
Por Kike Molina
Ambientólogo y agroecólogo. Pastor y quesero. Forma parte de la Fundació Emprius y de Ecologistas en Acción.
El desarrollo capitalista y las políticas estatales transformaron la sociedad y el paisaje, creando las condiciones para que el fuego comenzara a comportarse de una manera completamente distinta
Incendios “de sexta generación”, que se sitúan “fuera de capacidad de extinción” y con “episodios de simultaneidad” son términos que desgraciadamente hemos incorporado al léxico común durante los últimos veranos. El 2026 tampoco es una excepción en esta tendencia, conocida desde hace tiempo, por la que los grandes incendios forestales son cada vez más frecuentes y destructivos. Nos habían avisado.
Escribo entre finales de julio y principios de agosto. Me encuentro en un valle del Alt Pirineu, echando una mano en una pequeña granja de cabras que salen a pastar cada día por unas montañas donde la hierba está mucho más amarilla de lo que tocaría por estas fechas. Algunos árboles también han empezado a perder las hojas prematuramente como consecuencia de la falta de lluvias y las altas temperaturas de las últimas semanas, tras un principio de año con precipitaciones por encima de la media. Un latigazo climático en toda regla, de los que disparan el crecimiento del combustible fino para después dejarlo todo bien seco, listo para arder.
La burbuja mental de estar trabajando en un sitio remoto con los animales se rompe con facilidad cuando hablamos de incendios. Llegan noticias de familiares que han tenido que desalojar sus viviendas por los incendios de Madrid y Ávila. Lo mismo ocurre con mi familia política, en la periferia de Burdeos. Se parece demasiado a lo que otros parientes en California nos cuentan desde hace varios años. Tengo la familia muy desperdigada y, sin embargo, no hay nadie que esté lejos de los grandes incendios. Yo tampoco; este verano ya han ocurrido varios en el Pirineo, algunos en alta montaña, en bosques donde no son tan habituales. Al menos hasta ahora.
En estos complicados días, la prioridad es controlar las llamas y minimizar los daños. Son días duros para muchas personas que empiezan el duelo por las pérdidas, ya sean humanas, patrimoniales, naturales o emocionales. Días en que los equipos de extinción trabajan a destajo, muchos con condiciones laborales precarias. También son días en los que se formulan discursos muy diversos sobre las causas de estos siniestros –que son complejos y multifactoriales–, y las medidas necesarias para afrontarlos.
Mis opiniones al respecto beben de diferentes fuentes. Antes de meterme a pastor y quesero, estudié ciencias ambientales y agroecología, y llevo participando activamente durante bastante tiempo en el movimiento ecologista. Dentro del ecologismo hay una considerable diversidad de visiones, como en tantos otros temas, sobre cómo actuar ante la que sin duda es una de las mayores expresiones de la crisis ecosocial de nuestra época. Aquí va otra aportación para este debate tan trascendental para el futuro de nuestros territorios, escrita entre cabras y quesos.

Comencemos haciendo un breve repaso de la historia de nuestros paisajes. Existe una idea muy extendida según la cual el paisaje “natural” de la península ibérica sería un bosque cerrado y continuo. Sin embargo, la evidencia paleoecológica apunta a un panorama mucho más diverso. Al final de la última glaciación, gran parte de Eurasia contaba con poblaciones de grandes herbívoros salvajes que, junto con los incendios que producían los rayos, moldeaban el paisaje, dando forma a una especie de sabana, un mosaico que alternaba pastizales, matorrales y bosques de distintas edades.
Esta postal imaginaria no se diferencia tanto de lo que veo ahora mismo mientras acompaño al rebaño. Lo cual tiene todo el sentido, porque tras la extinción de la megafauna en nuestro continente, hace muchos miles de años, el mosaico pasó a ser mantenido por las diferentes culturas que lo habitaban. Muchos ecosistemas han coevolucionado con los usos tradicionales que las comunidades humanas han llevado a cabo en ellos para satisfacer sus necesidades, ya sea la agricultura campesina, la ganadería extensiva, las quemas controladas y tantos otros aprovechamientos que se integraban dentro de la trama de la vida.
