
Por Rodrigo Amírola
Estudió filosofía. Apasionado por la política.
La verdadera novedad del 26S será su capacidad para dar pasos aún más importantes el día después de levantar la acampada.

En 1854, Marx escribió una serie de artículos en el New York Daily Tribune para explicar a sus lectores las singularidades de un país que, desde el extranjero, se comprendía con dificultad. Ese país era España. La revolución había adquirido allí apariencia de “condición permanente”. Alejada de la moda francesa, las revoluciones no comenzaban y terminaban en tres días, sino que duraban años y los esfuerzos de su pueblo eran más complejos y prolongados.
Sería absurdo buscar una teoría sobre la España contemporánea a partir de rebuscar en nuestro siglo XIX, pero puede ayudarnos a pensar la irrupción del nuevo movimiento por la vivienda, liderado por el Sindicato de Inquilinas, y la analogía casi automática con el 15M.
Los ecos son inevitables. El detonante del nuevo movimiento ha sido un desahucio. Esta vez, el de Maricarmen, una mujer de 87 años expulsada de la casa en la que había vivido prácticamente toda su vida. Tras la crisis financiera de 2008, los desahucios fueron una de las realidades que más sacudieron la conciencia colectiva. La acampada en Sol nos hace revivir y visualizar de manera irremediable aquellos días de la primavera de 2011. Muchas personas jóvenes sin perspectivas de futuro vuelven a estar entre las protagonistas. Quince años es mucho tiempo, pero para muchas personas es suficientemente poco para que recordemos dónde estábamos. Ese juego de espejos condiciona hoy nuestra mirada.
Además, debido a su dimensión, su enorme apoyo popular, su carácter inesperado y su impugnación del conjunto del sistema, el 15M terminó convirtiéndose en una suerte de medida de todas las movilizaciones posteriores. Por ejemplo, se ha hablado también de un “15M de la derecha” para caracterizar diversas protestas de la oposición contra el Gobierno de coalición progresista.
No es una mera discusión semántica, ni una cuestión menor. Los seres humanos nos alimentamos de metáforas y pensamos a través de analogías para comprender una realidad demasiado compleja. Comparar lo desconocido con lo conocido nos permite orientarnos. Pero las analogías son particularmente útiles cuando nos permiten identificar las diferencias más que las continuidades.
Hoy vemos diferentes maneras de caer en esa trampa, que no nos permite calibrar correctamente la dimensión del acontecimiento. Desde una parte de la derecha, se ha señalado que el movimiento es, en esencia, una maniobra del gobierno de coalición y sus socios para revitalizar sus opciones electorales. Es indiferente que la protesta esté interpelando precisamente al Ejecutivo para que actúe. La conspiración como causa última de la historia reaparece por doquier en nuestros días. Abascal lo ha sintetizado calificando a las personas acampadas en Sol como las “milicias de Pedro Sánchez”.
Por otro lado, se identifica de manera inmediata el movimiento por la vivienda con el 15M, como una expresión de nostalgia, una crítica más o menos velada al Ejecutivo y al movimiento –“el 15 meme”– o, sencillamente, debido a la pereza intelectual que se satisface con explicar lo nuevo a partir de aquello que nos resulta evidente.
Sin embargo, más allá de las similitudes evidentes, estamos ante un movimiento de naturaleza muy diferente. La fuerza original del 15M residía en la amplitud y, en cierto sentido, en la indeterminación de sus demandas. En las plazas se discutía sobre los bancos y su rescate, pero también sobre los partidos, la corrupción y la ley electoral. Se hablaba de la necesidad de una democracia real y las plazas estaban poseídas por un cierto espíritu constituyente.
