La historiografía ha considerado tradicionalmente la revolución rusa como un fenómeno muy específicamente ligado a la idiosincrasia rusa, así como a su situación nacional concreta. Sin embargo, en este ensayo se pretende mostrar como el ciclo revolucionario iniciado en 1917 con la toma del poder bolchevique y finalizado entre 1919 y 1921 con la derrota de las intentonas revolucionarias en distintos lugares del mundo, con algunas excepciones importantes, no fue simplemente un acontecimiento ruso que poco después fue imitado en distintos países con distinto grado de fortuna en cada uno de ellos, sino que se trató, al igual que la revolución europea de 1848, la revolución estudiantil de 1968, o las primaveras árabes en 2011, de una genuina revolución internacional, la cual sucedió de manera simultánea en Europa, América, e incluso en algunas lugares del mundo subdesarrollado.
Una revolución gestada globalmente
Incluso aceptando la primacía de la situación nacional para explicar la revolución rusa (pobreza y subdesarrollo agrario, atraso económico e industrial, régimen anticuado y represivo), estos no se pueden entender si no es en una perspectiva internacional. No es casualidad que la revolución fuera precedida por la “Belle Epoque”, la primera “globalización”, en la que el mundo vivió una era de interconexión económica, social, y cultural, entre todas las partes del planeta que solo ha sido igualada a partir de los años 90 del pasado siglo. La enorme circulación sin precedentes de capitales, mercancías, personas, e ideas, no pudo sino influir y trastocar los anteriores esquemas sociales, entre ellos, la política1.
Mucho se ha hablado de la penetración del liberalismo y el marxismo entre la intelligentsia rusa como una de las causas principales de la revolución, pero mucho menos de las grandes oleadas de emigrantes que fueron desde Rusia hacia otros lugares más avanzados económicamente en busca de sustento y trabajo. Se ha calculado que alrededor de 4’5 millones de rusos emigraron por motivos laborales entre 1851-1915. Si bien una parte se dirigió a Estados Unidos para asentarse allí de manera definitiva, la gran mayoría solo se desplazó para trabajar estacionalmente en Escandinavia y Alemania, volviendo al solar patrio una vez terminadas las labores, fundamentalmente agrícolas, que solían desarrollar. Estos emigrantes temporales, en contacto directo con sociedades mucho más avanzadas económicamente, y con un abanico de libertades más amplio que el que otorgaba el autocrático régimen zarista, retornarían más tarde a sus hogares, donde las odiosas comparaciones entre un lugar y otro sin duda acabarían haciendo mella en la credibilidad del sistema zarista, por lo que los revolucionarios que propugnaban superar el atraso del país encontrarían el terreno abonado en una población que, de primera o segunda mano, conocía otras realidades sociales más avanzadas.
En la gestación, nacimiento, y desarrollo de la revolución a nivel global, tampoco pueden olvidarse el papel fundamental que diferentes comunidades de exiliados y/o apátridas, tanto socialistas como nacionalistas anticoloniales, jugaron a lo largo del período 1914-1920, en muchos casos apoyados por Alemania como una forma de debilitar a las fuerzas de la Entente. La trayectoria vital de personajes como M. N. Roy, o incluso el propio Lenin, son bastante significativas al respecto. Asimismo, no podemos olvidar que la revolución de 1917-1921 quizá no sea la primera ni la última revolución internacional, pero si fue la primera en ser planificada de esa manera. Los bolcheviques pensaban que la revolución rusa no podría sobrevivir si no se extendía por Europa, y a tal efecto crearon el primer “Estado Mayor de la revolución”, la III Internacional o Comintern a fin de coordinar y promover levantamientos revolucionarios en toda Europa.
Revolución social, revolución anti-colonial
Los distintos levantamientos revolucionarios del período 1917-1921 tuvieron muy distintas manifestaciones y motivaciones, y sin duda cada caso debe ser estudiado de manera separada para entender sus raíces locales. No obstante, podemos señalar tres causas principales de estos levantamientos, de las cuales una o más estaban presentes en cualquier lugar en el que hubieran estallado disturbios, motines, o revoluciones. La mayor o menor agudeza de estas problemáticas, así como su entrelazamiento, es lo que nos ayudará a explicar el mayor o menor recorrido de los distintos movimientos insurreccionales.
