
Por Gorka Castillo
Periodista todoterreneno en Ctxt.
Los habitantes de la comarca abulense intentan rehacer sus vidas en medio de la consternación que produce la destrucción de más de 50.000 hectáreas en un entorno natural que ha forjado su identidad y su cultura

La carretera entre Madrid y el Valle del Tiétar atraviesa un paisaje desolado. Esqueletos de pinos devorados por el fuego y praderas de carbón. Los arroyos están secos. No se escucha a los pájaros ni el rumor del viento entre las hojas. El silencio se ha apoderado de los bosques muertos. El recorrido es realmente trágico. Hagan la prueba. Vayan y observen el panorama en vivo porque no hallarán fotografías que capten la magnitud del desastre que se produjo en julio y agosto. Suban, por ejemplo, a La Serradilla, el punto más alto del municipio de Piedralaves. En cada metro descubrirán las huellas de los estragos causados por los incendios. Ni un árbol indemne, ni un matorral, ni una brizna de piorno. Solo negrura y ceniza que se extiende por todos lados hasta donde alcanza la vista. Algunas pequeñas zonas de castaños, encinas y robles se salvaron de la quema porque tienen una corteza dura que actúa como aislante térmico, todo un suceso milagroso ante el vendaval de fuego que recibieron. Ahora han quedado como islotes verdes que resplandecen bajo la luz del día. Pero no son más que espejismos. En realidad son árboles melancólicos, como manchas aisladas en medio de la nada a los que habrá que cuidar para que no terminen sucumbiendo. Quién sabe cuántos animales despavoridos buscaron protección entre su espesura ignífuga pensando inútilmente que era su última esperanza. Lo mismo ocurre en el Valle de Iruelas, en la Sierra Oeste de Madrid, en la Sierra de Espadán de la Vall d’Uixó o en Niebla, Huelva. Más de 200.000 hectáreas abrasadas este verano. Todo deshecho, yermo.
El fuego llegó al Tiétar el 22 de julio por la cara norte de la montaña. Venía de Burgohondo. Durante los dos días siguientes, los habitantes de la comarca miraban cautelosos a la cumbre porque la vegetación escasea por encima de los 1.500 metros y el fuego encuentra dificultades para propagarse. Por si acaso, grupos de voluntarios se organizaron para abrir caminos entre los frondosos pinares y facilitar a bomberos y brigadas forestales un acceso rápido a las llamas en caso de emergencia. Todo parecía controlado pero al anochecer del viernes 24 alguien lanzó un grito de espanto: “Hay que evacuar el pueblo”. Juan Manuel Contreras no tardó mucho en hacerlo. Llenó su mochila con unas cuantas cosas y salió en dirección a Arenas de San Pedro junto a su amiga Vanesa y al perro Darwin. “Todos sabíamos que si el fuego llegaba a los pinos estábamos perdidos. Ya dentro del coche, Vane me dijo que mirara atrás. Lo hice y vi los pinos en la oscuridad ardiendo de manera incontrolable. Esa es la imagen brutal que tengo de aquello”, relata. Contreras es uno de los portavoces de la agrupación vecinal autogestionada El Bornizo, que desde hace años se organizan para limpiar rutas y senderos mientras promueven la concienciación ambiental en el entorno de la Sierra de Gredos.
Después de tres semanas de batalla y miedo, el incendio acabó destruyendo más de 50.000 hectáreas del Valle del Tiétar. “Fue algo descomunal, el mayor en la historia de España”, añade Contreras. Un ecosistema valiosísimo convertido en polvo. María García llegó de Madrid a Piedralaves una semana más tarde y describe el tremendo impacto que le produjo contemplar el estado de transformación que había sufrido un paisaje en el que ha vivido desde niña. “Es como si hubiera caído una bomba atómica. Se ha quemado parte de mi memoria. Los árboles donde jugaba, el bosque donde iba con mis amigas… Eso tiene un valor emocional muy grande, además del ecológico, para cada una de nosotras. Me cuesta mucho aceptarlo. Se me ha roto el corazón”, afirma. Reflexionando ahora sobre cómo iba encajando la evolución descontrolada del incendio desde la distancia, y aquí es fácil dejarse arrastrar por la imaginación más perniciosa, reconoce que llegó a pensar en la destrucción del pueblo. María fue durante muchos días la personificación del drama. No podía sentir más que tristeza y dolor. “Hay algo que me indigna en todo esto. Y es que el Gobierno pudo evitarlo. El fuego estuvo 48 horas en la cima de la montaña. Lo vimos todas. Con dos o tres pasadas de los hidroaviones hubiera sido suficiente para controlarlo, pero no, decidieron sacrificar esta comarca por salvar la Sierra Oeste de Madrid. Prefirieron darle en el morro a Díaz Ayuso diciéndole ‘nosotros te hemos salvado’”, añade.
