Los cipayos de Trump

Miguel Urbán
Miguel Urbán

Por Miguel Urbán

Activista y político español.

La segunda victoria presidencial de Trump ha generado un nuevo tipo de vasallaje, por el que Trump utiliza a sus supuestos “aliados” ideológicos como parte de su engranaje de injerencia y dominio imperial

El Imperio Británico construyó su dominio en la India gracias al uso de soldados mercenarios locales, los cipayos, que se convirtieron en un instrumento indispensable del poder colonial de la Corona inglesa. El término cipayo fue evolucionando con el tiempo para referirse, ya a mediados del siglo XX y con un claro sentido peyorativo, a aquellas personas que actuaban como agentes de potencias imperiales en contra de los intereses de sus propios pueblos.

Unos siglos después de la conquista de la India, Donald Trump está colonizando la ola reaccionaria global, convirtiendo a sus partidos y dirigentes en una suerte de cipayos modernos de la estrategia imperial de los EEUU. A pesar de que la ola reaccionaria global es anterior al propio Trump, la victoria de 2016 en las presidenciales de Estados Unidos favoreció su multiplicación e imitación a nivel global.

El presidente de Argentina, Javier Milei,  saluda a Abascal en la fiesta ultraderechista de Vox, Viva 24.
El presidente de Argentina, Javier Milei, saluda a Abascal en la fiesta ultraderechista de Vox, Viva 24.

Como apuntan Ivan Krastev y Stephen Holmes, “el presidente derechista de Brasil no imitaba a Trump porque quisiera ser Trump; lo imitaba porque Trump hizo posible que Bolsonaro pudiera ser él mismo”. La segunda victoria presidencial de Trump ha supuesto una nueva vuelta de tuerca, en la que ya no solo impera una lógica mimética, sino también de vasallaje, en la que Trump utiliza a sus supuestos “aliados” ideológicos como parte de su engranaje de injerencia y dominio imperial.

El G7 y Trump tranquilizan a los mercados.
El G7 y Trump tranquilizan a los mercados.

Un buen ejemplo de esta estrategia de cipayismo político ha sido la cumbre celebrada este pasado sábado en Florida titulada Shield of the Americas Summit (Cumbre del Escudo de las Américas), que reunió a los jefes de Estado de una decena de países de América Latina, exclusivamente a los mandatarios de la derecha radical de la región alineados con Washington. Una reunión celebrada en el Trump National Doral Golf Club, el lujoso resort de golf del presidente, una muestra simbólica —como ya ocurrió con la firma del acuerdo de los aranceles con la UE— que consolida el modo de entender el gobierno y la política por parte del propio Trump, que Dylan Riley definió como “patrimonialismo político”.

Una persona sin hogar en Nueva York.
Una persona sin hogar en Nueva York.

Un modelo con poca o ninguna distinción entre los intereses públicos y privados, en el que Trump ejerce la presidencia como si fuera una de sus empresas personales. Para él, la relación del personal con el líder no indica un compromiso impersonal con el gobierno del Estado, sino “la lealtad de un servidor, basada en una relación estrictamente personal”. En resumen: es familiar.

Una alianza de las derechas de las Américas que, según declaró la secretaria de Prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, tendrá como objetivo “promover la libertad, la seguridad y la prosperidad” de las naciones de la región. Aunque el objetivo omnipresente en la reunión —y, en cierta medida, en la política exterior de los EEUU hacia Latinoamérica— es poner freno al avance de China en la región, a la que Trump entiende como su área de influencia, su auténtico patio trasero en la reactualización de la doctrina Monroe. Una forma de empujar a estos gobiernos cipayos a alejarse de China a costa de dañar los intereses económicos de sus propios países e incluso comprometer, a medio plazo, la estabilidad de sus gobiernos. No podemos olvidar que China ya es el principal socio comercial con países como Chile.

Doctrina Monroe ahora reinterpretada por Trump como Donroe.
Doctrina Monroe ahora reinterpretada por Trump como Donroe.