En primer lugar, la llamada “cuestión social”, ampliamente debatida durante el S. XIX y ligada a la explotación laboral del proletariado, la concentración agraria latifundista, las largas y extenuantes jornadas de trabajo, y los bajos salarios. En algunos países, una vez acabada la Gran Guerra, estas cuestiones se habían agudizado enormemente, lo que, sumado a una escalada de la inflación y al consecuente aumento del coste de la vida, provocaron importantes protestas y demandas de una mayor redistribución de la riqueza.
En segundo lugar, la lucha contra el dominio colonial e imperial. A principios del S. XX, la mayor parte del globo había sido, o bien directamente conquistada, o bien sometida a diversas relaciones de dependencia, por las grandes potencias industriales de Europa, Estados Unidos, y Japón (Ver imagen 4). Esta situación de subordinación creó en muchos lugares distintos resentimientos nacionales que acabarían por estallar en la década de 1910.
Por último, las protestas contra la Gran Guerra. La primera guerra mundial aceleró y desencadenó infinidad de cambios que ya se estaban produciendo en distintos lugares del mundo, pero especialmente en Europa. Las masacres irracionales en el frente produjeron un fuerte cuestionamiento del orden social que había llevado al inicio de las hostilidades. Asimismo, la masiva incorporación de la mujer al mundo del trabajo aumentó las demandas en favor del sufragio femenino. En los grandes imperios coloniales, la participación de los súbditos en los combates llevaría poco después a estos a exigir igualdad de derechos a sus respectivas metrópolis.
Es bastante sintomático que, en el momento de estallar la revolución rusa, ya existían tres importantes procesos revolucionarios en marcha, que poseían motivaciones compartidas con las de los revolucionarios rusos de febrero y octubre del 17. La revolución mexicana de 1910(Ver imagen 5), la revolución china de 1911, y el proceso de independencia irlandés, iniciado con el Alzamiento de Pascua de 1916.
En Europa, una vez acabada la Gran Guerra, un alud de protestas se extendió por el continente, constituyéndose efímeras repúblicas soviéticas en Finlandia, Hungría, y Baviera. Una serie de factores, como el escaso apoyo que tuvieron por parte de los partidos socialdemócratas, la represión por parte de tropas irregulares ultranacionalistas, y el dogmatismo económico y político que mostraron durante su corta acción de gobierno, acabaron por abortar estas tentativas. En Italia y España, las protestas en el campo desencadenaron auténticas revueltas agrarias masivas de carácter espontaneo, que en muchos casos estaban totalmente desconectadas de las estructuras de los partidos y sindicatos obreros tradicionales. Incluso en Suramérica, región geográfica muy alejada de Europa, y donde la Gran Guerra tuvo un escaso eco, se sucedieron distintas huelgas generales y movimientos de carácter reformista en el período 1917-1920 en países como Perú, Argentina, Brasil, o Chile.
En el mundo islámico, la revolución contra la subordinación imperial y el atraso social y económico ya había comenzado en la década del 1900. La revolución constitucional iraní de 1901, así como el golpe de estado de los Jóvenes Turcos en 1908, pusieron las primeras bases para los procesos de liberación nacional y de construcción de modernos estados de carácter liberal. La revolución rusa exacerbó estas tendencias, ya que los bolcheviques esperaban movilizar a los musulmanes, tanto dentro como fuera del Imperio zarista, como parte de una ofensiva general anticolonial.
Reacción internacional
Si las revoluciones radicales tienden a generar movimientos reactivos igualmente radicales, con la revolución de 1917 asistimos a la aparición de un difuso sentimiento anticomunista y antirrevolucionario de carácter internacional, y en ocasiones transversal a muy distintos partidos y clases sociales. Si la revolución de febrero había sido acogida por entusiasmo por la mayor parte de la opinión pública occidental, la revolución bolchevique causó un hondo sentimiento de preocupación en amplias capas de la sociedad, equivalente a la esperanza que despertaba entre sus simpatizantes. Así, la reacción internacional se plasmó de manera más directa en la intervención occidental en la Guerra Civil Rusa, concebida en un principio como parte de sus esfuerzos en la Gran Guerra, y una vez finalizada esta, como una autentica cruzada anticomunista internacional.
