Laura Vivar: “El luto era un sistema de control sobre el cuerpo de las mujeres”

Sara Plaza Casares
Sara Plaza Casares

Por Sara Plaza Casares

Coordinadora de sanidad y co coordinadora de Feminismos en El Salto.

Laura Vivar (Guadalajara, 1986) es filóloga pero ha roto todas las reglas lingüísticas para recrear el lenguaje de las mujeres durante la posguerra en el libro ‘Tocan a muerto’ (Blatt & Ríos, 2026)

Tocan a muerto.
Tocan a muerto.

Lo primero que hizo Laura Vivar (Guadalajara, 1986), filóloga especializada en sintaxis latina, para escribir Tocan a Muerto (Blatt & Ríos, 2026) es romper con todas las reglas gramaticales.

Laura Vivar, autora de 'Tocan a muerto'.
Laura Vivar, autora de ‘Tocan a muerto’.

Tras deshacerse de todos sus haberes académicos y enfundada en la rotunda oralidad, ese paisaje sonoro de los pueblos de España, escribe su primera novela con la que relata lo que era un luto, lo que era criar a decenas de criaturas o lo que era guardarse de las miradas por roja durante la posguerra en cualquier rincón del rural.

Mujeres de luto en la España franquista.
Mujeres de luto en la España franquista.

Y lo hace a bocajarro y en primera persona para lo que construye un personaje, la abuela Milagros. La escritora, con una elegida posición críptica que atrapa y sacude a la vez, suprime muchos detalles: el objetivo no es situar geográficamente lo que acontece, sino hacer un relato universal de los crímenes del franquismo contra las mujeres. Porque en muchas partes de este país fueron señaladas, torturadas, violadas. Sacaron adelante sus hogares solas, con maridos desaparecidos en cunetas, y luchando contra las acusaciones por las actividades políticas de su pareja.

Vivar dedica su libro “A todas las mujeres que no supieron escribir su nombre” porque tiene claro que para que las jóvenes de hoy hayan podido llegar a la universidad son esenciales los cimientos de toda una generación de abuelas que tragaron lágrimas mientras rebuscaban como llenar las ollas con algo de alimento.

María, primera por la izquierda, y Vicenta, primera por la derecha, con las flores de papel que hacían para sobrevivir.
María, primera por la izquierda, y Vicenta, primera por la derecha, con las flores de papel que hacían para sobrevivir.

La autora atiende a El Salto para comentar la obra, hasta el capítulo 16, al cuál aún no ha llegado la periodista y Vivar prefiere no hacer spoiler.

Laura Vivar dice que el reto de escribir 'Tocan a muerto' ha sido desaparecer del texto.
Laura Vivar dice que el reto de escribir ‘Tocan a muerto’ ha sido desaparecer del texto.

Y menos mal, porque el final del libro es el lugar hasta donde se quería llegar en ese viaje que a ratos parece que no tiene destino, tal y como descubrirá la que escribe unas horas después. 

Laura, en primer lugar, estamos ante un libro narrado en primera persona, pero al mismo tiempo muy críptico. No sabemos bien quién está hablando ni desde dónde está hablando. ¿Por qué eliges este formato?

Porque soy fiel creyente de que las historias pertenecen a los personajes. Y en este caso, esta historia la tenía que contar la abuela Milagros, una de esas mujeres que nunca han tenido voz. El reto fue darle su propia voz a este personaje tan difícil de crear, porque es un personaje que está lleno de silencios. 

¿Es un personaje que existe? 

No, no es un personaje que existe, es ficción muy documentada. No es mi abuela, no es mi tía abuela, no es autoficción.

Pero está construido a través de retazos personales. Entiendo.

Hay retazos personales. Hay entrevistas con mi abuela, con amigas de mi abuela, con la abuela de mi prima, la de mis amigas. Y mucho proceso de documentación.

Hay una cosa que también me llama la atención y es que no has querido darle importancia al lugar donde suceden estos hechos. ¿Por qué? 

Porque creo que la situación de estas mujeres en la posguerra era universal dentro de España. Daba igual que estuvieras en el sur, en el norte, a la izquierda o a la derecha en el mapa. La situación de las mujeres era bastante parecida en bastantes lugares y haberle dado una localización suponía algo así como menospreciar la situación de todas las mujeres en general. 

Es un relato en primera persona que aparentemente es un relato crudo, sin muchas capas, pero al mismo tiempo dices que has estado documentándote para crearlo. ¿Cuánto tiempo has invertido en esto y qué has hecho para ello?

