Italia despierta, Meloni reprime y los medios censuran

Barbara Celis
Barbara Celis

Por Barbara Celis

Corresponsal freelance en Roma, desde donde escribe para CTXT, El País, La Marea y otros medios.

Estudiantes y trabajadores de diferentes sectores llevan meses protestando. Más de un millón y medio de personas salieron a las calles en la huelga general del 30 de octubre. La única respuesta de la primera ministra ha sido la represión.

'Contra la guerra y el alto coste de la vida: si nos organizamos, ganaremos', dice una pancarta durante la huelga general del 30 de octubre en Roma. B. C.
‘Contra la guerra y el alto coste de la vida: si nos organizamos, ganaremos’, dice una pancarta durante la huelga general del 30 de octubre en Roma. B. C.

La vida de la ultraderechista Giorgia Meloni ha dejado de ser ese remanso de paz en el que la primera ministra llevaba instalada cuatro años para entrar en un pedregal sobre el que tropieza cada día, y eso que empezó septiembre festejando un hito: haber dirigido el gobierno más longevo y hasta cierto punto tranquilo de los últimos setenta años de la historia de Italia, donde sobrevivir dos años solía ser milagroso.

Pero aunque hasta ahora viviera instalada en esa calma aparente, no podemos obviar que en sus cuatro años al frente del Gobierno no han faltado en Italia huelgas generales, protestas feministas, ecologistas, pacifistas, de transportistas, de agricultores, de obreros. Y Meloni, además, ha perdido un referéndum clave con el que aspiraba a transformar el sistema judicial para ajustarlo a sus necesidades políticas. Entre el renacer de las protestas destaca la de los estudiantes. “Los movimientos estudiantiles recibieron un nuevo impulso en la primavera de 2024, a raíz de las movilizaciones contra la guerra en Palestina. De ahí que a esta nueva generación también se la denomine como generación Gaza”, explica la periodista Annalisa Camilli, de la redacción de Internazionale. “Solo en Nápoles han nacido 80 asociaciones diferentes en los últimos dos años. Pero aunque los estudiantes como colectivo en Italia siempre habían estado muy politizados, sí se había notado un alejamiento de las calles y de la politización de los jóvenes en la última década. Gaza cambió eso”, añade.

Aunque en las protestas pro-Palestina se había visto su capacidad de convocatoria digital, ellos mismos eran conscientes de su falta de estructuras organizativas a nivel de calle. “Por eso en algunas ciudades habían incluso pedido ayuda a colectivos activistas tradicionales como los de los centros sociales (centros culturales ocupados), que surgieron en los años 80, para aprender a organizarse y defenderse de la policía” explica esta periodista, que lleva años siguiendo el tema.

Y es cierto que visto desde fuera, las voces de los jóvenes, como las del resto de agentes sociales, parecían diluidas en el magma que ha impregnado a muchos países europeos tras la covid-19: había reivindicaciones sociales puntuales y variadas, pero a los gobiernos les daba igual porque los gritos no hacían demasiado ruido, colapsaban el mundo digital pero apenas molestaban en el analógico así que se les podía ignorar y seguir diciendo que todo va bien.

Pero ya no. La ola de protestas que recorre Europa desde que España abrió fuego acampando en Sol contra el desahucio de Maricarmen y los estudiantes franceses tomaron las calles de su país para pedir mejoras en el sistema educativo, también golpea a Italia. Este 30 de octubre, coincidiendo con la huelga contra la guerra y el genocidio del pueblo palestino en más de 100 puertos de todo el mundo, se ha celebrado una nueva huelga general en Italia contra el aumento del coste de la vida, las guerras, los bajos salarios, la falta de vivienda digna y un nuevo epígrafe, añadido a última hora y producto de lo ocurrido en las últimas dos semanas: protestar contra la represión policial. Más de un millón y medio de personas se manifestó en sesenta ciudades del país para protestar contra el gasto militar y el aumento del coste de la vida bajo el lema “Nosotros producimos la riqueza y vosotros nos robáis el futuro”. Se trataba de una huelga general organizada conjuntamente por estudiantes y por el sindicato USB, de ideología marxista. Su poder de convocatoria suele ser menor que el del sindicato CGIL, también de izquierdas pero menos y con más afiliados (cinco millones frente a 600.000) y que no se había adherido a la protesta porque a su vez ha convocado otra huelga general el 20 noviembre (el deporte favorito de la izquierda, en todas partes, dividirse). Aún así, la marea humana que recorrió el viernes Italia demostró hasta qué punto el descontento social ha dejado de ser algo puntual y ha abierto la puerta a la protesta permanente. Igual que la violencia policial, que el viernes volvió a emerger en Roma y Turín, sobre todo contra los manifestantes más jóvenes: más de 300 fueron ‘fichados’ por la policía aunque sólo ocho fueron arrestados. La presencia policial en Roma hubiera sido suficiente para desmantelar cien comandos terroristas.

