
Por Enric Bonet
Periodista actualmente radicado en París.
La protesta del movimiento estudiantil, que ha sido la punta de lanza de una indignación más amplia, sume en el caos el segundo mandato de Macron.

“Los estudiantes de secundaria empezaron estas manifestaciones y ahora se han sumado a ellas los adultos. Hay un hartazgo general por el abandono de los servicios públicos y unas políticas económicas que solo benefician a los ricos”. Jeremy Boucher, de 27 años, resumía con estas palabras el origen y los motivos de las multitudinarias protestas del 17 de octubre. Este ingeniero que trabaja en el sector hidroeléctrico era uno entre las decenas de miles de ciudadanos que desfilaron durante horas el sábado por los bulevares de París. Desde las mareas sindicales de 2023 contra la subida de la edad mínima de jubilación de 62 a 64 años no se había visto tanta gente en la calle en la capital francesa.
Los numerosos disturbios –gran incendio en el Ayuntamiento de Limoges, centenares de comercios saqueados, miles de detenciones, cuantiosos destrozos…– han eclipsado en los medios mainstream otra de las realidades del sábado. Hubo una participación masiva en una jornada convocada a través de las redes sociales contra el alto coste de la vida, la precarización de los servicios públicos y las políticas económicas de Emmanuel Macron y del primer ministro, Sébastien Lecornu. El Gobierno prepara unos recortes de hasta 54.000 millones de euros para el año que viene. En las movilizaciones, a las que la CGT y los principales partidos de izquierdas se sumaron en el último momento, han participado más de 800.000 personas, según los sindicatos, y unas 550.000, según la policía.
Desde la revuelta de los ‘chalecos amarillos’ hace ocho años, esa movilización, que ya surgió por el elevado precio de la gasolina, quedó en el recuerdo entre los franceses como el único movimiento social capaz de hacerle ceder a Macron. El mandatario neoliberal ha abusado a lo largo de su presidencia de la estrategia thatcherista, basada en ignorar constantemente las reivindicaciones sociales y sindicales. Por eso, durante su caótico segundo mandado no ha pasado un solo año sin que se hablase de una posible “vuelta de los chalecos amarillos”.
Finalmente, este retorno se ha producido el 17 de octubre. Las protestas fueron una reapropiación por parte de los jóvenes del legado de 2018. No fue una jornada comparable con el 13 de mayo de 1968 –fecha de la mayor huelga general en el siglo XX en Francia–, pero sí que fue un día de convergencia de luchas, como ya había sucedido en Mayo del 68. La indignación de los estudiantes rimó con el enfado social de parte de los trabajadores.
“Cuando vi a los bachilleres manifestándose, me recordó mi juventud cuando me impliqué mucho en la lucha en la calle en 2006 contra el Contrato del Primer Empleo (más precario y destinado para los veinteañeros)”, reconoce Koffi Loukou, de 54 años y asistente de personas con discapacidades físicas o mentales. Este vecino de la periferia parisina se sumó a la marcha en París por su simpatía con los estudiantes movilizados, así como por la frustración “por casi no tener dinero en mi cuenta bancaria a partir del día 10 de cada mes”.
Más medios para la educación
Sin el potente movimiento estudiantil del último mes, la llamada en las redes a manifestarse el 17 de octubre no hubiera tenido tal alcance ni impacto. “Solo pedimos unas condiciones dignas. Las actuales solo nos permiten sobrevivir”, explicaba recientemente a CTXT Dina Atoumé, de 17 años, una estudiante de Bachillerato de Aubervilliers (nordeste de París) que participó el día 13 en una acción delante del liceo Paul-Eluard en Saint-Denis.
Aunque las movilizaciones empezaron a finales de septiembre en los centros públicos de localidades periféricas, rápidamente se generalizaron por buena parte del territorio galo. Comportaron una solidaridad, poco presente en las últimas décadas, con jóvenes blancos simpatizando con las reivindicaciones de los habitantes racializados de los suburbios.
“Queremos el Bachillerato en lugar de la Bac (unidad de policía)”, “El Gobierno prefiere el dinero en lugar de la educación”, “En lugar de preocuparos tanto por el velo islámico, podríais preocuparos más por nuestras condiciones de estudio”… Son algunos de los mensajes que los manifestantes, muchos de ellos menores de edad, han reivindicado en sus pancartas. Su principal demanda resulta sencilla y legítima: más medios económicos para una precarizada educación pública.
A pesar de ello, Macron y Lecornu se han negado a darle una respuesta política a ese movimiento. Apostaron por una dura respuesta policial con cerca de 8.000 detenidos, a los que se suman los 1.800 del sábado. La mayoría de los arrestados durante las protestas estudiantiles eran menores de edad y más de la mitad de ellos no fueron perseguidos judicialmente, tras pasar varios días en comisaría. “Nuestro objetivo consistía en dar miedo a los alumnos y a los padres para detener la revuelta”, reconoció un comisario de policía en declaraciones al semanario de investigación Le Canard enchaîné. Pero esa represión acentuó aún más la rabia social y eso se notó el 17 de octubre.
