
Entrevista de Sebastiaan Faber
Profesor de Estudios Hispánicos en Oberlin College, Ohio.

Palantir, la empresa informática californiana del alemán Peter Thiel, tiene algo en común con los microplásticos: está en todo.
Es como un factor tóxico que, nos dicen, constituye el precio a pagar por las comodidades de nuestra vida contemporánea –y para protegernos contra peligros mayores–.
De hecho, para comprender el origen de su poder actual, hay que remontarse a los ataques del 11 de septiembre de 2001. “El miedo al terrorismo de la época generó una demanda de mayor vigilancia y control por parte del Estado”, escribe la periodista Elena de Sus en su libro Peter Thiel y Palantir. La vanguardia del tecnofascismo (Escritos Contextatarios). “Peter Thiel vio ahí una oportunidad de negocio”.

Primero, el propio gobierno de Estados Unidos debilitó los derechos constitucionales. Después, las cosas fueron rápidas:
El primer inversor externo de Palantir fue In-Q-tel, el fondo de la CIA, que aportó dos millones de dólares. La agencia de inteligencia estadounidense no solo prestó apoyo económico a Palantir en sus inicios, sino que les ayudó a desarrollar su producto más importante, Gotham, y se convirtió en su primer cliente. Durante sus primeros años, Palantir trabajó exclusivamente con agencias de inteligencia y fuerzas de seguridad de Estados Unidos. Más adelante, desarrolló Metrópolis (hoy llamado Foundry), la versión para empresas de Gotham. El banco JP Morgan y la agencia de noticias Thomson Reuters estuvieron entre sus primeros clientes comerciales.
Hoy, la compañía de Thiel, especializada en la gestión de datos masivos, no solo tiene contratos millonarios con el gobierno de Estados Unidos –y su departamento de Defensa–, sino que cuenta entre sus clientes a muchos otros gobiernos, incluidos el de Israel y casi todos los de la Unión Europea.
En los últimos años, Thiel y Palantir se han convertido en dos de los iconos más visibles de un futuro distópico que muchos sentimos demasiado próximo. Una cosa es disfrutar de la serie Black Mirror; otra cosa, vivir en ella. Esta imagen salió reforzada cuando Alex Karp, consejero delegado de Palantir e íntimo amigo de Thiel, coescribió un libro, La República tecnológica, que conectaba la empresa con una filosofía política y un proyecto de futuro tan concretos como radicales. Más que el propio libro, lo que escandalizó al mundo fue un resumen de sus tesis principales en un hilo de 22 posts en X, la red social de Elon Musk. (En el libro de De Sus, los interpreta, uno por uno, nadie menos que Yanis Varoufakis.)
El proyecto de Karp y su coautor se basa en un diagnóstico del presente que critica, entre otras cosas, la “tiranía de las aplicaciones” –el tremendo poder de Silicon Valley, mantienen, debería usarse para fines más ambiciosos– y la “decadencia” de la civilización occidental y de Estados Unidos en particular. Esta, dicen, solo se puede contrarrestar con el “poder duro”, incluidos el servicio militar obligatorio, armas construidas y dirigidas por la IA y una reorganización del sector público según principios empresariales. Al mismo tiempo, llaman a una revalorización de la religión y un reconocimiento de que algunas culturas son claramente superiores a otras.
El hilo confirmaba los peores estereotipos de los líderes de Silicon Valley como personas psicológicamente dañadas, sociópatas, narcisistas o, simplemente, pobres hombres que nunca lograron superar la adolescencia, pero que, por alguna razón, tienen el poder de transformar nuestro mundo –o, más probablemente, destruirlo–.
En su libro, Elena de Sus (Huesca, 1996) aborda este panorama perturbador con una claridad y precisión admirables. No solo nos detalla la historia de Palantir, dándonos una idea concreta de su ingente poder; también nos resume la biografía de Thiel –nacido en Alemania en 1967, criado en una cultura blanca supremacista y segregacionista en Namibia, antes de mudarse a California y comenzar su carrera en Stanford– y la evolución de su ideario. Un ideario que resulta, al mismo tiempo, volátil, contradictorio y altamente preocupante.
Su libro explica con mucha claridad que el pensamiento de Thiel resulta muy confuso. Que un hombre con tanto poder tenga la cabeza tan llena de ideas raras da mucho miedo.
Ya lo creo.
Usted sugiere que, posiblemente, estas contradicciones sean una táctica. Thiel –nos dice– admira a Leo Strauss, que defiende que los grandes pensadores oculten su verdadero mensaje “para que pase inadvertido a quienes podrían censurarlo”, al mismo tiempo que “llega con claridad a los iniciados”. ¿Usted tiene la sensación de haber traspasado esa capa disimuladora y descubierto lo que Thiel cree de verdad?
Lo cierto es que no estoy convencida de que exista esa profundidad. La sensación que tengo es que cuando alguien gana tanto dinero como Thiel y alcanza ese nivel de éxito, es mucho más fácil que la gente se tome en serio lo que dice y le atribuya una profundidad que posiblemente no tenga. Lo que sí que creo que he llegado a entender es el objetivo político de esta gente.