'Pensionistas cabreados y furiosos' en la huelga general del 30 de octubre en Roma. B. C.
‘Pensionistas cabreados y furiosos’ en la huelga general del 30 de octubre en Roma. B. C.

Esta es la nueva fotografía de Italia desde las manifestaciones estudiantiles del 17 de octubre, que recorrieron pacíficamente todo el país pero que tuvieron explosiones de violencia muy concretas en Milán, donde centenares de jóvenes, en su mayoría menores, rompieron las vitrinas de los comercios del centro de la ciudad. Fueron la excusa para aprobar el octavo decreto de seguridad del gobierno Meloni y así crear un nuevo enemigo, el del estudiante-terrorista. Más de 250 jóvenes, en su mayoría menores de entre 11 y 16 años, fueron arrestados durante esas protestas y otras improvisadas el 18 de octubre en ciudades como Bolonia o Turín. Su violencia pilló por sorpresa a un país que, como Francia, tiene jóvenes de primera y segunda clase, en función de su pasaporte pero sobre todo de su clase social, puesto que, aunque la inmigración es el otro gran enemigo del Gobierno (sobre todo tras la aparición del ultrafascista Vannacci, que le hace sombra a Meloni en extremismos), en realidad sólo 60 entre los arrestados no eran italianos. Unos y otros eran ‘ragazzi di periferia’, de barrios obreros, aunque el Gobierno haya puesto el acento en el “peligro” que suponen para el país los hijos de los inmigrantes, despectivamente llamados ‘maranza’.

Menores en el punto de mira

“Esto es un cambio de paradigma” explica a CTXT Valeria Verdolini, socióloga de la Universidad Milano Bicocca y especializada en justicia y prisiones. “En Italia teníamos un sistema de justicia penal juvenil considerado un referente, diseñado principalmente desde la perspectiva del interés superior del menor. La idea de su reeducación ocupaba un lugar central, mientras que el sistema penal intervenía en un segundo momento. El IPM (Instituto Penal para Menores) era el último recurso dentro del sistema”.

Sin embargo, las reformas legislativas aprobadas en los últimos tres años han invertido por completo este paradigma. Ahora, el menor vuelve a ser concebido, ante todo, como un sujeto peligroso. Esto tiene un efecto en cadena sobre la facilidad con la que puede entrar en el circuito penal, el aumento del número de menores internados en los IPM y la aprobación de normas cada vez más restrictivas”, dice Verdolini.

Desde 2022 Meloni ha ido reforzando a golpe de decreto la normativa de seguridad, “cuya acepción se ha transformado y ya no se refiere a seguridad laboral, educativa, sanitaria, como lo fue durante el siglo XX. Hoy se interpreta siempre como seguridad frente a algún enemigo”, subraya Rosario Forlenza, historiador y politólogo de la Universidad LUISS. 

Meloni empezó prohibiendo las rave parties, como si Italia fuera el Londres de los años 90 y los rave fueran el pan nuestro de cada día –nada más alejado de la realidad–. Luego ahondó en penalizar la inmigración irregular y a quien ayudara a los inmigrantes; después impulsó decretos contra la ocupación de viviendas, aumentando penas, restringiendo derechos de reunión, bajando la edad de la responsabilidad penal, imponiendo medidas de control sobre las llamadas baby-gangs y, finalmente, el golpe de gracia ha llegado con el decreto del 22 de octubre, que restringe el derecho de manifestación, permite arrestos preventivos, incluidos los de menores, que además serán imputables desde los 14 años, y crea dos nuevos delitos, el de violencia organizada en manifestaciones y el de “organizador o promotor” de manifestaciones violentas mediante instrumentos telemáticos. Y un detalle: el decreto incluía desplegar a 500 militares en las calles de Milán hasta diciembre en respuesta a la violencia del 17 de octubre.