No se trata de idealizar o romantizar estas sociedades tradicionales, pero ciertamente cumplían un rol positivo a la hora de regular la acumulación de la biomasa vegetal y mantener la heterogeneidad del paisaje, fomentando la biodiversidad asociada a espacios abiertos. De hecho, cuando estas culturas han sido expulsadas o exterminadas, su desaparición ha desencadenado a menudo la llegada de los grandes incendios.
Un ejemplo paradigmático es el de las naciones indígenas de la actual California. Durante siglos utilizaron quemas controladas para favorecer la caza, las plantas medicinales y otros recursos del territorio; sustituyendo funcionalmente a la extinta megafauna. Tras su expulsión y la prohibición de estas prácticas, los bosques comenzaron a acumular combustible durante décadas, contribuyendo a los grandes incendios que hoy amenazan incluso a las emblemáticas secuoyas gigantes, las cuales están adaptadas al paso del fuego recurrente de baja intensidad. En los últimos años, ese conocimiento ecológico tradicional ha empezado a ser reconocido de nuevo e incorporado a la gestión forestal en la costa oeste de Estados Unidos.
En la península ibérica el proceso ha sido diferente. No ha habido una conquista colonial reciente comparable a la de América, pero se ha producido una progresiva desaparición de los modos de vida campesinos y pastoriles. Las montañas que estoy recorriendo entre el sonido de los cencerros han coevolucionado con las sociedades humanas durante milenios. El pastoreo lleva presente aquí, al menos, siete mil años. Durante todo ese tiempo no solo alimentó y vistió a generaciones enteras, también desempeñó un papel ecológico fundamental en el mantenimiento de los paisajes abiertos y la conservación de la biodiversidad asociada, y un papel cultural central, como muestran las festividades y los cancioneros populares.
Sin embargo, esa relación milenaria entre las comunidades y el territorio comenzó a romperse durante los siglos XIX y principios del XX. Este periodo se caracterizó por una intensa sobreexplotación agrícola y forestal como consecuencia de las desamortizaciones, el aumento demográfico y el crecimiento económico. Había más bocas y hogares que alimentar, también más industrias y armadas que crear y mantener. Muchas montañas quedaron completamente peladas. Sobre eso reflexiono mientras las cabras se alimentan en las terrazas abandonadas que pueblan las laderas. Ahora están llenas de árboles y arbustos, pero hace menos de un siglo estaban cultivadas.
A partir de mediados del siglo pasado ocurrió lo contrario. El desarrollo industrial, urbano y turístico fue atrayendo a una parte creciente de la población hacia las ciudades y la costa. En el Estado español, este proceso se aceleró con políticas como el Plan de Estabilización franquista (1959) y continuó después bajo un modelo económico cada vez más globalizado, que hizo posible abastecer las ciudades con recursos procedentes de lugares cada vez más lejanos, reduciendo así la dependencia directa del territorio más próximo.
Los pastos, campos y montes, pelados por la sobreexplotación del siglo XIX y principios del XX, fueron abandonados por las comunidades que habían convivido con ellos durante milenios. Allí donde antes había cultivos, pastizales y bosques intervenidos, comenzaron a crecer masas forestales jóvenes, densas y continuas; de manera espontánea o por replantaciones. El paisaje dejó de estar gestionado cotidianamente y empezó a acumular biomasa a una escala desconocida hasta entonces. El desarrollo capitalista y las políticas estatales transformaron la sociedad y el paisaje, creando las condiciones para que el fuego comenzara a comportarse de una manera completamente distinta.
