
Guionista en Producciones del Barrio que colabora con Ctxt.
Quien tenga interés en hacerse una idea de cuál sería el estado actual del progresismo en España si no se hubiera producido el 15-M puede observar el presente alternativo que representa Italia.

En España, numerosos profesionales de la opinión han expedido en varias ocasiones el certificado de defunción del llamado “ciclo político del 15-M”. No puede resultar extraño, por tanto, que la mayoría de esos profesionales reaccionaran como quien ve a un fantasma cuando las tiendas de campaña volvieron a plantarse en la Puerta del Sol el 26-S.

Pero el supuesto fenómeno paranormal, en realidad, tiene una explicación muy sencilla: estos profesionales que pontifican desde sus columnas y sus micrófonos nunca entendieron que el 15-M no son los partidos que han capitalizado políticamente sus ideas, sino un “consenso” de izquierdas tratando de hacerse hueco entre los escombros que ha dejado la “hegemonía” de la clase dominante durante la fase neoliberal del capitalismo. Es decir, un nuevo “sentido común”.
La acampada de Sol de 2011 y las que la replicaron en otras plazas de toda la geografía española surgieron como una protesta destituyente de pura antipolítica, con toda la torpeza, ingenuidad y contradicciones que caracterizan a un movimiento espontáneo, heterogéneo y con ambición aglutinadora (los coros de “PSOE, PP: la misma mierda es”, la consigna de que no eran “Ni de izquierdas ni de derechas”, y el folclore de las asambleas, el reiki, y las batucadas). Pero, a medida que pasaron las semanas, lo que ocurrió es que el movimiento se articuló políticamente de manera muy concreta en asambleas que se extendieron por los barrios y los pueblos, lejos de donde se levantaban las tiendas de campaña. La masa social que históricamente había simpatizado con el partido oficial de la socialdemocracia en España se sentía huérfana con un PSOE cuyos dirigentes repetían acríticamente los dogmas culpabilizadores (“Hemos vivido por encima de nuestra posibilidades”) y el pensamiento mágico que asimilaba las causas y las consecuencias de la crisis económica y financiera a un imprevisible desastre meteorológico (“De esta crisis salimos entre todos”), un partido que, desde el Gobierno, se había sometido al correctivo de la austeridad y que había reformado el artículo 135 de la Constitución a exigencia de las instituciones europeas. No fue el 15-M el que entregó el Gobierno de España a Mariano Rajoy, sino el propio PSOE incapaz de reaccionar al cambio del espíritu del tiempo que se estaba fraguando, al retorno a un “sentido común” que nunca debería de haber dejado de estar en la base de su acción política.
La idea revolucionaria que contribuyó a propagar el 15-M es que la política no se ejercía únicamente en las Cámaras que se formaban a partir del voto en las urnas, sino que podía ejercitarse de manera independiente todos los días estrechando lazos de solidaridad en los vecindarios y en los lugares de trabajo. Es decir: organizándose. Y al organizarse para detener desahucios, parar formar mareas en defensa de los servicios públicos y contra las políticas de austeridad, o para articular un movimiento feminista sin parangón en toda Europa, ocurrió en paralelo otro fenómeno que poco tiene de paranormal: las televisiones vieron un nicho de mercado en una ingente masa de público potencial. Y lo que ocurrió a continuación es que la “hegemonía” del “sentido común” de la clase dominante –“no hay alternativa”– empezó a cuestionarse en horario de máxima audiencia.
Tres años más tarde, en 2014, ese viejo/nuevo “sentido común” encontró cobijo temporal en el cuerpo de Podemos. Un mes después de su fundación, la primera encuesta del CIS que recogía la incorporación de ese partido pareció presagiar el fin del bipartidismo. Entonces, muchos profesionales de la opinión –con Vicente Vallés a la vanguardia– infirieron, como si fuera una consecuencia lógica e inevitable, el inicio de una nueva era de “italianización” de la vida política española, marcada por la “fragmentación”, la “ingobernabilidad” y la “inestabilidad”, cualidades atribuidas al sistema político italiano desde la instauración de la Primera República en junio de 1946, con legislaturas que llegaban a proclamar entre dos y nueve gobiernos diferentes. Evidentemente, este pronóstico no se sostenía en ningún indicio sólido y contrastable porque comparar dos sistemas políticos tan dispares (aquí Javier Brandoli enumeró unas cuantas diferencias) herederos de dos tradiciones políticas y sociales tan distantes como la española y la italiana es un ejercicio vacuo y estéril. Pero ha seguido funcionando como una admonición: una manera sofisticada de lamentar que el parlamento representara de manera más amplia y fidedigna la complejidad de matices de la sociedad española.
