Bolivia, Bolivia, Bolivia

María Galindo
María Galindo

Por María Galindo

Filosófa, artista, feminista y activista boliviana, líder del movimiento Mujeres Creando.

La columna vertebral de la rebelión está marcada por las organizaciones campesinas indígenas aymaras y quechuas que votaron por el actual presidente y que exigen “la devolución del voto” por publicidad engañosa

Manifestaciones en El Alto, epicentro de las movilizaciones en Bolivia.
Manifestaciones en El Alto, epicentro de las movilizaciones en Bolivia.

En ausencia de discurso político, fue la repetición del nombre del país el sello retórico del actual presidente. Lo tomo prestado para delinear el lugar desde donde escribo.

Bolivia: lugar en el mundo del que se habla única y exclusivamente cuando hay revuelta popular, para luego depositarlo en el buzón de lo no existente, no relevante, no interesante para el mundo.

Bolivia: lugar donde Evo Morales ejerció el cargo de presidente durante 14 años, habiendo cometido durante sus mandatos estupro continuo contra jóvenes menores de edad provenientes del movimiento indígena campesino. Casos que fueron conocidos ampliamente por la izquierda nacional e internacional, que a título de glorificar a un presidente indígena le justificaron todo, incluido ese hecho. 

Bolivia: lugar en el mundo donde las luchas anticoloniales son pan de cada día, donde hay una democracia popular paralela fuertemente extendida, donde hay niveles de pobreza extrema que hablan de problemas estructurales no resueltos tampoco por las gestiones de Evo Morales, donde los índices de feminicidio son los más altos del continente y un largo etcétera que sería importante conocer para poder entender el contexto.

Reporte de hechos

No se ha dictado aún el estado de sitio, pero la ley para regularlo avanza rápidamente y ya se han producido las primeras detensiones violentas donde abiertamente se ha privado a los y las detenidas de acceso a la defensa; y se ha enviado al presidente de las Juntas Vecinales de la Ciudad de El Alto a la cárcel por asociación delictuosa y terrorismo, criminalizando una importante organización popular que goza de legitimidad y experiencia de lucha. 

Se ha abrogado también la anterior ley de estado de sitio cuyo artículo más importante contemplaba responsabilidades civiles y penales para todos los servidores públicos militares y policiales respecto de sus acciones sin que puedan alegar haber estado obedeciendo órdenes.

La modificación de esa ley, que probablemente para cuando ustedes estén leyendo este artículo ya habrá sido aprobada, elimina esa condición y en su lugar compromete al Estado a la defensa jurídica de los policías o militares que pudieran ser a futuro acusados por sus actuaciones en un estado de sitio. En pocas palabras ha sido restituido el derecho de matar y la garantía de impunidad en ello para el Estado. 

La nueva ley restituye  el derecho de matar y la garantía de impunidad en ello para el Estado Ha sido nombrado como ministro de defensa Ernesto Justiniano, quien es un operador conjunto con el jefe del Comando Sur del Ejército de los Estados Unidos.

La “revolución” que quieren aplaudir no será mañana

La revuelta popular en curso es profunda, no se trata de un movimiento reivindicacionista sectorial; se trata de un descontento social extendido, legítimo que tiene como base lo que yo llamo agenda política popular. Es una agenda que, más allá de lo inmediato, se pregunta por el futuro de las empresas estatales, por el régimen agrario, el precio de la canasta familiar, el precio y abastecimiento de hidrocarburos y un largo etc. 

No quiero que se hagan una idea romántica, es una agenda popular que moviliza pero que está dispersa, y no hay quien la aglutine como sujeto político colectivo y la formule ante el Estado en el formato de “solicitud” entre comillas. Una solicitud que estaría más cerca de ser un plan de gobierno que de una simple demanda social. En la Bolivia post Evo Morales hay un horizonte popular que no se puede tildar de “evismo” o “masismo”. La columna vertebral de ese horizonte está marcada por las organizaciones campesinas indígenas aymaras y quechuas que votaron por el actual presidente y que exigen “la devolución del voto” por publicidad engañosa. El sentimiento de burla ha tomado la forma de una rabia profunda. Al mismo tiempo, el conflicto lleva ya abierto más de 30 días. Hay desesperación, hambre y un colapso de la economía boliviana en todos los sectores, pero lo sufren con mayor fuerza quienes se encuentran en formas de subsistencia cuentapropista.

La respuesta gubernamental ha llevado la carta del diálogo al desgaste extremo. No es que las organizaciones no quieran dialogar, es que la credibilidad del gobierno es nula. 

Ante este panorama, la opción de la represión sangrienta y el miedo se cierne sobre la sociedad, una sociedad que hace poco tiempo, en 2019, enfrentó una masacre en la ciudad de El Alto, en una de las zonas más populosas y combativas como es Senkata, donde está instalada la planta de distribución de diesel y gasolina.

Hay un llamado al desacato civil masivo del estado de sitio, inclusive alguna senadora que representa a la ciudad de El Alto, pero inscrita en la derecha, ha votado en contra de la nueva ley, seguramente por salvar su seguridad personal. Menciono estos detalles que quizás a miles de kilómetros se diluyen para que se hagan una idea de la complejidad del panorama.