¿Cuál es?
Thiel tiene un pensamiento profundamente elitista. Además, tenemos motivos para suponer que también es profundamente racista. Siente desprecio hacia muchos grupos. Cree que por su ideal de progreso merece la pena destruir muchas cosas. No le importan las posibles preocupaciones de gente que él ve como inferior. Su ideología, en otras palabras, le permite asumir que, para avanzar hacia el futuro que él se imagina, merece la pena sacrificar a mucha gente.
Esa combinación de egoísmo y autocomplacencia intelectual no deja de ser propia de un adolescente.
Un poco, sí. (Risas.)
Lo digo porque siento la tentación de recurrir a la psicología para explicar a Thiel –y a Trump y J.D. Vance y Stephen Miller, toda la panda que manda hoy–. Parecen casos clínicos de manual. Pero no sé si sirve de algo constatarlo.
¿En qué sentido?
No sé si marcarlos como seres psicológicamente dañados o disfuncionales acaba por minimizar el peligro que representan.
Bueno, es que pueden ser todas las cosas a la vez, ¿no? Puede ser que el presidente de la primera potencia mundial también sea una persona que les compra zapatos gigantes a sus subordinados para reírse de ellos. Es verdad que existe ese componente ridículo que, si lo viéramos en una serie, digamos, nos daría mucha risa. Pero al mismo tiempo, esta gente representa una fuerza real que tiene consecuencias reales y muy impactantes en el mundo en el que vivimos. Hay que vivir un poco en esa paradoja. No digo que sea fácil, ¿eh? Son cosas difíciles de asumir por muchas razones, incluso por nuestro propio orgullo.
Después de leer el libro, me he quedado con una duda. ¿Las cosas no están tan mal como parecen? ¿O es que en realidad están mucho peor de lo que creemos? Lo pregunto porque usted nos recuerda que a empresas como Palantir les conviene, comercialmente, exagerar la potencia de sus productos. Al mismo tiempo, asusta la lista interminable de Estados que los usan.
Una paradoja similar la vemos hoy con la inteligencia artificial. Son las propias empresas las que, para intentar convencernos de la enorme potencia de sus productos, nos advierten de que pueden acabar con la humanidad. Con Palantir pasa algo así. Al final, tiene un producto que vende principalmente a los Estados –y, por razones geopolíticas, sobre todo a los Estados occidentales–. A Palantir le interesa decirles a sus clientes que su producto les permite controlar a su población absolutamente, enterarse de cualquier mínimo movimiento y protegerse contra cualquier ataque terrorista u otros crímenes. Entonces Palantir tiene un incentivo para exagerar.
Por otro lado, a los altos mandos militares les puede resultar muy conveniente tener una máquina que tome las decisiones, pero no está claro que el nivel de precisión real sea el que nos venden empresas como Palantir. El genocidio perpetrado por Israel en Gaza se suele poner como ejemplo de matanza asistida por big data e IA, pero ¿ha seguido realmente algún criterio? Se ha destruido todo lo que se ha pillado. ¿Dónde está esa supuesta precisión?
Hay mucho que queda escondido.
Claro, ese es uno de los grandes problemas que tenemos como periodistas y ciudadanos. Al final, todas estas grandes empresas estadounidenses operan con mucha opacidad. El otro día me hablaban de los centros de datos que grandes empresas estadounidenses están montando por aquí, en Aragón. Dan muy poca información. Los empleados tienen contratos de confidencialidad. Es realmente muy difícil saber qué está haciendo toda esta gente del ámbito tecnológico de Silicon Valley y alrededores.
Aquí llegamos al tema de la rendición de cuentas. Un Estado democrático está obligado a rendir cuentas a su ciudadanía. Una empresa, no.
Exacto. Pero hoy vivimos una situación en que las administraciones de los Estados democráticos están delegando muchas de sus tareas a empresas como Palantir, que no solo se niega a asumir los criterios de transparencia democrática, sino que ha manifestado un compromiso ideológico que parece rechazar la democracia. Y, sin embargo, los que usan sus productos incluyen el sistema sanitario en Reino Unido, la policía de los Países Bajos o el Ministerio de Defensa de España. La opacidad que rodea a Palantir hace que las y los ciudadanos no podamos saber qué hacen realmente estos organismos estatales.
Me cuesta saber qué analogía biológica describe mejor la relación entre Palantir y esos Estados. ¿Es parasitaria? ¿O es más bien que Palantir pretende fagocitar a los Estados y acabar por sustituirlos?
Por ahora, lo que parece buscar Palantir, ante todo, es un monopolio en lo suyo. Una dependencia infraestructural, un poco como muchos de nosotros y muchas administraciones dependemos de Microsoft o Google. Lo que no deja de ser peligroso, porque estamos en un escenario geopolítico muy complicado.
