
Por Ramón Almansa
Ingeniero de montes y director ejecutivo de la Fundación Entreculturas.
Es necesario revertir el abandono del medio rural e invertir mucho más en prevención, que es diez veces más barata que la extinción

Un verano más, tras ver cómo nuestros bosques arden, el proceso parece siempre el mismo: estupor e indignación, seguidas luego de cierto cansancio (“otro incendio…”) y por último olvido hasta el verano próximo. Pareciera que no se puede hacer nada, más allá de extinguirlos y cruzar los dedos para que el año próximo sea menos malo.
Pero este año ha sido distinto, la brutalidad de los incendios en extensión y afectación debería marcar un punto de inflexión, a no ser que queramos que se cumpla la peor profecía “¡todo arderá!”. No podemos ni debemos resignarnos. Es tiempo de decir un rotundo “¡basta ya!” a los incendios forestales
Antes de empezar y por respeto a ti, lector, que te has lanzado a leer otro artículo más sobre los incendios forestales, creo que es importante que confiese que escribo estas líneas desde una triple perspectiva:
- Como vecino de una zona incendiada: Soy vecino de uno de los pueblos de la sierra norte de Guadalajara afectados por el incendio de mediados de julio. Abandoné mi pueblo con lágrimas viendo cómo las llamas devoraban espacios muy queridos.
- Como ingeniero de montes: Me crié en el pinar, en una casa forestal, y mi padre fue durante muchos años el responsable de la gestión de esos bosques. En mi infancia fui testigo de conversaciones sobre la importancia de mantener caminos y cortafuegos limpios, y de desbrozar el monte para actuar con rapidez y eficacia en caso de fuego. Sin duda mi vocación hacia lo forestal viene de eso que marcó mi infancia.
- Desde la cooperación internacional: A este ámbito profesional he dedicado los últimos 30 años de mi vida, y algo que he aprendido es que los problemas locales siempre tienen causas y repercusiones globales. Y que nadie lo dude: en el tema de los actuales incendios este elemento es también clave.
Creo que ante los tremendos incendios de este año, es imposible no preguntarse: ¿qué está pasando? ¿Por qué cada vez hay más incendios y más brutales? ¿Por qué cada vez tenemos la sensación de que la capacidad de gestionarlos es más limitada? ¿Se está haciendo todo lo que se puede hacer? ¿Se podría haber evitado que se quemaran muchos de nuestros bosques?
Creo que para entender qué está pasando hay tres elementos clave:
- Es triste decirlo pero vivimos una NO gestión de las masas forestales en clave de prevención. Es de todos conocido que los incendios forestales “se apagan” fundamentalmente en invierno y con medidas preventivas. Nuestros bosques son auténticas hogueras esperando a que alguien o algo los prenda, sea una cosechadora imprudente, un coche ardiendo en la cuneta, la cerilla del pirómano o un rayo. La cantidad de biomasa acumulada en nuestros bosques es suicida. Cientos de miles de kilómetros de caminos forestales están abandonados. Hay bosques que no se han aclarado ni se han podado jamás; el matorral, las ramas bajas de los árboles y sus copas son un continuo que está condenado a arder.
Dos días antes del incendio de Ávila y Madrid pasé por la zona y pensé, al ver un paisaje tan bello y sin gestión forestal adecuada, que las llamas tarde o temprano se lo llevarían por delante, como dramáticamente así fue. Esta no-gestión forestal es gravísima. En ocasiones se ha pensado, equivocadamente, que no hacer nada es un modo de proteger el medio forestal. Hoy más que nunca sabemos con claridad que la gestión es clave para preservar nuestro patrimonio forestal. Y aquí hacen falta recursos, muchos más recursos, hablo de dinero y de personas. No se invierte en prevención lo que se debería. Esto es suicida. La prevención sabemos que es en torno a diez veces más barata que la extinción. A esto hay que añadir que lo que se gasta en extinción es insuficiente. Hacen falta muchos más medios. En España hay una larga tradición de gestión forestal con más de 170 años de ingeniería forestal que debería tener un liderazgo claro en la nueva etapa.
- El vaciado y abandono del medio rural. Son las personas que viven en el medio rural las que, con su actividad ganadera y forestal, mantienen y sostienen nuestros campos. Hoy, los pueblos se han vaciado o se van convirtiendo en urbanizaciones para recreo. No estamos mirando de cara a los problemas de la gente del campo. Hay que dignificar el campo. La prevención de incendios puede ser una excelente vía para generar empleo y fijar población en un medio rural que agoniza.