La respuesta de una sociedad cada vez más urbana, con una economía cada vez más terciarizada, fue apostarlo todo a los dispositivos de extinción. Durante décadas se hizo un enorme esfuerzo por apagar todos los incendios lo antes posible, una estrategia que salvó vidas y hectáreas, pero que también tuvo un efecto inesperado. Al desaparecer los pequeños incendios, que históricamente eliminaban parte del combustible acumulado, la vegetación siguió creciendo año tras año. Es lo que los especialistas conocen como la paradoja de la extinción. Cuanto más éxito tenemos apagando todos los fuegos, más combustible acumulamos para los pocos que consiguen escapar y propagarse.
A este nuevo paisaje hay que sumarle otro cambio importante. La expansión de urbanizaciones y viviendas dispersas en contacto directo con estos bosques jóvenes y muy inflamables. Los montes se han vuelto a poblar, pero ya no por comunidades que viven de ellos, sino por personas –entre las que me incluyo– cuyos modos de vida dependen en gran medida de recursos procedentes de un sistema económico globalizado. Mientras tanto, la biomasa vegetal sigue acumulándose a nuestro alrededor y se deforestan los trópicos para expandir la frontera agrícola de la que nos alimentamos.
Y en este cóctel explosivo todavía falta el ingrediente que lo cambia todo. Los grandes incendios actuales se producen sobre el paisaje que acabamos de describir, pero encuentran además unas condiciones meteorológicas cada vez más favorables para propagarse. El cambio climático favorece que algunos incendios alcancen tal intensidad que generan sus propias condiciones atmosféricas y quedan fuera de la capacidad de extinción. Ante esta situación, los dispositivos de supresión, por muy preparados que estén –aunque muy a menudo sus condiciones laborales son muy mejorables,– no pueden hacer frente a las llamas.
Queda bastante claro que las causas de la creciente virulencia de la propagación de los incendios, tanto las paisajísticas como las climáticas, son consecuencia de la globalización capitalista. Y aquí es donde creo que deberíamos poner el foco. Esto no significa que no debamos prestar atención a las causas de las igniciones. La inmensa mayoría de las chispas que inician un incendio tienen un origen antrópico. A pesar de los protocolos que limitan las actividades de riesgo, las campañas de concienciación o las duras sanciones por provocar incendios –que han contribuido a reducir el número de igniciones– todavía queda mucho margen de mejora. Basta con recordar las negligencias y los actos premeditados que, solo este verano, han desencadenado algunos de los mayores incendios de la historia reciente de muchos territorios.
Sin embargo, centrar el debate únicamente en la chispa inicial nos impide comprender por qué esos incendios alcanzan hoy una dimensión desconocida hasta ahora. De hecho, el número de incendios lleva años descendiendo, mientras que la superficie quemada por los grandes incendios aumenta. Cada vez hay menos fuegos, pero los que escapan al control inicial son más intensos, más rápidos y más destructivos. Dicho de otro modo, llega un momento en que reducir las igniciones ofrece rendimientos decrecientes si el paisaje sigue acumulando combustible y el clima continúa favoreciendo la propagación de las llamas.
En la zona en la que me encuentro la ganadería extensiva nunca llegó a desaparecer del todo. Las ovejas, vacas y yeguas han seguido subiendo a los pastos comunales ininterrumpidamente cada verano. Todavía hay varias familias que se dedican al sector primario. No obstante, el abandono es patente en que la economía local se basa sobre todo en el turismo. Y en que durante todo el año tan solo viven nueve personas en el pueblo en que me alojo, mientras que en verano la población se multiplica por las segundas residencias.
Hace treinta años, una entonces joven pareja abrió una pequeña quesería y formó un rebaño de cabras. Tras su jubilación, otra joven pareja ha tomado el relevo. Tres décadas de buen manejo caprino entre las zonas boscosas que han emergido en la montaña han contribuido a regenerar el mosaico. Además, se han llevado a cabo algunas quemas prescritas, ejecutadas por personal cualificado, en condiciones de seguridad y con base científica, que ayudan a recuperar el papel beneficioso de los incendios de baja intensidad para el ecosistema.
