De piedra

Alba E. Nivas
Alba E. Nivas

Por Alba E. Nivas

Autora – Ecología – Feminismo – Espiritualidad – Investigadora. París, Isla de Francia, Francia.

Crónica personal de la manifestación estudiantil del 6 de octubre en París.

Las cabezas de piedra no piensan, pero no puedo evitar barruntar qué opinaría Voltaire de lo que sucede ante sus ojos en los últimos días. Seguramente no se sorprenda. Tallado desde 1891 en la cornisa del liceo que lleva su nombre, ha debido presenciar multitud de episodios de la vida parisina. Ennegrecida por la contaminación o por la humedad, su digna quijada acaso agradezca las altas temperaturas de un otoño que todavía no ha hecho acto de presencia.

Busto del filósofo francés Voltaire, situado en una de las cornisas del liceo de la avenida de la République de París.
Busto del filósofo francés Voltaire, situado en una de las cornisas del liceo de la avenida de la République de París.

Dubitativos, los tilos de la avenida de la République prosiguen a duras penas la labor fotosintética mientras, a su sombra, se congrega un grupo de estudiantes, padres y profesores al que me sumo sin mi hijo. Por lo visto la vergüenza adolescente que le provoca desfilar conmigo es superior a sus fuerzas reivindicativas. Leo las pequeñas pancartas de cartón improvisadas por los estudiantes y me pregunto también qué diría Roland Barthes, antiguo profesor de letras del liceo, de semejante ejercicio de narrativa colectiva. 

Bajo un radiante sol de mediodía descendemos por la avenida en dirección a la Plaza de la République donde, en apoyo a las movilizaciones de los estudiantes, se concentran diversas organizaciones sindicales y militantes del LFI (la Francia Insumisa) para iniciar la marcha colectiva en defensa de la educación pública. En las proximidades, varios cordones de policías del rédoutable cuerpo antidisturbios CRS, pertrechados de corazas negras y todo tipo de artilugios contra la guerrilla urbana, inspeccionan con el rostro cubierto los bolsos y las mochilas de los estudiantes. En esos mismos instantes, en la Asamblea Legislativa tiene lugar un áspero debate sobre la violenta represión policial contra los menores. Tras la amputación de la mano a un adolescente por una granada lacrimógena, la indignación social sube de volumen. En las redes se difunde rápidamente una petición popular en la web de la Asamblea Legislativa para prohibir el uso de armas mutiladoras y técnicas de inmovilización letales contra los estudiantes que bloquean de los liceos.

Al llegar a République me abro paso hacia las banderolas blancas de la FCPE (Federación Nacional de Asociaciones de Padres de Alumnos) que nos han dado cita frente a un café. La media de edad de los manifestantes es tan joven que nos sentimos abrumados por el olor a hormonas que flota en el aire. Por las calles adyacentes continúan llegando hordas de adolescentes. La plaza está abarrotada. El ambiente es festivo, bon enfant, como llaman los franceses a las reuniones pacíficas y amigables. Los chavales más osados trepan a las marquesinas de los autobuses para tocar la percusión con los carteles metálicos y poner ritmo a las consignas. La más coreada: Siamo tutti antifascisti. 

La opinión pública comparte mayoritariamente las quejas de los jóvenes por el deterioro de las condiciones escolares. Masificación de las clases, horarios sobrecargados, sueldos miserables, ausencias repetidas de profesores sin sustitución, degradación de los establecimientos, inadaptación de las aulas a las canículas, un dispositivo de orientación y acceso a la enseñanza superior kafkiano e ineficiente. Si bien el Ministerio de Educación reconoce la gravedad de los problemas, la mezquina condescendencia de la respuesta oficial a las reivindicaciones de los estudiantes causa perplejidad. Las prioridades políticas están claras. En el proyecto de ley de presupuestos, frente a un raquítico aumento del 2% para la educación pública, las partidas destinadas al gasto militar y pago de los intereses de la deuda pública crecen respectivamente un 11% y un 27%. 

De piedra parecen las cabezas de los tecnócratas nacionales y europeos que nos gobiernan, inorgánicas y frías como el cálculo de los intereses a los que sirven. Barrunto de nuevo qué pensaría Voltaire del dogma del crecimiento convertido en religión oficial del Estado, si levantaría las cejas ante la trágica pasión europea por la economía especulativa, asumida por la opinión pública con mayor fatalismo que la muerte misma. Mientras termina el fiasco del segundo quinquenio de Macron y los líderes de las distintas fuerzas políticas se disfrazan de vedettes presidenciables con improvisados programas electorales en los platós televisivos, la juventud hace un ejercicio de lucidez inopinado.

El cortejo avanza muy lentamente. Empiezan a dolerme las rodillas. Al cabo de tres horas decido dar media vuelta. Se me ha hecho tarde, tengo recados que hacer. Camino a contracorriente pegada a los edificios, cada vez más atónita por la masiva afluencia de manifestantes. No terminan de pasar. Decenas de miles de jóvenes desfilan hacia la Place de la Nation con insolente alegría. Alumnos de liceos parisinos y del extrarradio, adolescentes de todas las etnias, ascendencias y categorías sociales, vestidos de las más diversas maneras. Da gusto ver sus cuerpos ágiles, la tersura de sus pieles, los ombligos al aire, las sonrisas de ortodoncia.

Desmintiendo los clichés que los denigran, los jóvenes avanzan nimbados de osadía, diciendo, alto y claro, que no están dispuestos a plegarse ni ante el fascismo ni ante la violencia de la policía. Avanzan por millares, hermosos y reales, mucho más reales que los barriles de brent, la prima de riesgo, el porcentaje del PIB, los sondeos electorales, las ruedas de prensa. Orillados en las aceras, desde balcones y ventanas, en oficinas y viviendas, los adultos observan en silencio la arrolladora energía de la juventud sin anestesia. Una poderosa alquimia de cólera y ternura electriza la atmósfera. El eco de las consignas rebota contra la piedra de las fachadas haussmanianas que de pronto parecen más teatrales que nunca. El telón se ha abierto, la función se ha detenido. Les enfants de la patrie se niegan a asumir el papel de víctimas sacrificiales.

Algo más tarde, a la altura de la Place de la Nation como viene siendo habitual, la manifestación degenera en violencia policial y la multitud se dispersa. La chispa sin embargo ha prendido, para la mayoría de la gente la represión de los menores resulta dolorosa e intolerable. Mientras escribo estas líneas, las reivindicaciones estudiantiles ganan el apoyo de una sociedad que, como la española, atraviesa momentos críticos. A medida que la contracción de la economía real se hace evidente, gran parte de la población prefiere mirarse el ombligo en el cuadrilátero ilusorio de la seguridad allanando el paso a la crueldad y el racismo. 

Que nadie se llame a engaño. Los adolescentes se mueven por el mundo virtual con una destreza y celeridad apabullantes, pero sus sistemas nerviosos siguen conectados a la biosfera. Respiran. Sus organismos crecen, sus mentes expanden nuevos códigos humanos. Por sus venas fluyen los ríos del mañana. A diferencia de tanta gente adocenada por la megafonía tecnofascista y la angustia que suscita el nuevo régimen climático, los jóvenes no están dispuestos a emprenderla contra sus semejantes porque comparten referencias muy parecidas. Se saben interconectados dentro de un planeta que da señales cada vez más alarmantes de agotamiento. 

Los adolescentes que hoy luchan por su derecho a la educación están abriendo las grietas del futuro. Avanzan, armados de inocencia, hacia un mundo que todavía no ha sido escrito.

Fuente: Ctxt

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