Por eso, cuando siete días después una nueva convocatoria de estudiantes tomó las calles contra la guerra, la falta de vivienda y el mal estado del sistema educativo, Italia amaneció blindada, con militares en Milán, y miles de policías en las principales ciudades del país, a la espera de una guerra que nunca se produjo. Los jóvenes, en un nuevo No Meloni Day, como definieron aquella protesta, se mostraron bastante más civilizados que los representantes de seguridad, cuya excesiva presencia y celo por la seguridad recordaba más a un país en guerra que a un gobierno velando por la paz.

Si hiciéramos caso a la prensa italiana, histriónica y desaforada, Italia prácticamente vive días de asedio terrorista. El histerismo mediático italiano está condimentado por una poderosa red de periódicos de derechas y grandes popes televisivos, por lo general hombres, agarrados a las ondas desde hace décadas y que sientan cátedra cada noche mientras una media de 32 millones de ciudadanos asienten hipnotizados a todo lo que vomitan las interminables tertulias televisivas.

Esos medios le pusieron cara y nombre a un chaval de 11 años arrestado en Milán, saltándose cualquier norma ética sobre menores en prensa. Siete días después, convirtieron en el enemigo público número uno a Youssef Siher, un investigador y periodista de 30 años al que la policía encarceló acusándolo de ser el monstruo que instigó la violencia juvenil. “Pillado el jefe de la manada”, “El cerebro islámico”, “El ayatollah de los maranza” fueron algunos de los titulares de periódicos como Il Giornale o La Veritá. El hecho de que fuera de origen marroquí, aunque nacido en Italia, y que hubiera formado parte de grupos pro-Palestina fue clave para convertirlo en chivo expiatorio. “Es muy grave además la utilización de determinados adjetivos. Hace años las asociaciones de periodistas luchamos contra el uso de la palabra clandestino, que se utilizaba cuando Berlusconi estrenó su guerra contra la inmigración. Ahora ocurre lo mismo con maranza”, explica Camilli.

Pero prensa y Gobierno tuvieron que tragarse sus palabras el 28 de octubre, cuando la jueza encargada de revisar el caso decidió poner a Siher en libertad al no encontrar indicios criminales que justificaran su arresto. La Fiscalía italiana le acusaba de instigación a delinquir y violencia organizada con agravante terrorista por haber creado grupos en redes sociales para organizar las protestas del 17 de octubre. Pero tal y como defendían sus abogados, esos grupos los creó después de las protestas del 17 de octubre y en ningún momento Siher posteó mensajes que incitaran a la violencia. Es más, en uno de esos giros de surrealismo auténticamente melonianos, la fiscalía subrayó dos frases de Siher que motivaban, según se lee en la denuncia, sus objetivos delictivos: “El Estado nos mea encima y nos hace creer que llueve” y “Declaramos la guerra contra este presente infame”. Sobra decir que siguiendo el guión Meloni, medio planeta podría estar en la cárcel por mensajes en redes similares.

La primera ministra italiana reaccionó enfurecida a la decisión de la jueza de liberar a Siher y no dudó en cubrir de insultos a la magistratura, provocando otra crisis entre jueces y gobierno, algo que se viene repitiendo desde su llegada al poder. (En Italia, al contrario que en España, los jueces suelen ser acusados de izquierdistas en lugar que de derechistas).

Pero, más allá de las hipérboles del lenguaje meloniano, que definió como “vergonzosa” la decisión y que identifica a los adolescentes con los nuevos terroristas, cabe preguntarse si hay algo de real en este supuesto nuevo fenómeno de ver menores de edad rompiendo vitrinas porque sí, que es una de las proclamas con las que Meloni justifica la represión. “Lo que sin duda es nuevo es que los manifestantes sean tan jóvenes y carezcan de una dirección organizada. De ahí que incluso la acusación contra Siher fuera difícil de creer, ya que las protestas violentas carecían de organización. De hecho muchos chavales declararon a la policía que habían acudido al centro de Milán para mirar, para ver qué pasaba y porque habían visto en redes lo ocurrido en Francia. Esto sí creo que es algo inédito en la historia de las protestas italianas, gente desorganizada que acude a llamadas hechas por redes sociales pero sin un objetivo político concreto” explica Verdolini.

