Un amor extraño, o como aprendimos a despreocuparnos y amar la Bomba

J. Carlos García Reyes
J. Carlos García Reyes

Por J. Carlos García Reyes

Profesor de Historia de la Medicina en la Universidad Complutense de Madrid (España).

La pregunta de fondo es incómoda: ¿cómo dejamos de temer el fin del mundo justo cuando las condiciones para provocarlo se vuelven más complejas y más automáticas?

Hubo un tiempo —parece el paleolítico, pero apenas han pasado unas décadas— en el que millones de personas salían a la calle porque creían que podían morir abrasadas en quince minutos.

No era una paranoia. Era una descripción técnica.

La doctrina nuclear de la Guerra Fría no era una metáfora, era una arquitectura administrativa del exterminio entre los Estados Unidos y la Unión Soviética.

Tenía siglas elegantes —MAD, Mutual Assured Destruction, Destrucción Mutua Asegurada, pero también “loco”— que suenan a think tank (¿tanque de pensamiento?) con moqueta azul y café recalentado. Pero lo que significaban era algo bastante más vulgar, que, si Washington lanzaba misiles intercontinentales, Moscú respondía con los propios; si Moscú respondía, Washington volvía a lanzar; si alguien dudaba, había submarinos preparados para recordarle que la especie humana era perfectamente prescindible.

Destrucción Mutua Asegurada (MAD).
Destrucción Mutua Asegurada (MAD).

Durante décadas el planeta descansó sobre una lógica directamente suicida como era evitar la guerra mediante la certeza de que una guerra acabaría con todo. Esto es la “Paz nuclear”, que era igual a la capacidad de destruir al adversario incluso después de ser destruido.

Decir que funcionó sería excesivo. Más bien no estalló una guerra termonuclear global por pura combinación de miedo, suerte y burocracia militar. Porque mientras las élites estratégicas celebraban su equilibrio del terror, el planeta se convirtió en un laboratorio radiológico a cielo abierto.

Ahí empezó también una de las mayores operaciones de blanqueamiento histórico del siglo XX como fue presentar la era nuclear como un periodo de racionalidad estratégica. Una especie de ajedrez entre caballeros sobrios.

La realidad fue bastante menos elegante, se trató de una irresponsabilidad industrial a escala planetaria. 

Estados Unidos realizó más de 1.000 pruebas nucleares entre 1945 y 1992, muchas de ellas en Nevada y Nuevo México.

En Nevada, poblaciones enteras fueron expuestas a lluvia radiactiva. Ganaderos, pueblos indígenas y soldados enviados a observar explosiones como si aquello fuese una demostración de fuegos artificiales patrióticos.

Se llevaron a cabo 928 ensayos nucleares en el antiguo emplazamiento de Nevada.
Se llevaron a cabo 928 ensayos nucleares en el antiguo emplazamiento de Nevada.

Los llamados downwinders llevan décadas recordando algo incómodo, el Estado que prometía protegerlos los utilizó como cobayas nacionales.

Antes estuvo Trinity, en julio de 1945, en Nuevo México. La explosión fundacional del Proyecto Manhattan. El mito tecnológico estadounidense tiene allí uno de sus altares. Menos conocido es que comunidades hispanas e indígenas cercanas fueron expuestas sin información ni protección. Nadie les pidió consentimiento ni les dio explicaciones.

Jean-Marc Royer, en El mundo como proyecto Manhattan (El Salmón, edición española de 2022), explica algo que los apologetas nucleares prefieren esconder bajo toneladas de propaganda energética: el programa atómico civil y militar nunca estuvieron realmente separados.

El mundo como proyecto Manhattan.
El mundo como proyecto Manhattan.

El átomo “pacífico” fue, en buena medida, la lavandería moral del átomo militar. Royer lo plantea con brutal claridad: el complejo nuclear global convirtió vastos territorios en zonas de sacrificio humano y ambiental. 

