Después de morir en el mar

Karima Ziali
Karima Ziali

Por Karima Ziali

Escritora, filósofa y antropóloga. Nacida en Marruecos y criada en Catalunya, se dedicó a la docencia hasta que decidió tomarse en serio como escritora e investigadora.

Lo que deja abierto Ceuta es el poder de quienes carecen políticamente de este

Migrantes en Ceuta tras su llegada el pasado jueves 30 de julio.
Migrantes en Ceuta tras su llegada el pasado jueves 30 de julio.

Escribo y, a pesar de todo, he sufrido de una incapacidad verbal para narrar Ceuta. Inaugurada la calma –que tan solo es el silencio de los medios–, asumo lo único que sé hacer en estos momentos: transcribir la genealogía de una esperanza. En efecto, Ceuta ha sido el territorio sobre el que se han dibujado las trayectorias coreográficas del poder, de la miseria y de la sobreexplotación visual de ambas.

Siempre que observo estas imágenes pienso que reconoceré el rostro de algún primo, alguna prima, tío, tía, vecino o vecina captadas por las impúdicas cámaras omnipresentes. O que tal vez, mientras trasteo en casa, escucharé una voz familiar que, queriendo o sin querer, hace del infierno personal un relato viral; más viral para el que pone el micrófono que para quien dispone y expone su cuerpo. 

Rostros y voces me resultan cercanos, pero indiscutiblemente, me quedan lejos. Jamás he tenido que huir como huyen ellos, pero reconozco en mí el motivo por el que se quieren ir. El privilegio que persiguen lo encuentran en quien regresa cada año a Marruecos con un coche reluciente, ropa, mucha, hasta salirse de los bordes de la maleta, impoluta y con etiqueta de recién comprada, la piel radiante que desprende perfumes excesivos, el bolso de iniciales reconocibles que cuelga del hombro. El privilegio no se reduce a lo material, es la riqueza de imaginar que todo esto es posible y está cerca.

Todas las fantasías pseudohippies, que apelan a la renuncia y a su autenticidad como forma de felicidad inherente a ciertos países (léase Marruecos), se sostienen sobre el privilegio de la inapelable seguridad que las circunda: es la imaginación de quienes se saben con la certeza de que todas las posibilidades de vida están siempre a su alcance. Si mañana uno o una se agota de vivir descalza con los pies negros en una remota aldea y de lavar la ropa a mano, siempre puede comprarse un buen par de zapatos y una lavadora ecosostenible. Las posibilidades de imaginar y, por ello, de disponer de los privilegios de la imaginación son infinitas.

Con esto en mente, la realidad de las preguntas y las expresiones que he escuchado estos días en Ceuta cabalgan en mi cabeza: ¿Cuándo podremos tener papeles? ¿Y trabajar? ¡Queremos ir a Europa! ¡Queremos derechos! La contundencia de sus aspiraciones no deja lugar a dudas de todo cuanto carecen. Empecemos entonces por buscar dónde interseccionan todas estas frases, dónde se conjugan y explotan para incomodar y para reacomodar los privilegios de todo tipo. Tal vez, quien haya leído hasta aquí solo haya asociado privilegios con un rostro blanco y más bien de facciones europeas. La fantasía de los privilegios no es tan monotemática. 

De entrada, jamás el mundo es tan simple y reducido. Y si lo es, simple y reducido, la complejidad de la maraña nos atrapa para terminar viendo hilos enredados. Tratemos de desenmarañarlos. Papeles y trabajo. ¿Acaso se reduce a esto la vida? Si nadie se imagina reducido a un puñado de documentos y a un salario, ¿por qué deberíamos pensar que quienes cruzan la frontera mueren en el mar solo por ellos? Después de morir en el mar, la vida sigue inconformista y revuelta. 

Cada una de las vidas se empuja la una a la otra en el denso ecosistema marroquí porque la existencia bulle, ama y vibra por sí sola y la presión de la frontera es un elemento que tensiona más la vida, la hace más sufrible y dispuesta a removerse en las limitaciones que establece. Complejizar estas vidas no es una concesión, es tratar de buscar una visión que deje de burocratizar las pulsiones y las haga emerger desde su fuerza original. Tal vez, el miedo que representan las 50.000 personas que llegaron a Ceuta, expandiéndose por el mar como algas que solo reconocen la libertad de movimiento como su posibilidad de existencia, solo se puede paliar con la superficialidad y la planicie de la burocratización de las vidas. Pues de este modo, se vacía a las vidas ávidas de libertad, plenitud y voluntad.   