Te puedo decir que, tranquilamente, he estado documentándome seis- siete meses y no ha sido una documentación exhaustiva con una hoja de ruta, sino que a partir de la creación del personaje y de la creación de la trama, poquito a poco iba necesitando documentarme sobre ciertas cosas, sobre el proceso de duelo en los pueblos, las supersticiones, los lutos y el tema central del libro que son los crímenes franquistas. A medida que iba avanzando la trama, iba creciendo la voz. A medida que la voz me iba pidiendo, yo iba documentándome. Ha sido muy errático. 

Para ello he tirado de las entrevistas que he podido y hasta donde me han querido contar, que no ha sido mucho. He tirado también de los poquitos libros que hay sobre el tema e incluso de autos judiciales. Para el capítulo cuatro, que es una, intenté recurrir todo lo posible a las cartas escritas en los pueblos en esta fase de la posguerra tan cruda. Y me encontré con una maravilla de libro en el que se transcribieron unas cartas que se encontraron en una saca en un consultorio médico. Y bueno, pues cada capítulo ha tenido lo suyo. No ha sido fácil.

Estás escribiendo una historia que no está escrita. ¿Qué herramientas tenemos para contar la historia de las mujeres? ¿En qué nos tenemos que apoyar? 

La historia de estas mujeres no está escrita porque no hay ni cifras oficiales de absolutamente nada. Lo único que tenemos es el legado oral. Y creo que es urgente dejar por escrito su legado oral. Entrevistarlas, grabarlas a las que van quedando, que no son muchas, y que nos vayan contando. Que hablen, que cuenten, que sanen y que sean capaces de cerrar heridas o contar su propia historia con sus propias palabras antes de que ellas no estén. Y que no lo cuente nadie que no sea ellas. 

¿Tú defiendes que el relato oral es una herramienta objetiva para los historiadores y las historiadoras?

Tanto como objetiva, no lo sé porque no soy historiadora y a tanto no llego. Pero sí que como lingüista te puedo decir que no hay mejor forma de dejar por escrito tu historia cuando no tienes otra herramienta, que tu propia oralidad, tu propio vocabulario. La forma en la que te expresas moldea la realidad en la que vives y moldea tu pasado. El primer relato con el que estuve trabajando fue el de mi abuela. Su realidad se expresa a través de su idioma, de su forma de utilizar el lenguaje. No creo que haya otra forma de llegar a ella porque no hay datos, no hay nada escrito.

Utilizas un lenguaje rescatado del baúl de las abuelas. ¿No estuviste tentada a poner acotaciones, comentarios sobre cada una de esas palabras que no conocemos?

Yo no, pero sí que me encontré con un corrector que quiso ponerme comillas, anotaciones… y dije que no, porque cuando yo he hablado con estas mujeres no he necesitado esas comillas, no necesitaba esas acotaciones. No hace falta que hagamos el proceso intelectual de pasar por el filtro del siglo XXI la forma que ellas tienen de hablar para entenderlas. El esfuerzo lo tenemos que hacer nosotros por llegar a su realidad. Yo me negué absolutamente, iba a luchar con todas las armas posibles por defender que el texto tenía que estar escrito así.

A veces se intenta forzar la adaptación de su oralidad a nuestro lenguaje y queda realmente impostado.

Claro. El proceso interesante ha sido eliminar mi voz de mujer universitaria del siglo XXI y filóloga. El proceso real ha sido eliminarme del texto y cuando me he dado cuenta de que estaba utilizando palabras que eran mías quitarme, traducirme. Y cada vez que veía algo así como “la escuchó llegar”, cambiarlo por “la sintió llegar”, quitar incluso las preposiciones. Ha sido un proceso muy bonito de escritura en ese sentido.

Es como un proceso de deconstrucción de las normas

Olvídate de la gramática, de si va coma o no va coma aquí. De todas las lecturas posibles. Olvídate de los Galdós, los Clarines, los Cortázar, no te sirven para nada para escribir este libro. Cuando en alguna otra entrevista me han preguntado cuáles han sido mis referentes literarios, digo: la vida de mi abuela. ¿De qué me sirven a mí todas las novelas de Galdós para escribir esto?

Hace poco entrevistaba a Esther López Barceló, junto con otras dos investigadoras, Marta García Carbonell y María Palau, que han hecho un libro sobre el Patronato de Protección a la Mujer, Inmaculada (Libros del KO, 2026). Recrean uno de los casos que hubo dentro del Patronato. Y me decía que es muy interesante ver cómo hay una generación de mujeres que cuando pensamos en escribir lo primero que nos viene a la cabeza es escribir sobre nuestras abuelas. Y no sé si estás dentro de esa generación. 