Pero con motivos razonados para la violencia o sin ellos, lo que sí parece claro es que la respuesta represiva, al menos en Italia, seguramente contribuirá a alimentar la llama de una rabia que sin duda existe y no precisamente porque sí. Entre los arrestados en Milán la mayoría eran de barrios obreros, y docenas de segunda generación, “jóvenes acostumbrados a que la policía les pare con 12 años simplemente por tener un perfil racial no blanco y esto contribuye al malestar en ciudades como Milán o Turín” explica Verdolini. Allí hay muchos hijos de inmigrantes que además carecen de la nacionalidad italiana porque Italia prohíbe dársela a quien nace en el país pero no es hijo de italianos.

Manifestantes en la huelga general del 30 de octubre en Roma. B. C.
Manifestantes en la huelga general del 30 de octubre en Roma. B. C.

“Parece mentira que sigamos hablando de las vitrinas rotas y de la violencia, que ha sido mínima si se compara con los números de la movilización pacífica, y que nadie se preocupe de hablar de por qué los jóvenes nos hemos echado a las calles”, afirmaba hace unos días Sabrina Brizzola, coordinadora nacional de la Unión Universitaria, en un encuentro con periodistas extranjeros. Días después se convertía en víctima de uno de los popes televisivos, Bruno Vespa, que la atacó en directo durante un debate donde el paternalismo y el machismo habitual de personajes como él puso en evidencia la falta de interés de gran parte de la prensa italiana por entender los problemas de esta nueva generación, que, como en España, se queja de sistemas educativos precarios, falta de acceso a la vivienda, salarios que no se corresponden con el precio de la vida y economías que invierten en juegos de guerra en lugar de mejorar la vida de los ciudadanos.

Escuelas y universidades de todo el país han sido ocupadas por estudiantes que reclaman mejoras educativas mientras diversas acampadas se han extendido por Italia, incluyendo una organizada por las Juventudes del Partido Democrático, que pocos días después de que arrancara la protesta española por Maricarmen decidieron emularla en el centro de Roma, aunque con un seguimiento inicial discreto. “Queremos respuestas gubernamentales a una crisis inmobiliaria que afecta profundamente tanto a los universitarios como a los jóvenes que no pueden independizarse porque no hay vivienda asequible”, explica a CTXT Nastassja Habdank, una de las líderes de Juventudes Democráticas. La secretaria general de la parte ‘adulta’ del partido, Elly Schlein, ha prometido incluir en su programa electoral este punto.

Pero la sordera institucional y periodística también ha afectado a los transportistas y los agricultores, que incluso bloqueando la distribución de alimentos frescos en el sur y colapsando las comunicaciones por carretera, han tardado más de una semana en llegar a las portadas de los diarios. Sus protestas han invadido esta semana el centro de Roma, donde ni siquiera han sido recibidos por algún representante gubernamental, aumentando una frustración que arrastran por la guerra de Ucrania, cuando comenzó a subir el precio de carburantes y fertilizantes, y por la de Irán, que los multiplicó hasta hacerlos insostenibles.

¿Por qué la política no es capaz de dar respuestas al descontento social?  Para Rosario Forlenza, tanto en Italia como en el resto del mundo “la respuesta de los gobiernos es la represión, la criminalización, la militarización del conflicto, o bien la política de la inacción: decir que no se puede hacer nada porque no hay dinero. En realidad, los recursos estarían disponibles, pero habría que cambiar profundamente no solo las políticas, sino también las estructuras ideológicas y políticas que subyacen a las prácticas de gobierno. Y eso exigiría una transformación verdaderamente profunda. Sin embargo, no parece que ese sea el horizonte actual: el abandono de las políticas de desigualdad y de las políticas de guerra, por desgracia, no parece estar en la agenda”.

Fuente: Ctxt

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