
Por Fabian Scheidler
Escritor alemán cofundador de la revista de televisión independiente Context TV.
De ser el cuarto país más pobre del mundo, a un proyecto de ecocivilización tecnológica. La antigua fábrica del Norte Global hoy produce para sí misma y amenaza la hegemonía occidental

En 1931, James Truslow Adams acuñó el término “el sueño americano”, un “sueño de una tierra en la que la vida debería ser mejor, más plena y más rica para todos, con oportunidades para cada uno en función de su capacidad o sus logros”. Casi un siglo después, este sueño se ha desvanecido para la mayoría de los ciudadanos estadounidenses. Una clase trabajadora empobrecida y una clase media en declive, guerras interminables y una profunda división política caracterizan a la tierra de las oportunidades que en su día fueron ilimitadas. Otros países occidentales también se han visto arrastrados a la vorágine del declive: el Reino Unido, Italia, Francia y ahora también Alemania se ven marcados por una desindustrialización cada vez mayor y un creciente resentimiento político entre amplios sectores de la población. Mientras tanto, un país que hace tan solo 50 años se encontraba entre las cuatro naciones más pobres del planeta ha experimentado un ascenso espectacular: China. Desde la década de 2010, el presidente Xi Jinping ha venido hablando del “sueño chino”, en una apropiación descarada del mito estadounidense. En Occidente, abundan los temores ante una China cada vez más poderosa. La Unión Europea ha calificado al país de “rival sistémico”, mientras que Estados Unidos lleva mucho tiempo intentando reorientar su estrategia hacia Asia para contener el auge de China, que se considera el principal desafío a la hegemonía estadounidense.
Superar la pobreza masiva
Desde el punto de vista económico, la evolución de los últimos 40 años no solo es impresionante, sino que no tiene precedentes en la historia de la humanidad en cuanto a escala y velocidad. China es ahora responsable de alrededor de un tercio de la producción industrial mundial. Fabrica más productos que todos los países del G7 juntos (Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y Canadá). Según el Banco Mundial, 800 millones de personas han salido de la pobreza absoluta y han alcanzado ahora un nivel modesto de prosperidad: el programa de reducción de la pobreza más exitoso de la historia. La mayoría de estas personas viven ahora en ciudades. Cualquiera que viaje hoy por el país, que en su día fue predominantemente agrícola, quedará abrumado por el número y la magnitud de las ciudades llenas de rascacielos que han surgido como setas por todas partes en las últimas décadas. Al viajar por China en trenes de alta velocidad –a una velocidad constante de 350 kilómetros por hora– apenas pasan unos minutos sin que se vislumbren los contornos de nuevas ciudades de hormigón.
Zhengzhou, que en su día fue una modesta capital provincial con unos pocos cientos de miles de habitantes, cuenta ahora con 12 millones de residentes –aproximadamente el tamaño del área metropolitana de Los Ángeles–. Una red de autopistas urbanas y carreteras de diez carriles serpentea a través de distritos de rascacielos que parecen no tener fin. Fue aquí, en las fábricas del gigante de la electrónica Foxconn, donde se fabricaba una gran parte de los smartphones de Apple, por lo que la ciudad es conocida popularmente como la “Ciudad del iPhone”. Desde entonces, Foxconn ha trasladado parte de su capacidad de producción a otras instalaciones. En su lugar, el fabricante de automóviles BYD está construyendo la fábrica de coches más grande del mundo, que ocupa una superficie equivalente a la de San Francisco. En ella cabría diez veces la megafábrica de Tesla en Texas. Aquí sale un vehículo nuevo de la cadena de montaje cada cuatro segundos; dentro de unos años está previsto que salga un coche de la fábrica cada segundo.
Todos los vehículos fabricados en Zhengzhou son coches eléctricos. Los modelos más económicos se pueden adquirir en China por unos 11.000 dólares, y son notablemente superiores a los modelos occidentales comparables, que cuestan entre tres y cuatro veces más. Una carga completa de una batería BYD tarda ahora menos de diez minutos, frente a la media hora que tarda, en el mejor de los casos, un Volkswagen. La industria automovilística alemana, que desde hace tiempo no ha sabido seguir el ritmo de la tendencia hacia la movilidad eléctrica, se ha quedado muy rezagada y actualmente se hunde en una profunda crisis con despidos masivos. La UE y EEUU han respondido con aranceles para proteger sus mercados nacionales. Pero esto significa que los coches eléctricos siguen siendo excesivamente caros a ambos lados del Atlántico. La inevitable modernización de la movilidad se retrasa aún más, y Occidente se queda más atrás.
