El ajuste de cuentas: Ormuz y el fin de la hegemonía estadounidense

Mona Ali
Mona Ali

Por Mona Ali

Profesora asociada de Economía en la Universidad Estatal de Nueva York en New Paltz.

El bloqueo del estrecho se suma a otros factores como el descontento con el dominio del dólar, el ascenso de China, la menor dependencia de los combustibles fósiles y un mayor peso de los BRICS

El Estrecho de Ormuz en una imagen tomada desde la Estación Espacial Internacional en 2023.
El Estrecho de Ormuz en una imagen tomada desde la Estación Espacial Internacional en 2023.

1.

El cierre de una vía navegable estratégica por parte de una nación asediada figura entre los acontecimientos más excepcionales y trascendentales de la historia de la economía mundial.

Ormuz en una carta de navegación de hace varios siglos.
Ormuz en una carta de navegación de hace varios siglos.

Solo ha ocurrido en dos ocasiones después de la Segunda Guerra Mundial. En 1956, Egipto cerró el Canal de Suez durante cinco meses, un acto que acabó con el imperio monetario británico y marcó el inicio de la era del petrodólar. Demostró por primera vez que un país pequeño podía infligir un daño grave al orden económico que lo había subyugado. Ahora Irán ha bloqueado de hecho el estrecho de Ormuz, por donde pasa una cuarta parte del petróleo transportado por mar en todo el mundo. La pregunta es si esta crisis anuncia el fin de la hegemonía estadounidense –y marca el comienzo de la lucha por quién o qué la sustituirá–.

La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha dejado bloqueados a más de 3.000 buques en el Golfo Pérsico y ha provocado un déficit mundial de más de once millones de barriles de petróleo al día. Se han interrumpido cadenas de suministro enteras basadas en hidrocarburos: no solo las exportaciones de petróleo y gas, sino también los suministros de urea utilizada en fertilizantes, helio para semiconductores y azufre para equipos de defensa. Tras haber sufrido durante mucho tiempo las sanciones occidentales, Irán está ahora desplegando él mismo el arma económica.

Los efectos son devastadores y en cadena. En el hemisferio norte, los fertilizantes se están agotando justo cuando los agricultores se preparan para sembrar la cosecha de primavera. Lo mismo ocurre en Sudán, azotado por la hambruna. Egipto y Sri Lanka han puesto en marcha políticas de teletrabajo en un intento por racionar el consumo de petróleo. En El Cairo, se ha ordenado a las tiendas y restaurantes que cierren a las 21:00. Las divisas de toda Asia –desde el won hasta la rupia– se desploman por la salida de capitales. Turquía ha gastado miles de millones de dólares para estabilizar la lira. 

Las ondas de choque se extienden más allá de las naciones con problemas de liquidez. En el Reino Unido, un gran importador de energía, los rendimientos de los bonos soberanos (que afectan a los costes de financiación del Gobierno) han subido a niveles no vistos desde la crisis financiera de 2008. Estados Unidos, el mayor productor mundial de petróleo y gas, puede estar más protegido, pero aún así se prevé que la inflación supere el 4 % en el transcurso del año. Los inversores han vendido masivamente bonos del Tesoro estadounidense a una velocidad y en un volumen que han obligado a algunos bancos de Wall Street a abandonar sus pantallas y volver al antiguo método de negociación cara a cara. China, que cuenta con vastas reservas energéticas, es una excepción al caos general. Los rendimientos de sus bonos se han mantenido estables.

La crisis de Ormuz es tanto una prueba de resistencia financiera como un ajuste de cuentas geopolítico. Podría significar el fin del reinado del dólar estadounidense como moneda de reserva mundial y como medida universal de valor –un estatus que ha sustentado la hegemonía estadounidense durante siete décadas–. En este periodo, el dólar ha denominado el precio internacional del crudo (cuyo comercio superó el billón de dólares en 2024) y la mayor parte de la deuda global, valorada en más de 100 billones de dólares en circulación. En los últimos años, el aumento de los precios de la energía ha tendido a fortalecer el dólar, transfiriendo riqueza a EEUU y alejándola de los países menos capaces de soportar la pérdida.

