
Por Yuval Abraham
Periodista y cineasta, residente en Jerusalén.
Y

Cineasta y directora de fotografía.
Nuestra nueva película muestra cómo la matanza de civiles palestinos perpetrada por Israel fue un acto deliberado y calculado, a través de los testimonios de los propios responsables
Durante los últimos tres años, hemos entrevistado por las noches en azoteas de Tel Aviv a 24 soldados israelíes que tuvieron un papel activo en la ofensiva israelí contra Gaza. En su mayoría fueron agentes de inteligencia, que trabajaban detrás de una pantalla y participaron a distancia en el asesinato en masa de palestinos.
Sus testimonios son la base de NAZA, un nuevo documental que hemos dirigido (producido por The Guardian y James Wilson y con Jonathan Glazer como productor ejecutivo) que se estrena esta noche en el 83º Festival Internacional de Cine de Venecia [El documental se estrenó el 10 de septiembre, recibió 24 minutos y medio de ovación y consiguió el Premio Especial del Jurado].

Hemos entrevistado a estos soldados no porque sea la única manera de conocer lo que Israel ha hecho en Gaza. Cualquiera que haya visto la devastación en la Franja, haya escuchado hablar a los gazatíes o simplemente se haya tomado en serio las declaraciones de los líderes israelíes conoce esta verdad desde hace años.
Hemos hecho la película por una razón muy simple: nos dimos cuenta de que los agentes y soldados del ejército que ha arrasado Gaza (los que se encargaron de la vigilancia, los que calcularon cuántos inocentes iban a morir con toda probabilidad en cada casa y los que, una y otra vez, dieron luz verde al bombardeo de familias enteras) podían ofrecer unos testimonios que ayudarían a que fuera aún más difícil negar los crímenes. Porque esa negación es –junto a otros factores– lo que permite que los crímenes sigan produciéndose hoy.

Es una película sobre un sistema. Se centra en cuando se llevan a cabo órdenes, políticas y protocolos de operación, no en cuando se transgreden. La conclusión que hemos extraído de los testimonios es clara: el asesinato en masa de civiles palestinos en Gaza no es una “trágica consecuencia” de la guerra contra Hamás, como a menudo se dice en Israel, sino un acto premeditado, calculado y deliberado. Y por eso, una Comisión de la ONU, las principales organizaciones de Derechos Humanos del mundo y los académicos palestinos, israelíes e internacionales lo han calificado como genocidio.

El título de la película, NAZA, que es el acrónimo en hebreo de “daños colaterales”, es una crítica al modo en que Israel presenta el asesinato de civiles: ocultando tanto el conocimiento detallado que tiene sobre cuánta gente es probable que muera en cada ataque, como el afán de destrucción que ha acompañado a esta campaña militar desde su inicio.
Uno de los agentes que hemos entrevistado narra que era plenamente consciente en tiempo real de cientos de casos en los que las familias estaban haciendo su vida normal (un hombre hablaba con su mujer, el sonido de un programa de la tele, rezos, un bebé llorando…) para a continuación dar la orden de bombardearlas. Cuando le preguntamos por qué lo hacía, respondió “Se entiende que el objetivo es destruir”.
Desde ese punto de vista, la presencia (o ausencia) de una persona que Israel considera un objetivo a abatir en una casa determinada pasa a ser un tema secundario; de hecho, en muchos casos, resultó que el objetivo ni siquiera estaba allí. Lo importante era la muerte en sí misma.
Una mirada a la oscuridad
Todos los soldados que aparecen en la película aceptaron hablar con la condición de que sus identidades quedaran cuidadosamente ocultas, por temor a represalias de Israel tras revelar información comprometedora. Algunos de sus testimonios eran tan urgentes y estremecedores que los publicamos casi de inmediato en una serie de reportajes de investigación para +972 Magazine, Local Call y The Guardian.
La mayoría de los soldados entrevistados pertenecen a lo que comúnmente se denomina la élite socioeconómica de Israel y han trabajado, sobre todo, en prestigiosas unidades de inteligencia. Algunos son conscientes de haber participado en delitos graves y esperan que alzar la voz contribuya a romper el muro de negación y justificación, y obligue a la opinión pública israelí a mirar de frente lo que el ejército está haciendo en su nombre. Otros accedieron a hablar solo tras meses de reflexión, ya fuera por culpa, vergüenza o incluso orgullo por lo que consideraban logros profesionales.
Decidimos de forma consciente que nuestra película no se iba a quedar en las motivaciones. Se centra en la matanza en sí y en los factores que la hacen posible. Si hubiésemos dedicado más tiempo a los sentimientos morales y políticos de nuestras fuentes, habríamos corrido el riesgo de desplazar el foco de atención lejos de las víctimas. Y no queríamos hacer eso.
No banalizamos la decisión de guardar el anonimato de personas que, según ellas mismas cuentan, han participado en crímenes atroces. Sin embargo, dada la persistencia de estos crímenes, nos sentimos obligados a hacer públicos sus testimonios con la esperanza de contribuir a los esfuerzos por poner fin a esta ofensiva. Los relatos de los soldados también señalan a un sistema mucho más amplio, del cual son responsables en última instancia los niveles más altos de la élite política y militar israelí. Esperamos que la película contribuya a que se exijan responsabilidades por los graves crímenes de Israel y a que se haga justicia para sus víctimas.