Originalidad del proceso boliviano; aquí no votamos por la agenda colonial

El desenlace de esta revuelta no lo sabe hoy nadie, ni dentro del Gobierno, ni en las dirigencias de las organizaciones sociales.

Bolivia, a diferencia de Argentina o Chile, no votó por la agenda colonial, votó en contra de ella con todo el respeto, el amor y la alianza que sostenemos con organizaciones en ambos países. Tampoco es un escenario comparable al Perú, porque Bolivia no ha sufrido el proceso Fujimori de aniquilamiento completo de las dirigencias del movimiento popular que se encuentran apenas reconstituyéndose. No subrayo esto por nacionalismo, lo hago para frenar generalizaciones gruesas sin matices que son tan frecuentes cuando se ensayan frases fáciles en un set de radio o televisión. 

La carta del diálogo la ha gastado el propio Gobierno siguiendo las órdenes de Fernando Cerimero, asesor del presidente. Descalificando las movilizaciones, exaltando el racismo y manteniendo un tono paternalista que no tiene cabida en la politicidad de la calle. La deslegitimación desde la narrativa imperialista que afirma que la movilización está financiada por un narcoterrorismo conducido por Evo Morales irrita en las calles. Irrita también en las pantallas porque Evo y sus más represores exministros como Juan Ramon Quintana se victimizan estableciendo una relación utilitaria con la movilización. No sé cómo hay que decirlo, Morales no es el conductor de este proceso, su vida no es la motivación central y sostener ese discurso resulta muy útil a la extrema derecha. Ojalá puedan entenderlo.

Rodrigo Paz, un tonto útil

La extrema derecha, que perdió frente a Rodrigo Paz, hoy lo apoya decididamente y lo empuja a que declare el estado de sitio, que es masacre sangrienta segura. Me atrevo a hipotizar que se viene una ola represiva y sangrienta, una caza de brujas y descabezamiento del movimiento popular, probablemente inclusive la toma de Evo Morales. Esto con el fin de instalar una balanza, dispersar y reprimir al movimiento popular a cambio de darle el pírrico gusto de que Rodrigo Paz tenga que renunciar para que el imperialismo cambie al propio Paz por alguien que encarne con mayor decisión la agenda colonial. El imperialismo lo respalda para usarlo y luego quemarlo y abandonarlo. Para que el día después venga la agenda colonial como opción democrática. Por esa razón es un error político centrarse en la renuncia de Rodrigo Paz sin aportar ninguna pista del día después, típico fenómeno que no supera el veto como horizonte.

Por otro lado, acá no hay dos frentes enfrentados, este relato no va de gobierno vs. movilización popular. Hay un tercer sujeto que es el pobre, la pobre, el/la empresario pequeño,  el/la estudiante universitaria harta de caminar, empobrecida también por el propio bloqueo. Es a esa población donde está yendo toda la carga de la narrativa gubernamental. Están buscando ganarse población civil a su favor. Mientras que el movimiento popular, justo por lo que he denominado la presión patriarcal, ha confundido firmeza con intransigencia. No ha abierto los corredores humanitarios necesarios, o los está abriendo muy tarde. 

El martirio y la presión patriarcal

El movimiento popular boliviano es una sucesión de sacrificios y martirios para gloria de los que nunca son baleados, los dirigentes. El llanto es parte de nuestra envoltura sonora, es como si ese martirio estuviese establecido antes de que suceda, tal cual en el relato del cuento de García Márquez: Crónica de una muerte anunciada.

Quiero decir que la muerte te busca hasta encontrarte de regreso a tu casa, en tu puesto del mercado, en una concentración a la que asistes bajo el turno riguroso que te toca, no por plata, ni por obediencia ciega, sino porque eres parte de un sujeto colectivo que te pide la vida para cobrar sentido histórico. 

Se vocea en las protestas y cabildos: no tenemos miedo de morir, porque ya sabemos morir, porque conocemos la muerte, porque todo lo construido es sobre nuestros cadáveres. 

Las mujeres son, de forma masiva, por un lado a través de la organización llamada Bartolina Sisa, parte fundamental de esta movilización. Son miles las movilizadas,  toman la palabra en cabildos y ampliados (manifestaciones) y hay una convicción propia sobre esta coyuntura. No se imaginen que acá los machitos mandan y las compañeras obedecen. No es así. Sin embargo, la presión al heroísmo, la presión al sacrificio, que yo califico como presión patriarcal, es algo que ellas también han asumido en su discurso público.

Son particularmente sensibles a los discursos racistas porque su vestimenta es emblema de estas luchas; el aguayo en la espalda y la pollera. Son las que con mayor carga de tristeza cuestionan a la policía como a sus “hijos”, porque ser policía es un lugar aspiracional para el movimiento indígena. 

La revolución que quieren aplaudir no será mañana, porque es una revolución en curso desarrollada ya hace muchos años. No será mañana, porque para comprenderla hay que cambiar el concepto de Revolución maximalista y finalista que el patriarcado ha acuñado. Es una revolución que no se agota en el control del Estado, porque hace del cuerpo territorio y del territorio cuerpo, pero en un código sacrificial. Esa revolución es experta en instalar el veto, el no pasarán. Hoy en Bolivia el precio inclusive de la vida está firmemente plantado ahí. 

Rodrigo Paz, tu familia es la oligarquía, tu Dios el capitalismo y tu patria el imperialismo.

Fuente: Ctxt

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