Estamos en las estribaciones de un parque natural y convivimos con una gran biodiversidad. Sin ir más lejos, hace un par de días nos topamos con una enorme caca de oso, llena de pepitas de cerezas silvestres; suerte de la mastina que guarda el rebaño. Tampoco es raro ver ciervos, zorros, martas, quebrantahuesos, entre muchos otros animales y plantas con los que estamos en simbiosis. Este paisaje a día de hoy no sería el mismo sin las dos generaciones de pastores y pastoras que lo han custodiado, siguiendo las dinámicas de una tradición milenaria, pero adaptadas a la actualidad. También hay que decir que su actividad no habría sido viable sin el apoyo de una base de clientes fieles, que se desplaza hasta aquí para comprar sus deliciosos quesos.
Voy camino del corral para guardar las cabras. Mañana, a primera hora, toca ordeñar. Mientras tanto, pienso que quizá la clave esté ahí: impulsar proyectos productivos que se integren en las dinámicas de los ecosistemas, con el respaldo de la sociedad y de las administraciones. Proyectos que contribuyan a mantener paisajes diversos y ricos en biodiversidad; que permitan satisfacer nuestras necesidades de forma localizada, reduciendo tanto el riesgo de los incendios que sufrimos aquí, fruto del abandono del territorio, como los que devastan los trópicos a causa de la expansión agroindustrial.
También necesitamos mejorar las condiciones laborales de los cuerpos de extinción, con contratos estables que incluyan tareas de gestión del paisaje durante todo el año. Y, sobre todo, recuperar el papel ecológico de la herbivoría –tanto mediante una ganadería extensiva gestionada con buenas prácticas, entre ellas la movilidad del ganado y una carga ganadera adecuada, como mediante los herbívoros salvajes–, así como el uso ecológico del fuego, mediante quemas prescritas realizadas por personal cualificado y dentro de una planificación rigurosa basada en la evidencia científica. Me gustaría dejar meridianamente claro que hablar de quemas prescritas no significa defender que se queme el monte sin criterio. Todo lo contrario.
Pero no basta con cuidar este valle. Por mucho que logremos restaurar nuestros montes, recuperar la ganadería extensiva o gestionar mejor el fuego, sus efectos seguirán viéndose condicionados por procesos que se deciden a escala global. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad o la expansión de un modelo económico basado en el crecimiento ilimitado y la explotación de la naturaleza no se resolverán únicamente con iniciativas locales. Necesitamos cuidar el territorio que habitamos, sí, pero también transformar el sistema que lo empuja hacia el deterioro. La defensa de un valle y la lucha por cambiar las reglas del juego forman parte de la misma tarea.
Cuando miro este paisaje, vivo y diverso, puedo imaginarme futuros con esperanza. Qué falta hace un ecologismo capaz de incorporar los conocimientos de la ecología del fuego –la disciplina científica que estudia el papel que los incendios desempeñan en el funcionamiento y la dinámica de los ecosistemas– y el conocimiento ecológico tradicional de nuestros antepasados.
Con esa intención hemos desarrollado estas ideas con más detalle en Por un ecologismo del fuego, un documento editado por el Área de Agroecología de Ecologistas en Acción. No se trata de un posicionamiento oficial de la organización, tan solo una aportación al debate.

Cierro el corral y me subo al coche. Tengo que bajar a comprar unas cosas a la tienda. Yo también dependo de la gasolina, del smartphone y de los canales largos de distribución. A mí también me afecta la inflación, la crisis de vivienda y la energética. Mientras escucho la radio, pienso que el cooperativismo es la única estrategia que nos sacará de esta, porque no sé si algún día la IA podrá, y querrá, meterse por estos barrancos.
Fuente: Ctxt

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