
Por Yayo Herrero
Activista y ecofeminista. Antropóloga, ingeniera técnica agrícola y diplomada en Educación Social.
Sin la suma de las complicidades de todos los que permanecieron indiferentes, dejándose llevar por la corriente, el nazismo no hubiera podido perpetrar sus crímenes contra la humanidad
En el libro Los amnésicos. Historia de una familia europea, la periodista Géraldine Schwarz revisa, a partir de la experiencia de su propia familia, el papel que jugaron en el genocidio nazi los Mitläufer, es decir, la mayoría de personas alemanas que “se dejaron llevar por la corriente” y acumularon las pequeñas cobardías e indiferencias que crearon las condiciones para que se cometiesen crímenes de Estado brutales.

Sin la suma de aquellas participaciones y complicidades infinitesimales, Hitler no hubiera podido perpetrar el Holocausto contra las personas judías, el Samudaripen contra el Pueblo Gitano y Sinti o las masacres contra disidentes sexuales o políticos.

Schwarz afirma que el propio Führer era consciente de que necesitaba esa corriente afín y tanteó con cierta regularidad a su pueblo para ver hasta dónde podía llegar, dónde se encontraba el umbral de lo intolerable.
La periodista relata que la primera deportación de personas judías organizada en Alemania tuvo lugar en octubre de 1940, en la región en la que vivía su abuelo. 6.500 personas fueron deportadas a plena luz del día y de forma visible, guardando, eso sí, unos mínimos. Se utilizó un tren de pasajeros –y no de mercancías como se haría después– y se evitaron las exhibiciones públicas de violencia.
Todo el pueblo vio cómo los deportados recorrieron el camino hasta la estación de tren. Niños llorando, ancianas agotadas, todos arrastrando maletas y algunas pertenencias, como ahora vemos en Gaza. Todo sucedió ante los ojos de un vecindario apático, incapaz de reaccionar humanamente. Dice Schwarz que cuando la información de esta deportación piloto llegó a Berlín, Hitler comprendió que el pueblo alemán estaba listo para “caminar con él”.
Poco después, un episodio demostró que las reacciones de la población eran importantes para el régimen. En 1941, la oposición de la ciudadanía y algunos obispos católicos y protestantes había conseguido poner fin a la operación Aktion T4 que perseguía el exterminio de personas con discapacidades físicas o mentales. Hitler la había puesto en marcha para purgar la raza aria de lo que consideraba vidas sin valor.
Cuando esta operación secreta ya había asesinado en las cámaras de gas a más de 70.000 personas en Alemania y Austria, Hitler tuvo que ceder ante la indignación popular y poner fin a esa dimensión del genocidio.
Para Géraldine Schwarz, este episodio demuestra dos cosas. La primera, que el nazismo no solo estaba inscrito en las élites que después de la guerra fueron sometidas a procesos de desnazificación, sino que permeaba una buena parte de la sociedad que consentía y a la que, según la periodista, se blanqueó posteriormente, revistiendo de ignorancia e incapacidad lo que había sido complicidad.
La segunda es que lo que pasa en los barrios y en los pueblos importa y puede determinar la historia en la vida concreta, que la presunción de impotencia es un pretexto que permite desresponsabilizarse de lo que sucede alrededor.
¿Qué hubiera pasado si en lugar de ir a favor de la corriente se hubiese actuado contra una política que revelaba sin tapujos la intención de acabar con pueblos enteros?

Desde hace algunos años vemos crecer actuaciones reales y performances racistas y supremacistas. Devoluciones en caliente, detenciones e identificaciones constantes, discursos en torno a la prioridad nacional, afirmaciones y contrafirmaciones sobre la nacionalidad, promesas de que las ayudas y servicios públicos que se quieren desmantelar para todos serán solo para los de aquí…
¿Y si se trata de tanteos para comprobar hasta dónde podemos llegar, cuál es el umbral de tolerancia, si hay una masa crítica de Mitläufer que se sumen a la corriente?
Hace unos días, en un partido amistoso entre la selección de España y la de Egipto, una parte del público que se encontraba en las gradas del estadio de Cornellá berreó cuando sonaba el himno de Egipto y coreó canciones ofensivas hacia las creencias que suponían que tenían los miembros del otro equipo.
En un sueño bonito, los jugadores locales se hubiesen marchado del campo. Se hubiesen negado a jugar delante de esa afición. Porque no puede haber un partido amistoso con ese clima y no se puede legitimar como afición a quienes se comportan de esa forma.
Pero no se vio esa reacción entre los jugadores, a pesar de que, incluso un miembro del propio equipo, estaba afectado por los ataques. Qué buen rollo dará compartir desnudez en el vestuario y tener que llamar compañeros a los mismos que fueron incapaces de hacer un gesto minimísimo.
La realidad construida y sobreexpuesta en muchos medios de comunicación y redes sociales es abrumadora. También lo fue en la Alemania nazi cuando, a la vez que se ensayaban las deportaciones, la propaganda mediática se empleaba a fondo.
Se trata de adoctrinar a la población para que las deseadas deportaciones y las exhibiciones de crueldad lleguen a convertir a la mayor parte de las personas en cómplices medio asustados y medio convencidos. Hoy, los discursos construyen meticulosamente el miedo hacia los menores que llegaron sin sus padres, hacia las cuidadoras, las cocineras, los trabajadores de la construcción, las jornaleras del campo o simplemente hacia la gente que se busca la vida… Los discursos de odio intentan conseguir esa suma de cobardías y temores que hagan tolerable la deshumanización.
Hace unas semanas una persona negra, Serigne Mbayé, fue abordada por la policía mientras metía las llaves en la puerta de su propia casa. En una de las varias versiones que la policía dio sobre lo que había pasado, decía que buscaban un delincuente e identificaron a un sospechoso que merodeaba por la zona. Porque la policía sabe que las personas racializadas no pasean por las calles de su barrio. Merodean y son sospechosas hasta cuando vuelven a casa.
Todas hemos visto las imágenes. A través de ellas nos hemos asomado a lo que le pasa a muchas personas todos los días. La cuestión es que, en esta ocasión, los vecinos y vecinas del bloque salieron a tratar de impedir la detención, siendo al final ellos mismos detenidos. CTXT publicó algunos artículos en los que quienes habían vivido la situación la contaban.

Una amiga que vive en el edificio me dijo que a algunos se los llevaron en calcetines. Estaban en casa y salieron como estaban, sin pensarlo. Con la coleta a medio hacer y la ropa de andar por casa. En calcetines. Pero Serigne Mbayé no se fue solo.
Pocos días después, y tras algunas movilizaciones contra algunos centros de acogida de menores no acompañados en Cantabria, un grupo de chavales de un instituto tocaban en la puerta del centro de acogida e hicieron una única, humana y radical pregunta. ¿Bajáis a jugar al fútbol con nosotros?
Los menores estaban a punto de salir de excursión, pero la suspendieron y jugaron un partido de verdad amistoso. Juntos, jugaron el mejor fútbol, el de equipo, el de compañeros. Sin una equipación plagada de anuncios publicitarios, sin botas con tacos de hierro. Solo un balón y un montón de chavales en zapatillas.
En CTXT queremos recoger la historia de las vidas concretas que acogen. La de quienes permanecen vigilantes y no se detienen ni a ponerse los zapatos. La de quienes defienden la convivencia siempre compleja pero viable. La de quienes no dejan de mirar a Gaza, ni a Cuba, ni al Congo, ni a su vecina. La de quienes no quieren dejarse llevar por la corriente. La de quienes no quieren ser Mitläufer.
Así, en calcetines.
Fuente: Ctxt

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