó. Lo detuvieron por un artículo y lo deportaron por un porro que se fumó legalmente en Nueva York años antes. Como a Al Capone lo enchironaron por no pagar impuestos.
Al periodista de origen salvadoreño Mario Guevara lo detuvieron en Atlanta mientras grababa las manifestaciones de “No Kings”, con un chaleco que le identificaba explícitamente como prensa. Llevaba 18 años en EEUU, donde trabajó para el diario hispano de más tirada en Georgia, Mundo Hispánico, antes de crear su propio medio. “Siempre creí que en EEUU había libertad de prensa”, lamentó desde su nuevo exilio. “Antes de que llegase el gobierno de Trump tenía muy buenas relaciones con el ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas). Me llevaban a los sitios y me dejaban grabar los vuelos de deportaciones. Nunca pensé que yo iría en uno de esos”. Pese a estar legal y haberse desestimado los cargos contra él, pasó 112 días detenido (70 de ellos en aislamiento) antes de ser deportado. No le dejaban dormir, le encendían las luces de noche y subían el aire acondicionado a tope para forzarle a firmar la deportación voluntaria, que nunca aceptó. Su documentación estaba en regla. “El único delito que cometí fue filmar a los agentes de inmigración. No lo hagáis nunca. Te pueden revocar el visado, detenerte y deportarte, como me hicieron a mí”.
No fue un caso aislado. En marzo, le tocó a la periodista de Nashville Noticias Estefany Rodríguez, de origen colombiano, casada con un estadounidense y con permiso de trabajo en vigor hasta 2029. Y al comentarista británico Sami Hamdi, arrestado en el aeropuerto de San Francisco cuando se disponía a abordar un vuelo doméstico –el Departamento de Estado y el ICE le habían revocado la visa dos días antes sin notificárselo–. Él ni siquiera reportaba sobre abusos migratorios. Su pecado fue participar en un evento del Consejo sobre Relaciones Islámico-Americanas (CAIR). Por lo visto, ya ni hace falta escribir el artículo: basta con estar en la sala donde se podría haber escrito.
En el nuevo orden de Trump, los caminos del señor son misteriosos. A veces uno no sabe ni qué ha hecho mal. Y eso es de gran utilidad para los represores, que rentabilizan el caos y la confusión para que todo el mundo ande de puntillas, no vaya a ser que se pise algún callo invisible. La autocensura siempre ha funcionado mejor que la censura: detienes a unos pocos y cuadras a todos.
Eso no quiere decir que los golpes sean arbitrarios. Según la Asociación Internacional de Prensa Deportiva, los periodistas extranjeros que más han visto rechazada su solicitud de visado –o han recibido permisos de entrada única en un Mundial en el que hay que seguir a los equipos por tres países– proceden del continente africano y de Irán, sin perjuicio de otros muchos. Por primera vez el anfitrión está en guerra con una de las selecciones que recibe en casa. Y como en la guerra todo vale, han obligado a Irán a entrenar al otro lado de la frontera mexicana, en Tijuana, a 230 kilómetros de donde jugarán en Inglewood (California). Y al terminar el partido, de vuelta al otro lado del muro.
Tampoco entró el fotógrafo oficial de la selección iraquí, retenido más de diez horas en el aeropuerto de Chicago tras revisarle el teléfono. Los aficionados de Irán y Haití ni siquiera pueden solicitar el visado. Y el árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, que llevaba años soñando con pitar un Mundial, fue devuelto a su país tras once horas de interrogatorio en Miami.
¿Y qué hay del común de los mortales, el forofo futbolero que ni sigue la política ni tiene una pinche publicación propalestina en su Instagram? Pues en el aeropuerto que se puede encontrar con que su ESTA, vigente hasta dos años, ha sido invalidada por un tecnicismo que nadie le explica (desde febrero se requiere una foto en vivo, en lugar de la escaneada del pasaporte de toda la vida). La ESTA de urgencia que pida sobre la marcha puede fallarle si el selfie no convence al algoritmo de turno. Una vez denegada, no se moleste en repetir el proceso: todas saldrán denegadas. Sin explicaciones. ¿Será por un tecnicismo o que el Departamento de Seguridad Nacional instruye a los agentes a vetar a quienes “respalden, promuevan o apoyen puntos de vista antiamericanos o ideologías antisemitas?” No hay manera de saberlo. La guerra psicológica funciona.
El miedo es libre. EEUU no.
Fuente: Ctxt

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