
Por Rafael Poch-de-Feliu
Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania de la eurocrisis.
De Rossevelt a Gorbachov, pasando por Kennedy y Jrushov
Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial el norte global tuvo tres oportunidades para atajar la proliferación de los medios de destrucción masivos y salir de la prehistoria. Se trata de algo completamente actual y candente. Un acuerdo en aquella materia habría sentado un precedente fundamental para lo que ahora necesitamos: la ineludible concertación internacional, particularmente entre Estados Unidos y China, para atajar la crisis global del capitalismo antropocénico, que nos lleva a la catástrofe. Así que queda claro que lo que sigue es mucho más que un mero recordatorio histórico.

La primera ocasión perdida fue en el origen mismo de la bomba, cuando los científicos implicados en la primera prueba atómica de julio de 1945 iniciaron un debate sobre las consecuencias: si aquello contribuiría a acabar con la guerra o si por el contrario iniciaría una carrera armamentística con el riesgo de destruir la civilización. Truman llegó al poder en medio de ese debate. Era un hombre no preparado intelectual y emocionalmente para la comprensión del asunto. (Stalin lo definió como “un tendero”). Su secretario de Estado, James Byrnes, le llevó de la mano hacia Hiroshima.
El secretario de guerra de Franklin D. Roosevelt, Henry Stimson, era hombre de otra factura, como el recién fallecido Roosevelt. Stimson y Byrnes se disputaron el criterio de Truman en una sesión con Truman realizada el 12 de septiembre en la Casa Blanca (la bomba se había lanzado sobre Hiroshima el 6 de agosto). Stimson mantenía la línea de Roosevelt de prolongar la cooperación de guerra con la URSS después de la guerra, lo que pasaba por iniciar una cooperación con Moscú en esa materia. La bomba nuclear, decía, “no es solo un arma letal, sino el primer paso en un nuevo control humano sobre fuerzas de la naturaleza demasiado revolucionarias y peligrosas como para tratarlas con los viejos conceptos”. Stimson subrayaba el horizonte de “un acuerdo internacional sobre el control de esas fuerzas” y apelaba a una “responsabilidad moral”. Nueve días después dejó el cargo.
Los partidarios de la contención y de usar la ventaja que otorgaba la bomba a Estados Unidos en su relación con la URSS (Byrnes, Paul Nitze, George Kennan…) ganaron la partida. Cuatro años después, en agosto de 1949 la URSS detonaba su propia bomba atómica. Siguió la primera bomba de hidrógeno americana, en 1952 para compensar el acceso soviético. Siguió la primera bomba de hidrógeno soviética, en octubre de 1961 y siguieron los misiles, los misiles de varias cabezas, los submarinos y bombarderos “estratégicos” portadores de armas nucleares, etc., etc. Siempre con Estados Unidos liderando todos esos “avances” y los soviéticos respondiendo.
La segunda gran oportunidad llegó ocho años después de la muerte de Stalin. John F. Kennedy había llegado a la Casa Blanca en enero de 1961 en un entorno excepcional de la guerra fría. Tras haber acometido la desestalinización, Nikita Jrushov instauró la llamada “coexistencia pacífica”, oficialmente aprobada en octubre de 1961 en el marco del XXII Congreso del PCUS. El documento declaró la “renuncia a la guerra como medio de resolver los litigios internacionales y su solución por vía pacífica”. Su contexto era el optimismo jrushoviano del “alcanzar y superar” a Occidente en los aspectos más importantes de la economía, afirmando una vida menos dura y más libre que dejara atrás los sacrificios y el antihumanismo del estalinismo, garantizara viviendas gratuitas para todos, lograra una jornada laboral de seis horas y que hasta ponía fecha al comunismo: en la década de 1980. Es verdad que Kennedy fue el primero en enviar a la aviación a bombardear civiles en Vietnam del Sur, autorizó el uso de napalm, inició la destrucción de cosechas y comenzó la deportación de millones de personas en campos de concentración en el país asiático. Pero al igual que Jrushov, que había estado necesariamente implicado en los crímenes estalinistas, Kennedy era un dirigente excepcional para su país.
En medio de un contexto de graves crisis sucesivas en Berlín y Cuba, Kennedy estrenó un discurso de paz sin precedentes, que tuvo una inmediata cálida acogida en Moscú; “La humanidad debe poner fin a la guerra, o la guerra pondrá fin a la humanidad”, el arma nuclear “hace que la guerra ya no sea una alternativa racional”, “las armas de la guerra deben ser abolidas antes de que ellas nos abolan a nosotros”, había dicho en septiembre de 1961. Kennedy criticaba a la URSS como cualquier otro presidente americano pero al mismo tiempo era capaz de algo insólito en la Casa Blanca: ponerse en el lugar del adversario. “Ninguna nación ha sufrido tanto como la URSS en la Segunda Guerra Mundial”, dijo. El nuevo presidente sugería defectos propios, “debemos revisar nuestras actitudes”, y anunciaba nuevos propósitos: “estamos dedicando enormes cantidades de dinero a armas que estaría mejor dedicar a combatir la ignorancia la pobreza y la enfermedad”. “Estamos apresados en un circulo vicioso y peligroso en el que la sospecha de uno alimenta la sospecha del otro y nuevas armas dan paso a otras armas“, advertía, llegando a proclamar la necesidad de “un desarme general y completo” en junio de 1963. Kennedy hizo suya la frase de Jrushov de que tras una guerra nuclear, “los supervivientes envidiarían a los muertos”.
Con ese programa de intenciones, Kennedy chocaba frecuentemente con sus generales y altos funcionarios del espionaje que le engañaron asegurándole una revuelta contra la revolución si invadía Cuba. Kennedy cesó a altos funcionarios del ámbito de la seguridad de extrema derecha, como el director de la CIA Allen Dulles, amigo y encubridor de muchos nazis en la posguerra, su segundo Richard Bisell, y mantuvo una tensa relación con el todopoderoso jefe del FBI, Edgar Hoover. Fue el cuarto presidente de Estados Unidos asesinado desde 1865 con Abraham Lincoln abriendo la serie, seguido de James Garfield, en1881, y William McKinley en 1901. Poco después del asesinato de Kennedy comenzó en Moscú la conspiración contra Nikita Jrushov que fue depuesto en octubre de 1964, once meses después del magnicidio de Dallas.
La tercera gran oportunidad perdida fue Gorbachov y su perestroika. La historia conoce pocos casos (si alguno) de cambio tan radical de la política de una superpotencia. Al cancelarse declarativamente las peligrosas tensiones entre potencias, se abrieron posibilidades para un cambio de mentalidad en las elites políticas y económicas que fuera capaz de afrontar los retos del capitalismo antropocénico y los grandes dilemas de las relaciones Norte/Sur. Superar la guerra y la amenaza de destrucción masiva como método y último argumento de las relaciones internacionales, buscar nuevos criterios de seguridad colectiva, abandonar la militarización del espacio, paliar la desigualdad entre grupos sociales y regiones del mundo para hacerlo menos injusto, atajar la superpoblación, y, desde luego, encarar la crisis climática. No fue solo discurso, sino hechos; acuerdos internacionales, democratización interna y retirada unilateral de una enorme zona geográfica imperial sin mediar derrota bélica… La reforma propuesta por Gorbachov fue una prueba universal de madurez. Esa prueba, el norte global la suspendió estrepitosamente. La degenerada elite administrativa soviética se rebeló contra ella pero el campeón de esa derrota fue la clase capitalista occidental, que decidió que todo aquello demostraba su victoria en la guerra fría por lo que podía y debía seguir con más de lo mismo. “Nos movemos por antiguos caminos trillados, utilizando viejos procedimientos para resolver problemas de un mundo nuevo, el mundo del Siglo XXI”, diría Gorbachov muchos años después.

