
Por Joana Batista
Colaboradora de El Salto.
Las personas que resisten en las plazas portuguesas reivindican una lucha por la vivienda que vaya más allá del acceso a un techo. Quieren convertir la indignación en una lucha colectiva que conecte las reivindicaciones de las minorías.

Las primeras tiendas que marcaron el inicio de la acampada en Portugal se montaron el 10 de octubre en la Praça de D. João I, en Oporto.
En Lisboa, en la plaza del Rossio, empezamos siete días más tarde.

El movimiento que se extendió desde la Puerta del Sol de Madrid ha desencadenado protestas de lucha permanente contra la crisis de la vivienda y también ha generado una agitación popular con pocos precedentes, en el pasado cercano, en Portugal.
En el interior de la Asamblea de la República, sentados en sillones altivos, rojos y cómodos, se discute una nueva propuesta para la ley de arrendamiento. El gobierno de derechas portugués quiere dar mayor libertad a los propietarios mediante una serie de medidas que, por ejemplo, aceleran los desahucios o reducen los plazos mínimos de los contratos de alquiler. A diario, sin necesidad de sillones y donde el color rojo solo destaca en las pancartas y los grafitis dejados en el patrimonio público, en las asambleas populares y plenarios en plazas y calles, se discute cómo continuar la lucha.
Las fuerzas de la Policía de Seguridad Pública (PSP) han actuado de forma violenta contra las personas que se manifiestan, buscando acabar con el movimiento. Desde el 15 de octubre, cuando comenzó la primera carga policial contra la acampada de Oporto, decenas de personas han resultado heridas y detenidas. Cientos de tiendas, de alimentos y de productos de higiene fueron robados y llevados en furgonetas con el logo del Ayuntamiento de Lisboa.

Gege, un compañero de 18 años que fue detenido en la madrugada del 20 de octubre en Lisboa, lo cuenta: “Después de que rompieran todas las tiendas, lo mínimo que podíamos hacer era intentar proteger la tienda de los víveres. Luego vimos lo que pasó con la comida: la tiraron toda a la basura. Y no era poca. Teníamos comida suficiente para aguantar al menos cuatro días con la plaza llena”. Todos los días, varias personas sin hogar se unen a la acampada, donde participan en el micro abierto, comen y duermen en tiendas.
Gege fue arrancado a la fuerza de la cadena humana que resistía frente al cordón policial formado, hacia las 6 de la mañana, por la Unidad Especial de Policía de la PSP. Yo también estaba en ese cordón, unos metros más allá, de donde también me llevaron a la fuerza para unirme a lo que sería uno de los grupos aleatorios de personas detenidas. Gege estaba en el otro grupo. Desde el primer contacto con la policía, éramos 55 detenidos sentados en dos círculos separados. Varias de esas personas fueron esposadas con esposas y bridas.
La experiencia que Gege relata en su interacción con la policía es distinta de la mía y de la de la mayoría de las personas que, como yo, son identificables como blancas: “La detención fue muy violenta. Yo estaba gritando que estaba colaborando, no les importó. A una de las personas que estaba grabando la taparon. Estaba en una situación realmente vulnerable, tenían la rodilla encima de mi cabeza”.
Cuenta cómo uno de los policías que lo detuvo le quitó la bufanda con la que se tapaba la cara y le dio dos bofetadas suaves mientras decía: “Quería ver tu carita”. Le hicieron una foto de la cara con un móvil. M., que estaba en el mismo círculo de detenidos que Gege, vio lo que pasó: “Fue de los primeros en ser esposados”. Gege cuenta que él y otra persona racializada eran las únicas esposadas al principio y que las aislaron del resto. Hubo un momento en que las compañeras de ese grupo empezaron a llamar a Gege para que entrara en el círculo —ya que no podía cubrir su identidad—, para protegerse de las cámaras que filmaban alrededor para los directos televisivos de la mañana: “A los diez segundos de estar en el círculo, dos policías vienen y me tiran del brazo. Me dolió muchísimo”.
Una compañera que se indignó con la situación intentó tirar de Gege hacia el círculo por las piernas, pero un policía volvió a sentarla por la fuerza: “A la mayoría de vosotros os llevaron en furgoneta a la comisaría. A mí me llevaron en un coche, solo, escoltado por tres policías”. Gege piensa que “aquello nunca fue una orden criminal, fue una orden política”.
