
Por Julio Fernández
Doctor en Estudios Literarios y Teatrales. Poeta y Dramaturgo.
Es posible que las máquinas nunca lleguen a tener conciencia pero también es posible que no la necesiten: llegarán a tal perfección que sea imposible que cometan errores

Cuando en 1886, el ingeniero Carl Benz patentó el primer vehículo impulsado por un motor de combustión interna y más tarde en 1908, Henry Ford comenzó a fabricar en serie los primeros modelos de aquellas rudimentarias máquinas de producir movimiento, muchas personas pensaron que aquel invento no traería más que problemas. Desconfiaban de esas máquinas ruidosas y peligrosas que amenazaban con atentar contra unas leyes del orden que habían perdurado durante siglos. De manera intuitiva no les faltaba razón, aunque esta razón tardara en demostrarse casi un siglo y no de la manera que esas gentes asustadas predijeron: el automóvil, símbolo del consumo individualista de la revolución industrial es uno de los factores que más han contribuido al efecto invernadero anómalo, y por tanto a la crisis climática actual que ya amenaza con desbaratar los termómetros y las estaciones.
También hoy la incipiente inteligencia artificial es percibida socialmente con cierta euforia en algunos sectores pero con una creciente preocupación en otros muchos. Los augurios no son prometedores: en este mismo 2026, Anthropic ha reconocido que el ecosistema de inteligencia artificial Claude es capaz de programarse a sí mismo, es decir: aprende de sus propios errores sin la intervención humana y mucho más rápido que bajo la supervisión de decenas de ingenieros, y en consecuencia, no solo demuestra que su capacidad «intelectual» supera con creces a la de nuestra especie sino que puede por sí sola seguir desarrollándose sin que nadie ni nada le ponga freno —salvo que la destruyamos—.
Hasta ahora creíamos que la inteligencia artificial no era más que un producto de nuestra propia inteligencia, y en cierto modo sigue siendo así: la información con la que aprendió a desarrollarse no es otra que la que el ser humano ha generado a lo largo y ancho de su estancia en este planeta. Millones y millones de relatos, millones y millones de acontecimientos, millones y millones de investigaciones, fórmulas, hipótesis, teorías, datos, imágenes, códigos, etc… que configuran lo que llamamos conocimiento.
Cierto que las nuevas máquinas no tienen conciencia, ¿pero dónde reside la conciencia? Ellas pueden pensar, están aprendiendo a simular emociones, pronto los sentimientos generados por IA serán indistinguibles de los humanos. Es posible que nunca lleguen a tener conciencia pero también es posible que no la necesiten: llegarán a tal perfección que sea imposible que cometan errores.
No es extraño que el futuro en manos de la IA provoque tanto terror como a aquellos aldeanos de vida sencilla que imaginaban cómo todo quería transformado en función del revolucionario automóvil. Desde un punto de vista técnico lo que se está produciendo es un colapso del sistema en su estructura de funcionamiento para dar paso a una especie de parasistema económico caracterizado por la falta de regulación. Las máquinas no tienen derechos, no hacen huelga, son productivas por definición y sobre todo: evolucionan hasta conseguir el mejor rendimiento en menos tiempo. Pero hay algo aún más peligroso para el ser humano que su sustitución en determinados trabajos —por ahora, por fortuna, son muchas las profesiones donde la IA no podría competir con nosotros—, y esto es la generación de códigos capaces de descifrar y mejorar los códigos generados tradicionalmente o incluso aquellos que conforman nuestra identidad como especie.
No es exagerado afirmar que Internet está en peligro: el control de la información puede ser llevado a cabo al instante por las plataformas que adopten los nuevos ecosistemas de IA, de tal manera que cualquier idea «maliciosa» expresada en redes podría ser eliminada o suplantada, favoreciendo de este modo el advenimiento de sistemas políticos autoritarios. También está en peligro el sistema bancario mundial que podría ver cómo un robo de datos entre máquinas podría desfalcar las arcas de países enteros. Y está en peligro, cómo no, la manipulación y creación de códigos genéticos, es decir: la vida misma, y nosotros mismos. ¿Se imaginan una IA haciendo millones y millones de pruebas aleatorias hasta conseguir una mutación en el ser humano que nos haga «más inteligentes»? Vivir en tiempo real nuestra propia evolución adaptándonos al medio puede no resultar divertido.
Hay que ponerle freno a la IA, comentan secretamente los ingenieros que participan en la creación de nuevas y más potentes características de la IA. Y científicos, como el premio nobel de Física Geoffrey Hinton, ya han dado la voz de alarma sobre los peligros de la IA; sin embargo, tal y como sucedió con el automóvil, esta temida tecnología seguirá su camino y abrirá tantas autopistas artificiales y reales como sean necesarias. Los indudables beneficios en áreas como la medicina, en la lingüística o en las matemáticas, podrían no compensar los drásticos cambios que están a punto de producirse.
Espero que no tengan que pasar décadas antes de darnos cuenta de cómo el progreso también nos puede llevar a callejones sin salida, a pesar de todas las ventajas que trae consigo. Por el momento, los centros de datos que este progreso necesita se están levantando en todo el mundo, y esto lo que conlleva es un abismal crecimiento del consumo de agua y energía eléctrica.
Y no esperen que esta energía pueda ser generada por la mal llamada «renovable». En 2025, España emitió a la atmósfera entre un entre un 0,6% y un 2% de gases de Efecto Invernadero (GEI), en gran medida por el aumento de la producción de energía de ciclo combinado con gas natural —con el objetivo de estabilizar la REE y por temor a otro apagón— y esto lo que significa es que cuando los centros de datos aumenten exponencialmente para cubrir la demanda de IA, subirán exponencialmente las emisiones.
No sé si queda claro, pero dejando a un lado otras muchas cuestiones fundamentales en este cambio de era que se está produciendo, si el objetivo es encontrar una salida a la crisis climática, o la IA da con ella rápido (¿eliminando al ser humano?) o nos vamos al carajo. Les sugiero que vayan dejando el coche y que aprendan a caminar otra vez para desplazarse, si es que todavía no lo hacen. Lo de la IA ya no depende de los mortales, ella misma diseña su destino.
Fuente: enfoque – Diario de Zamora

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