En el mundo el nombre de Mijaíl Gorbachov quedará para la historia. En algunos sectores de la izquierda, y particularmente de la izquierda española, se desprecia erróneamente al personaje como el hombre que introdujo el capitalismo en la Unión Soviética y la condujo a su disolución. Este juicio es pura y simplemente fruto de la ignorancia. Ignorancia del papel desempeñado por Gorbachov y su acreditado intento de mantener hasta el final el socialismo y la Unión Soviética. Ignorancia también sobre las realidades de la URSS de los años ochenta.
Gorbachov era uno de los raros socialistas democráticos de la dirección soviética. Algunos podrán pensar que fue un socialdemócrata y no creo que esa etiqueta le molestara al personaje. Socialdemócrata, sí, pero en las condiciones socioeconómicas de la Unión Soviética. Ser “socialdemócrata” en un universo sin propiedad privada de los medios de producción, sin sector financiero y sin primacía del capital sobre lo político, impide drásticamente cualquier paralelismo de Gorbachov con los gestores “sociales” del capitalismo en Europa Occidental como Felipe González, François Mitterrand o Helmuth Schmidt. El problema del llamado “socialismo real”, síntesis de socialismo y dictadura, era, precisamente, la contradicción de ese segundo aspecto con el primero. De la misma forma en que el problema del sistema de Europa Occidental, mezcla de democracia y capitalismo, no es la democracia de diversa intensidad en los diferentes países, sino el capitalismo que la anula y caricaturiza. Gorbachov quería democratizar el socialismo. Su empeño es, por tanto, tan encomiable como el de tantos personajes que a lo largo de la historia intentaron acercarse al socialismo en el mundo desde el capitalismo. Que fracasara en su intento no impide en absoluto situarlo entre los grandes hombres políticos del Siglo XX.
Su gran discurso no fue una prédica dominical, ni la pretensión de un iluminado. No fue creado por la clarividencia de un filósofo sino que fue lanzado desde uno de los principales centros de poder mundial. El nombre de Gorbachov recuerda que hubo un momento, no hace mucho, en el que se propuso avanzar hacia una “nueva civilización” para salir del atolladero. El fracaso de aquella tercera gran oportunidad perdida para un devenir humano menos peligroso, menos injusto y más razonable, nos mantiene como especie en un callejón sin salida. La humanidad necesita un cambio de rumbo. Que vuelva a proclamarse la “renuncia a la guerra como medio de resolver los litigios internacionales y su solución por vía pacífica”, la “abolición del arma nuclear” y la necesidad de “un desarme general y completo”.
Del blog personal de

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