El sábado 25 de octubre, la acción policial se repitió, pero esta vez más temprano, simultáneamente en Lisboa y en Oporto, con una carga mucho más violenta. En Lisboa, cientos de personas formaron un bloque de resistencia frente al cordón policial. El cordón humano consiguió resistir a la violencia durante algún tiempo. En algunos momentos de mayor pánico provocado por granadas aturdidoras, la masa de gente corría hacia atrás. Pero cuando nos dimos cuenta de que se trataba de una forma de dispersión sonora, varias personas volvían a correr contra la policía. Este tipo de resistencia no es habitual en manifestaciones y movimientos populares. Muchas de las personas que estaban allí tuvieron su primer contacto con la violencia policial. “La percepción pública se va sensibilizando, desde el día 25, sobre hasta qué punto la policía ha trabajado de forma completamente desmedida”, cree Gege.
En Lisboa, esa madrugada hubo 25 detenciones, al menos 50 heridos y varias personas con la cabeza abierta tras recibir golpes de porra. La Policía recurrió también a perros y balas de goma. Algunas personas de la acampada se dispersaron por las calles de la Baixa, mientras que la mayoría del grupo se dirigió al punto de encuentro acordado, la Praça da Figueira, paralela a la Praça do Rossio, mientras la Policía Municipal volvía a limpiar el Rossio.
Dos cordones policiales cerraron los dos accesos a la segunda plaza, donde un grupo de cuidados llamaba a las personas heridas gritando “asistencia médica”. Se formó una barricada para protegerse de la policía, construida con mobiliario urbano y de las terrazas de alrededor. Pasados varios minutos llegó una ambulancia para prestar asistencia y la policía avanzó persiguiendo a las personas que se mantenían allí. En Oporto fueron detenidas seis personas. Varias resultaron heridas por golpes de porra. Una persona fue al hospital con vómitos tras ser golpeada en la cabeza. Incluso se utilizaron armas eléctricas como el táser.
Este sábado —en la madrugada del 1 de noviembre—, la policía volvió a cargar de forma violenta con porras contra las personas que resisten en Lisboa y Oporto, bajo la vigilancia de varios miembros del Mecanismo Nacional de Prevención, órgano de la Defensoría del Pueblo. El ataque dejó 30 personas heridas y dio lugar a otras 13 detenciones. Fui testigo del bloque formado en Lisboa, con mayor respuesta a la violencia y un nuevo intento de resistencia con pancartas reforzadas y escudos de protección. Tras el desalojo de la Praça do Rossio, se construyó otra barricada en la Praça da Figueira y, minutos después, la Policía cercó la plaza y comenzó, una vez más, una persecución más activa y cerrada.
Como resultado del primer día de detenciones, Renata Cambra, una manifestante de la acampada de Lisboa, presentó una acción judicial para mantener la acampada hasta la votación de los Presupuestos Generales del Estado —25 de noviembre—. La intimación para la protección de derechos, libertades y garantías, redactada por la abogada Leonor Caldeira, pedía que el Tribunal reconociera el derecho a participar en la concentración, con tiendas y con permanencia más allá de las 0.30h, siempre que la acampada permanezca en la plaza y se desarrolle de forma pacífica y sin ruido hasta las 6.30h. El lunes 2 de noviembre, el Tribunal Administrativo de Círculo de Lisboa respondió favorablemente a esta petición.
En las redes sociales de la acampada se celebra este paso: “El tribunal confirmó lo que siempre hemos defendido: la hora, por sí sola, no justifica la dispersión de una manifestación, y las tiendas son instrumentos de protesta, no un camping”. Pero también marcan su posición sobre la validez de la lucha: “Nuestra lucha nunca necesitó la autorización de un tribunal para ser justa. La crisis de la vivienda continúa, nuestras reivindicaciones permanecen y ninguna porra nos hará desistir”.
El Ministerio de Administración Interna niega que se trate de una decisión para el colectivo, para todas las personas de la acampada. Lanza un comunicado en el que responde: “Resulta claro que esta se circunscribe a una situación individual y concreta, delimitada a la petición de la requirente, estableciendo así las condiciones de compatibilización de los diferentes derechos e intereses en presencia”.
La forma violenta en que actúan las fuerzas de seguridad en Portugal no es nueva para quienes gobiernan, ni para las personas que habitan barrios guetizados. El Comité Europeo para la Prevención de la Tortura y de las Penas o Tratos Inhumanos o Degradantes del Consejo de Europa, el CPT, que evalúa las condiciones de las personas detenidas y presas, repite en informes entre 2016 y 2019 la advertencia de que “no parece raro el recurso a malos tratos contra ciudadanos extranjeros” y de que “las autoridades portuguesas tienen que reconocer que los malos tratos perpetrados por agentes policiales son una realidad”.