El arduo camino de China hacia la modernidad
El auge explosivo de China tiene una historia larga y accidentada, que comenzó con un declive catastrófico. Hasta bien entrados los siglos XVII y XVIII, el Imperio chino era superior a Europa en muchos aspectos. China apenas necesitaba productos de Occidente; lo producía casi todo por sí misma y con una calidad superior: textiles, vidrio, cerámica, barcos e infraestructuras como los famosos canales de riego. En consecuencia, la balanza comercial de Occidente con China fue negativa durante siglos –como lo es de nuevo hoy en día–. Sin embargo, los emperadores de la dinastía Qing y su Estado burocrático perdieron la oportunidad de la industrialización que se estaba originando en Europa. Cuando Gran Bretaña invadió China en la Primera Guerra del Opio de 1839 con sus cañoneras de carbón, el Gobierno de Pekín tenía poco con qué hacer frente a los europeos. Las consecuencias de esta invasión y de las posteriores sumieron al país en el caos. Obligado por los llamados “tratados desiguales” a abrirse a las empresas comerciales occidentales, a los misioneros y a las drogas, China se hundió cada vez más en las guerras civiles y la delincuencia.
Por desgracia, en la escuela aprendemos poco o nada sobre este capítulo de la historia. Para los chinos, el período comprendido entre la Primera Guerra del Opio y la fundación de la República Popular en 1949 está profundamente grabado en la memoria colectiva como el “Siglo de la Humillación”. “Nunca más”, reza el lema actual, “China debe rendirse ante potencias extranjeras”. Debe ser lo suficientemente fuerte, tanto económica como militarmente, para resistir nuevas invasiones. El resurgimiento de China como potencia mundial se considera, por tanto, también una especie de seguro de vida.
La fundación de la República Popular puso fin a las guerras civiles, al saqueo económico y a la injerencia de Estados extranjeros. Sin embargo, el camino hacia la modernidad fue largo. En 1955, Mao proclamó el “Gran Salto Adelante”: mediante la descentralización de la producción de hierro, el objetivo era superar a Gran Bretaña en la producción de metales en pocos años. El resultado, sin embargo, fue un desastre: no solo el hierro resultaba en gran parte inservible, sino que los campesinos también habían descuidado sus cultivos durante un período de sequía, lo que provocó una hambruna devastadora. En 1963, el primer ministro Zhou Enlai anunció las “cuatro modernizaciones” en la agricultura, la industria, la defensa y la ciencia. Pero la “Revolución Cultural” (1966-1976), puesta en marcha por Mao y su esposa Jiang Qing, sumió de nuevo al país en el caos y lo hizo retroceder económicamente.
Socialismo con características chinas
No fue hasta que Deng Xiaoping llegó al poder en 1978 cuando se puso en marcha una política de reforma y apertura de gran alcance, que impulsaría al país hacia una nueva era. Con este fin, Deng introdujo el concepto de “socialismo con características chinas”, que sigue siendo fundamental para las estrategias centrales del país hasta el día de hoy. Aunque todas las tierras seguían siendo propiedad del Estado, la agricultura se privatizó parcialmente: cada familia de agricultores era ahora responsable de sus propias ganancias y pérdidas, lo que impulsó significativamente la productividad. Al mismo tiempo, se crearon las denominadas “zonas económicas especiales” para atraer inversión extranjera directa. Una de ellas fue el pueblo pesquero de Shenzhen, cerca de Hong Kong. Hoy en día la ciudad tiene una población de 17 millones de habitantes y se la considera el nuevo Silicon Valley, que pronto podría superar a su homólogo californiano.
