
Por Nuria Alabao
Periodista y doctora en Antropología Social. Investigadora especializada en el tratamiento de las cuestiones de género en las nuevas extremas derechas.
Las condiciones materiales y vitales son mucho más determinantes a la hora de repartir las tareas domésticas y de cuidados que el posicionamiento más o menos feminista o progresista de los hombres dentro de la pareja
Hay una discusión abierta sobre si los avances en el reparto de las tareas del hogar se han estancado o no después de décadas de fuertes avances. Parece que, a pesar de la revolución feminista, la atribución de estas tareas a las mujeres resulta especialmente persistente e insidiosa. Pero más allá de estos debates, resulta habitual asociar mayor igualitarismo a las clases altas o medias-altas y, en general, a lo que podríamos denominar “clases medias profesionales”. En las encuestas europeas, estas clases suelen afirmar valores más progresistas y mayor inclinación al reparto del trabajo doméstico, mientras que los miembros de las clases trabajadoras suelen mostrar adhesión a valores más tradicionales y menos igualitarios en el hogar. ¿Pero coinciden estas posiciones ideológicas con la realidad del día a día de las familias? ¿Son las clases desfavorecidas más machistas?

En realidad, parece que más allá de lo que se afirma, como en muchas otras cuestiones de la vida, las cosas no son tan transparentes. En la academia también existe cierta polémica sobre cómo interpretar esos datos. Primero porque aunque los hombres de clase media y alta dicen realizar una proporción mayor de las tareas domésticas que los hombres de clase trabajadora, las parejas de clase media tienen más capacidad de externalizar gran parte de la carga doméstica a otras mujeres o servicios de mercado; es decir, hay menos tareas que repartirse. Pero además, un conjunto de estudios defienden la idea de que, a pesar de sus actitudes más tradicionales en materia de género, en muchas ocasiones las clases trabajadoras están compartiendo la división del trabajo doméstico de forma más equitativa que los más privilegiados. Aunque no hay investigaciones similares con datos españoles, sí parece haber bastante evidencia en trabajos que utilizan el ámbito europeo como campo de estudio.
Historia de dos familias
Para entender esta aparente paradoja, pongamos un ejemplo de lo que podría ser la vida cotidiana de dos familias prototípicas.
Laura y Miguel: Chamberí
Laura trabaja como abogada en un bufete corporativo del centro de Madrid de alta exigencia en tiempos y rendimiento. Miguel, su pareja, es ingeniero en una consultora tecnológica. Ambos tienen másteres, ganan bien –él algo más que ella– y los dos se consideran feministas aunque a menudo Laura le tome el pelo por ello. En las cenas con amigos critican los roles de género tradicionales, se burlan de los carcas y defienden, con la seguridad de quien ya ha resuelto el problema en abstracto, que las tareas domésticas deben repartirse por igual.
Pero su realidad es otra. Laura llega a casa pasadas las nueve de la noche, después de nueve o diez horas en la oficina más el trayecto. Él llega algo más temprano. Tienen una trabajadora doméstica que viene tres veces por semana –y todos los electrodomésticos que pueden facilitar las cosas: secadora, lavavajillas, roomba…– pero aun así alguien tiene que hacer la compra, organizar las comidas, llevar la ropa a la tintorería, concertar citas médicas, acordarse de los cumpleaños familiares o planificar las vacaciones.
Ese alguien es Laura.
Miguel “ayuda” cuando ella se lo pide. Pero es Laura quien sabe qué hay en la nevera, cuándo hay que cambiar las sábanas, qué regalo comprar para la sobrina. Él hace el desayuno los domingos –es su aportación visible, la que menciona cuando el tema surge–, pero ella es quien se asegura de que haya pan, café y zumo. También es cierto que compra por internet y le traen la compra a casa.
– Podrías decirme qué necesitas que haga –le dice Miguel cuando ella, agotada, estalla porque él no ha sacado la basura.
– No debería tener que decírtelo –responde ella–. No soy tu jefa de proyecto.
Miguel se siente atacado. Él no es machista. Apoya la carrera de Laura.
Cuando tienen su primer hijo, Laura pide una excedencia de seis meses. Miguel toma las seis semanas obligatorias tras el nacimiento pero duda de pedir alguna semana más de las once voluntarias que pueden disfrutar durante el primer año de vida del menor. Sin embargo, se dice a sí mismo que si ella ganara mucho más, dejaría su trabajo sin problema. De hecho, ha pensado en ello. Pero su trabajo en la consultora exige disponibilidad constante, viajes, reuniones a deshora. En realidad, el de Laura, también. Alguien tiene que ser flexible, y ese alguien, sin que nunca se haya dicho explícitamente, es ella. Después del nacimiento, y aunque tienen niñera, Laura rechaza proyectos que implican movilidad, evita las reuniones antes de las nueve y no se queda después de las ocho si puede evitarlo.
En las cenas con amigos, Miguel sigue hablando de igualdad. Y lo dice convencido.
Rocío y Javi: Vallecas
Rocío es colombiana y trabaja para una subcontrata del Servicio de Ayuda a Domicilio –que ofrece apoyo de cuidados a mayores y dependientes en sus casas–. Javi, su marido, es reponedor en un supermercado. Solo Rocío terminó el bachillerato. Viven en un piso de dos habitaciones que comparten con la madre de ella y los dos hijos de ambos, de cinco y tres años.
Cuando se conocieron, Javi dejó claro que él era “de los de antes”. Su padre nunca había entrado en la cocina y él tampoco pensaba hacerlo. Rocío lo aceptó entonces –era más joven– aunque nunca le gustó del todo. Siempre había pensado que eso de que los hombres no supieran ni freír un huevo era una tontería.