- El cambio climático es sin duda la tercera variable de esta ecuación: el aumento continuo de las temperaturas y la pérdida de humedad en las masas forestales son hechos innegables. La comunidad científica no tiene ninguna duda. Aquí el negacionismo no tiene cabida. Los incendios, pese a ser locales, hoy son tan brutales por un fenómeno global como es el cambio climático del que todos tenemos parte de responsabilidad. Aquí lo global y lo local se encuentran de nuevo.
Cuando estos tres factores confluyen, se generan los denominados incendios de “sexta generación”. Abordarlos exige una visión holística. Cualquier responsable político o gestor forestal que niegue o minimice alguno de estos tres elementos es sospechoso y está incapacitado para gestionar este grave problema que son los incendios forestales.
Ante el dramático panorama de los incendios, me sorprende que no haya ningún político o responsable de la gestión de los mismos que se sienta interpelado y dimita. El fracaso es monumental. Se quema año tras año el patrimonio natural y parece que no pasa nada. Imaginemos que se estuviera quemando el patrimonio cultural de nuestro país, un año el museo del Prado, al año siguiente el museo Dalí de Figueres, el siguiente la Mezquita de Córdoba… y no pasara nada. Y aceptamos resignadamente que “eso es lo que hay…”. Pues lo siento: no me conformo. El patrimonio cultural y el patrimonio natural deben ser preservados con toda la firmeza que exige su relevancia.
Para contribuir al debate de forma propositiva, planteo seis medidas urgentes:
- Pacto de Estado contra los incendios forestales: Sacar la gestión forestal del debate partidista para proteger el patrimonio natural que nos queda.
- Aumento de la inversión en prevención: Adecuar el presupuesto a la magnitud de la crisis. Aquí la sociedad española tiene una deuda histórica con su medio natural. El 2025 ha sido el peor año en lo que a incendios se refiere, ardieron 390.000 hectáreas y este año 2026 ya han ardido 290.000, y tristemente aún quedan bosques por quemarse. Por lo tanto hay que hacer un esfuerzo preventivo muy alto: cada año debería trabajarse en prevención sobre al menos 300.000 hectáreas. Los expertos hablan de que hay que invertir 1.000 millones de euros en prevención al año, frente a los 150 que más o menos gastamos en la actualidad. Esto significa invertir siete veces más de lo que lo hacemos, que es más o menos el coste de una fragata F-110. Y en la prevención también han de incluirse programas de concienciación a la ciudadanía y una aplicación rigurosa de sanciones a los que infrinjan las normas. No hay margen para las imprudencias. La inversión en prevención es la mejor inversión, pues protege los bosques, crea empleo, reaviva el medio rural y ahorra dinero de extinción. Porque el bosque que está bien gestionado no arde.
- Recuperar y poner en práctica toda la ciencia forestal de prevención y gestión del medio forestal que durante años se ha abandonado. Hay que tener una superficie forestal teselada, es inconcebible que no haya cortafuegos, que los caminos forestales estén abandonados o mal mantenidos, que nuestras cunetas están llenas de maleza. Los bosques deben clarearse, hay que retirar biomasa del monte urgentemente. Aquí nos enfrentamos a un dilema claro: o hacemos gestión forestal eficaz o dejamos que el gestor del bosque sea el fuego. Como así está siendo en los últimos años.
- Mejorar las capacidades de extinción del sistema español. Los grandes incendios solamente se pueden aminorar si se les ataca con toda la contundencia cuando son pequeños. Es triste decirlo, pero la sensación que hay es que en muchos de los grandes incendios se llegó tarde o con medios insuficientes. Hay pocos medios aéreos, poca maquinaria pesada y un cuerpo de bomberos forestales en muchas ocasiones infradotado.
- Incorporar los efectos del cambio climático en la gestión del medio natural y de los incendios. El cambio climático hará que la lucha contra los incendios cada vez requiera más integralidad de conocimiento y de gestión. Naciones Unidas alerta de que una de las consecuencias del cambio climático es el aumento de los incendios forestales. Por lo tanto, no debemos dejar la gestión del medio natural y de los incendios forestales en manos de alguien que niegue el cambio climático y sus efectos.
- Revitalización real del medio rural: Promover medidas eficaces para fijar población vinculada directamente al cuidado y aprovechamiento del territorio.
Tras el brutal impacto de los incendios de este verano me pregunto: ¿Y cuando pase el verano y se apague el foco mediático hacia los incendios, algo cambiará?
El drama que han vivido este año tantas personas y tantos bosques ha de ser el punto de inflexión para una nueva gestión del medio rural. Se puede hacer. Debemos hacerlo.
Incendios forestales, ¡basta ya!
Fuente: Ctxt

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