Crónica frustrada de un fusilamiento anunciado

Pedro Costa Morata
Pedro Costa Morata

Por Pedro Costa Morata

Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Hubo observadores que, por las prisas de la convocatoria, aludieron al fusilamiento, como una decisión con matutinidad (además de alevosía), por anunciarse el evento al iniciarse la mañana de un día navideño; todo muy raro e inusual, apuntando a que quizás se pretendía con ello dispersar en el ambiente festivo el interés que mostraba un cierto populacho del que se sabía encrespado por los acontecimientos.

Era una mañana fría pero luminosa y terne, aquella en la que condujeron a Petrus, comandante irregular de una guerrilla urbana y rural, casi siempre temida pero también desventurada, bien conocido por el empeño (locura, para muchos) de liberar a su tierra de malvados, follones y malandrines, a una pared de blanquísimo encalado en la esquina noroeste del cuartelillo local, en el que se había atrincherado una cuadrilla multicolor y pluriforme, voluntariamente ajena al mundo exterior que, sin embargo, mostraba una extraña sintonía hacia el justiciamiento del día.

Formose, al efecto, una línea de vistosos fusileros de gala, que respondían, en rigurosa proporción, a la distribución del poder entre los numantinos mandos locales, con este despliegue de colores: el amarillo ambiguo para diez de ellos, el azul celeste para otros siete y el pardo inquietante para los tres del extremo derecho de la fila.

Tribunal municipal 'sumarísimo' contra el Hijo Predilecto.
Tribunal municipal ‘sumarísimo’ contra el Hijo Predilecto.

Mandaba el pelotón un suboficial hasta hacía poco desconocido, al que habían encontrado deambulando por los pasillos y que a la propuesta de dirigir la fusilería había dicho que sí, que por qué no, sin pedir más detalle ni sobre el reo ni sobre el cargo. Al cual vistieron con guerrera de ocasión, más bien accidental, de mezclilla azul y parda y galones amarillos fuera de catálogo. Más cuando se disponía a dar la orden del fuego justiciero, tras el “preparados” y el “listos” de ordenanza, hete aquí que un vozarrón imperioso, de quien sabía mandar y a ello estaba acostumbrado, surgió de los altavoces del patio vengativo, interpelándolo así: “¡Alto ahí, insensato!, ¿no sabes que vas a fusilar a un inocente? ¿cómo te atreves a saltarte la cadena de mando, olvidándote de ponerme al corriente de decisión tan grave?

– ¡A sus órdenes, mi Oficial Superior, yo creía que…!

– ¡Silencio, atrevido!, ¿dónde está el expediente sumarísimo y preceptivo que es de justicia cumplimentar y que yo tengo que revisar y aprobar?

– ¡Bueno, a mí me dijeron…!

– ¡Cállate, osado!, ¿cuál es la acusación, cuáles los cargos, quién ha instruido ese despropósito, qué dicen los togados, cuál es la sentencia inmotivada?, ¿es verdad que te guías por un papel infumable que ningún mortal sobrio y con dos dedos de frente escribiría nunca?

– ¡En realidad, yo tuve que…!

– ¡No hables hasta que te lo mande, chusquero atrevido y carente de academia, que me han dicho que obedeces a un civil infiltrado que os tiene cogidos por donde yo me sé y que no os enteráis de que conspira con la minoría parda para desarmar nuestra honrosa institución castrense y democrática!

– ¡Usía me disculpe, que cuando tomé el mando…!

– ¡No me rechistes, suboficial insumiso, que la milicia no se ha de someter a chupatintas o leguleyo alguno, que estamos llamados para destinos más honrosos!

– ¡Sí, pero como nosotros no sabemos…!

– ¡No busques pretextos, que ya te he consentido bastante! Además, ¿no te has fijado, hombre de Dios, que tus hombres manejan escopetas de caña ajada y ánima curva, y que sus balas van a dispararse sobre sus mismísimos pies?

– ¡No me había dado cuenta, mi Oficial Superior!, ¿Y qué manda usía que haga?

– ¡No me vuelvas a dirigir la palabra, guripa de reemplazo, calla y obedece!, ¡Deja en libertad al reo ahora mismo sin cargos ni fianza, y te doy media hora para que te estudies la vida y milagros de nuestros celtíberos más preclaros, desde los tiradores de hondas borregueras, hechas de fino y resistente esparto surestino, hasta los indómitos partisanos de armas oxidadas del abuelo trabucaire, todos ellos montando siempre rocines famélicos, pero capaces de humillar y expulsar a traidores e invasores! ¡Y luego subes a mi despacho, que te voy a leer la cartilla como mereces!

Mientras todo esto retumbaba en el coso enmudecido, el prisionero asistía a su vibrante liberación esbozando una media sonrisa que dirigía, con generosa conmiseración, a los fusileritos pasmados, tratando de no herir sus delicados sentimientos. Que fue cuando, finalizado el chorreo, el que hasta hacía minutos era culpable de crímenes horrendos e injurias indescriptibles se dio por libre y descausado, saliendo con paso acompasado y firme afirmación del frío y siniestro patio para reunirse con sus compas y cuates, amigos y familiares, próximos y deudores, algunos de los cuales le confesaron haber lanzado, la noche anterior, serias advertencias a los mandos superiores para que llamaran al orden al destacamento irresponsable sobre la suerte del conocido guerrillero.

Pedro Costa, vencedor (provisional).
Pedro Costa, vencedor (provisional).

Entonces el Petrus liberado pudo deshacerse en cariños y agradecimientos, siendo afectuosamente abrazado, cordialmente manteado y sin remilgos vitoreado, a continuación de lo cual compartió fiesta con su partida entregada y fiel, con austera ingesta de vino de Jumilla, manzanilla de Sanlúcar y ron de Zacapa, siendo esto último obsequio de los herederos naturales y espirituales de los heroicos insurgentes, curtidos en luchas memorables contra gringos y fascistas, de las remotas selvas del Petén guatemalteco.

Fue ya, tras la contenida fiesta (que muchos consideraron incluso púdica, teniendo en cuenta la pica conseguida), cuando el condenado por confiado, y por chamba liberado, caló su vituperado coco con gorra invernal de oscuros tonos, enfundó su espada de afilado argumentario, alzó su vista al cuartelillo malasombra, miró al tendido, fuese, y no hubo nada.

(Escrito aquel 30 de diciembre de 2025)

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