Las reformas de Deng abrieron una caja de Pandora. A través de la privatización de las empresas estatales, quienes tenían buenos amigos en el Gobierno se convirtieron en millonarios de la noche a la mañana, y algunos incluso en multimillonarios. Mientras tanto, los trabajadores se afanaban hasta 16 horas al día en las zonas económicas especiales a cambio de una miseria, fabricando calzado, ropa y productos electrónicos –en su mayoría para corporaciones occidentales como Nike o Apple, que de este modo pudieron multiplicar sus márgenes de beneficio–. Si bien el Producto Interior Bruto per cápita se multiplicó por 48 en las décadas siguientes, la brecha entre ricos y pobres se amplió drásticamente al mismo tiempo. El “socialismo con características chinas” se asemejaba cada vez más a un capitalismo con un barniz socialista. El movimiento de protesta liderado por los estudiantes de 1989, que fue brutalmente reprimido, se dirigía, entre otras cosas, contra los excesos negativos de esta política.
Las condiciones laborales inhumanas seguían siendo generalizadas en la década de los 2000. El fabricante de iPhones Foxconn, por ejemplo –cuya sede no se encuentra en la República Popular, sino en Taiwán–, provocó un escándalo en 2010 tras una serie de suicidios debidos a unas condiciones laborales espantosas.
Sin embargo, la situación cambió notablemente cuando el actual presidente, Xi Jinping, asumió puestos clave de poder en 2012. Xi proclamó una política de “prosperidad compartida” destinada a fortalecer la clase media. Según el Banco Mundial, el denominado coeficiente de Gini, que mide la desigualdad en la sociedad, se redujo significativamente en los años siguientes. Aunque la mayoría de los chinos siguen trabajando muchas horas y con gran esfuerzo hoy en día, el marco legal ha mejorado. La semana laboral de 40 horas se aplica ahora en toda China.
La primacía del Estado sobre el capital
En 2019, Jack Ma, el multimillonario director del Grupo Alibaba –el equivalente chino de Amazon–, promovió con vehemencia el llamado modelo 996: los chinos deberían trabajar todos los días de 9 de la mañana a 9 de la noche, seis días a la semana. Este programa supuso un ataque masivo a los planes del Gobierno. Por razones aún no reveladas, Ma se retiró de la vida pública poco después. Fuentes bien informadas sospechan que el Gobierno le presionó para que lo hiciera porque había traspasado líneas rojas.
El hecho de que el Gobierno haya frenado al poderoso ejecutivo de Alibaba es típico de la relación entre el Estado y las grandes empresas en China. Así ha sido desde mucho antes de la fundación de la República Popular. Incluso en la época de las dinastías, los emperadores y sus funcionarios trataban de impedir que el poder de los comerciantes creciera hasta tal punto que pudiera socavar la autoridad del Estado. Esto también se refleja en la ideología estatal confuciana, que vuelve a desempeñar un papel fundamental en la China actual.
El hecho de que China fuera capaz de cambiar de rumbo tras los excesos turbocapitalistas de la era de Deng para integrar más firmemente el bien común en las políticas solo fue posible porque el Estado nunca había cedido el control sobre los sectores clave de la tierra, la banca, la energía y las infraestructuras. Esto permite al Gobierno llevar a cabo una planificación a largo plazo y aplicar decisiones estratégicas –a diferencia de lo que ocurre en Occidente, donde, como consecuencia de una privatización generalizada, los Estados y las sociedades se han convertido en peones de los mercados financieros–.
El proyecto de una civilización ecológica
La industrialización desenfrenada de la era de Deng también había sumido a China en un desastre medioambiental de proporciones épicas: ríos contaminados, suelos envenenados, aguas subterráneas contaminadas, elevadas emisiones de gases de efecto invernadero y una densa niebla tóxica en las ciudades fueron un alto precio a pagar por el rápido desarrollo. Sin embargo, bajo el liderazgo de Xi –a veces denominado “socialismo con características chinas 3.0”– se alcanzó un punto de inflexión. A partir de 2012, el proyecto de una “civilización ecológica” se proclamó como objetivo central del Estado. “Las aguas azules y las montañas verdes son plata y oro”, se dice que pronunció el presidente. Aunque ante las megaciudades, los desiertos de hormigón, los gigantescos centros comerciales y las junglas de autopistas surge la pregunta de cómo una civilización así podría llegar a ser ecológica, hay éxitos tangibles que destacar.