En el marco de la disputa con China por la hegemonía en América Latina, durante el verano Trump decretó aranceles a Brasil como arma negociadora-disciplinaria fundamental en su particular guerra comercial. El país sudamericano es clave en esta pugna global, no solo por sus recursos y su peso económico, sino también por su papel de punta de lanza de los BRICS y, por ende, de China en el continente. La excusa del castigo arancelario a Brasil fue, según la Casa Blanca, la “persecución, intimidación, acoso, censura y enjuiciamiento políticamente motivados del Gobierno de Brasil” contra “Bolsonaro y miles de sus seguidores”: “Graves violaciones de derechos humanos que han socavado el Estado de derecho en Brasil”. Un claro apoyo a sus aliados brasileños con China en la mirilla.

De hecho, el apoyo directo a sus aliados políticos se ha convertido en una nueva forma de injerencia de Trump. Así, la Casa Blanca repitió en Argentina el modelo aplicado con Brasil, condicionando un rescate económico de 20.000 millones de dólares —ampliable a 40.000— que el Tesoro de Estados Unidos canalizaría hacia Argentina siempre que Milei ganara las elecciones del 25 de octubre. “Si no gana, no perderemos el tiempo”, dijo Trump tras una reunión bilateral en Washington con la delegación argentina.

La frase resume a la perfección esta nueva forma de injerencia: Estados Unidos no está apoyando a Argentina; intenta condicionar la soberanía electoral de los argentinos y argentinas, hipotecando el futuro económico del país a un resultado favorable al candidato de Trump. Milei, considerado por el propio Trump como “su aliado sistémico en la región”, es una pieza clave para contrarrestar el eje progresista latinoamericano, actuar como caballo de Troya en el Mercosur y frenar la penetración china. “Si a Argentina le va bien, otros países seguirán su camino”, afirmó Trump. Una injerencia que repitió en las pasadas elecciones hondureñas, cuando el presidente estadounidense apoyó abiertamente al candidato ultraderechista Tito Asfura, que al igual que Milei termino ganando las elecciones.

Un modelo injerencista que no solo se circunscribe a América Latina, sino que también tiene en Europa un punto nodal. De hecho, en la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) de Estados Unidos, Washington asume por completo el relato de la extrema derecha europea de un continente en decadencia, asediado por la inmigración masiva y al borde del declive como civilización. Apoyando sin ningún tipo de tapujo a las organizaciones ultraderechistas europeas como la alternativa para corregir el rumbo del continente y convertirse en un socio fiable para el trumpismo. En resumen, Trump no esconde que la sumisión europea no es suficiente: quiere a sus cipayos gobernando. La lógica es transparente y la injerencia, indisimulada.

En este sentido, desde que Trump regresó a la Casa Blanca se ha desatado una auténtica carrera en la ultraderecha europea por posicionarse como los “mensajeros de Trump en Europa”. Así, Patriotas por Europa (PfE), el partido europeo que preside el propio Santiago Abascal, organizó a inicios de febrero del año pasado en Madrid un auténtico akelarre facha bajo el título Make Europe Great Again (MEGA). Una reactualización europea del icónico eslogan de Trump que ya había utilizado la presidencia húngara del Consejo de la Unión Europea y que no deja lugar a dudas sobre la intención de subirse al carro del éxito trumpista.

Pero no solo los “Patriotas Europeos” intentan aparecer como los “mensajeros de Trump en Europa”; hay una dura competencia con el partido europeo de Giorgia Meloni, los Conservadores y Reformistas Europeos (CRE). La propia Meloni fue la única mandataria europea invitada a la toma de posesión de Trump y, poco antes de la reunión madrileña de PfE, el CRE había organizado en Bruselas una conferencia de dos días bajo el mismo título: Make Europe Great Again.

