Quiénes son los siloviki, los hombres de confianza de Putin

Carlos Planells
Carlos Planells

Por Carlos Planells

Politólogo y profesor de Geografía e Historia, interesado en la historia y relaciones internacionales, especialmente de Europa Oriental, antigua Yugoslavia y espacio post-soviético.

Los siloviki forman parte del círculo de poder de Vladimir Putin y desempeñan un papel central en la política, la seguridad y la inteligencia de Rusia.
Los siloviki forman parte del círculo de poder de Vladimir Putin y desempeñan un papel central en la política, la seguridad y la inteligencia de Rusia.

Cuando escuchamos el nombre de Rusia, especialmente en clave política, aparece de manera indisociable la figura de Vladimir Putin. No obstante, el a priori omnipresente presidente de la Federación ha sabido, a lo largo de su dilatada trayectoria política, rodearse de un círculo de hombres de confianza que, en buena medida, manejan los entresijos de la política, la economía y la seguridad del país más extenso del planeta.

Este grupo es el de los llamados siloviki. ¿Quiénes son estos hombres? ¿De dónde surgen y cuál es su papel en la Rusia actual, especialmente en el conflicto militar en Ucrania?

Siloviki, los “ministros de la fuerza”

La palabra siloviki viene de sila, que significa “fuerza”. Por tanto, se considera a los siloviki como los “ministros de la fuerza” o los miembros de los “ministerios de la fuerza”; es decir, las agencias autorizadas a utilizar la violencia para responder a las amenazas a la seguridad nacional.

Dentro del mosaico de agencias que operan en Rusia en este ámbito destacan el Servicio Federal de Seguridad (FSB) –sucesor del KGB soviético–, el Servicio de Inteligencia Exterior (SVR) y el servicio de inteligencia militar de las Fuerzas Armadas (GRU), cada una de ellas con liderazgo, recursos e intereses diferentes.

Y es que, tras la disolución de la Unión Soviética en 1991 y durante la transición al capitalismo, la nueva democracia liberal rusa fue incapaz de crear un sistema de vigilancia parlamentaria sobre estos servicios de seguridad, que incluso fueron adquiriendo una autonomía cada vez mayor en sus actuaciones. Los mecanismos internos se mantuvieron intactos, lo cual dificulta hasta el día de hoy el control de sus actos por parte de actores independientes.

Algunos de los nombres más destacados de este grupo son Nikolái Pátrushev –secretario del Consejo de Seguridad de Rusia de 2008 a 2024–, Serguéi Narishkin –director del SVR–, Aleksandr Bórtnikov –director del FSB– o Serguéi Shoigú –ex ministro de Defensa y actual secretario del Consejo de Seguridad–.

Como se puede observar, muchos de ellos son miembros del Consejo de Seguridad de Rusia, órgano que toma, junto al presidente, las decisiones en materia de seguridad nacional y otros asuntos de interés estratégico. Algunos de ellos también ostentan cargos destacados en importantes empresas estatales.

Putin frente a los servicios de seguridad

Cuando Vladimir Putin asumió la presidencia de Rusia en el año 2000, heredó del mandato de Boris Yeltsin un panorama complejo en cuanto a los servicios de seguridad: la sustitución de las dos grandes agencias soviéticas (KGB y GRU) por un mosaico de órganos en una feroz competencia; la ausencia de un sistema democrático de control y rendición de cuentas; y el mantenimiento de las funciones, liderazgo y personal de la era soviética.

Es así que Putin –que, a priori, adoptó una posición conciliadora, pero se encontró con los servicios secretos volviendo a ganar influencia– optó por una estrategia basada en la complicación del panorama institucional mediante la creación de agencias que rivalizasen entre sí.

De esta forma, el presidente ruso ha logrado una consolidación de estos servicios secretos de forma limitada, principalmente a través del aumento de los recursos. No obstante, si bien desde 2014 el número de siloviki en puestos administrativos importantes se ha incrementado, Putin no ha tenido reparo en intervenir de manera puntual mediante el cese de ciertos cargos, como el de Sergei Ivanov como jefe de la Administración Presidencial en 2016.

La incorporación de los siloviki a estos cargos no se trata, por tanto, de un proyecto unificado, sino que es una consecuencia del reclutamiento de élites de Putin y la naturaleza personalista de Rusia.

Además, la confianza presidencial en estas figuras viene también dada como reacción a ciertos eventos que marcan un cambio de dirección en la política interior y exterior del Kremlin: la Primavera Árabe, las Revoluciones de Colores, las protestas de Moscú de 2012 o el conflicto en Ucrania han llevado a una mayor represión dentro del país y a una acción internacional más asertiva.

Un BMP-2 ruso durante la guerra en Osetia del Sur contra Georgia.
Un BMP-2 ruso durante la guerra en Osetia del Sur contra Georgia.

Así, Putin ha ido apartando a los tecnócratas de su círculo, pero también perdiendo confianza en algunos siloviki como resultado de su ineficiencia política, reduciendo el número de reuniones con estos; no obstante, ha mantenido un círculo cercano que comparte su visión gubernamental, prefiriendo trabajar con actores informales antes que con instituciones.

Las luchas por el poder

Lejos de la visión occidental que presenta a los siloviki como un grupo cohesionado, la realidad plantea un panorama mucho más complejo. Si bien se establecen como una facción del Kremlin diferenciada de los liberales y los tecnócratas, existe una jerarquía entre los siloviki, encontrándose en la cúspide los agentes del FSB. La ausencia de un líder y la falta de espacios de trabajo en común enfatizan este problema.

Cada una de estas agencias cuenta, además, con sus propios intereses –que raramente coinciden con los de sus competidoras–, conflictos internos y capacidad de adaptación.

Por ejemplo, mientras que desde 2022 el FSB ha adquirido más poder y ha reforzado el monopolio de la información que llega a la oficina presidencial con la deriva cada vez más autoritaria del régimen, el SVR ha enfrentado problemas de autoridad y liderazgo.

También existen tensiones intergeneracionales dentro de los siloviki, puesto que la primera generación tenía una percepción sobre sí misma de “nueva nobleza” que los más jóvenes no comparten, siendo menos probable que aporten ideas independientes o contrarias a Putin y asumiendo su dificultad para promocionar, lo que genera una desconfianza hacia los siloviki más veteranos que, además, se mantienen aún en sus cargos.

Es así que no coordinan sus acciones, sino que se da una competición entre grupos que sí comparten su interés en el statu quo, protegiéndose entre ellos de reformas que podrían amenazar los beneficios de los que gozan gracias a la corrupción política.

Por ejemplo, los siloviki orquestaron el caso Yukos, por el cual dicha petrolera fue absorbida por la empresas estatal Rosneft, siendo arrestado posteriormente su presidente, Mijaíl Jodorkovski, acusado de corrupción, cortando radicalmente sus posibles aspiraciones políticas.

Una visión común del mundo

A pesar de estas diferencias, hay varios puntos que los siloviki comparten. Un ejemplo es su educación diferenciada de la del resto de la sociedad. No obstante, uno de los elementos que más se destaca es su visión común de Rusia y del mundo basada en cuatro puntos:

  • La preferencia de un Estado altamente centralizado apoyado por grandes estructuras de seguridad que aplican la fuerza siguiendo la ley o al margen de la misma.
  • La cosmovisión de Rusia como nación amenazada por fuerzas externas, envidiosas de su riqueza natural y estatus de potencia.
  • La autopercepción de los siloviki como la única élite capaz de entender los peligros que enfrenta Rusia y articular una respuesta apropiada.
  • Su estrecha relación con la Iglesia Ortodoxa Rusa.

Los siloviki también comparten algunos rasgos como la existencia de códigos de conducta y honor, la obediencia a los superiores, la lealtad y disciplina, el derecho a utilizar armas y la potestad para castigar a aquellos que infrinjan este código.

De estos puntos, el más influyente en la política exterior del país ha sido la idea de Rusia como nación amenazada por enemigos externos que buscan su caída. Esta se ha visto reforzada por los eventos mencionados previamente en este artículo, percibidos como muestras de “guerra híbrida” por parte de Estados Unidos en su afán por implantar regímenes políticos favorables en el espacio postsoviético.