China es ahora líder mundial en el ámbito de la reforestación. Una cuarta parte de la superficie reforestada en todo el mundo durante los últimos 20 años se encuentra en China. El llamado “Muro Verde” en el norte del país, diseñado para proteger Pekín de la invasión desde el desierto de Gobi, es el mayor proyecto de reforestación de la historia de la humanidad. Hasta la fecha, se han plantado allí unos 80.000 millones de árboles, que cubren una superficie del tamaño del Reino Unido. Sin embargo, los ecologistas señalan que la plantación de álamos y abetos de rápido crecimiento también tiene consecuencias negativas para el nivel freático y la biodiversidad. A pesar de estos problemas, se ha frenado eficazmente la desertificación y se ha creado uno de los nuevos sumideros de carbono más grandes del mundo.
La ecologización goza de una alta prioridad política también en las ciudades. Las amplias avenidas de diez, doce o incluso dieciséis carriles, típicas de las ciudades chinas modernas, se han bordeado con varias hileras de árboles en casi todas partes, lo que no solo mejora significativamente el clima urbano, sino también la estética de estas ciudades. En la planificación urbana, los grandes parques públicos se incorporan generalmente como corredores verdes. Los espacios verdes también se mantienen con un gran gasto. En Pekín y otras ciudades, por la noche salen camiones cisterna para regar cada uno de los árboles.
Mientras que hace veinte años las ciudades más contaminadas del mundo se encontraban en China, el aire de Pekín y otras grandes ciudades está ahora en gran medida limpio. La Ley de Prevención y Control de la Contaminación Atmosférica ha establecido límites estrictos para la industria y las centrales eléctricas. Los coches eléctricos dominan las carreteras, fácilmente reconocibles por sus matrículas verdes. En cuanto a los vehículos motorizados de dos ruedas, solo se permiten los patinetes eléctricos. Esto no solo limpia el aire, sino que también hace que las ciudades sean considerablemente más tranquilas. Tanto el Gobierno central como las autoridades locales están promoviendo de forma muy eficaz una rápida transición hacia la movilidad eléctrica. Por ejemplo, en Shanghái, una ciudad con 25 millones de habitantes y congestionada de forma crónica, hay que esperar años para matricular un vehículo con motor de combustión y pagar unos 10.000 €, mientras que la matriculación de un coche eléctrico es posible de inmediato y sin coste adicional.
La electricidad en China no solo es significativamente más barata que la gasolina –un kilovatio hora cuesta un tercio que en Alemania–, sino que, además, procede cada vez más de fuentes de energía renovables. Aunque China sigue construyendo nuevas centrales térmicas de carbón, al mismo tiempo está levantando enormes parques solares y eólicos, especialmente en las vastas extensiones del oeste chino, escasamente poblado, donde el sol y el viento abundan. Dado que tanto el sector energético como el bancario siguen siendo predominantemente de propiedad estatal, la financiación y la puesta en marcha pueden orientarse y acelerarse políticamente. Esto también se aplica a proyectos locales como la instalación de paneles solares en los tejados. Mientras que en Europa y EEUU las tarifas y las directrices varían con cada cambio de gobierno –lo que supone riesgos considerables para los propietarios de viviendas–, en China el Estado asume todo el riesgo. Cuando las instalaciones solares resultan rentables para las comunidades locales, el Gobierno financia la construcción; los usuarios no pagan nada, solo deben inyectar una parte de la electricidad a la red. Esto significa que prácticamente no hay motivos para resistirse al cambio. Por lo tanto, no hay indicios de guerras culturales en torno a la energía como en Europa o EEUU.
En general, China ha duplicado su inversión en energías renovables desde 2015 hasta alcanzar los 625.000 millones de dólares estadounidenses al año.Eso es tres veces más de lo que invierten todos los Estados miembros de la UE en este sector. El objetivo: una economía en gran medida electrificada y basada en la energía solar para 2060. Al Gobierno chino no solo le preocupan los objetivos medioambientales, sino también reducir rápidamente su dependencia del petróleo y el gas. La guerra en Irán y el cierre del estrecho de Ormuz han demostrado una vez más lo peligrosa que es esta dependencia.