Ormuz aún no señala el fin de este complejo del dólar de los hidrocarburos, que siempre ha sido una mezcla explosiva de poder y volatilidad. Pero sí revela los cambios estructurales que serían necesarios para una transición hegemónica. Irán ha permitido el paso a buques de Estados “no hostiles”, a cambio de una tasa de tránsito de hasta dos millones de dólares, preferiblemente en yuanes. Si el mundo pasara del dólar de los hidrocarburos al petroyuan, se repetiría otro aspecto de la crisis de Suez, que puso fin al reinado de la libra esterlina como moneda de reserva mundial. A diferencia de 1956, sin embargo, las naciones del sur global tienen ahora una influencia política considerable para dar forma al orden económico mundial emergente.

2.

La hegemonía estadounidense ya se había estado erosionando durante años antes de la crisis de Ormuz.

Los factores que impulsan esta situación son múltiples: el creciente descontento con el dominio del dólar, el ascenso de China como rival sistémico, el impulso para reducir la dependencia de los combustibles fósiles y una mayor asertividad geopolítica en el sur global.

Un punto de inflexión clave se produjo hace cuatro años, cuando Rusia invadió Ucrania. En respuesta, Estados Unidos reunió a un amplio bloque de naciones para imponer sanciones a Moscú. Putin tomó represalias reteniendo el suministro energético a Europa, donde los precios del gas se dispararon sin control. Desesperados, los líderes europeos intensificaron la inversión en energías limpias al tiempo que recurrían a fuentes alternativas de combustibles fósiles, incluido el gas natural licuado estadounidense. En 2023, cerca de la mitad de las importaciones de gas del continente procedían de EEUU, cuya industria del petróleo y el gas registró beneficios récord. A medida que aumentaban las facturas energéticas, la Reserva Federal subió repetidamente los tipos de interés para contener la inflación, lo que no hizo sino aumentar los ingresos de los bancos estadounidenses. La apreciación del dólar y el aumento de los pagos de la deuda se combinaron para producir la mayor caída anual de las reservas mundiales de divisas en más de dos décadas.

La crisis energética de 2022 demostró el extraordinario poder coercitivo del dólar imperial: Estados Unidos fue capaz de aislar a Rusia del sistema financiero mundial casi de la noche a la mañana. Sus lecciones no pasaron desapercibidas para el sur global: si esto le podía pasar a Rusia, le podía pasar a cualquiera. Se intensificó la búsqueda de alternativas a la dependencia del dólar, largamente debatida en las cumbres del BRICS y en las cancillerías. Se amplió el Sistema de Pagos Interbancarios Transfronterizos de China. Se multiplicaron los acuerdos comerciales bilaterales denominados en monedas locales. El bloque del BRICS, ampliado en 2024 para incluir a Egipto, Etiopía, Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos e Irán, comenzó a debatir un sistema de liquidación de infraestructura común, autónomo de los sistemas centrados en el dólar como SWIFT. Ninguna de estas iniciativas supuso una sustitución del dólar tout court. Algunos países reponían sus reservas de dólares, mientras que otros se diversificaban hacia el oro, y otros hacían ambas cosas. Pero, en conjunto, esbozaron los contornos de una arquitectura financiera alternativa.

La invasión de Rusia afianzó inadvertidamente el dominio estadounidense sobre los mercados energéticos mundiales. (Incluso antes de la guerra en Ucrania, Estados Unidos producía una quinta parte del petróleo y el gas del mundo, más que cualquier otro país). Washington ha ejercido ese poder de manera cada vez más arbitraria, difuminando la línea entre las maniobras de mercado y la coacción económica. Por ejemplo, los contratos de GNL de EEUU, a diferencia de sus equivalentes qataríes, tienen una cláusula de “flexibilidad de destino” que permite desviar el producto hacia mercados más rentables en Europa. Entre otras cosas, esto provocó una grave escasez en Asia. 