Muchos habitantes de la comarca del Tiétar llevan experimentando estados de ánimo sombríos y abrumados desde el día de los incendios. Una mezcla de frustración y amargura por lo que han perdido. Cuesta imaginar que los prados, los roquedales y las junglas de follaje que conformaban su entorno, los lugares comunes que aprendieron a compartir y les aportó conocimiento no volverán a ser iguales. Nada volverá a ser lo mismo. El bombero de la unidad helitransportada de El Barco de Ávila, Ángel Malanda, explica a CTXT cómo el desasosiego le asaltó hasta el punto de que ya no veía el bosque en llamas de la Sierra Oeste madrileña donde se encontraba sino una película con sus recuerdos. “Tuve que abstraerme de dónde estaba porque si pensaba que estaban desalojando a tu familia, que se estaban quemando los árboles donde me crié, el lugar donde aprendí a andar y donde enseñé a hacerlo a mi hijo, me hubiera venido abajo. Tengo una memoria ligada al fuego porque me crié aquí, en la Sierra Oeste de Madrid, que ardió en el año 80 y también en el año 91. Ahora he revivido la misma pesadilla. Lo mismo que vi de pequeño. Quizá soy bombero forestal por aquello. Sí, soy bombero forestal porque crecí en este entorno natural”, revela.

Un equipo de científicos de la Plataforma Intergubernamental sobre Diversidad Biológica y Ecosistemas (IPBES, por sus siglas en inglés), un organismo auspiciado por la ONU, presentó en 2022 un estudio sobre las causas del deterioro que sufre la biodiversidad del planeta. La gran novedad de aquel informe es que lo hicieron sobre la base del valor que cada sociedad, cada cultura y cada individuo otorga a la naturaleza. Tras años de estudios y consultas por el mundo entero, los investigadores identificaron que una de las contribuciones más importantes de un ecosistema a la vida humana, además de la aportación de recursos para el bienestar, es el relacional. Es decir, los vínculos que una comunidad construye con su entorno natural. Con un monte, con el mar, con un árbol o un huerto. Su importancia es incalculable ya que su mera existencia se asocia de manera instintiva a su identidad y cultura.
Hay conceptos como la responsabilidad, el cuidado y la custodia que juegan un destacado papel en esta relación íntima. “En nuestra sociedad occidental manda un mercado que no tiene en cuenta que un ecosistema, que al haber estado ahí cientos de años, termina forjando la manera de ser de sus habitantes. Un vecino no sólo ve belleza en el bosque en el que ha crecido o los beneficios económicos que le aporta. Tiene una identificación más profunda con el entorno y lo manifiesta de muchas maneras. Conforma la historia que ha modelado su vida, la del pueblo o de una comarca entera y si eso se destruye de un día para otro desaparece algo propio para siempre. Es la muerte de algo querido”, explica el coordinador del informe del IPBES, el economista ambiental e investigador Unai Pascual.
Son un valor capital que suelen manifestarse con mayor claridad en la relación de los pueblos originarios de América Latina o algunas comunidades en África. Y a veces se producen choques por intereses como la rentabilidad o incluso la conservación de un ecosistema. En Tanzania, por ejemplo, hubo hace unos años una revuelta masai porque varias ONG conservacionistas decidieron crear una reserva natural en una zona donde siempre habían pastoreado y ya no podían hacerlo. Ellos protegían el medio ambiente con sus cabras y vacas. No necesitaban a los conservacionistas. En el Valle del Tiétar también sucedió algo parecido, especialmente desde que empezó a adaptarse a las necesidades de un número creciente de visitantes que llegan desde Madrid en la época estival. Un arroyo en una zona de riesgo de incendios, por ejemplo, es más valioso si se mantiene dentro de su cauce original que canalizarlo mediante la construcción de una infraestructura porque, además de proveer de agua a animales y personas como siempre hizo, nutre a una vegetación resistente y actúa como un contrafuego natural.
