
Por Carlos Hernández de Frutos
Periodista español especializado en política, cultura y derechos humanos. Actualmente compagina su labor como redactor y Community Manager en la revista digital CTXT con la dirección de El Contextador.
Los jóvenes se organizan para resistir durante semanas en una miniciudad hecha de tiendas de campaña. Todos tienen muchísimos motivos para aguantar viviendo al raso.

El 28 de septiembre, Nata (35), por fin, se mudó al centro. En concreto, a la intersección entre la calle Nati K-Macho y la plaza Bakunin, justo en frente de la cola de ‘La Ballena’ de Sol: “Un sitio privilegiado, la verdad”, reconoce la afortunada. No siempre fue así.
Aquel lunes, previo a la primera remodelación urbanística de la acampada, decenas de tiendas de campaña se agolpaban en los, por entonces, últimos huecos cubiertos por la precaria estructura que permitía cobijar el asentamiento en el que un puñado de manifestantes habían decidido continuar la protesta por el desahucio de Maricarmen.
Nata llegó a Sol sobre las ocho de la tarde cargada con una tienda Quechua 2 Seconds verde, un saco y un par de esterillas: una para ella y otra para su amiga Julia. Era tarde. El llamamiento a “desbordar las plazas” por parte de los organizadores de la manifestación del 26S en Madrid había superado todas las expectativas.
Con ayuda de sus futuras vecinas, las dos amigas lograron escarbar un último hueco en la zona previa a la “protoperiferia” que un par de intrépidas tiendas comenzaban a dibujar en dirección a la estatua del Oso y el Madroño. Aparentemente, en Sol ya no cabía nadie más.
“Creo que todo esto me interpela directamente”, reconoce Nata, compañera de piso provisional de Julia en la actualidad. En menos de dos meses, ha tenido que dejar el piso que compartía con su ex en Villaverde y perdido el trabajo indefinido en una compañía de teatro que le permitía fantasear con meterse en una hipoteca. Mientras se enfrenta a la epopeya de encontrar un alquiler accesible en Madrid –“a través de amigas o conocidas, en Idealista ni de coña”–, comparte piso, y ahora tienda, con Julia.
“El sábado no pude ir a la manifestación, pero decidimos acercarnos el domingo al acto de Sol que vimos en redes, y fue de lo más emocionante que me ha pasado en mucho tiempo”, comenta Nata. “Ver a tanta gente de todas las generaciones abarrotando esta plaza para luchar juntas por nuestro derecho a tener una vida digna fue un chute de energía y optimismo. De repente, te sientes acompañada. Sientes que hay miles de personas sufriendo por lo mismo. Que no estás sola”.
Sandra y María, vecinas de K-Macho Nº9, también siguieron este acto a través de streaming desde Valencia. “Sentimos la necesidad de vivir todo esto, de ver lo que se está moviendo aquí y volver a nuestra ciudad a seguir peleando desde allí”, afirman las dos amigas antes de regresar a casa para asistir a una de las decenas de manifestaciones convocadas el sábado 3 de octubre en, prácticamente, todas las capitales del país.
“Nosotras no tenemos una situación tan dramática”, dice Sandra “yo pago 330 compartiendo con dos amigas: un privilegio teniendo en cuenta los precios allí”. “Y yo (María) pude comprarme un piso en propiedad con ayuda de mis padres. En las afueras, eso sí; en mi barrio de toda la vida, Camins al Grau, era imposible”, lamenta mientras se afana en enrollar el saco en el que ha dormido las dos últimas noches. “Pero esto no va de la situación de cada una. Todo mi círculo está teniendo que volver a casa de sus padres. Estamos aquí por todas ellas. Por humanidad. La vivienda es un derecho”, sentencian.
Es martes. Nata regresa a Sol después de pasar por casa para ducharse, comer algo caliente y seguir por el rabillo del ojo un programa de la tele en el que comentaban los dos decretos aprobados en el Consejo de Ministros. La acampada es otra. La recién creada comisión de gestión urbanística había convertido el intransitable conglomerado de tiendas que dejó por la mañana en una verdadera ciudad en miniatura. Su tienda ya no era la penúltima del campamento, sino una cotizada parcela rodeada de servicios y amplias plazas marcadas en el suelo con cinta de carrocero “a lo Dogville”. “A mí se me ofrecen hoy 50 pavos por este sitio y me monto la tienda al otro lado de ‘La Ballena’. Seguro que en unos días está igual de bien que esto”, bromea. El rentismo engancha.
Los “culpables” de la gentrificación de K-Macho con Bakunin tienen su centro de operaciones en La Ferretería. A esta carpa blanca situada en el corazón de la acampada llegan cada día decenas de lonas, palos de escoba, cinta, garrafas para hacer contrapeso y cualquier material necesario para completar el proyecto de cubrir con toldos la Puerta del Sol en el que el ayuntamiento de Almeida lleva invertidos casi dos millones de euros.
“Esta es la comisión más importante. Sin el trabajo que hace esta gente, habríamos durado dos días”, comenta uno de los acampados que se ha acercado a por más cuerda a La Ferretería. Yaiza (22), una de sus responsables, agradece el comentario mientras arregla una de las “gárgolas” –el sistema de desagüe que han ideado para achicar el agua de la lluvia de las lonas–, destrozada por las tormentas de la noche anterior. “Yo me acosté a las tres, y un compa estaba ya a las cinco aquí currando. Ha sido una noche horrible, pero aquí estamos”, comenta.
A apenas unos metros de La Ferretería, una de las más grandes de la acampada, tiene su tienda Sara (21). “Esa carpa tiene casi más metros que mi casa”, ironiza. No le faltan muchos.
Sara vive en Fuenlabrada con su madre –“y a veces con mi hermana, que tiene custodia compartida”– en un piso de 30 metros cuadrados por el que pagan 800 euros: “En FUEN-LA-BRA-DA”, remarca indignada. “Antes vivíamos en otro piso, también en Fuenla. Era un piso con tres habitaciones, dos baños, garaje y piscina, por el que pagábamos 700 euros. Después de siete años, la casera nos echó y nos dio dos meses para encontrar otra cosa. Así que: a buscarnos la vida”, narra Sara. “Yo trabajo de contable en una empresa de gestión y cobro el salario mínimo interprofesional. Mi madre tampoco cobra mucho. Con eso no me da para pagarme una habitación en Madrid, ni nada”, lamenta mientras apura el café antes de irse a su oficina en el barrio de Argüelles, en la que entra cada día a las 9:30h de la mañana.
A esa hora, comienza el desfile de visitantes en Sol. A los habituales –y en este contexto algo surrealistas– free tours turísticos por el kilómetro cero, los últimos días se le han sumado una legión de reporteros, cámaras, fotógrafos e influencers documentando cada uno de los movimientos de este organismo con vida propia que ya es la acampada. La caza del testimonio de alguno de los acampados se vuelve una misión más complicada a cada día que pasa. “Son unos pesaos”, sentencia Elena (24), directora creativa en una productora audiovisual, a la que su profesión le permite teletrabajar desde una silla de camping instalada en el “ágora” que forman las cuatro tiendas en las que su grupo de amigas se van rotando para pasar cada noche.