En este caso en concreto, te puedo decir que sí, porque para mí era urgente y surge de una especie de conversación conmigo misma. Tengo muchos choques con la generación de mi abuela por la forma de entender el papel de la mujer en la sociedad. Pero si las dos somos mujeres, aunque en épocas tan diferentes, ¿que hay en común?. Y ahí fue cuando empecé a gestar a la abuela Milagros en esta conversación conmigo misma. 

Me preguntaba de dónde salían ciertas cosas mías, y cuando me puse vi que todo salía del mismo sitio, como por ejemplo la obsesión por la limpieza. Viene alguien a mi casa y lo primero que hago es mirar si el baño está limpio. De repente, te das cuenta de que mi madre ha servido, mi abuela ha servido y claro, pues eso deja un poso de herencia que aunque yo ya no haya servido, eso está.

En cuanto a los temas que abordas, me ha sorprendido la figura de la curandera. Digamos que en torno a ella se hace una especie de proto feminismo. Las mujeres del pueblo acuden a ella y a las hierbas naturales para sanarse y para abordar otros temas como el aborto, por ejemplo. ¿Esto está documentado?

Este tema siempre ha sido espinoso, porque incluso cuando he hablado con estas mujeres de este tema no quieren decir nada. De hecho, son cosas que dan reparo.

Siempre había una curandera, porque la medicina oficial en ese momento llegaba hasta donde llegaba, y más si eres mujer y estás embarazada del quinto hijo.

La medicina oficial no les daba ningún tipo de importancia y además eran pobres y además eran mujeres. La curandera estaba a la orden del día, era su única salida. Ellas eran sus propias doctoras. Y documentarme para todo esto también ha sido complicado, porque el aborto en la posguerra no es algo que esté por escrito. Entonces me ha tocado tirar de mucho manual de etnología para ver qué remedios hacían con ciertas plantas. Y de repente aparece el perejil como planta abortiva. Pero esto no se dice aunque esto ha ocurrido siempre. Había embarazos no deseados, especialmente fruto de violaciones en la posguerra.

También se habla de temas como la violencia machista. De hecho, hay un capítulo dedicado a ello y supongo que ahí también habrás llegado a través de fuentes indirectas, porque de eso tampoco se hablaba. 

Eran cosas que pasaban en la cocina de tu casa y ya está. Para esto me he leído muchos procesos judiciales de la época que me han dejado tiritando. Todos se basaban en: “Esto lo arregla tu marido en tu casa y se acabó”. Hay un libro maravilloso sobre el consultorio de Elena Francis (Las cartas de Elena Francis, Ediciones Cátedra) hecho con un montón de cartas que aparecieron que habían mandado al consultorio y que no habían tenido respuesta. Y a partir de estas cartas también se reconstruye todo el tema de la violencia de género y las contestaciones que el consultorio de Elena Francis les daba: “A callar y a aguantar con tu cruz”.

Otra de las cosas que dices en el libro sobre la violencia de género, es que es un tema que era transversal e independiente a toda ideología. 

Estas son cosas que me las han contado amigas siempre, tercera generación o segunda generación, nunca directamente ellas. Me decían “a mi abuela la zurraba mi abuelo, que era comunista». Las zurras las daban, independientemente del signo político. Tú eras mujer y esa era la ideología que te había tocado. 

Hay una idea que atraviesa el libro, la idea de la desigualdad de género que se inicia con el título: Cuando las campanas tocaban a muerto lo hacían de manera diferente en función de si eras hombre o mujer.

En el libro se muestra el luto como sistema de control absoluto sobre el cuerpo de las mujeres. En esa época estaba todo perfectamente reglamentado y las víctimas vigilaban a las víctimas. Es decir, empezaban con el luto desde muy temprana edad, que era una forma absoluta de controlar su físico y su relación con el resto de personas, e iban empalmando lutos, en una época que está atravesada por la pérdida humana, especialmente en los pueblos. Si eres pobre, el luto no te lo va a quitar nadie. Vas a tener a las vecinas, que te echan una mano, que son también las que te vigilan para que no andes silbando, para que no bajes a la romería, para que no te levantes en el evangelio durante la misa. Esto es un sistema de control entre las víctimas. 

¿Y también las campanas redoblan diferente, no? Tres campanadas para hombre, dos para mujer. 

Ellos tenían su idioma perfectamente establecido y sabían cuándo había muerto una mujer y cuándo había muerto un hombre. Y de hecho, los hombres para el luto llevaban solo una banda negra en el brazo. Eso es todo. 

