Willa Cather o la imaginación de una vida fuera del centro

Déborah García
Déborah García

Por Déborah García

Historiadora y analista cultural. Escribe sobre memoria, representación y los usos políticos de las imágenes desde una mirada periférica.

Reflexiones sobre la literatura ‘queer’

La escritora estadounidense Willa Cather en París en 1920.
La escritora estadounidense Willa Cather en París en 1920.

Hay escritoras cuya condición queer aparece en sus textos de forma evidente. Otras dejan rastros, claves, personajes, confesiones apenas veladas. Y luego está Willa Cather. Leer hoy a Cather desde una perspectiva queer exige resistir una tentación frecuente: la de convertir su obra en una búsqueda detectivesca de lesbianas ocultas. La pregunta no es quién desea a quién ni dónde se esconden las relaciones homosexuales en sus novelas. La pregunta es otra: ¿qué aspecto tiene un mundo cuando lo escribe una mujer que amó a otras mujeres y vivió en una época en la que ese amor apenas podía nombrarse?

Quizá lo queer en Willa Cather no se encuentre en los personajes, sino en la arquitectura misma de sus relatos. En la forma en que desplaza el matrimonio del centro de la narración. En la intensidad con que mira las relaciones entre mujeres. En su insistencia en imaginar vidas valiosas fuera de los destinos que la sociedad reservaba a las mujeres. En la posibilidad de existir sin que la pareja heterosexual constituya el horizonte inevitable de toda biografía.

Resulta llamativo que una autora tan frecuentemente asociada al paisaje, a la frontera estadounidense o a las comunidades inmigrantes haya sido leída durante tanto tiempo sin prestar atención a esta dimensión. Sin embargo, basta acercarse a sus novelas más conocidas para advertir que algo desajusta constantemente las expectativas. Los personajes femeninos de Cather rara vez ocupan el lugar que la literatura de su tiempo les tenía asignado. No están ahí para ser deseadas, ni para sostener emocionalmente a los hombres, ni para encontrar en el matrimonio la culminación de su historia. Sus vidas se organizan alrededor de otros centros de gravedad.

En Pioneros, Alexandra Bergson hereda una tierra difícil y decide hacerse cargo de ella. Administra, calcula, invierte, arriesga. Su inteligencia práctica y su capacidad de liderazgo la convierten en el verdadero motor de la novela. Lo extraordinario no es que ocupe un espacio tradicionalmente masculino, sino que Cather se niegue a castigarla por ello. En gran parte de la literatura del siglo XIX y principios del XX, una mujer que abandonaba los límites de la feminidad convencional terminaba pagando un precio. Alexandra, en cambio, permanece. Construye. Resiste. Existe.

No se trata de convertirla retrospectivamente en un personaje lesbiano. Lo interesante es que habita un espacio que desordena las categorías de género de su época. Su autoridad no necesita justificarse mediante la maternidad ni mediante el matrimonio. Su valor no depende de su capacidad para encarnar una feminidad normativa. Alexandra es importante porque hace cosas, porque transforma el mundo material que la rodea. La novela imagina así una forma de existencia femenina que no gira alrededor de los hombres, y esa imaginación constituye ya un gesto profundamente queer.

Algo parecido ocurre en El canto de la alondra. Thea Kronborg no busca una familia. Busca una voz. La novela sigue su proceso de formación artística hasta convertirse en cantante profesional. Lo que la mueve no es el amor romántico, sino una vocación casi obsesiva. En muchos sentidos, la artista ocupa aquí el lugar que la tradición narrativa reservaba al héroe masculino: alguien que abandona el hogar, atraviesa dificultades y persigue una llamada interior.

Desde una perspectiva queer, resulta difícil no leer esa vocación como una forma de disidencia. No porque el arte sustituya automáticamente al deseo sexual, sino porque permite imaginar otra organización de la vida. Thea rechaza el destino que la sociedad le ofrece. Su fidelidad no pertenece a una familia futura ni a una pareja potencial. Pertenece a su trabajo. A su arte. A una forma de realización que no puede reducirse a la lógica reproductiva.

