
Por Simona Levi
Fundadora de Xnet. Directora de teatro, dramaturga, docente, activista, promotora cultural y estratega tecnopolítica.
Cory Doctorow sostiene que la degradación de plataformas y servicios digitales no es un fallo técnico, sino el diseño de una arquitectura de poder que perjudica a los usuarios y transfiere todo el valor a los accionistas
Hace algunas semanas el compañero Cory Doctorow visitó Barcelona para presentar su nuevo libro y tuve el placer de conducir el evento. Presentar el nuevo libro de Doctorow tiene algo de celebración, pero también de puesta en común entre gente que lleva años intentando entender cómo hemos llegado hasta aquí y, sobre todo, cómo salir de esta.

No es un detalle menor que este libro lo publique Capitán Swing, una editorial valiente y con voz propia, ni que la conversación haya tenido lugar en Finestres, uno de esos espacios que todavía funcionan como catalizadores de ideas y no como simples escaparates culturales. En ese contexto, Mierdificación no llega como un libro más sobre tecnología: llega como una herramienta política.

Cory Doctorow no necesita presentación para quienes trabajamos en derechos digitales, pero conviene recordar por qué sigue siendo una referencia tan excepcional. Es un escritor de ciencia ficción premiado y prolífico, un divulgador brillante y, al mismo tiempo, un activista que nunca ha abandonado la trinchera. En un momento en que lo digital ha pasado de estar fuera de la agenda a convertirse en un campo saturado de dinero, oportunismo y lavado ético institucional, Doctorow ha conservado algo rarísimo: independencia.
La gran aportación de este libro es dar nombre a una intuición compartida por millones de personas: lo que está pasando en internet es que las plataformas y muchos servicios digitales se han degradado de manera sistemática. Y que esa degradación no es un accidente, ni una suma de errores, ni una especie de decadencia natural del mercado. La “mierdificación”, término que Doctorow acuñó en 2022 y que ya forma parte del vocabulario político de nuestro tiempo, nombra un proceso específico. Primero, una plataforma se porta bien con las personas usuarias para atraerlas y encerrarlas. Después empeora esa experiencia para beneficiar a sus clientes empresariales, anunciantes o vendedores. Finalmente también exprime a esos clientes aumentando los requisitos para ser vistos y transfiere casi todo el valor a los accionistas. El resultado es un ecosistema peor para todo el mundo, salvo para quienes capturan la renta.
Lo importante es que Doctorow no presenta esta deriva como un destino inevitable del capitalismo digital, sino como el resultado de decisiones políticas concretas. Leyes antimonopolio debilitadas, captura del regulador, retroceso de los derechos laborales e intervención estatal al servicio de grandes intereses privados: esa es la infraestructura jurídico-legal de la mierdificación. Su tesis es muy útil en el batiburrillo de tertulias sobre el terror a lo digital porque devuelve el conflicto al lugar correcto. No estamos ante un fallo técnico, sino ante una arquitectura de poder.

Uno de los aspectos reseñables del libro son los matices que aporta a la idea de intermediación. El viejo internet, el que merecía la pena, estaba lleno de intermediarios: proveedores, servicios de correo, listas, alojamiento, software especializado. Lo decisivo no era la ausencia de intermediación, sino la idea de colaboración contra la idea de dominación. El libro explica cómo internet nace de una guerra entre visiones de los desarrolladores, la de los netheads, favorable a la descentralización, contra los bellheads, favorables a la centralización. El hecho de que los netheads hayan ganado esta lucha supone que debemos asumir una responsabilidad: defender ese legado de redes abiertas, descentralizadas e interoperables frente a la recentralización corporativa.
En este esfuerzo, la interoperabilidad ocupa, con razón, un lugar central. Doctorow insiste en que sin ella no hay competencia posible. Y tiene razón. Cuando no puedes hablar desde una red a otra, reparar lo que has comprado, modificar una herramienta para defenderte o crear servicios que corrijan abusos, lo que se impone no es la innovación sino el encierro. En este punto, su análisis del copyright es especialmente valioso. Lleva años recordándonos algo que demasiada gente ha decidido olvidar: que la propiedad intelectual se ha convertido en un arma para impedir la desmierdificación. Es decir, para perseguir a quien intenta arreglar, abrir, revelar o sortear funciones impuestas contra el interés público.
También por eso el libro resulta especialmente pertinente ahora, cuando incluso sectores que se pretendían aliados de los derechos han abrazado, con el pretexto de la IA, posiciones profundamente regresivas en materia de copyright. Doctorow recuerda algo elemental: los ordenadores son máquinas universales. Cuando las grandes tecnológicas dicen que no puedes ejecutar en ellos el programa que elijas, lo que en realidad están diciendo es que han conseguido convertir en ilegal tu autonomía.
Otro de los méritos del libro está en su lectura del mercado laboral contemporáneo. Sus páginas sobre la “chickenificación” y los “centauros inversos” describen con precisión el presente extractivista del trabajo digital y anuncian el futuro inmediato de muchos sectores que todavía se creen a salvo. Como en la mejor tradición de William Gibson, Doctorow muestra que el futuro ya está aquí, solo que se distribuye primero sobre los cuerpos más vulnerables, para garantizar que sea el abuso lo que termine normalizándose.
La propuesta final del libro se resume en restaurar cuatro fuerzas debilitadas: competencia, regulación, interoperabilidad y poder de los trabajadores tecnológicos, y deja claro algo esencial: la necesidad de exigir a las instituciones que asuman su responsabilidad.
Fuente: Ctxt

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