Los ojos del presente

Ernesto Bottini
Ernesto Bottini

Por Ernesto Bottini

Cursó estudios de Letras en la Universidad de Buenos Aires y Filología Italiana en la Universidad Complutense de Madrid.

La intervención de Ayuso en México responde a la continuidad de un proceso de fetichización de la figura de Hernán Cortés que tiene un largo recorrido y cuyas raíces se hunden en el corazón del nacionalcatolicismo

Representación de la llegada de Hernán Cortés a Veracruz - Mural de Diego Rivera en el Palacio Nacional de México.
Representación de la llegada de Hernán Cortés a Veracruz – Mural de Diego Rivera en el Palacio Nacional de México.

Preferiría no tener que escribir este artículo, pero como se ha vuelto un lugar común de la época repetir que no debemos acercarnos a los hechos del pasado con la mirada del presente, que no debemos caer en el “sesgo presentista” o “presentismo”, y como parece que esa afirmación de sospechosa pertinencia epistemológica se ha convertido en incontrovertible, me veo conminado a alzar la voz para negar la mayor.

Solo a través de las herramientas conceptuales, metodológicas y materiales disponibles y válidas en el presente (en cada “presente”, su paradigma) podemos acceder a esa masa informe que llamamos pasado. Pensar que podemos construir un relato sobre el “pasado” desde otra perspectiva que no sea la del “presente” es en sí mismo un disparate de orden metafísico. Tanto el presente como el pasado son entidades dinámicas que se van desplazando con el  “correr del tiempo”. Entiendo que la historia como disciplina científica se ocupa, entre otras cosas, de los efectos que producen estos desplazamientos. Podemos analizar la manera en que el Romanticismo estudiaba el Imperio romano, o la forma en que desde el Renacimiento se acercaban a la Grecia clásica. Sin embargo, la fantasía de que podemos, hoy, más allá de los experimentos académicos, mirar al pasado “con los ojos del pasado”, es tan disparatada como cándida y pretenciosa, amén de completamente estéril. Contextualizar, matizar, relativizar, son operaciones consustanciales a la mirada histórica, sin necesidad de ningún ejercicio de anacronismo ni tampoco de gimnasia exculpatoria.

En este punto se abre paso un motivo de sospecha sobre la manida exigencia de evitar el “presentismo”, que parece haberse naturalizado entre tertulianos y opinadores de todo pelaje: ¿por qué la derecha elige la figura de Hernán Cortés, de entre todas las figuras disponibles, para situarse, a continuación, como herederos de un legado, como continuadores de una tradición? La prevención contra el “presentismo” surge como maniobra de blanqueamiento –o de “pudor vergonzante de llamar las cosas por su nombre”, como sugería Augusto Roa Bastos–, sobre una elección que revela el núcleo moral de la derecha española.

La intervención de Isabel Díaz Ayuso en México no responde a una ocurrencia al calor del negocio de su amigo Nacho Cano, ni siquiera es una solución imaginativa para torpedear desde un nuevo flanco a su némesis Pedro Sánchez, que también. Responde a la continuidad de un proceso de fetichización de la figura de Hernán Cortés que tiene un largo recorrido y cuyas raíces se hunden en el corazón del nacionalcatolicismo. Ya su antecesor en el cargo, Ignacio González (confinado durante casi un año en la prisión de Soto del Real debido a su implicación en la Operación Lezo, hasta que le encontraron los más de cinco millones de dólares de sus chanchullos en España y Colombia), presentó en el Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid (dependiente del Canal de Isabel II, el centro de la corrupción del Partido Popular en la Comunidad de Madrid gobernada por Esperanza Aguirre), en el año 2014, la exposición “Itinerario de Hernán Cortés”: un aquelarre revisionista donde copulaban todos los tópicos neoimperialistas (“sacrificios humanos, antropofagia y sodomía”, “encuentro entre dos culturas”, “unidad de destino en lo universal”, “mestizaje”, etc.). En aquella exposición, lamentable desde muchos puntos de vista, colaboraron la Real Academia de la Historia y el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México.

El Archivo de Indias es rico en testimonios, entre los que destacan algunos con los que la sensibilidad moral del presente puede sentirse relativamente cómoda, que podemos reivindicar como elementos positivos de una genealogía que desemboca en la España contemporánea, un “Estado social y democrático de derecho”. Ahí están las obras de Bartolomé de las Casas, Bernal Díaz del Castillo, Bernardino de Sahagún, y también los Naufragios y Comentarios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, uno de los documentos más fascinantes de la historia cultural española. Pero ninguna de todas estas figuras o sus legados forman parte del discurso de la derecha nacional. Eligen reivindicar a Hernán Cortés, sobre el que Rafael Sánchez Ferlosio escribió que “era o llegó a hacerse una prodigiosamente capacitada bestia predatoria, un perfectísimo instrumento de dominación, o sea, un hombre espeluznantemente monstruoso”.

La pregunta sigue vigente: ¿por qué eligen a Hernán Cortés?

Propongo una respuesta tentativa: lo hacen porque Hernán Cortés representa la brutalidad y la crueldad del expolio y la sumisión, la imposición de un orden general material y simbólico que trabaja a favor de sus privilegios. El imaginario de superioridad que habilita esa victoria es lo que permite mantener en una posición subalterna al gran ejército de reserva que suponen en el sistema económico todas esas Malinches que según Ayuso viajan a diario en el metro de Madrid, los panchitossudacas y payoponis que acuden a las obras, que cuidan a los ancianos, que limpian las calles, que sirven las mesas y reparten los paquetes a precio de saldo para beneficio de los descendientes de los vencedores de una guerra que es tan antigua que ya ni siquiera se recuerda como guerra. La elección de Hernán Cortés es su forma de construir memoria.


Fuente: Ctxt

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