Dentro de la galaxia ultraderechista europea, en un principio solo Marine Le Pen y su partido, Reagrupación Nacional (RN), marcaron ciertas distancias con Donald Trump. La dirigente ultraderechista francesa ya afirmó en el encuentro de Patriotas por Europa en Madrid que el triunfo del magnate estadounidense no debía interpretarse como “un llamamiento a un alineamiento”. Incluso se ha filtrado que Le Pen pidió a sus diputados que moderaran en público las muestras de entusiasmo hacia el nuevo presidente estadounidense. En este sentido, Jordan Bardella, número dos de RN, anuló su participación en la CPAC de Washington del año pasado después de que Steve Bannon, uno de los grandes ideólogos del trumpismo, realizara un saludo nazi desde el estrado de la conferencia conservadora. Incluso el propio Bardella criticó el secuestro de Maduro y el bombardeo sobre Venezuela por suponer una violación del derecho internacional y de la soberanía del país caribeño.

En los últimos días, la propia Meloni ha marcado distancias con la guerra contra Irán iniciada por Trump y Netanyahu, declarando que estaba “preocupada” por “la crisis del derecho internacional”, afirmando que “Italia no está en guerra y no quiere entrar en ella”. Todo un desmarque de la estrategia imperialista trumpista en Oriente Medio ante la posibilidad de que la cercanía con la línea belicista de Washington afectara al resultado del referéndum sobre la reforma electoral propuesta por el gobierno ultraderechista. El giro de Meloni reafirma la posición mantenida por Le Pen desde un principio: si bien Trump puede ser bueno para los intereses de Estados Unidos, no lo es necesariamente para los intereses europeos.

De hecho, la carrera por parecer más trumpistas que el propio Trump no deja de ser ridícula por parte de unos supuestos soberanistas que dicen combatir a la “coalición globalista de Bruselas”, representada por Ursula von der Leyen, mientras rinden pleitesía al presidente de EE. UU., quien ha amenazado con una guerra arancelaria a Europa, pretende anexionarse Groenlandia y pacta con Putin el reparto de Ucrania. Entre los dirigentes ultraderechistas europeos, quizá Santiago Abascal sea quien más sumiso se ha presentado públicamente ante Trump y su agenda, comenzando a sufrir internamente las contradicciones de la paradoja de un soberanismo subordinado.

Santiago Abascal se reúne con Viktor Orban en Roma.
Santiago Abascal se reúne con Viktor Orban en Roma.

A pesar de ello Abascal y los suyos han apoyado toda la política internacional de Trump, cambios de guion incluidos, abrazando el “pacifismo” para justificar los acuerdos de paz con Putin; “entendiendo y respetando” los aranceles de Trump a los productos europeos; defendiendo la firmeza de Israel contra el terrorismo en el contexto del genocidio en Palestina, con visita a Netanyahu incluida; asumiendo que su socia y aliada Marina Corina Machado no será la que pilotara el “cambio” en Venezuela; y mostrando una “gran esperanza” ente la ofensiva de EEUU e Israel en Irán: “Si los ayatolás caen, el mundo será más libre”.

El papel que juega la ultraderecha española como puente de conexión con la pujante extrema derecha transoceánica con la iniciativa de Vox del Foro de Madrid, que se ha convertido en la experiencia más depurada hasta el momento de coordinación transnacional de la extrema derecha, le confiere a Vox una importancia política que va más allá de su peso electoral o institucional dentro de la estrategia de cipayismo político trumpista, una herramienta de conexión entre América Latina y Europa, como parte de una articulación de la ultraderecha que conecta a Orban con Milei, con Abascal como nexo europeo con el Escudo de las Américas.

Porque, al final, la paradoja no deja de ser que el trumpismo está convirtiendo a muchos de sus supuestos aliados en meros ejecutores de una estrategia geopolítica que solo responde a los intereses de Washington. Tras la retórica soberanista y la denuncia permanente de las élites globalistas se esconde una nueva forma de subordinación política. A diferencia de en la India colonial, los nuevos cipayos no necesitan uniforme ni fusil: basta con reproducir el discurso y defender los intereses del imperio.

Fuente: El Salto

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