La crítica queer ha insistido a menudo en que la heteronormatividad no consiste únicamente en imponer determinadas prácticas sexuales, sino también en ordenar el tiempo. Nacer, crecer, casarse, tener hijos, reproducir la familia. Lo que algunas teóricas han llamado “el tiempo heterosexual”. Las protagonistas de Cather parecen escapar constantemente de esa secuencia. Habitan temporalidades distintas. Su vida se mide por cosechas, por paisajes, por proyectos, por obras de arte, por recuerdos.

Quizá Mi Ántonia sea la novela donde esta operación alcanza una forma más compleja y hermosa. A primera vista, el libro parece contar la relación entre Jim Burden y Ántonia Shimerda.

Mi Ántonia.
Mi Ántonia.

Sin embargo, cuanto más avanza la lectura, más evidente resulta que la novela está interesada en otra cosa. Jim recuerda. Observa. Contempla. Reconstruye un mundo perdido. Ántonia acaba convirtiéndose en una figura casi mítica, una presencia que desborda cualquier interpretación romántica convencional.

Lo que sobrevive no es una historia de amor. Lo que sobrevive es una forma de memoria.

Esa desviación resulta significativa. La novela desplaza continuamente la atención desde la pareja hacia la comunidad, desde el romance hacia el paisaje, desde la conquista amorosa hacia la contemplación. Como ocurre en gran parte de la obra de Cather, los vínculos afectivos más intensos no siempre coinciden con los que la sociedad considera centrales.

Hay algo más. Las novelas de Cather están pobladas por mujeres que viven solas, que construyen redes de apoyo, que encuentran sentido fuera de las estructuras familiares convencionales. Muchas veces aparecen figuras que hoy podríamos relacionar con la tradición de la solterona, una categoría históricamente vinculada a las experiencias queer femeninas. Mujeres que no encajan. Mujeres cuya vida no puede explicarse mediante el matrimonio.

Durante mucho tiempo, la solterona fue una figura ridiculizada por la cultura patriarcal. Representaba el fracaso de una mujer para cumplir con el destino que se esperaba de ella. Pero vista desde otra perspectiva, también encarnaba una posibilidad inquietante: la de una mujer que escapaba a la dependencia masculina. Una mujer económicamente autónoma, intelectualmente activa, capaz de construir sus propios afectos y sus propias comunidades.

Las novelas de Cather están llenas de esas posibilidades.

Por supuesto, la biografía de la autora también forma parte de esta historia. Su larga relación con Edith Lewis ha sido ampliamente estudiada, y hoy resulta imposible ignorar el contexto queer desde el que escribió. Sin embargo, reducir la obra a la biografía sería empobrecerla. Lo interesante no es descubrir qué personajes representan a quién, sino observar cómo una experiencia vital situada en los márgenes produce una mirada distinta sobre el mundo.

Porque eso es, en última instancia, lo que ofrece Willa Cather. No historias de amor entre mujeres. No manifiestos políticos. No identidades explícitamente reivindicadas. Lo que ofrece es algo quizá más radical: una imaginación alternativa.

Una imaginación en la que las mujeres pueden construir una granja, perseguir una vocación artística, habitar una comunidad o convertirse en memoria sin que el matrimonio constituya el centro de gravedad de sus vidas. Una imaginación en la que el amor heterosexual deja de ser el eje que organiza la experiencia humana.

Leer hoy a Willa Cather desde una perspectiva queer no consiste en encontrar lesbianas escondidas entre las páginas. Consiste en reconocer que sus novelas imaginan formas de existencia desplazadas respecto a la norma. Vidas que florecen en los márgenes. Vidas que encuentran sentido en otros lugares.

Y quizá ahí resida su vigencia. En recordarnos que lo queer no siempre es una identidad visible. A veces es una forma de mirar. Una manera de ordenar el mundo. Una decisión estética y vital que consiste, sencillamente, en abandonar el centro para descubrir qué otras vidas son posibles.

Fuente: Ctxt

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