La amenaza de la supuesta infiltración comunista también fue usada ampliamente como coartada para la oposición a los nuevos avances sociales que se empezaron a desarrollar a partir del final de la Gran Guerra, en parte. La extensión del sufragio universal, el voto femenino, o las primeras medidas del Welfare state fueron vistas por algunos sectores conservadores como la avanzadilla de la revolución comunista, y, fueran estos temores sinceros o no, desembocaron en muchos casos en la represión de cualquier tipo de reivindicación obrera y/o igualitaria, y en no pocos casos en la instauración de dictaduras derechistas. Las revueltas españolas durante el “Trienio Bolchevista” aumentaron los llamados entre las clases medias y altas al advenimiento de una “solución quirúrgica” que pusiera en orden por la fuerza las deterioradas relaciones sociales entre patronos y obreros. El fascismo italiano en sus inicios se presentará como la “medicina” que Italia necesitaba para recuperar su antigua grandeza nacional, ahora amenazada por la persistente “enfermedad” del bolchevismo. En Estados Unidos, el “Pánico Rojo” desatado durante el movimiento huelguístico y las protestas raciales de 1919 supusieron una persecución represiva sin precedentes contra el movimiento sindical, y especialmente contra el IWW, sindicato libertario sin conexiones con el bolchevismo, pero con mucha fuerza en las grandes urbes industriales del país. La represión contra este sindicato, y la desatada paranoia antiextranjera resultante, que veía en cualquier reivindicación laboral progresista un intento de infiltración rusa, ayudó a construir la nueva ideología nacionalista estadounidense, fuertemente conservadora, chovinista, y anticomunista, que se manifestaría de manera más clara a partir de la Guerra Fría y el mcarthismo.
De esta manera, empezó a desarrollarse, como reacción a los nuevos avances democráticos y a una supuesta y ubicua presencia soviética una verdadera “contrarrevolución preventiva”, en palabras del anarquista italiano Luigi Fabbri, que nos sirve para explicar el auge del fascismo, pero también de otros movimientos reaccionarios que se desarrollaron en este período como consecuencia del pánico a la revolución mundial. Ya fuesen dictaduras militares como la de Miklos Horthy en Hungría, movimientos fundamentalistas religiosos como los cristeros mexicanos, o grupos paramilitares ultranacionalistas, la reacción contra los avances democráticos e igualitarios que se desarrollaban en todo el mundo adquirió una gran variedad de formas y composición.
Conclusiones
“Un espíritu de agitación recorre el mundo entero, desde China hasta América, desde el Mar Negro al Báltico. Ninguna sociedad, ninguna civilización es suficientemente sólida, ninguna Constitución lo bastante democrática para resistir esta perniciosa tendencia. Ejemplos en todas partes muestran que los enlaces fundamentales se han roto, y estallado tras ser sometidos a una tensión prolongada.”
Con esta cita de un reciente editorial diario británico “The Times”, el dirigente bolchevique Karl Radek se dirigió a los delegados presentes en el segundo congreso de la Internacional Comunista de 1920. Tanto para sus simpatizantes como para sus detractores, la revolución que se estaba desarrollando era genuinamente mundial, y se pensaba que no sería capaz de sobrevivir si no se extendía fuera de las fronteras de Rusia. Así pues, cabe preguntarse, ¿Cómo un año después de estas optimistas declaraciones de Radek, el proceso revolucionario parecía estar en retirada en el mundo entero? ¿Cuáles fueron las claves de su fracaso?