Fue en este contexto cuando los cimientos políticos de la hegemonía estadounidense comenzaron a resquebrajarse. Las amenazas de abandonar la OTAN, los ataques a aliados como Canadá y Dinamarca, y las guerras arancelarias arbitrarias: todo ello ha hecho añicos la pretensión de que Estados Unidos –y su dólar de los hidrocarburos– pudiera ser una fuerza estabilizadora. Si la hegemonía requiere el consentimiento de aquellos a quienes organiza, Trump la ha sustituido por algo más cercano a la pura extracción: “Paga o paga el precio”.

3.

¿Cómo podrían ser los inicios de una transición hegemónica? La crisis de Suez ofrece un modelo histórico. A mediados del siglo XX, el Reino Unido era el mayor proveedor de energía de Europa. Los barcos que transportaban el producto desde los yacimientos petrolíferos del Golfo Pérsico, controlados en su mayoría por británicos, navegaban por el canal de Suez para llegar al continente. El “petróleo de la libra esterlina” era crucial para estabilizar las precarias finanzas británicas de la posguerra, agobiadas por enormes deudas con Estados Unidos. Las tropas británicas llevaban mucho tiempo estacionadas en la zona del canal, donde la Anglo-French Suez Canal Company cobraba tasas de tránsito y peajes. En 1954, Gamal Abdel Nasser había conseguido un acuerdo para su retirada en un plazo de dos años.

Poco después de que las últimas tropas británicas se retiraran en 1956, al descubrir que Nasser estaba comprando armas a los soviéticos, Estados Unidos y el Reino Unido incumplieron abruptamente sus promesas de financiar la Gran Presa de Asuán. En represalia, Nasser nacionalizó la Compañía del Canal de Suez. La toma de control no detuvo inmediatamente el tráfico del canal, pero demostró la capacidad de Egipto para convertir la vía navegable en un arma.

Para asegurar por la fuerza el paso del “petróleo de la libra esterlina”, Gran Bretaña, Francia e Israel invadieron Egipto. Tel Aviv tenía sus propias razones para sumarse a la aventura: Egipto, con la cooperación de Arabia Saudí, había prohibido el paso por el canal a los petroleros con destino a Israel desde la Nakba.

La respuesta de Nasser fue sencilla pero eficaz: hundió barcos cargados de hormigón para bloquear el canal. El cierre, que se prolongó desde octubre de 1956 hasta marzo de 1957, provocó una grave escasez de petróleo en Gran Bretaña. Se racionó la gasolina y se cortó el suministro de gasóleo para calefacción. Harold Macmillan recortó drásticamente el gasto en defensa y agotó las reservas de dólares del Reino Unido en un intento desesperado por proteger la libra. Aun así, en 1957, Gran Bretaña necesitó un rescate del FMI.

La agitación provocó que los especuladores se lanzaran sobre la libra esterlina, desencadenando oleadas sucesivas de ventas masivas. A medida que el enfrentamiento se prolongaba, la administración Eisenhower comenzó a temer que los Estados petroleros de Oriente Medio se volvieran contra Occidente y se acercaran a la Unión Soviética. Estados Unidos se negó a proporcionar al Reino Unido dólares y petróleo para financiar la campaña de Suez, lo que tuvo el efecto deseado: Gran Bretaña capituló y retiró sus tropas. Convencer a Israel llevó más tiempo. Eisenhower tuvo que plantear la posibilidad de sanciones antes de que Tel Aviv abandonara la península del Sinaí y la Franja de Gaza.

La crisis de Suez tuvo repercusiones en los rincones más recónditos de la economía mundial. Impulsó los balances de EEUU, erosionó la posición de Gran Bretaña en la jerarquía global y condenó a la libra esterlina a un futuro de inestabilidad crónica. La City de Londres se vio obligada a reinventarse como consejera de los mercados del dólar. Aun así, la libra esterlina siguió financiando un tercio del comercio mundial. Tardó unas décadas más –pasando por el colapso de Bretton Woods, el enfrentamiento con la OPEP de la década de 1970, la crisis de Volcker y la crisis de deuda mundial de la década de 1980– antes de que se consolidara el sistema del dólar.