Desde una lógica puramente empresarial, un monopolio así le garantizaría a Palantir una fuente de ingresos constante. Como escribe Varoufakis en su libro sobre la idea de una fuerza armada conscripta cliente de Palantir: “Todo pobre diablo debe ser reclutado en el ejército. Olvídate de pagar un sueldo a los soldados. Todos los pagos deben dirigirse a Palantir, donde nuestra propia gente prestará su ‘servicio nacional’, dejando que mueran los que no son accionistas”. En lugar de ciudadanos que voten, lo que busca Palantir es a clientes que paguen.
Bueno, claro, es que aquí se mezcla lo que hace la empresa en sí misma con la ideología y las aspiraciones que manifiesta. No solo busca maximizar sus ganancias; lo que busca es un control autoritario que es directamente contrario a la democracia. Una cosa es proporcionar un software que a un Estado le permite distinguir patrones en grandes cantidades de datos. Otra cosa es predecir en qué barrio va a haber criminales.
En ese sentido, no sé qué sería peor: que los programas de Palantir cometan errores o que funcionen a la perfección.
En cierto sentido, no importa. Acierten o no, es igual de peligroso. Sea como sea, invita a que las fuerzas de seguridad del Estado actúen de una forma que viola derechos. Funcionen o no, debilitan el control democrático del Estado y aumentan el control autoritario de la sociedad.
Me llama la atención cuánto hay en todo esto de imaginación y fantasía. No solo porque tenemos que recurrir a relatos de ciencia ficción –o a Kafka– para imaginarnos un futuro distópico al que ya parecemos estar entrando, sino porque Thiel y los suyos parecen regirse por fantasías adolescentes.
(Risas.) Exactamente. Como explico en el libro, Thiel llama a sus programas y empresas con nombres que proceden de los libros de Tolkien que leía de pequeño. Sin ir más lejos, Palantir proviene de El Señor de los Anillos.
No solo es un mundo adolescente, sino también muy masculino.
Sí. Esto también lo vemos en el ámbito de la inteligencia artificial, donde las pocas mujeres que han alcanzado posiciones altas han acabado siendo muy críticas. No es casual que Thiel y los suyos mantengan que el mundo va mal porque la civilización occidental se ha feminizado.
Volviendo al tema psicológico, quizá el problema no sea que esta gente esté rayada, sino que gente tan rayada tenga tanto poder.
Exacto.
¿Pero qué hacemos para pararla?
Es la pregunta del millón. No lo sé.
Lo que complica el tema es que ellos mismos recurren al concepto de lo imparable para justificarse. Se desentienden de su responsabilidad porque, dicen, esta es la dirección en que va el mundo y, si no nos subimos al tren, lo perdemos. Como dice uno de esos 22 tuits: “Nuestros adversarios no se detendrán a enzarzarse en debates teatrales sobre las ventajas de desarrollar tecnologías con aplicaciones críticas para la seguridad militar y nacional. Seguirán adelante”.
Es un discurso que han utilizado siempre desde Silicon Valley para hacer lo que les da la gana. Se decía con respecto a la desregulación que supuso Uber, por ejemplo, cuando realmente sí que habría habido muchas maneras de imponer una mayor regulación y se hubieran podido implantar las mejoras tecnológicas sin necesidad de un modelo empresarial basado en la explotación. Es el mismo discurso que tiene hoy Palantir y que tienen otros con la inteligencia artificial. En el caso de Palantir, el mayor argumento que esgrime es el fantasma de la competencia china. Si nosotros no hacemos esto, dicen, lo harán los chinos y nos ganarán. Entonces el mundo será peor, porque nosotros somos los buenos y ellos son los malos. No deja de ser un discurso empresarial oportunista, adaptado al ámbito en el que están, que es el de las administraciones públicas.
¿Y qué nos demuestra que ellos, en efecto, son los buenos? ¿En qué se basa esa idea?
Pues en que la civilización occidental es la que ha traído un mayor progreso al mundo. (Risas.)
Pero si lo que acaban proponiendo es un sistema muy similar al chino e igual de autoritario.
Claro. Esa es la paradoja. En la práctica, la propuesta es la misma.
Al final del tercer capítulo, escribe usted que el enfoque de Leo Strauss “nos permite entender las aparentes contradicciones, el presunto misterio del pensamiento de Thiel. No es difícil deducir, por ejemplo, que cuando señala como enemigo al ‘Estado’, Thiel se refiere a otra cosa. En realidad, nunca ha sido muy sutil”. ¿A qué otra cosa se refiere?
A la democracia. Lo que a Thiel le molesta del Estado claramente no es el Estado como tal. De hecho, lo está reforzando mucho con sus empresas. Lo que le molesta, en el fondo, es cualquier tipo de control democrático del Estado. Por ejemplo, que un pueblo pueda rechazar la construcción de un centro de datos. O que las personas negras formen parte de la universidad y puedan meter baza en los contenidos. Volviendo a tu primera pregunta, para mí, allí la contradicción se resuelve. Por más que Thiel presuma de un discurso libertario, está creando lo contrario.
Fuente: Ctxt

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