Esto afirmaba Julia Kozma, abogada de formación, que formó parte de este comité, en una entrevista con Fumaça al ser preguntada por si cree que Portugal tiene una de las policías más violentas de Europa:“Si comparamos solo los países de Europa Occidental, y contamos Portugal, (…) yo diría que está entre los más problemáticos o, si quieres, es el más problemático”. La serie Fronteira do Medo, publicada por los colectivos de periodismo independiente portugueses Fumaça y Divergente, retrata la violencia policial practicada en barrios pobres como un problema sistémico de racismo en Portugal, heredado de un pasado colonial.
Para Gege, “la gente debería sensibilizarse de forma moral [sobre la violencia policial]. No porque sea alguien que conoces [la víctima], alguien de tu familia: debería ser un consenso propio”. La violencia ha dado un nuevo sentido a la lucha para M., contra la opresión policial: “Ocurre todos los días en la periferia, con personas racializadas. Y solo hablamos de los casos que llegan al extremo, como las muertes, por ejemplo”.
En uno de los folletos de la acampada de Lisboa se lee: “La acampada no es solo una forma de exigir respuestas al Estado. Es un espacio para construir la fuerza colectiva necesaria para conquistar, con nuestras propias manos, aquello que se nos niega”.
Hubo un momento de la conversación entre Gege, M. y yo en que nos detuvimos en el futuro de la acampada. Si de alguna manera veían esta energía aplicada a otras luchas, luchas menos genéricas, que afectan a las minorías. Para M., las personas en el contexto portugués, por lo general, solo se manifiestan o sienten empatía por ciertos movimientos cuando les afectan directamente, pone como ejemplo las protestas por los derechos trans, que siente que son movilizadas por personas trans o por personas que se relacionan con personas trans: “Pero yo creo que la empatía se construye. Desde el momento en que esas personas [que se movilizaron por la crisis de la vivienda], que quizá no van a otras protestas, están inmersas en esta lucha, es posible traerlas con nosotros”.
M. no siente que tenga tantas dificultades de acceso a la vivienda como muchas personas en el país. Vive con su madre. Dice que, aun así, tuvieron que irse de Lisboa por los precios de los alquileres, pero que se siente más seguro que otras personas: “Voy por solidaridad. Ni siquiera estoy pensando en comprar una casa ni en alquilar una habitación, pero voy. Y creo que es posible crear ese puente y hacer que la gente entienda que estas luchas están todas unidas porque tienen algo en común: la opresión”.
Gege, que vivió en Santo Tomé hasta los ocho años y se mudó con su familia a Portugal, dice que desde entonces vio a su madre hacer varios esfuerzos para poder alquilar una habitación. “Vivimos durante un año en una habitación. Yo, mi madre, mi padre, mis hermanos […] Y me duele, me duele, porque sé que esa es la realidad de muchas personas que viven aquí en Portugal”. M. habla también de la percepción pública de que las personas que están en la acampada “no quieren trabajar”: “Pero la mayoría de las personas que conozco en estas manifestaciones trabajan. Un trabajo no les da ni para alquilar una habitación”.
Gege cree que haremos el ruido suficiente para que la gente escuche las reivindicaciones de esta y de otras luchas. M. teme que las reivindicaciones dirigidas al Estado marquen el fin del espíritu colectivo: “Voy a ser honesto, tengo un poco de miedo de que la acampada termine con el fin de esta nueva ley de arrendamiento, que pase a ser una historia”. Considera posible que la gente deje de organizarse de esta forma y que las luchas dejen de juntarse: “Creo que el objetivo primario [de la acampada] es que desistan de esta nueva ley de arrendamiento, presionar al gobierno para que no pase, para que no entre en vigor. Sin embargo, no creo que ese sea el objetivo más noble, ni que sea el más importante. El objetivo más importante, el que tiene más valor, es unir todas estas causas. Tenemos que ser honestos: las personas que viven en la periferia, racializadas y LGBT, tienen mucha más dificultad para acceder a una casa y a la vivienda”.
Para M., aun así, hemos hablado poco sobre la unión de varias luchas y considera importante esa discusión, en la medida en que la vivienda atraviesa a todo el mundo y el acceso no es igual para todas las personas.
Por ahora, muchos de los grupos que se organizan en la acampada no saben bien qué ocurrirá en los próximos días. A pesar de la incertidumbre, el viernes 30 se celebró la 14.ª asamblea popular, con el objetivo de que la resistencia continúe. Hubo una formación de acción y resistencia contra la violencia policial. Circularon varios folletos sobre seguridad, cuidados y las reivindicaciones que motivan una jornada más de trabajo colectivo. Y así continúa la resistencia.
Fuente: El Salto

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