En retrospectiva, pues, Suez no marcó del todo el fin de una era. Más bien, fue el momento en que la transición de la hegemonía de la libra esterlina a la del dólar se hizo visible por primera vez. Lo mismo puede decirse de Ormuz. La pregunta es: ¿cómo será el próximo orden?

4. 

Para las naciones del sur global, este ha ido tomando forma en los últimos años, con el avance de la expansión de las energías limpias –paneles solares, parques eólicos, vehículos eléctricos, plantas de baterías y proyectos de hidrógeno verde–, que se ha convertido en la posible salida de la trampa del hidrocarburo-dólar.

Dada la drástica reducción de los costes de instalación de la energía limpia, esta es claramente la opción racional. En 2022, ante una grave escasez de dólares y azotado por inundaciones masivas, Pakistán vivió una revolución impulsada por los consumidores en el ámbito de la energía solar, que ahora representa una quinta parte del suministro eléctrico del país. Este cambio tampoco se limita a los países más pobres. La invasión de Rusia también empujó a la UE a invertir en energía limpia, que ahora representa el 92 % de su inversión energética total. La cuota de energía limpia de China es de casi el 70 %. A nivel mundial, dos tercios de los 3,3 billones de dólares en nuevas inversiones energéticas se destinan a tecnologías limpias. El actual repunte de los precios del petróleo ya ha impulsado la demanda de vehículos eléctricos de bajo coste en China y Vietnam.

Fundamentalmente, la transición a la energía limpia también permite una mayor soberanía. Se puede instalar un panel solar en un tejado de Lahore sin necesidad de transacciones en dólares. Un emprendedor puede crear un parque eólico en Marruecos sin exponerse a las sanciones estadounidenses. Por el contrario, el petróleo y el GNL deben importarse, cotizarse en dólares y pagarse con reservas cuyo valor puede verse mermado por la próxima crisis provocada por Estados Unidos.

Sin duda, la transición verde sigue siendo profundamente desigual –limitada, para muchos países, por el acceso al capital y la tecnología– y está creando nuevas dependencias propias. China es el centro de poder emergente. Desde 2022, su inversión extranjera en tecnología limpia se ha disparado y ahora se extiende por 50 países; la escala y la ambición hacen que las comparaciones con el Plan Marshall parezcan anacrónicas.

La mayor parte de esta fabricación verde tiene lugar en el sudeste asiático; también está creciendo rápidamente en Oriente Medio y el norte de África. Todas estas regiones dependen cada vez más de la financiación y los conocimientos técnicos chinos.

La prominencia del dólar tampoco desaparecerá rápidamente. Al contrario, el sistema del dólar ganó poder a finales del siglo XX y principios del XXI, a medida que la economía mundial se tambaleaba de una crisis a otra, lo que provocó mayores intervenciones estructurales estadounidenses. Durante la crisis financiera de 2008, por ejemplo, la Reserva Federal estableció formalmente una red de “líneas de swap”, que proporcionaba a aliados cercanos –como la UE y Japón– acceso a liquidez de emergencia en dólares, de la que desde entonces han dependido en gran medida.

Este respaldo financiero es un salvavidas: la Reserva Federal puede simplemente imprimir dólares y hacer desaparecer los problemas de liquidez. También es una correa. El comportamiento de Trump hacia los aliados se ha vuelto cada vez más errático: actualmente está reprendiendo a los socios de la OTAN por no unirse a su “excursión” al estrecho de Ormuz. Si la crisis energética se agrava, podría presionar al Tesoro y a la Reserva Federal para que utilicen el apoyo financiero estadounidense como arma. De hecho, ya no se puede dar por sentado un rescate de la Reserva Federal. Los países que se nieguen a doblegarse corren el riesgo de perder por completo ese respaldo.