Hoy en día, China puede producir todo lo que necesita en todas las industrias clave, con la excepción de los procesadores de alto rendimiento más rápidos, donde el fabricante estadounidense NVIDIA sigue llevando la delantera. Si el llamado Reino del Medio logra también una independencia casi total en la producción energética, se aislará aún más de los riesgos geopolíticos. La UE, por su parte, sigue atada a los suministros contaminantes, excesivamente caros y muy volátiles de petróleo y gas, procedentes de EEUU y los Estados del Golfo, debido a su política energética caótica. EEUU también sigue siendo adicto a esas fuentes de energía finitas.
El precio del progreso
Sin embargo, en medio de todos estos avances positivos, el auge de China también tiene sus aspectos negativos. China es ahora una meritocracia con una enorme presión competitiva. En Shanghái –la ciudad más cara de China– un piso cuesta ahora ocho millones de yuanes, alrededor de un millón de dólares. Incluso con un sueldo de unos 2.000 dólares al mes –lo cual es muy bueno para los estándares chinos–, esto es inaccesible. Si uno se las arregla para conseguirlo, es solo, como se dice en Shanghái, como un “esclavo de los bancos” de por vida. Cualquiera que desee casarse suele tener que demostrar que posee un piso y un coche. El resultado es que muchos chinos se ven atrapados en una agotadora carrera solo para formar y mantener una familia –en la que, por lo general, tanto el marido como la mujer trabajan–. Llegar a la planta 24 de una fortaleza de hormigón después de un largo y duro día en una fábrica sin ventanas, tras un trayecto de hasta dos horas, deja energía apenas para encender la televisión. El “sueño chino” puede tener un rostro muy sombrío en la realidad. En este sentido, no difiere del “sueño americano” de antaño, cuyo lado oscuro Arthur Miller inmortalizó ya en 1949 en su obra Muerte de un viajante.
La alienación social y la soledad son un problema grave en la China actual. En el espacio de unas pocas décadas, el 75 % de la población rural –unos 600 millones de personas– se ha trasladado a las ciudades para trabajar en la industria. Si bien esto ha permitido superar la pobreza extrema, al mismo tiempo ha destrozado la red de relaciones de vecindad que existía en los pueblos. Un residente de Shanghái comentaba con nostalgia que en la lejana Chengdu, en la provincia de Sichuan, todavía se puede ver de vez en cuando a gente jugando a las cartas en la calle –un fenómeno que ha desaparecido en gran medida en la costa este–. El contacto social ha sido sustituido por el consumismo –o simplemente por el sueño de este–. La famosa calle comercial de Shanghái, Nanjing Road, bien podría superar en escala a la mayoría de lo que conocemos en Occidente, y no le falta de nada, desde Prada hasta Gucci. Sin embargo, solo una clase acomodada relativamente pequeña puede permitirse comprar esos productos y servicios.
La carrera por una oportunidad de movilidad social comienza ya en la guardería. La presión aumenta aún más en el colegio, sobre todo si se aspira a obtener un título de primera categoría. De las aproximadamente 3.000 instituciones de educación superior del país, unas cien se consideran universidades de élite que garantizan buenos empleos. Nueve de ellas pertenecen a la prestigiosa Liga C9. Pero el listón de admisión está muy alto. Muchos estudiantes de bachillerato le dedican siete días a la semana, estudiando hasta doce horas al día. Cuando la jornada escolar habitual, que comienza entre las siete y las ocho de la mañana, termina a las cinco o seis de la tarde, les esperan los deberes, que a veces se prolongan hasta medianoche. Los fines de semana las clases particulares están a la orden del día.
Esta intensa presión por rendir suele trasladarse a la vida laboral, dejando poco margen para el ocio, la familia y las amistades. Una de las consecuencias es el aumento de los trastornos de salud mental. Según cifras de la OMS, 54 millones de personas en China padecen depresión y 41 millones trastornos de ansiedad. En los países occidentales las cifras son en algunos casos significativamente más elevadas, pero China también está ganando terreno en este aspecto.
¿Rival sistémico o socio?
