
Escritor, director de cine y activista nacido en Buenos Aires (Argentina) y radicado en España.
¿Resolvemos el síntoma o la enfermedad?

Cambio en el espíritu
Es una alegría formar parte de la acampada. Es una demostración de que la ciudadanía puede convocarse, organizarse, colaborar, compartir desde la mera alegría de poder hacerlo.

En la acampada se revierten los “designios” del capitalismo que nos aíslan y nos deprimen: individualismo, competencia, el dinero como única motivación. Aquí regresamos a una vida en contacto con los otros.
Además, no hay perros y nadie toca la flauta.
Política ciudadana
También es una alegría formar parte de una asamblea. La búsqueda de consenso por encima de la dictadura de las mayorías.
Nos devuelve la posibilidad de ser conscientes de que muchos aspectos de nuestras vidas no dependen de la “voluntad política” de un grupo parlamentario que no nos representa. O del mercado.
En una asamblea entramos de nuevo en contacto con la política que podemos hacer cuando nos prestamos un libro, cuando decidimos en conjunto qué hacemos con nuestro dinero, qué financiamos y qué boicoteamos.
También, cuando decidimos qué emociones nos inundan ante la adversidad. Y cuando sentimos que somos capaces de producir cambios por nosotros mismos. Y por ese camino vamos.
Cambio en el discurso de los medios
Hace menos de dos semanas los medios insistían con el lema de que “la juventud vota a la derecha”. Eso cambió el último sábado cuando la acampada, el cordón social y los antifascistas expulsaron a Núcleo Nacional de Sol.
Este “grupo” y el resto de los grupos fascistas son el brazo de violencia ilegal que usa la clase capitalista cuando no puede usar la violencia legal de la policía. Se les terminan los recursos; vamos ganando nosotros.
Nuevo lema: esperanzas renovadas
Ahora el lema en los medios es otro: “Madrid será la tumba del fascismo”. Y hay que sostener este lema hasta las elecciones.
Hay que conseguir que nuestros cuñados lo escuchen en la tele y lo lean en los periódicos incansablemente, hasta que empiecen a repetirlo y lo piensen ellos mismos con un sobre en las manos y un voto en una urna.
Si la “cultura dominante” es la cultura de la clase dominante, ahora mismo, en Madrid, la clase dominante es la clase trabajadora. Nosotros dictamos la nueva “hegemonía cultural”.
La legalidad de la huelga, un interrogante
Hay una serie de obstáculos para conseguir que la huelga general sea legal. Pueden volverse el mapa de una estrategia para conseguirla, pero con el riesgo de perder el rumbo en el camino.
El riesgo de confundir la meta: la huelga general es un vehículo, no el fin en sí mismo. No podemos condicionar los objetivos de la huelga “para conseguir que sea legal”. Y aquí viene el mayor interrogante.
¿Cuáles son los objetivos?
El eje, como decimos, es el acceso a una vivienda digna. Pero hay compañeros de acampada y asamblea en riesgo de exclusión social que tienen reclamos más urgentes. El sinhogarismo es una epidemia.
Además, el salario mínimo está desacoplado del aumento del costo de vida y del acceso a una vivienda, y si se ajusta, pero los alquileres aumentan, de poco servirá el ajuste.
Hay que atacar la enfermedad
El problema de la vivienda es tangible y transversal, por eso preocupa y convoca. Pero no se puede tratar aisladamente del resto de los problemas de la clase trabajadora y no podemos contar con la clase política para resolverlo.
¿Por qué no podemos articularlos a través de nuestros representantes?
La crisis de representación política tiene una explicación: bajo la democracia representativa el poder económico ha encontrado la manera de comprar poder político. Y eso es lo que condiciona nuestros derechos y nuestras vidas.
Cuando no lo consigue, porque un partido no se deja corromper, ataca a sus miembros hasta destrozar sus vidas para desalentar nuevos intentos.
Entonces, ¿cómo articulamos todos los reclamos pendientes?
Hay pistas en la historia de las huelgas
En la antigua Roma, las “secessio plebis” han conseguido representación de la clase trabajadora en el poder político. Por ejemplo, representantes de la plebe con derecho a veto en el equivalente al parlamento.
De esta acampada y de estas asambleas puede crecer un nuevo partido político, o podemos “secuestrar” un partido político ya existente e intentar que vote nuestras decisiones. Todo bajo el riesgo de repetir errores recientes.
Pero también podemos extender nuestra organización natural, las asambleas ciudadanas, al espacio del poder político, cuidando de que no puedan ser compradas o destrozadas por el poder económico.
Estamos ante una posibilidad única
Con la huelga general podemos exigir que nuestras asambleas ciudadanas tengan una representación en el parlamento con derecho a veto y con la posibilidad de hacer frente a una mayoría parlamentaria que el poder económico puede comprar.
Con esto, y construyendo consenso, no solo podemos conseguir el derecho a una vivienda digna, también podemos redactar decretos y leyes sobre las otras problemáticas de la clase trabajadora.
Con esto, podemos llevar nuestros reclamos a votación sin tener que jugar al juego de cartas de la política partidaria que nos ha traído hasta aquí, y sin llamarnos a manifestaciones cada vez que se recortan nuestros derechos.
Con esto, quizás, finalmente podamos avanzar en materia de derechos y expulsar al poder económico de nuestros parlamentos.
Habrá resistencia, pero la acampada y las asambleas ponen de manifiesto que estamos preparados para demostrar que, a partir de ahora, la clase trabajadora es nuevamente la clase dominante. Gobierne quien gobierne.
Fuente: Ctxt

Deja una respuesta