La mayor parte del petróleo que fluye por el estrecho de Ormuz acaba en Asia. La turbulencia económica desencadenada por el asalto estadounidense-israelí ha alcanzado a ricos importadores de combustibles fósiles como Japón y Corea del Sur, que han gastado miles de millones para apuntalar sus monedas. En caso de colapso financiero, al menos pueden recurrir a las líneas de swap en dólares, una opción que no está al alcance de los importadores más pobres del continente, como Bangladés y Filipinas.

Pakistán les ofrece un modelo diferente. La base solar del país lo ha hecho más resiliente energéticamente y le ha dado más influencia geopolítica de lo que la mayoría de los observadores esperaban. Islamabad ha asegurado el paso seguro de sus envíos de petróleo a través del estrecho.

5.

Las crisis energéticas suelen tener consecuencias muy negativas y duraderas. Quizá por eso la Agencia Internacional de la Energía, un consorcio de treinta y dos países, ha anunciado la liberación de 400 millones de barriles de petróleo al mercado mundial –un esfuerzo multilateral extraordinario–. Incluso Estados Unidos –un Estado rebelde en todos los sentidos– está tomando medidas paliativas. Scott Bessent, secretario del Tesoro, ha levantado temporalmente las sanciones sobre el petróleo ruso bloqueado en el mar, así como sobre el petróleo iraní, permitiendo explícitamente su entrada en Estados Unidos. Si bien ambas medidas denotan desesperación, también apuntan de forma ominosa a una posible toma de control del sector petrolero de Teherán al estilo de Venezuela.

Hasta ahora, ninguna de estas intervenciones ha funcionado. El precio del crudo Brent sigue rondando los 110 dólares por barril, frente a los aproximadamente 60 dólares que costaba antes de la guerra. Mientras tanto, Irán, cuyos buques atraviesan libremente el estrecho, está obteniendo casi el doble de ingresos petroleros que hace un año.

Ormuz ha puesto de manifiesto tanto la fragilidad del sistema de combustibles fósiles como los límites del poder estadounidense. Washington ya no parece capaz de ganar las guerras que inicia ni de gestionar las consecuencias económicas de su imprudencia. Sin embargo, sería ingenuo esperar que el poder estadounidense se derrumbe de repente, dejando un espacio limpio para algo mejor. Es más probable que se degrade lentamente, mientras frustra, mediante la violencia y la coacción económica, el surgimiento de un nuevo orden internacional. Gaza, Líbano e Irán son recordatorios, si es que hacían falta, del alcance perdurable de la maquinaria bélica estadounidense.

Mientras gran parte de la atención mundial se centra en Irán, al que Estados Unidos está bombardeando para “devolverlo a la edad de piedra”, Washington también está llevando a cabo su propio bloqueo petrolero. Mientras la economía cubana se tambalea al borde del colapso, resulta doloroso recordar que fue en La Habana donde las Naciones Unidas trazaron por primera vez un ambicioso marco comercial y de empleo para el orden internacional de la posguerra. La Carta de La Habana de 1948 proponía mecanismos para estabilizar los precios de las materias primas y reestructurar el comercio mundial con el fin de liberar al sur global de la continua dependencia de las antiguas potencias coloniales.

Una calle en La Habana, Cuba, en 2017.
Una calle en La Habana, Cuba, en 2017.

Cuando Estados Unidos se negó a ratificar la carta, esta quedó abandonada.

¿Qué naciones se unirán para diseñar y comprometerse con una nueva Carta de La Habana? La ampliación del BRICS, la expansión de los sistemas de pago regionales y el auge de las energías limpias no constituyen por sí mismas tal coalición, pero juntas son su materia prima. Lo que falta es un acto político constitutivo: el equivalente a un nuevo Bretton Woods para el orden posestadounidense, uno que no dependa de la ratificación de Estados Unidos ni siquiera de la participación de Estados Unidos para su legitimidad.

Ormuz ha hecho imaginable el fin de la hegemonía estadounidense. También ha demostrado que, quizás por primera vez, el sur global posee la voluntad política y las ideas necesarias para construir un nuevo orden internacional.

Fuente: Ctxt

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