Si bien las empresas europeas y estadounidenses se beneficiaron durante décadas de los bajos salarios en China y los gobiernos cortejaron a este país por ese mismo motivo, la marea ha cambiado. Cada vez más, se presenta a China como una amenaza. La razón es sencilla: el país ya no produce principalmente para las corporaciones occidentales, sino productos propios de alta calidad con los que muchas empresas occidentales apenas pueden competir en un mercado libre. Aunque Occidente contribuyó a facilitar el auge de China mediante la transferencia de tecnología, ahora se enfrenta a las consecuencias. La defensa del libre mercado, que dominó las políticas económicas de EEUU y la UE durante décadas, ha dado paso a un nuevo proteccionismo.
La frustración por el relativo declive de Occidente también se ha manifestado en los últimos años en comentarios poco útiles desde el punto de vista diplomático, como cuando la ministra de Asuntos Exteriores alemana, Annalena Baerbock, calificó al presidente Xi de “dictador”, tal y como había hecho Joe Biden antes que ella.
Sin duda, China no es una democracia, aunque se celebren elecciones a nivel local y dentro de las estructuras partidistas y parlamentarias. El sistema puede entenderse más bien como una “expertocracia” que como una dictadura: en todos los niveles, desde el local hasta el nacional, se evalúan las experiencias y se transmiten a los órganos de toma de decisiones del partido y del Gobierno, cuyas resoluciones son, a su vez, examinadas minuciosamente por las comisiones de la Asamblea Popular. Esto es lo que hace que China sea tan adaptable y eficiente en cuestiones prácticas.
Al mismo tiempo, sin embargo, existe un gran temor a la apertura a nivel ideológico. En China no existe una prensa libre. La mayoría de los medios de comunicación son estatales y los pocos de propiedad privada conocen muy bien sus límites. Los periodistas lo admiten abiertamente. La idea general es, ante todo, difundir buenas noticias que sirvan a la gran narrativa de auge del país. En consecuencia, los aproximadamente veinte canales de la cadena de televisión estatal CCTV emiten principalmente documentales sobre la naturaleza, entrevistas con empresarios de éxito y expertos vinculados al Estado, grandes epopeyas heroicas sobre la victoria frente a los ocupantes japoneses y, cada vez más, películas históricas ambientadas en la era imperial.
Las restricciones a la libertad de expresión son, sin duda, uno de los aspectos menos atractivos de China. Pero, ¿supone esto una amenaza grave para Occidente? Solo sería así si China desarrollara la intención y la capacidad de imponer su sistema al mundo por la fuerza. De vez en cuando se oyen fantasías de este tipo en Estados Unidos. Sin embargo, esta visión suele estar condicionada por un desconocimiento de la historia china. No hay duda de que China desea recuperar su antigua grandeza; esto es evidente en todas partes. Cualquiera que visite, por ejemplo, el Palacio de la Emperatriz, reconstruido en la antigua capital, Luoyang, se encuentra con una abrumadora muestra de esplendor y grandeza. Pero esta grandeza no se basaba, ni se basa, en la dominación mundial, como fue el caso de la pretensión occidental de hegemonía a lo largo de los siglos. China nunca ha construido un imperio colonial, aunque habría tenido los medios para hacerlo. Al fin y al cabo, en su día poseyó, con diferencia, la flota más grande del mundo y tuvo acceso a la pólvora siglos antes que los europeos. El Reino del Medio se basaba en el poder derivado del comercio, no en la conquista militar del mundo. La mayoría de las guerras se libraron para asegurar las regiones fronterizas.
Hoy en día, la principal preocupación en materia de seguridad de los dirigentes chinos es evitar que se repita una injerencia extranjera como la que se vivió durante el “Siglo de la Humillación”. China no debe volver a ser vulnerable al chantaje; las tropas extranjeras no deben volver a pisar suelo chino. Según la interpretación china, esto incluye también a Taiwán, que desde la década de 1970 ha sido reconocido como parte de China por las Naciones Unidas, Estados Unidos y todos los países europeos.
Una política exterior racional haría bien en comprender la historia de China y respetar sus intereses de seguridad. Este es un requisito previo crucial para una transición pacífica hacia un orden mundial multipolar.
Fuente: Ctxt

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