También huyendo de las cámaras, Michael (29) empieza el día con un café de La Mallorquina: “El baño es el mejor de la plaza”, afirma convencido. “¿Que por qué estoy aquí? Porque estoy en proceso de desahucio. Me pusieron fecha, pero, por mi situación de vulnerabilidad, se aplazó. En cualquier momento me voy a la calle”, comenta. “Soy huérfano. Mi madre murió por violencia de género y mi padre de cáncer. Se hizo una dación en pago del piso, porque yo no me podía hacer cargo de la hipoteca, y se puso un alquiler social. El banco lo vendió a un fondo buitre, luego pasó a un particular, y desde entonces están intentando echarme”, explica mientras denuncia la presión que varias empresas de desokupación han ejercido sobre él para tratar de amedrentarle: “Llevan meses haciéndome la vida imposible, pero no van a conseguir que me vaya. Literalmente, no tengo dónde ir”.
Frente a la comisión de cuidados, ubicada en la Plaza de Gaza, Munir (25) espera su turno para hacerse con uno de los ibuprofenos que Marta y Elvira, estudiantes de psicología de tercer curso, administran a los acampados que lo necesitan. “¿Le duele mucho a tu amiga?”, pregunta Marta. “Sí”, responde Munir. “Pues uno de 600 entonces”.
Mientras regresa a su tienda para hacer llegar la pastilla a su compañera, Munir comenta cómo se plantea los próximos días en la acampada. “Cuando se aclare todo el tema de la huelga, mis amigas y yo levantaremos el campamento. Toca volver al barrio y continuar allí el trabajo con los vecinos y vecinas: seguir movilizados en los nodos es el objetivo”, afirma. “Yo soy un ejemplo de para qué ha servido todo esto. Hasta el día del desahucio de Maricarmen nunca había participado en ninguna acción del Sindicato. A partir de ahí empecé a movilizarme y tengo ganas de seguir”.
Para Marina (30), ese también tiene que ser el objetivo. “Nos da igual lo que pase en noviembre con las elecciones. Gobierne quien gobierne todo esto ha prendido una llama que no va a apagarse”, afirma apoyando su alegato en el eslogan que se puede leer en la lona publicitaria instalada estos días en la Puerta del Sol: “O ganamos, o ganamos, o ganamos”. “Esto ya es una victoria del pueblo y de toda una generación que no se va a conformar con menos de lo que estamos reclamando. Esto no ha hecho más que empezar”.
Fuente: Ctxt

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