Pero la película no es solo una recopilación de testimonios de soldados. También dirigimos la cámara hacia las calles de Tel Aviv y preguntamos a sus habitantes durante la noche, en una ciudad que es una burbuja donde la vida cotidiana sigue su curso mientras, a solo 60 kilómetros de distancia, se masacran palestinos. A través de esta mirada a la ciudad donde se toman las decisiones de la guerra en Gaza, intentamos entender qué clase de conformidad hace posible una indiferencia tan generalizada.
Al hacerlo, nos vimos planteando las mismas preguntas que se hizo la generación de nuestros abuelos y que personas de todo el mundo se han formulado tras conocer atrocidades y genocidios en otros lugares: ¿Cómo puede un grupo de seres humanos consentir la deshumanización absoluta de otro? ¿Y cómo es un sistema genocida visto desde dentro?
En los próximos años (quizás en una era posterior a Netanyahu, si es que tal cosa llega a producirse), sectores liberales israelíes podrían intentar desvincularse de los crímenes en Gaza y atribuírselos exclusivamente al gobierno de extrema derecha. Sin duda este Gobierno es el principal responsable de la muerte de más de 73.000 personas, en su mayoría civiles, tras las masacres criminales perpetradas por Hamás el 7 de octubre. Sin embargo, una parte significativa de estas matanzas las perpetraron soldados provenientes del corazón del bloque liberal israelí: agentes de inteligencia y de la Fuerza Aérea que servían en las unidades más prestigiosas del ejército.
Los pilotos de la Fuerza Aérea podrán alegar que simplemente cumplían órdenes: recibían unas coordenadas, lanzaban la bomba y regresaban a casa sin saber qué objetivo habían alcanzado. Los soldados de infantería se defenderán diciendo que no siempre sabían a quién atacaban, en parte debido a “la niebla de la guerra”. Por muy cuestionables que sean estas defensas, nunca se podrá negar lo que sí sabía el personal de inteligencia.
Fueron testigos directos –con sus propios ojos y oídos– de que las viviendas que estaban “señalando” albergaban familias. Sabían que las numerosas “aprobaciones NAZA” no estaban vinculadas a ningún objetivo de relevancia militar. Y, aun así, desempeñaron su papel en la maquinaria de muerte sin ofrecer apenas resistencia ni negarse a actuar.
La película muestra cómo funciona un sistema de matanza cuando se basa en la noción de que “no hay inocentes en Gaza” o, como podría formularse en terminología de inteligencia, “no hay NAZA en Gaza”. Como tal, es probable que la película socave a los negacionistas, a los que siembran dudas y a los que todavía se sienten cómodos viviendo en la zona crepuscular entre el saber y el no saber lo que ocurre a 60 kilómetros al sur de Tel Aviv.
Después de estrenarse en Venecia la película irá a Nueva York antes de distribuirse para todo el mundo. Pero al mismo tiempo está dirigida a un público local, a la sociedad israelí. Fue rodada enteramente de noche, reflejando la profunda oscuridad en la que se creó y dentro de la cual vivimos. Pero si no se hace justicia de forma honesta con lo que ocurrió en la oscuridad, ninguno de nosotros podrá ver la luz.
Fuente: Ctxt

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