Aquella indeterminación permitió que personas de tradiciones políticas muy diferentes se reconociesen en él y que despertase una enorme simpatía entre quienes lo seguían a través de la televisión. Al mismo tiempo, hacía casi imposible traducir esa energía social en un programa concreto y aplicable. El 15M, como se dijo entonces, cambió el clima en España y sería decisivo para los cambios sociales y políticas que ocurrirían más adelante, pero en su origen fue fundamentalmente espontáneo. Las organizaciones posteriores que bebieron de él tuvieron que recorrer caminos que no se encontraban en las plazas desde el principio.
El nuevo movimiento por la vivienda ha recorrido la dirección contraria. Llega a la plaza después de articularse alrededor de la problemática central de la vivienda, organizando el conflicto y señalando la existencia de intereses contrapuestos. Ha interpelado de manera directa a los poderes públicos y les ha señalado el camino que deben transitar. En ocho días han hecho realidad aquello que no se ha podido hacer en ocho años. Y, además, han ampliado el horizonte de lo posible. No han discutido en Sol sobre cómo debería organizarse el conjunto de la sociedad española, pero han comenzado, con los dos decretos aprobados por el Gobierno de coalición progresista, a cambiar la Constitución material del país.
Según el teórico político Anton Jäger, vivimos en un tiempo marcado por la “hiperpolítica”. De acuerdo con su diagnóstico, tras décadas de despolitización y debilitamiento de las organizaciones de masas, a partir del 2010 la política ha regresado a todas partes hasta el punto de redefinir nuestras identidades y cambiar nuestra vida cotidiana. Pero, al mismo tiempo, esa intensidad política no ofrece una sedimentación organizativa sólida como ocurrió durante el siglo XX.
Desde esta perspectiva, la principal novedad del nuevo movimiento por la vivienda, que rompe con la lógica anterior, no es que hayan acampado en Sol, sino la centralidad de la institución. El Sindicato de Inquilinas no ha nacido con la acampada y sabe que su trabajo continuará después de ella. No hay confusión posible entre el movimiento y la acampada como sucedió durante el 15M. Sus miembros llevan años convirtiendo la experiencia individual de ser inquilino en una condición compartida alrededor de la cual organizar intereses colectivos. Ese sujeto colectivo, que denominan “la generación inquilina”, ha venido para quedarse.
Por esa razón, aunque no sabemos cuánto durará la acampada, ni exactamente cuáles serán sus frutos inmediatos, estamos seguros de que el Sindicato de Inquilinas permanecerá el día después, construyendo capacidad de negociación frente a los propietarios, y consolidando un poder popular frente al rentismo.
El nuevo movimiento puede parecer menos ambicioso que el 15M, pero mucho más explícito en su voluntad de poder. No pretende representar todos los malestares de la sociedad española. Hoy, en 2026, es una aspiración imposible que solo llevaría a la melancolía. Seguramente, el 15M amplió extraordinariamente el campo de lo posible y retrasó la llegada del auge reaccionario que empezaba a asolar Occidente. Pero el movimiento por la vivienda está modificando la correlación de fuerzas en un terreno de disputa crucial.
Todo ello sucede en una coyuntura especialmente delicada, en la que, a pesar de los avances sociales del Gobierno de coalición progresista y el razonable desempeño de la economía, la percepción de la ciudadanía sigue siendo de crisis y de desgaste. La falta de una mayoría parlamentaria clara para desarrollar una acción positiva tampoco ha ayudado. Además, la izquierda situada a la izquierda del PSOE, decisiva para poder extender el ciclo progresista en el que estamos inmersos, continúa sin resolver sus problemas de fragmentación y liderazgo.
Quizá la vieja observación de Marx nos sirva para ganar perspectiva a la hora de analizar los procesos políticos. Estos ocho días pueden ser decisivos, pero las consecuencias del nuevo movimiento por la vivienda prometen ser más duraderas en el tiempo. En la era de la “hiperpolítica”, en la que la política puede colonizarlo todo y acto seguido desaparecer como si nada, la verdadera novedad del 26S será su capacidad para dar pasos aún más importantes el día después de levantar la acampada.
Fuente: Ctxt

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