Y después está Japón, que Occidente recuerda siempre de forma muy selectiva. Hiroshima y Nagasaki han sido reducidas a dos imágenes congeladas en el tiempo como son el hongo nuclear y el final de la Segunda Guerra Mundial. Lo demás desaparece. En el relato oficial desaparecen los hibakusha, la radiación posterior, los cánceres y décadas enteras de sufrimiento lento.

La narrativa oficial estadounidense sigue defendiendo que las bombas “evitaron más muertes”. Curiosa ética es esta de asesinar instantáneamente a decenas de miles de civiles para salvar una abstracción estadística.

Fue una demostración de terror estatal convertida después en doctrina estratégica respetable. Y funcionó tan bien como espectáculo de poder que el resto de potencias entendió inmediatamente cuál era el mensaje, a saber, quien tiene la bomba tiene asiento en la mesa.

Eisenhower y los “Átomos para la Paz”

En 1953 el presidente de los Estados Unidos y general de cinco estrellas Dwight Eisenhower lanzó su programa Atoms for Peace ante el mundo. El nombre parece escrito por un publicista con resaca y con complejo mesiánico.

El nombre era tan obsceno que casi parecía una parodia. En realidad, era propaganda geopolítica bastante transparente.

Estados Unidos necesitaba dos cosas con esto, por un lado, legitimar su liderazgo nuclear y por el otro expandir tecnología atómica bajo su marco de influencia. Se vendió como cooperación científica global. Llamémoslo también proliferación controlada. Se distribuyeron reactores, conocimientos, combustible y legitimidad política bajo la idea de que el átomo civil traería modernidad. En realidad, muchos programas nacionales de armas nucleares nacieron de ese paraguas.

India es un caso paradigmático, pues utilizó su infraestructura nuclear civil y en 1974 detonó su primera bomba bajo el grotesco nombre de “Smiling Buddha” (Buda sonriente).

18 de mayo de 1974, Buda Sonriente - La histórica primera prueba nuclear de la India.
18 de mayo de 1974, Buda Sonriente – La histórica primera prueba nuclear de la India.

Incluso para la era atómica hacía falta una dosis especial de cinismo para bautizar así una bomba. 

Israel o el elefante atómico en la habitación

Aquí aparece otra hipocresía bastante menos comentada. Si Irán enriquece uranio, amenaza global. Si Corea del Norte prueba misiles, barbarie oriental. Si Pakistán amplía su arsenal, preocupación internacional. Si el Estado israelí posee entre 80 y 200 cabezas nucleares según múltiples estimaciones internacionales, pues, silencio administrativo, por ejemplo. El régimen sionista nunca ha reconocido oficialmente su arsenal, pero tampoco lo ha negado seriamente (la Organización Internacional de la Energía Atómica nunca va de visita por allí). Mantiene una doctrina de “ambigüedad estratégica” que sólo funciona porque Washington y Europa participan activamente en el teatro.

El reactor de Dimona lleva décadas siendo el secreto peor guardado del planeta. Mordechai Vanunu, físico del programa israelí en Dimona, reveló información crítica en 1986. ¿El resultado? Secuestro, prisión, tortura y ostracismo.

La prensa occidental habla de proliferación como si fuese un problema moral selectivo. No lo es. Es un problema jerárquico. Unos pueden tener armas nucleares porque son “aliados responsables”. Otros no porque pertenecen al catálogo de enemigos necesario para mantener presupuestos militares obscenos. Esto no es una política de no proliferación, esto es una jerarquía nuclear bastante obscena.

Colonialismo radiactivo

Mururoa, Fangataufa, Bikini, Enewetak. Nombres exóticos y paradisíacos convertidos en sinónimos de devastación.

Francia hizo pruebas nucleares, primero en el Sahara y luego en la Polinesia durante décadas. Estados Unidos convirtió islas enteras del Pacífico en verdaderos vertederos estratégicos. Los habitantes locales fueron tratados como si no existieran o, peor aún, como si fuesen demográficamente irrelevantes. La Unión Soviética tampoco tuvo muchos miramientos en la extensa Siberia.

Fuente: El Salto

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *