Porque sin escribir, la vida no es vidorra

Pedro Costa Morata
Pedro Costa Morata

Por Pedro Costa Morata

Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

He arrastrado como he podido las ganas de escribir con mi frecuencia apetecida mientras ponía en marcha mi trabajo sobre el Sáhara Occidental, que la editorial El Viejo Topo pondrá en las librerías -y yo entre mis incondicionales- a primeros de noviembre. Así que ha llegado el momento, de lanzar a la noosfera textos ya pergeñados y temáticas que me propulsen el pulso y animen mi ánimo, ya superado un verano criminal, cruel e inconsiderado, que incluso trata de prolongarse térmica y políticamente por las marcas astronómicas de un otoño que ya debiera compensarnos con treguas y relajamiento.

Todo esto a sabiendas, no obstante, de que serán escasos los avances, digamos técnicos, a esperar en mi escritura y temiéndome que no me quepa, a estas alturas, mucho más que consolidar los vicios -geometrismo formal en demasía, mucha oración subordinada, osadía temática innecesaria, pretensiones mediáticas inalcanzables, etcétera- de los que algunos de mis más generosos lectores me advierten y aperciben, sin que por mi parte sea capaz de cambiar en mucho o mejorar en nada (¿y qué le voy a hacer yo?).

Pero fiel a aquella inspiración (creo que era epicúrea) con la que un día mis hados protectores me asistieron haciéndome ver, y exaltándome yo, que la buena (¡ah!) literatura viene a ser el resumen de todas las ciencias, o sea, del conocimiento, témome que persistiré en mi escritura a despecho de seguir incurriendo en mis pertinaces pecados redaccionales, sean de estilo, sean de fondo. Por cierto que, cuando organizaba las actividades extraacadémicas en mi Escuela de Telecomunicación, y habiendo invitado un día al conocido historiador de la ciencia, José Manuel Sánchez Ron, físico él, al requerirle yo mismo por su opinión sobre esa representación literaria -tan seria y cuasi divina- del saber, para mi desolación y tras cautelosa pausa y mirada solar, me obsequió con un no rotundo, o sea, que el entusiasta objeto de aquella mi inspiración era erróneo (bueno, pero el equivocado era él, vaya que sí).

De tal manera que la siguiente entrega consistirá en el recuerdo de aquello que los representantes (selectos, eximios, sabios, etcétera) de mi adorado pueblo lanzaron contra mí en esforzada efeméride, cuando la mayoría socialista municipal camelada por la ultraderecha (que es que tienen cada cosa) trató de despojarme de mi título de Hijo Predilecto de Águilas. Para lo que apelaré a la ironía del fusilamiento anunciado (sin la seguridad de que, conociendo el percal, la entiendan y mucho menos la aprecien); porque se acerca la conmemoración del primer año de “suspensión” de la sentencia y no veo que se mueva nada destinado para darle el carpetazo debido a aquel gesto tan poco heroico de “dejarlo sobre la mesa” (que hay que joderse qué ediles, qué ocurrencia y qué embolao)

Más adelante y de alguna manera relacionado con lo anterior (ya explicaré por qué) habré de salir al encuentro de las tres demandas, tres, previstas por ciertos admiradores, así como de las debilidades de mi Ayuntamiento, secuestrado por un enemigo del pueblo que, antes o después, tenía que habérselas conmigo.

ATTC, sociedad constructora e inmobiliaria, quiere demandar a Pedro Costa.
ATTC, sociedad constructora e inmobiliaria, quiere demandar a Pedro Costa.

Hay en mi villa natal avispada gentecilla que pudo pensar que conseguía patente de corso haciéndome a mí, conocido y curtido defensor del pueblo frente a enemigos de todo jaez y pelaje, Hijo Predilecto, encontrándose con que mi interés por el lustre aguileño se acrecía precisamente con el honor recibido, lo que incluso me obligaba a abroncar a la digna (pero preocupante) Corporación.

Por lo que aprovecharé para advertir/recordar a quien corresponda que sigo siendo duro de roer, o sea, que no esperen paseo triunfal alguno sobre mis debilidades, fallos o descuidos, que en la escuela en la que he aprendido a parar zancadillas y sortear asechanzas me han salido escamas y caparazones a lo Testudo graeca, sí, esa que, pese a sus limitaciones, encuentra la forma de sobrevivir entre malezas y peñascales, dotada de defensas nada despreciables; algo parecido a aquella coraza de las invictas falanges macedónicas, imposible de traspasar por más que lo intentaran flechas, lanzas o aullidos atemorizadores. Que es con estas precauciones como debo responder a los ataques con un acero que espíritus de piel (demasiado) fina afilan para sajarme y demediarme, en virtud de mis periodísticas indagaciones y a causa de los marrones que emborronan a mi pueblo.