“Una de las peculiaridades de estas movilizaciones en comparación con otros precedentes es que empezó en los institutos de las banlieues”, explica la historiadora Manon Pignot, experta en los movimientos juveniles y profesora en la Universidad de Picardie Jules Verne, quien ve en el perfil de los manifestantes uno de los motivos de la dureza de la represión policial. En la rica tradición francesa de la revuelta juvenil, cuesta encontrar ejemplos de un movimiento nacional surgido a partir de los institutos de los suburbios.
Un espejo de las desigualdades económicas
“Las inversiones insuficientes en la educación pública francesa ya empezaron durante las presidencias de Nicolas Sarkozy y François Hollande, pero se han acentuado durante los diez últimos años de la presidencia de Macron”, sostiene el politólogo Stefano Palombarini, profesor de la Universidad París 8 en Saint-Denis. El actual Gobierno se defiende asegurando que destina el 5,4% del PIB al gasto educativo, un porcentaje ligeramente superior a la media de los países de la Unión Europea (5,3%).
No obstante, un informe reciente, elaborado por los economistas Élise Huillery (profesora en la prestigiosa École Normale Supérieure) y Romane Paris (del Public Finance Lab), ha revelado la insuficiente financiación de la educación pública. Consideran que hace falta invertir casi 12.000 millones de euros más en escuelas, institutos y universidades. Ese informe calcula que el gasto por alumno en Francia es entre un 15% y un 20% inferior al de sus vecinos europeos. Eso se explica por el mayor número de alumnos, al tratarse de un país que durante años se caracterizó por tener una de las tasas de natalidad más elevadas del Viejo Continente.
De hecho, la media de alumnos en las escuelas de primaria francesas es de 22, claramente por encima de la media europea (19). Y lo mismo sucede con la secundaria, con 26 alumnos en lugar de 21. La austeridad, que menoscaba la educación pública, también se nota en el problema enquistado de la falta de docentes, que está directamente relacionado con los salarios demasiado bajos de los profesores, apenas 2.000 euros al inicio de la carrera. Los estudiantes pierden de media un 10% de las clases porque faltan sustitutos, según el Tribunal de Cuentas.
“Todavía no nos encontramos en una situación como la que había antes de 1945, con una escuela para los ricos y otra para los pobres. Pero nos estamos acercando a ella”, advierte Pignot. Los bachilleres de las banlieues son los más conscientes de ello. No cuesta encontrar en esas localidades modestas liceos con graves problemas de mantenimiento, incluso sin agua potable en los baños durante meses.
A eso se le suma el malestar causado durante años por Parcoursup. Este sistema de selección universitaria no se basa en las notas. Su opaco funcionamiento puede favorecer que en carreras muy solicitadas (Derecho, Medicina…) tengan más opciones para ser aceptados estudiantes con peores notas de institutos privados o del centro de la ciudad en lugar de alumnos con mejores resultados que hayan estudiado en las banlieues. “Mi hija tenía muy buenas notas en la licenciatura, pero por culpa de ese maldito sistema no la aceptaron en ninguno de los másters que le interesaban”, se quejaba Aneta, de 58 años, una francesa de origen polaco que participó el sábado en la manifestación en París acompañada por su hija. “Es la primera vez que me manifiesto en mi vida”, reconocía.
Suprimir Parcoursup, invertir unos 10.000 millones en la educación pública, adoptar medidas para compensar la inflación… No hace falta mucha imaginación para encontrar soluciones políticas a esta crisis social. A pesar de ello, Macron, con una popularidad por los suelos –ha superado a François Hollande como el presidente más impopular de la Quinta República, según varios sondeos– parece obcecado en dar una respuesta policial y judicial. Hasta el punto de que algunos analistas ven en ello una estrategia deliberada de cara a las elecciones presidenciales de la próxima primavera.

“Si el Gobierno hubiera querido una vuelta a la normalidad, hubiera habido una negociación seria con los sindicatos estudiantiles. Pero su gestión de esta crisis me hace pensar que en ningún momento ha querido calmar los ánimos, sino favorecer el espectáculo de la violencia”, sostiene el sociólogo Éric Fassin. Según este reputado profesor en la Universidad París 8, el macronismo ha dejado empeorar la situación “para culpar, junto con los grandes medios, a la Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon”, a pesar de que esta formación progresista, con opciones de clasificarse para la segunda vuelta de las presidenciales, se limita a apoyar las protestas y a pedir que sean “no violentas”.
Esta sensación se vio reforzada el 17 de octubre. Los antidisturbios franceses, que son uno de los cuerpos policiales más armados de toda la UE, mostraron una impotencia sorprendente. Y dejaron que se multiplicaran unas imágenes de violencia urbana que refuerzan los intereses de la extrema derecha de Marine Le Pen. Macron afronta la recta final de su presidencia dejando que se pudra la crisis de régimen de la Quinta República.
Fuente: Ctxt

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