En cuanto a factores objetivos, podemos hablar de que los revolucionarios, una vez derrocado el antiguo orden, eran incapaces de llegar a un acuerdo sobre como deberían ser las bases de la nueva sociedad. Las divisiones entre las clases medias occidentalizadas, las masas populares, y los sectores conservadores del entorno rural fueron imposibles de conciliar en casi todo el mundo. Esto explica la suspicacia que la oficialidad militar adquirió contra los representantes de los intereses obreros y campesinos una vez estabilizados los nuevos regímenes revolucionarios, así como su casi inmediata represión, ejemplificada en el asesinato del agrarista mexicano Emiliano Zapata en 1919, o la prohibición y persecución de los comunistas en Turquía a partir de 1922, o en China a partir de 1927. En este sentido, podemos considerar que la revolución en el 3º mundo triunfó en algunos lugares, pero no en su variante social-radical, sino como revolución liberal-nacional. En el mundo desarrollado, la revolución no triunfó prácticamente en casi ningún lugar, dado que las divisiones en el seno del movimiento obrero entre reformistas y revolucionarios hizo imposible la toma del poder. No obstante, a pesar de su fracaso inmediato, el temor a una nueva insurrección general obrera convenció a parte de las clases dirigentes de que la única forma de evitar el “contagio ruso” era instaurar ciertas medidas de justicia social, como la implantación de la jornada laboral de 8 horas, la concesión del derecho de huelga, aumentos salariales, etc. Estas medidas constituyeron los cimientos de los Estados del Bienestar europeos y norteamericanos, y sin duda constituyeron el freno más efectivo contra la revolución social.
Ahora bien, si la revolución, a pesar de su fracaso relativo como hemos visto, tuvo un impacto global, de manera prácticamente inmediata, ¿por qué seguimos hablando de “revolución rusa”, y no de manera más certera, del ciclo revolucionario de la década de 1910? Sin duda, habría sido imposible para las revoluciones de México o China haber ejercido una influencia similar al impacto de la revolución rusa. A pesar de su anquilosado sistema político, Rusia ya era en 1914 una potencia mundial en ciernes, ocupaba alrededor de una sexta parte de la superficie terrestre mundial, y su posición geográfica a caballo entre Europa y Asia la hacía especialmente propicia para extender su influencia a lo largo del globo.
Pero hay otra razón más prosaica, la cual surge de un interés compartido por parte de los bolcheviques y sus enemigos acérrimos. Para los primeros, retratar la revolución como algo que había surgido específicamente de Rusia los ayudó a construir su prestigio como centro de la revolución mundial, así como justificó su capacidad de control sobre el movimiento comunista internacional a través de la Comintern. Para los elementos conservadores, en cambio. retratar la revolución como algo ajeno a la cultura tradicional, “importado” por agentes extranjeros, inmigrantes, o intelectuales desarraigados les permitía movilizar la creciente fuerza del nacionalismo en contra de la revolución social, así como soslayar sus causas reales (pobreza, subdesarrollo, oposición a la guerra, etc). En opinión del autor, es necesario superar este esquema interpretativo para tener una mejor comprensión de la que fue la primera revolución en afectar, de una manera u otra, a los 5 continentes.
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1Eric Hobsbawm, La era del imperio, 1875-1914 (Buenos Aires: Crítica, 2009), 42-64.
2Andrei Tereshchuk, “Periodización de la emigración rusa al extranjero (los siglos XIX-XX)”. Historia Digital 17, no. 29, (2017), https://dialnet.unirioja.es/ejemplar/447124 (Consultado el 2 de marzo 2021), 7.
3Sergey Wolikow, “La creación de la Komintern y la onda expansiva de la revolución en Europa: interacciones y desfases”, en 1917. La Revolución rusa cien años después, ed. Juan Andrade y Fernando Hernández (Madrid: Akal 2017), 183-192.
4Josep Fontana, El siglo de la revolución (Barcelona: Crítica, 2017), 18.
5Evan Mawdsley, Blancos contra rojos. La Guerra Civil rusa (Madrid: Desperta Ferro Ediciones SNLE, 2017), 25-27.
6Josep Fontana, El siglo de la revolución (Barcelona: Crítica, 2017), 82-90.
7David Priestland, Bandera roja: historia política y cultural del Comunismo (Barcelona: Crítica, 2010), 126-132.
8Fabio Fabbri, Le origini della guerra civile: l’Italia dalla Grande Guerra al fascismo (1918-1921) (Turín: Utet, 2009), 60-87.
9Francisco Erice, “El impacto de la Revolución Rusa en el movimiento obrero español: El surgimiento del PCE”, en 1917. La Revolución rusa cien años después, ed. Juan Andrade y Fernando Hernández (Madrid: Akal 2017), 336-338.