No dejaré en estos textos de honrar a mis amigos, sean estos de juventud (aunque sea con necrológica), o de agitaciones contemporáneas y encuentros inesperados, pero siempre gozosos, con seres de mismo o mayor recorrido, con los que ya me acostumbré, sobre la marcha, a detenerme y amistosear allá donde me surjan, que con la edad el derredor de afectos se desertiza, y hay que repoblarlo. Puro estilo nostálgico, evidentemente, al que tan proclive -y aun aficionado- he resultado ser.

Habrá conatos de, digamos, crítica literaria, bien sobre amigos escribidores, bien en cálida, incluso tierna, respuesta a los reflejos que desde autores alejados me alcanzan con sorprendente proximidad, porque son relatos que, requiriéndome desde el pasado, acabo por leer con fruición e interpretar fascinado.

No deberá faltar la cosa ecologista, por lo que he previsto no dejar inmune a la Confederación Hidrográfica del Segura, dilecta entre mis debilidades, volviendo a mortificarla por su devastadora política de “recuperación de riberas”, una canallada que contemplo con asombro que no lleva a prisión a ninguno de sus mandamases; debe de ser por la atenta protección (eminentemente archivadora) que les depara la fiscalía de Medio Ambiente.

La CHS asfixia impunemente la vida en las riberas del Segura.
La CHS asfixia impunemente la vida en las riberas del Segura.

Y algunas crónicas internacionales, claro, que esta es una de mis pasiones siempre cultivada, aunque en modo intermitente y semioculta. Me gusta recordar que descubrí el mundo y sus malpasos esperando mi turno en la barbería de Emilio Salas (que ya había pelado años antes a mi padre), ojeando el diario Pueblo con las noticias en primera de la pre-independencia de Argelia y sus convulsiones (corría 1962 y la radio del otro lado de la mar enviaba ininteligibles, pero apasionadas, cantinelas). No sé por qué ahora estoy recordando aquel episodio, cuando la Argelia colonial que había sido declarada años antes departamento francés tuvo que ser entregada a los argelinos y proceder a la evacuación de millones de colonos y urbanitas franceses que desde 1830 se habían instalado en un país que ni era suyo ni lo sería siempre. Esto provocó un cataclismo político que incluyó la sublevación militar del general Salan, jefe militar de Argelia, y la aparición de la organización terrorista OAS, que produjo innumerables asesinatos tanto de argelinos independentistas como de franceses que aceptaban la retirada; una muy seria crisis que el presidente De Gaulle, que estaba convencido y que lo tenía claro, resolvió con mano firme y sentido de la historia. (Ah, sí, de lo de Argelia me he acordado por lo de Ceuta y la hábil/diabólica política exterior de Marruecos, que acumula éxitos frente a España desde que dejamos aquel protectorado, le devolvimos Ifni y le regalamos el Sáhara).

Otro episodio que bulló durante años como vocación internacionalista expectante, y que me place evocar ahora, se me presentó cuando en el internado de León leí que el arzobispo católico de Saigón, cuñado del dictador-presidente de la República Democrática de Vietnam del Sur se empeñó en favorecer su fe contra el 90 por ciento de la población del país, que era budista (corría 1964 y empezaban los bonzos a inmolarse).

En el plano internacional será sin embargo Alemania la que primero merecerá mi atención, advirtiendo del mal camino que -una vez más- insiste en recorrer, para lo que siempre es recomendable leer o releer cómo fue y cómo se autodestruyó la República de Weimar, de cuyo accidentado discurrir vemos en nuestros días su reflejo pavoroso.

Alemania se rearma: nuevos pedidos de Eurofighter.
Alemania se rearma: nuevos pedidos de Eurofighter.

Y algunas otras crónicas sobre Marruecos, faltaría más, y su tiránico régimen islámico, objeto de toda clase de mimos del Occidente democrático, de espléndidos valores judeocristianos… Sin que falten mis invectivas contra esos hijos de Yahvé que desde el otro lado del Mediterráneo se empeñan en seguir fieles a su dios y sus promesas por la vía de la acumulación obsesiva de crímenes que asustan a media Humanidad: me refiero, por si no caíais, al Estado de Israel, ilegítimo, ilegal y genocida. Escena internacional en la que introduciré -que no me puedo aguantar- el nefasto papel de España provocando sin motivo alguno a Rusia en los cielos (libres) del Báltico, siguiendo las instrucciones de sus verdaderos enemigos, los fanáticos de la OTAN.

Finalmente, trataré de rellenar con mis recuerdos aquel año 1976, el más crítico de la sacrosanta Transición y que yo viví (¿y cuál no, dímelo tú, peregrino odiseico siempre ávido de horizontes y de lo de más allá?) llenándolo de cosas y movimientos. Y con él cerraré la veintena, más uno, de los artículos de este cupo otoñal. Porque, en efecto, cincuenta años no son nada, y así lo han sido, poco más que nada: un mero discurrir raudo y con tropezones, nada del otro mundo aunque muy poco calmoso, en sobresaltos abundante y divinamente vivido, ya que no me han faltado, al punto, los favores de mis atentos protectores, olímpicos unos, terrenales los más y perplejos todos ellos, eso sí, por tener que acudir al quite de zozobras tan frecuentes.

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