La vida se encargó de desmentir a Javi. Rocío trabaja en turno partido y con horarios que pueden ir cambiando y el horario de Javi termina a las tres y media. Alguien tiene que estar con los niños por la tarde. La guardería solo cubre hasta las cuatro y la abuela tiene artritis, no puede con dos críos todo el día.
Javi recoge a los niños, les da la merienda, les pone los dibujos. Luego prepara la cena –macarrones, pescado congelado, tortilla– porque Rocío vuelve agotada de estar ocho horas atendiendo y haciendo tareas para otras personas y aún tiene que poner lavadoras, doblar ropa, preparar las mochilas para el día siguiente. Los domingos, Rocío limpia el baño y Javi pasa la fregona. Ella plancha –a Javi se le da fatal–, pero él friega los platos porque Rocío lo odia.
No lo llaman “reparto equitativo” ni “corresponsabilidad”. Simplemente funciona así porque no hay de otra. No pueden pagar una niñera. No pueden permitirse que uno de los dos deje de trabajar. Los horarios de mierda que tienen los obligan a coordinarse o se hunde todo.
Aun así, Javi sigue diciendo en el bar que “las cosas de casa son de mujeres”. Sus amigos se ríen porque saben que él baña a sus hijos todas las noches, que hace croquetas entre semana, que se sabe los nombres de las profesoras de la guardería.
Rocío no lo contradice en público. En casa, cuando él se queja de que tiene que hacer la cena otra vez, ella le responde:
– Pues yo tengo que hacer compra, limpiar o cocinar para cuatro o cinco personas todos los días. Y nadie me aplaude.
Javi refunfuña, pero sabe que tiene razón. Entre ellos existe un acuerdo tácito: él hace lo que tiene que hacer, ella no le exige que lo llame feminismo, y ambos sobreviven a la semana como pueden.
Cuando en una fiesta familiar, una prima, profesora de secundaria casada con un arquitecto, comenta que “qué suerte tiene Rocío de que Javi la ayude tanto en casa”, Rocío sonríe y no dice nada. Piensa que la vecina, que tiene discursos preciosos sobre igualdad, nunca ha fregado un plato en su vida. Tiene asistenta que viene todos los días.
La paradoja de la igualdad
Estas historias, aunque imaginarias, capturan esa tensión entre el discurso y la práctica donde las condiciones materiales –horarios laborales, capacidad de externalizar trabajo, estructura salarial– acaban siendo más determinantes que las ideas sobre cómo deberían ser las cosas. Los estudios europeos documentan que las diferencias de clase, renta y nivel educativo afectan al reparto de tareas domésticas de formas complejas y a veces, contradictorias.
Es precisamente con la llegada de los hijos cuando esta complejidad se hace más evidente. Entre las capas profesionales, la brecha salarial se agudiza: los ingresos de las mujeres en España se reducen un 11 % al año siguiente del parto y un 28 % en los diez años posteriores, según algunos estudios. Ellas reducen jornada, renuncian a ascensos, asumen el cuidado de dependientes porque alguien tiene que hacerlo. Paradójicamente, son estas mujeres con buenos empleos quienes tienen acceso formal a derechos de conciliación –bajas por cuidados, permisos–, pero la cultura laboral de sus sectores, que exige disponibilidad constante, dificulta su uso real o al menos en las mismas condiciones que los hombres.
En trabajos precarios, con alta rotación o contratos cortos, estos derechos formales directamente desaparecen. La inflexibilidad y la imprevisibilidad de horarios obliga a las parejas de clase trabajadora a coordinarse por pura necesidad práctica, tirando a veces de redes vecinales y solidaridades no familiares para el cuidado de los niños. Mientras, las clases medias-altas externalizan parte del trabajo doméstico mediante servicios de mercado; es decir, hay menos tareas que repartirse y, por tanto, menos discusiones o problemas al respecto. Buena parte de la solución a los problemas de conciliación en las parejas heterosexuales pasa por el trabajo doméstico de pago. Aunque esto no excluya lo que la investigación feminista llama “carga mental”: ese trabajo cognitivo invisible de gestionar y planificar las necesidades del hogar.
Sin esta posibilidad de contratar servicios y con un estado del bienestar que no ha desarrollado suficientemente la parte de los cuidados –evidenciado, por ejemplo, en la lista de espera para acceder a las ayudas de dependencia–, los grupos con menores recursos, especialmente las mujeres, realizan más trabajo de cuidados informal y doméstico. Pero precisamente esta imposibilidad de externalizar, con horarios que no controlan y salarios similares de los que ambos dependen, puede forzar repartos más equitativos en la práctica, aunque se mantengan discursos tradicionales. Reducir la jornada por necesidades de cuidados o solicitar excedencias puede estar al alcance de unas pocas, pero en otras, con trabajos más precarios, simplemente no es posible porque el dinero no alcanza. Como explican Carlson, Miller y Sassler, la mayor dependencia de los ingresos de las mujeres en las parejas de clase trabajadora puede proporcionarles más poder de negociación en el frente doméstico.
Esta paradoja cuestiona las narrativas simplistas sobre qué clases sociales son “más progresistas”. Pero también tiene implicaciones importantes para comprender la desigualdad de género. No se trata de afirmar que las ideas carecen completamente de importancia, pero las actitudes igualitarias pueden traducirse efectivamente en prácticas cuando las condiciones materiales lo permiten –o la ideología puede servir de freno a cambios que serían efectivamente viables–. Esas condiciones materiales: los derechos laborales, los salarios, la disponibilidad de servicios de cuidado públicos y las políticas de conciliación pueden ser más determinantes que las creencias individuales. Por tanto, la igualdad no puede lograrse simplemente cambiando las actitudes o ideologías.
Fuente: Ctxt

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