10Josep Fontana, El siglo de la revolución (Barcelona: Crítica, 2017), 145-147.
11Jaume Camps Girona, coord., La Revolució que havia de canviar el món: Cent anys del 1917 (Tarragona: Publicacions URV, 2018), 170-171. http://llibres.urv.cat/index.php/purv/catalog/view/339/352/803-1. También disponible en versión impresa.
12Eric Hobsbawm, Historia del Siglo XX. (Buenos Aires: Grijalbo Mondadori, 1998), 64-65.
13Josep Fontana, El siglo de la revolución (Barcelona: Crítica, 2017), 71-79.
14Eric Hobsbawm, Historia del Siglo XX. (Buenos Aires: Grijalbo Mondadori, 1998), 130-132.
15Sebastiaan Faber, “<<Es la hora de la claridad dogmática>>. El impacto de la Revolución Rusa en la cultura política española”, en 1917. La Revolución rusa cien años después, ed. Juan Andrade y Fernando Hernández (Madrid: Akal 2017), 286-288.
16Fabio Fabbri, Le origini della guerra civile: l’Italia dalla Grande Guerra al fascismo (1918-1921) (Turín: Utet, 2009), XII-XXIII.
17Aurora Bosch, “La influencia de la Revolución Rusa en Estados Unidos”, en 1917. La Revolución rusa cien años después, ed. Juan Andrade y Fernando Hernández (Madrid: Akal 2017), 220-236.
18Claudio Natoli, “Guerra civile o controrivoluzione preventiva? Riflessioni sul «biennio rosso» e sull’avvento al potere del fascismo”, Studi storici 53 no. 1 (2012): 233-236.
19John Riddell, “The Comintern’s Second Congress: A Centennial Introduction”, John Riddell, Marxist essays and commentary, https://johnriddell.com/2020/07/19/the-cominterns-second-congress-a-centennial-introduction/#_ednref4
20Josep Fontana, El siglo de la revolución (Barcelona: Crítica, 2017), 139.
21Jaume Camps Girona, coord., La Revolució que havia de canviar el món: Cent anys del 1917 (Tarragona: Publicacions URV, 2018), 183. http://llibres.urv.cat/index.php/purv/catalog/view/339/352/803-1. También disponible en versión impresa.
22David Priestland, Bandera roja: historia política y cultural del Comunismo (Barcelona: Crítica, 2010), 252-253.
23David Priestland, Bandera roja: historia política y cultural del Comunismo (Barcelona: Crítica, 2010), 48-51, 81-93.
24Michael Goebel, “Una biografía entre espacios: M. N. Roy. Del nacionalismo indio al comunismo mexicano”. Historia mexicana, 62 no. 4, (2013), https://historiamexicana.colmex.mx/index.php/RHM/article/view/126/103 (Consultado el 5 de marzo de 2021), 5-11.
25Sergey Wolikow, “La creación de la Komintern y la onda expansiva de la revolución en Europa: interacciones y desfases”, en 1917. La Revolución rusa cien años después, ed. Juan Andrade y Fernando Hernández (Madrid: Akal 2017),
26Jürgen Osterhammel y Jan C. Jansen, Colonialismo: historia, formas, efectos (Madrid: Siglo XXI de España Editores, 2019), 23-25.
27José Gómez-Huerta Suárez, “La Revolución Mexicana y la Constitución de 1917”, Anuario Mexicano de Historia del Derecho, no. 18, (2006), https://revistas-colaboracion.juridicas.unam.mx/index.php/anuario-mexicano-historia-der/article/view/29699/26821 (Consultado el 12 de marzo de 2021), 7-17.
28Josep Fontana, El siglo de la revolución (Barcelona: Crítica, 2017), 139.
29David Priestland, Bandera roja: historia política y cultural del Comunismo (Barcelona: Crítica, 2010), 243-256.
30Jaume Camps Girona, coord., La Revolució que havia de canviar el món: Cent anys del 1917 (Tarragona: Publicacions URV, 2018), 182-183. http://llibres.urv.cat/index.php/purv/catalog/view/339/352/803-1. También disponible en versión impresa.
31Eric Hobsbawm, Historia del Siglo XX. (Buenos Aires: Grijalbo Mondadori, 1998), 213-215.

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