Laura, ¿le has enseñado el libro tu abuela?

No quiere saber mucho. No le ha hecho mucha gracia. Obviamente no lo ha leído. 

Hay una cosa que ha sobrevolado durante décadas a esta sociedad: el miedo, el miedo con el que muchas siguen cargando. No sé si es el caso de tu abuela, no sé si te costó que abriera sus recuerdos por ese miedo.

Mi abuela no ha abierto recuerdos, ni ella ni ninguna con las que he hablado. Te van a contar la parte bonita, pero hay una parte que no.

Yo nací en el 86. He tenido que acceder a la guerra civil por el relato oficial a través de libros de texto, a través de documentales. Y cuando se habla de la guerra en la familia, siempre son las batallitas del abuelo, pero nunca son las batallitas de la abuela, de lo que ha tenido que pasar. 

Hablo con mi abuela y me doy cuenta de que todo lo bonito me lo cuenta, pero que llega un momento en el que te cambia de tema con una frialdad…. y se ha acabado el tema de conversación. Entonces es muy difícil ahondar en todo esto, porque llega un momento en que cuanto llegan las miserias se acaba la conversación. Hay una parte de la dignidad del perdedor, que creo que es algo que he intentado que atravesara todos los relatos, el “somos pobres, pero no somos miserables, somos dignos” o el “hemos perdido la guerra pero seguimos yendo a misa con la camisa limpia”.

Estamos hablando de pueblos donde se comparten muchos espacios públicos, tanto los que han perdido como los que han ganado. Y eso deja marca. 

¿Cuando vamos a empezar a aceptar que las mujeres también fueron víctimas de la guerra civil y del franquismo?

Cuando les demos su espacio para hablar de ello. No hay relato oficial, no hay víctimas oficiales, no participaron abiertamente en las batallas. Pero me pregunto si esto es algo también transversal al resto de guerras. Si cuando se han ido todos los hombres al frente en una Primera Guerra Mundial, en otra guerra, en cualquier otro país, se ha silenciado a las que se han quedado levantando el día a día, poniendo los platos en la mesa y lavando las sábanas en lugar de caer en depresión, porque no podían caer en depresión. Si esas mujeres caen en depresión, no se sostiene ni el conflicto. 

Son ellas las que se quedan en la retaguardia y son ellas por las que el día a día, por muy miserable que sea, sigue funcionando. Porque cuando falta el marido, son ellas las que se van a labrar, son ellas las que se encargan de cuidar a los niños y sacar la casa adelante. Siempre van a ser ellas. 

Y además sufren represalias ni siquiera por su actividad política, sino por la actividad política de su pareja.

 Aquí llega el capítulo 16, que no quiero comentarlo porque te voy a reventar el libro.

El libro está construido para llegar al capítulo 16. A algunas las acusaban de rojas y de estar en política pero ¿de qué iban a hablar estas mujeres de política si ni siquiera habían podido ir a la escuela? 

Este es otro tema. El tema de la educación. No podían acceder a una conciencia de género porque no tenían las herramientas culturales para llegar a ello. No podían ponerle nombre a las cosas. Si no eres dueña de tu propio lenguaje, no eres capaz de tener un mínimo de cultura, no puedes llegar a entender el conflicto que estás viviendo como mujer.

Para finalizar, cuando se estrena un libro que en el fondo toca algo de lo personal, te enfrentas a un poco de inquietud. ¿Tienes miedo a algo?

Al principio, cuando saqué el libro, pensaba que estaba hablando de revisionismo histórico, estaba hablando del feminismo en la posguerra y tenía un poco la sensación de que era un tema muy manido. Dije bueno, aquí lo primero que va a haber va a ser rechazo por el tema, porque hemos hablado mucho de la guerra civil. Pero cuando me pongo a escarbar resulta que del papel de la mujer en la posguerra apenas se ha hablado.

Y me he sorprendido por la recepción. En la cubierta hay una foto de mi familia, que es arquetipo de otras y me he encontrado con muchísima empatía por la historia. Mi libro es un acelerador de conversaciones. En todas las presentaciones que he hecho o por redes sociales, he recibido un alud de mensajes sobre las historias de cada familia. 

Las lectoras me han dicho que gracias a mi libro han empezado a hablar con sus abuela. Esto me parece preciosísimo. Lo que yo más temía en un principio se ha convertido en la parte más bonita de todo esto, que es recibir las historias de la gente.

Fuente: El Salto

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