Lo que sí es sólido y contrastable, bien al contrario, es la fascinación con la que los simpatizantes de la socialdemocracia italiana contemplan a su homóloga española. Es un sentimiento muy similar a la melancolía que sienten los demócratas españoles ante el potencial político y cultural que el fascismo arrebató a sangre y fuego a la Segunda República: una hauntología –el embrujo por los futuros perdidos que el capitalismo ha sido incapaz de proporcionar, en la acepción popularizada por Simon Reynolds y Mark Fisher. Si los militantes y simpatizantes del PSOE que han sufrido fogonazos de estrés postraumático de las elecciones generales de 2011 ante la nueva visión de las tiendas de campaña levantadas en la Puerta del Sol tienen interés en hacerse una idea de cuál sería el estado actual del progresismo en España si no hubiera habido plazas y mareas, basta que miren a ese presente alternativo de una dimensión paralela de la realidad que representa Italia, y más concretamente el Partito Democratico.
Y sería interesante que se preguntaran cuál sería el estado de la “hegemonía” del “sentido común” progresista si el 15-M se hubiera limitado a replicar el precedente italiano de los Vaffanculo Day que se consolidaron como organización política en 2009: el Movimiento 5 Estrellas, fundado por el cómico Beppe Grillo y el empresario Gianroberto Casaleggio. Un partido antipolítico, populista y sincrético en su manera de abrazar ideologías contradictorias que allá donde alcanzó el poder (en los ayuntamientos de Roma y Turín, en el gobierno nacional en dos ocasiones) se limitó únicamente a promover medidas estéticas encaminadas a luchar contra la fantasmática casta: eliminar los sueldos vitalicios y los privilegios (los coches oficiales, las dietas, el chocolate del loro), y reducir el número de políticos en parlamentos regionales y en las cámaras. Y cuando su líder Giuseppe Conte, durante la pandemia, se creyó el general Della Rovere y asumió que su papel como primer ministro era ser socialdemócrata porque era necesario que los Estados socializaran las pérdidas de la economía y sofocaran los ánimos de la ciudadanía confinada, fue apeado inmediatamente del Gobierno y sustituido por el técnico Draghi.
Por supuesto, en Italia existen numerosas organizaciones sociales que combaten a diario contra las lógicas perversas de la doctrina neoliberal (los desahucios y la crisis habitacional, el trabajo esclavo de los inmigrantes en el campo o el desmantelamiento de los servicios públicos), pero la diferencia fundamental es que los herederos de movimientos sociales tan potentes como el que surgió del Otoño Caliente del 69 o del movimiento antiglobalización no encuentran espacio cotidiano en los medios de comunicación.
Si en España se ha producido la anomalía europea (nuestro experimento mental podría no limitarse solo a Italia, pero tenemos que ir cerrando) de que la socialdemocracia ha resistido con mayor solidez a la ola reaccionaria que está azotando todo el planeta es porque ese “sentido común” se ha desarrollado e implantado y Pedro Sánchez –con su torpeza, su oportunismo, su cálculo electoral, los escándalos de corrupción que han salpicado a personas de confianza de su Gobierno y la resistencia de un sector del aparato que se obstina a creer que el país no ha cambiado en los últimos quince años– ha permitido que se alojase en el cuerpo del partido del que es secretario general.
La demostración de que los opinadores profesionales no han entendido nada de todo es que han necesitado simplificar y ridiculizar una acampada, abrazarse a la teoría de la conspiración y subirse a la nave del misterio. No es que el Gobierno se haga oposición a sí mismo en las plazas de toda España: es el “sentido común” de la izquierda el que está haciendo oposición a los partidos que consideran que deberían representarles en el Parlamento porque la auténtica oposición, la que gobierna en la mayoría de las comunidades autónomas con competencias para resolver los problemas que acucian a la gente, está muy a gusto con una política que no afecta a los intereses de una minoría para favorecer a una mayoría.
Fuente: Ctxt

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