
Por Diego Delgado
Entre Guadalajara y un pueblito de la Cuenca vaciada. Estudió Periodismo y Antropología, forma parte de la redacción de CTXT.
Quizá deberíamos empezar a poner nuestros esfuerzos en terminar con la impunidad que ofrece la camaradería masculina, en vez de culpar a las mujeres de no haber tenido más paciencia para atraernos a su lucha
El antifeminismo es un negocio. En los últimos tiempos se han multiplicado las investigaciones que desvelan cómo los algoritmos de las grandes plataformas de contenido digital están específicamente diseñados para bombardear a los chavales jóvenes con mensajes de corte autoritario. Entre ellos, destacan los discursos misóginos y las posiciones antifeministas. Al mismo tiempo, cada vez más voces invitan a reflexionar acerca del aparente éxito de esta ofensiva de antifeminismo militante entre las generaciones más jóvenes, poniendo el foco en los malestares que atraviesan a los chavales y les hacen inclinarse hacia el odio y la violencia contra la mitad femenina de la población. O, al menos, contra el movimiento de liberación femenina.

La sensación –al menos la mía– es que se está construyendo una suerte de consenso alrededor de la necesidad de reconfigurar las estrategias de comunicación con las que el feminismo se dirige a los hombres jóvenes, con el objetivo de que la apelación a los chavales presente la manida deconstrucción como algo deseable y no como una imposición bajo amenaza de castigo. Estudios como Más allá del compromiso y la reacción respaldan esta vía al desligar el rechazo que sienten algunos chicos hacia el feminismo de sus posturas con respecto a la igualdad de género: es cierto que la presencia del antifeminismo es cada vez más notoria, pero también que la visión positiva de la igualdad entre hombres y mujeres crece en mayor medida.

Nuria Alabao ha dedicado su ensayo Ínceles, gymbros, criptobros y otras especies antifeministas al análisis de las condiciones materiales y culturales en las que se originan aquellos malestares relacionados con la masculinidad patriarcal que luego explota con fervor la industria del odio antifeminista. El último capítulo, titulado ‘¿Cómo hablar con ellos?’, avanza firme por la mencionada senda del diálogo persuasivo en vez de la bronca, de la escucha en vez del juicio. Como no puedo estar más de acuerdo con las propuestas de Alabao, me remito al mencionado trabajo, así como a los artículos, entrevistas y charlas en las que profundiza en el tema.

También a este texto de Amador Fernández-Savater, en el que reflexiona sobre esta cuestión al calor de las ideas de la propia Nuria Alabao.

He tenido mucho cuidado con las palabras que he utilizado: “Hombres jóvenes”, “chicos”, “chavales”, términos con una evidente carga de significado que limita la edad de la población a la que se refieren. Porque me cuesta pensar que un niño de 12 años sea un misógino convencido y porque entiendo que, hoy, en las aulas pueda existir la sensación de que el feminismo es la norma contra la que rebelarse, en ese proceso en el que todes tratamos de reafirmar un yo particular en oposición a lo que nos dicen que debemos ser. Pero esto no aplica para el conjunto de los hombres adultos, a pesar de los intentos de algunos por enganchar su retórica victimizante –y, en última instancia, siempre machista– al carro de la preocupación por estar alejando a los adolescentes de una lucha que también se preocupa por ellos.
Me resulta alarmante leer y escuchar a hombres de izquierdas sugerir que el movimiento feminista está siendo demasiado tajante, que la falta de tacto a la hora de expresar sus exigencias está relacionada con el auge de discursos misóginos. Personalmente, me he visto envuelto en alguna conversación en la que mi interlocutor –hombre– venía a expresar que se le quitan a uno las ganas de esforzarse si solo recibe reproches. Cuando se hace desde la vulnerabilidad, desde la duda, estoy convencido de que exponerlo, hablarlo sin miedo al juicio es la mejor forma de avanzar; así lo he comprobado. Pero en demasiadas ocasiones se utiliza como justificación para despreciar no solo el feminismo, sino también a las mujeres que se reconocen en su lucha.
Digámoslo claro: ninguna mujer es responsable de explicarle a un hombre por qué sus comportamientos o comentarios están siendo misóginos, mucho menos de hacerlo con un tono cariñoso y didáctico. La rabia es un elemento absolutamente fundamental a la hora de combatir sistemas de opresión –también lo es la violencia–, y su estigmatización es uno de los dispositivos de poder más crueles en tanto que eficaces a la hora de convencer a las oprimidas de que el rechazo que les genera su situación solo denota que hay algo mal dentro de ellas.

Como hombres de izquierdas no podemos hacer otra cosa que oponernos frontalmente a ese marco, y tengo la sensación –ojalá me equivoque– de que está ganando peso conforme crecen, en el seno del feminismo, los debates sobre si deberían replantearse ciertas fórmulas en pos de atraer a los chavales jóvenes.
“Creo que la generalización respecto al género masculino aleja a los hombres del feminismo, por lo menos a mí me alejó por mucho tiempo”, escribía hace unos días un usuario de una plataforma de streaming a la creadora de contenido @huesoperro; “Pues mira, espabila. Es de nuevo echarle la culpa siempre a una mujer (…). Tenéis que espabilar”, contestó ella. Y estoy de acuerdo: tenemos que espabilar. Principalmente porque no existe la posibilidad de avanzar hacia una igualdad real sin que los hombres perdamos privilegios y comodidades, entre ellos el privilegio de poder ser machistas con total impunidad. Es más: la propia precariedad estructural que tiene a los chicos sufriendo y confundidos guarda una relación estrechísima con las mismas dinámicas patriarcales que impugna el feminismo; es decir, la crisis de la masculinidad que tanto nos alarma tiene su origen en nuestra propia subjetividad, al menos en parte. ¿Qué mayor prueba hay de que los hombres debemos implicarnos en el avance del movimiento feminista? Especialmente quienes estamos preocupados por la deriva ultra de nuestros jóvenes.
Claro que debemos proteger con urgencia a los chavales de los abusos de las plataformas de contenido, que se lucran destrozando su salud mental o llenándoles la cabeza de odio. Es imprescindible construir para ellos espacios en los que puedan expresar sus malestares sin miedo al juicio ni a la reprimenda; pero no podemos obviar que la demonización del movimiento feminista no surge de la nada: la han llevado a cabo hombres con plena consciencia de lo que estaban haciendo.

El bombardeo de consignas autoritarias y misóginas está comandado, en la mayoría de los casos, por hombres, tanto en el papel de influencers como en los despachos de las big tech. Quienes programan los algoritmos que asedian a nuestros chavales viven muy cómodos parapetados detrás del pacto de no agresión de la masculinidad patriarcal. Quizá deberíamos empezar a poner nuestros esfuerzos ahí, en ese pacto del que formamos parte, queramos o no. Quizá lo que nos toca es responsabilizarnos de algo que nos atañe de forma directa, en vez de culpar a las mujeres de no haber tenido más paciencia para atraernos a su lucha.
Todos tenemos cerca amigos, compañeros o familiares que muestran comportamientos machistas en mayor o menor medida. Confrontarlos es complejísimo, una tarea tremendamente desagradable y desagradecida que amenaza con convertirte en un hombre no solo aislado, sino quizá repudiado por quienes antes compartían camaradería contigo. Pero es la única salida, y desde luego deslizar que la responsabilidad está más en las formas del feminismo que en nuestra propia negativa a romper el pacto de la masculinidad patriarcal es hacerle el juego a quienes se frotan las manos con el auge del fascismo.
Fuente: Ctxt

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