Es por esto que, en medio de tanta confusión, hablamos de las personas marroquíes que cruzaron hacia Ceuta como si fueran títeres pasivos en manos de unos u otros. Ya sea un rey que usa a sus súbditos como carne de cañón o de un puñado de ultraderechistas, el caso es el mismo: la vergüenza y el pecado es la pobreza. El privilegio, como decía, no se reduce a un rostro blanco. La pobreza, para un monarca déspota, es el despojo que revela la paradoja de su existencia: es el tesoro que más brilla entre tanta miseria; miseria que por cierto necesita sin condiciones para reafirmar su mera existencia. Porque ¿quién brillaría en el firmamento de un país donde la pobreza se desvaneciera? Para un ultraderechista, la pobreza es también un filo de contradicción irresoluble: la pobreza nacional solo se explica por la pobreza extranjera. Esta, de tan miserable que es, viene a robar lo poco que tiene la miseria nacional. De nuevo, se necesita movilizar a la pobreza, nacionalizarla y elevarla al noble sentimiento del patriotismo. Usar a las personas, tener el privilegio de disponer de estas para reafirmarse y seguir cebando ya sea a la corte o a ciertas oficinas partidistas, no es exclusivo de quienes visten babuchas y tarbush.  

La frontera es un lugar donde ocurre la verdad desprovista de andamiajes. En esta frontera, no hay medias tintas. Su inquietante forma de expresar la verdad hace que las imágenes nos roben el sentido del entendimiento. La frontera, cataplasma con sal para las heridas, se descubre frágil y porosa ante la fuerza de algo que siempre leemos como etéreo y volátil y, sin embargo, tiene la capacidad de deformar los muros y las vallas, igual que el agua del mar erosiona las rocas: la imaginación, si bien es cierto que no arrolla como un camión, mantiene una constancia en el movimiento, una perpetuidad que la vuelve eficaz para desarmar la dureza de las rocas dictatoriales y extremistas. Imaginar es una cuestión de privilegio, pero este, como hemos visto, no tiene un único rostro por mucho que haya sectores que se empecinen en monopolizarlo.

Pero creo que queda un último lugar al que ir para narrar el poder de la imaginación y el privilegio que conlleva. Un lugar incómodo, pero que debiera servir para hacer un análisis más profundo y afectivo. Este lugar donde se gesta la imaginación es tan arcaico y tan orgánico en sus formas, que hemos olvidado cómo funciona: proyectar a los hijos hacia adelante, no como balas, sino como la extensión de una piel que cuida y ampara, colocarlos en el trampolín de los privilegios, donde siempre hay agua limpia que amortigüe el salto y, sobre todo, apostarlo todo a los brazos que algún día aprendieron a nadar en líquido amniótico que nutre. 

De todos las figuras mencionadas, reyes, ultraderechistas, pseudohippies y traficantes mediocres de información, hemos evitado a toda costa buscar en la genealogía de la esperanza el rostro de las madres. Ellas, privilegiadas por su amor y sufrimiento perpetuos, intiman con la paciencia del agua para erosionar la dureza de la vida. Ellas, que esperan el regreso tardío y a veces eterno de los hijos, son canales que agitan la imaginación de los hijos: una vida mejor para ellos es sine qua non, una vida eterna. Y recordemos que privilegio no se reduce a la posición social que confieren las posesiones materiales, sino a la capacidad de imaginar y movilizar la imaginación. El privilegio viene de la posición única que ocupa la madre: entre el amor y el cuidado, la firmeza y la exigencia, es capaz de organizar el mundo afectivo que impulsa a imaginar otras formas de vivir. 

Los privilegios tienen rostros inesperados porque la maternidad pocas veces se lee en clave política. Lo que deja abierto Ceuta es el poder de quienes carecen políticamente de este. Y esto es clave; si las madres son figuras invisibles en todo esto es porque yace en ellas la profundidad sísmica de un privilegio: amar a los hijos es político, porque sacude la voluntad de los hijos, la envuelve en una proyección imparable y desorbita las fronteras impuestas. Y por esto mismo, vale la pena preguntarse por la dirección que puede tomar esta fuerza y cómo puede impulsar una imaginación que genere nuevas formas de habitar Marruecos para que, de las babuchas y el tarbush, nazca una rosa silvestre.

Fuente: Ctxt

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