
Personal Docente Investigador de la Universidad de Zaragoza especializado en el estudio de la violencia política en España y Francia contemporáneas.
Estudiantes, trabajadores y desarraigados entraron en efervescencia por el mismo motivo: un estado del bienestar erosionado que ya no da para sostener el despotismo dulce.

Los días 17 y 18 de octubre de 2026, París se convirtió en un laboratorio político entre gas lacrimógeno, asaltos policiales y melés estudiantiles. El debate, el límite de lo legítimamente permitido para influir en política y, sobre todo, la deriva del Estado. Cómo no, sucedió en Francia: porque a todos aquellos que hablan de “crisis nunca vista” habría que recordarles que Francia es la nación en la que se produjeron las revoluciones de 1789, julio de 1830 o febrero de 1848 con el colofón de la Comuna de París de 1871. Todo ello, siempre, con París como punta de lanza.

Ya en el siglo XX, el mayo del 68 demostró la continuidad del paradigma. Un París laboratorio, además, porque lo que sucedía en el mismo no tardaba en reproducirse en el resto de Europa. Algo que nos habla de un principio: que, más allá de las situaciones particulares de cada nación, hay fallas estructurales que, con el catalizador de las crisis coyunturales, desencadenaron procesos coetáneos de desestabilización estatal vinculado al agotamiento del contrato social y la necesidad de renegociar sus cláusulas. Y es que en Francia las protestas se vienen sucediendo desde finales de septiembre, pero en España el 26 de septiembre comenzó la acampada de Sol ante la situación de la vivienda mientras que en Bélgica e Italia afloraron protestas estudiantiles con el colofón de los choques de Turín y Milán de los días 16, 17 y 18 de octubre.
Bismillah c´est les ténèbres
La posición de vanguardia que los movimientos estudiantiles han ocupado en buena parte de los movimientos sociales del siglo XX que han recurrido a la violencia política —y no solo en aquellos de izquierdas, dado que el esquadrismo italiano de inicios de la década de 1920 y, sobre todo, el falangismo español de la de 1930, bebieron en gran medida de pistoleros universitarios— presenta, con todo, un nuevo componente. O lo que es lo mismo, su leitmotiv ha cambiado.
A comienzos de octubre, y en el marco de la organización de las acciones estudiantiles francesas a través de grupos de Snapchat, comenzó a popularizarse el mensaje Bismillah c´est les ténèbres.

Publicado por un usuario bajo el seudónimo Mohamed, traducido sería algo así como “En el nombre de Dios, esto son las tinieblas”. Y digo algo así porque su carencia de sentido buscando imitar la jerga juvenil, junto con la consciencia de que la policía estaba tratando de infiltrarse en los grupos de organización estudiantil, ha llevado a buena parte de la opinión pública francesa a dirimir que el mensaje sería de un agente encubierto. Lo que más nos interesa es su fórmula: hacerse pasar como integrante de los sectores sociales de origen migrante no asimilados.
Bismillah c´est les ténèbres pasó de la burla a convertirse en un símbolo de las protestas que desembocaron en la movilización que el 17 de octubre aglutinó en Paris a estudiantes, funcionarios, trabajadores y agricultores convocada por la Confédération Générale du Travail, la Union Syndicale Solidaires y varias organizaciones estudiantiles. La manifestación llegó sobre las 12:00 a la Place de la République e inmediatamente comenzaron las cargas policiales y las acciones supresivas con gas lacrimógeno y cañones de agua; por su parte, los sectores estudiantiles contestaron participando en la melé propuesta y, sobre todo, sometiendo la estatua de Marianne a un iconoclash con el colofón de la imposición de un chaleco amarillo —en clara alusión a los ciclos de protestas de 2018— con el lema 2026, La police mutile les lycéens (2026, la policía mutila a los estudiantes de secundaria).
A las 14:00, la manifestación partió hacia la Place de Clichy y se comenzó a dispersar por otros puntos de la ciudad. Paulatinamente, la manifestación política dio paso a la revuelta. Quemas, asaltos y robos de negocios a cargo de grupúsculos móviles que, sin estar insertos en la lógica organizativa sindical, se sirvieron de la logística creada por los sindicatos para enfrentar las cargas policiales. Buen ejemplo de ello es el de Place Pasdeloup, donde las organizaciones estudiantiles establecieron una barricada para parar las cargas policiales procedentes de République y así evitar que estas, junto con las procedentes de Place de la Bastille, generaran un embudo. Quedó conformada, de esta forma, una zona franca en el Boulevard de Beaumarchais. Los negocios comenzaron a ser vandalizados, tal como sucedió entre République y Gare de l´Est.
Pero lo más interesante es que los protagonistas de los saqueos no fueron los mismos que aquellos que a las 13:00 habían tocado música clásica bajo el gas lacrimógeno en République. Fueron, en su mayoría, jóvenes de la periferia parisina cuya motivación respondía a una problemática bien diferente. Una motivación fruto de la ineficiencia del sistema de asimilarlos, no solo en cuanto a garantizarles una vida digna, sino en cuanto a hacerles sentir parte de la misma sociedad. Algo que difícilmente puede lograrse, guerras culturales al margen, si el sistema los limita a ser unidades de trabajo prescindibles.
Se trata de un asunto ya abordado en 1995 por Mathieu Kassovitz en La Haine (El odio), donde mostró la espiral de violencia y discriminación de los suburbios parisinos —que ahora afecta a toda Europa— y su predisposición a explotar con cualquier pequeño catalizador. Este fue el alma de los saqueos y disturbios que se prolongaron en la noche del 17 al 18 de octubre en París y que no solo revelaron odio hacia el lujo —especialmente en las inmediaciones de Place Vendôme—, sino hacia cualquier negocio y bien común fruto del desarraigo y, en definitiva, el fracaso social del sistema. Con todo, todos ellos, estudiantes, trabajadores y desarraigados entraron en efervescencia por el mismo motivo: un estado del bienestar erosionado que ya no da para sostener el despotismo dulce.
El domingo 18, Macron, en comunicación estatal, defendió “prohibir ciertas reuniones” para impedir el “secuestro del debate” y señaló directamente a la “ultraizquierda”. Reminiscencias a blindado del Estado desde dentro, dinámica que llevó a los autoritarismos europeos al poder en el periodo de entreguerras y con la que De Gaulle coqueteó en Francia entre 1958 y 1962. La sociedad francesa está fracturada y la negociación es cada vez más difícil fruto de la degradación del lenguaje político y la deshumanización del adversario. El Odio, casi profético, lo advertía hace ya tres décadas: esta es la historia de una sociedad que se hunde, y que mientras que se va hundiendo no para de decirse “hasta ahora todo va bien, hasta ahora todo va bien, hasta ahora todo va bien”. Pero, como Said Taghmaoui sentenciaba mientras Vincent Cassel yacía desangrándose a sus pies: lo importante no es la caída… sino el aterrizaje.
Fuente: El Salto

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