Esto ha causado que los servicios de seguridad rusos se encuentren desde los años 2011 y 2012 en un “modo guerra”. Entre diferentes acciones de sabotaje en política exterior, se han llevado a cabo ciberoperaciones e injerencias en los Parlamentos occidentales, se ha integrado al grupo de mercenarios Wagner en el Africa Corps, se ha intervenido activamente en la guerra de Siria y se ha expulsado masivamente a personal de las embajadas rusas en Occidente al ser sospechosos de espionaje.

Por otra parte, en el interior, se han reprimido cada vez con más fuerza los mensajes disidentes, dando más poder al FSB en arrestos e investigaciones por corrupción a partir de la mayor deriva autoritaria del régimen, destruyendo centros independientes de la vida política y civil del país.

El papel de los siloviki en Ucrania

El conflicto que mayor ejemplifica lo expuesto en este artículo es el que tiene lugar en el este de Ucrania. La situación dada en el país vecino desde 2014 ha reforzado, por un lado, la narrativa rusa de la injerencia occidental y, por otro, ha expuesto algunos de los problemas de este modelo basado en los servicios de seguridad.

Sin ir más lejos, el FSB fue incapaz de predecir la crisis ucraniana, principalmente debido a su falta de interés en los movimientos sociales. Así, para justificar este fallo de la inteligencia rusa, se optó por culpar a Occidente, llevando a cabo una política más agresiva y basada en los siloviki, que tuvo su pico en la invasión de Crimea de 2014.

La propia operación en Crimea ejemplificó una mala gestión política de una operación militar competente, ya que la falta de agentes del FSB en la península hizo que Putin aumentara su confianza en personalidades del ultranacionalismo.

Calle principal de Bucha tras la invasión rusa de Ucrania en 2022.
Calle principal de Bucha tras la invasión rusa de Ucrania en 2022.

A partir de 2022, con la invasión a gran escala de Ucrania, se ha integrado al Grupo Wagner en el ejército, llevando a cabo también acciones de sabotaje en Europa por parte del GRU como respuesta a sus pérdidas en las fuerzas especiales. Otros cuerpos, como el SVR, se han adaptado de forma más irregular y descoordinada a este nuevo contexto.

Del mismo modo, desde la élite siloviki se ha fomentado una retórica ucranófoba, presentando a Ucrania como un concepto antiortodoxo. Quien ha tomado un papel destacado en este aspecto es Patrushev, negando activamente la existencia de una nación o pueblo ucranianos y relacionando al país con el fascismo y la injerencia estadounidense anti-Rusia, pensamiento compartido por un amplio sector de la esfera nacionalista panrusa.

Svetlana Tijanóvskaya, líder bielorrusa en el exilio en una comparecencia ante el Parlamento Europeo.
Svetlana Tijanóvskaya, líder bielorrusa en el exilio en una comparecencia ante el Parlamento Europeo.

En suma, pese a los cambios experimentados en los últimos años, especialmente desde 2022, no parece que los servicios de inteligencia vayan a perder su relevancia en el corto plazo. Estos gozan de la confianza de Putin como instrumento de control interior y exterior, y tampoco se prevé una mejora de las relaciones con Occidente.

Kaja Kallas plantea una serie de exigencias maximalistas que Rusia debería aceptar para poder negociar una solución diplomática a la guerra en Ucrania junto a la Unión Europea.
Kaja Kallas plantea una serie de exigencias maximalistas que Rusia debería aceptar para poder negociar una solución diplomática a la guerra en Ucrania junto a la Unión Europea.

El círculo de los siloviki próximo al presidente es, por su parte, cada vez más cerrado y restringido, quedando únicamente los más influyentes por su cercanía y por su visión compartida respecto a Occidente, y perdiendo paulatinamente la confianza en los hombres externos. Es así que la política exterior rusa es cada vez más riesgosa e impredecible, una tendencia que los expertos apuntan a que no va a revertirse próximamente.

Fuente: Descifrando la Guerra

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