Juan Ángel Izquierdo es testigo directo de todo esto. Es agricultor y también ganadero. El primer día del incendio en Piedralaves perdió tres vacas. Luego, ha tenido que sacrificar a otras seis debido a las graves quemaduras que sufrieron. Próximamente tendrá que hacerlo con otras dos que no logran superar las heridas que les produjo el fuego. “En Piedralaves hay un patrimonio oculto entre la maleza que a los mayores del pueblo nos trae un montón de imágenes de cuando éramos niños. Ahora vemos ‘ah, pues aquí tenía las ovejas este hombre, allí tenía las ovejas el padre de aquel otro’. Pero no queda nada de eso. Llevo semanas intentando darle la vuelta a todo, enseñarme a mí mismo lo que ha sucedido, cambiar mi mentalidad. Me digo que todo aquello que teníamos no lo vamos a recuperar en un montón de años”, cuenta. La gente del campo aprende a descifrar las señales que emite la naturaleza desde la infancia. Saben adentrarse por senderos invisibles, cuándo limpiar la maleza, ser precavidos porque la tierra está seca y por dónde llega la lluvia. Conocen los signos del bosque como un ingeniero las leyes de la gravedad.
No hace mucho tiempo, en Piedralaves se juntaban grupos de 40 personas y subían a la sierra en invierno para hacer pequeñas limpiezas y llevarse la madera que empezaba a constituir un problema. Ellos se percatan cuando el campo está bien y cuando está mal pero, sobre todo, entienden lo que hay que hacer con el terreno. La sierra de Gredos siempre ha sufrido incendios. Lo cuentan los mayores pero saben que el monte se cuida mejor con una cerilla en febrero que desbrozándolo en primavera. En invierno, no hay peligro de incendio. Arden las hojas despacio, por zonas, de manera controlada. Esto permite reciclar el subsuelo con la ceniza y cuando llega la primavera tienen una vegetación nueva, que huele a hierba y humedad. Piedralaves cuenta con 6.000 hectáreas de terreno para el pasto y hay 600 vacas que limpian cerca de 1.500 hectáreas de materia seca. Juan Ángel no habla demasiado ni es propenso a los juicios infundados pero, sin embargo, critica cómo se viene gobernando todo esto desde hace bastante tiempo. “Entre lo que pagamos los ganaderos por acceder a esos terrenos –14 euros por cabeza de vacuno al año–, algunos vecinos, cazadores y los resineros, el ayuntamiento ingresa alrededor de 400.000 euros al año. Creo que debería reinvertir algo de ese dinero en cuidar el monte”, afirma.
Tras los incendios de julio, el Valle del Tiétar ha quedado atrapado en un cierto sentimiento de confusión. “Hay mucha lentitud administrativa. Están un poco perdidos. Nos hemos reunido con las autoridades pero, al final, somos nosotros quienes tomamos la iniciativa.”, dice Juanma Contreras. María García reclama que el Ayuntamiento solicite las ayudas anunciadas para la recuperación del entorno destruido. “Es dinero de la UE pero tienen que reaccionar como otros municipios están haciendo con proyectos que ya están en marcha. El municipio de La Adrada creo que es uno de ellos”, asegura. A José Ángel Izquierdo le gustaría sumar su conocimiento de agricultor y ganadero al de los ingenieros forestales cuando traten la reorganización del terreno devastado. “Tenemos que sentarnos para que cada uno exponga las necesidades y a partir de ahí hacer un listado para organizar un poco la vida del pueblo, el territorio, desde el conocimiento colectivo”, reclama. Quien conozca esta comarca puede testar cuál es su nivel de melancolía. Cierre los ojos e intente recordar cómo era esta comarca antes de los incendios del verano. Vuelva a abrirlos. Compruebe ahora el parecido que guarda con el paisaje que tiene ante sí.
Fuente: Ctxt

Deja una respuesta