
Por Eduardo García
Analista internacional. Politólogo y máster en Relaciones Internacionales. Periodista en Descifrando la Guerra.
La administración de Donald Trump ha dado un nuevo paso en su particular campaña de presión y asfixia contra Cuba, de forma que todo parece indicar que Estados Unidos se estaría preparando para atacar la isla.
El Departamento de Estado, dirigido por Marco Rubio, ha publicado un informe de un centenar de páginas con el título Cuba, capital del comunismo del siglo XXI. El documento constituye una declaración política que ensalza y clarifica el papel que Washington atribuye a la isla dentro del escenario internacional.

El informe sostiene que Cuba no solo representa un adversario geopolítico, estrictamente hablando, sino una suerte de núcleo desde el que se habría articulado una red global de influencia ideológica, inteligencia y subversión contra Estados Unidos y Occidente.
Según esta narrativa, puesta sobre la mesa como parte de la guerra psicológica norteamericana contra La Habana, la Revolución Cubana habría evolucionado desde un proyecto nacional hacia una estructura internacional capaz de inspirar movimientos políticos, organizaciones sociales e incluso gobiernos.
La publicación llega después de meses de endurecimiento de las sanciones económicas, del incremento de la presión diplomática y de una retórica cada vez más agresiva por parte de Washington hacia La Habana.
El bloqueo petrolero está desgastando muy notablemente la capacidad de suministro energético en la isla y, en este contexto, el documento parece perseguir un doble objetivo: justificar una política todavía más dura contra Cuba y construir un nuevo marco ideológico para combatir lo que la administración Trump denomina «terrorismo de extrema izquierda», tanto dentro como fuera de Estados Unidos.
Cuba, ¿capital mundial del comunismo?
El punto de partida de este estratégico informe consiste en presentar a Cuba como el principal centro de irradiación del “comunismo” contemporáneo. Según el relato del Departamento de Estado, la isla habría dedicado las últimas siete décadas no solo a defender su propio modelo político, sino a exportar una agenda revolucionaria destinada a debilitar la influencia estadounidense en todo el planeta.
Desde esa perspectiva, La Habana dejaría de ser un pequeño Estado sin capacidad militar para agredir a otro Estado, y sometido a un embargo económico, para convertirse en una potencia ideológica. Es, en última instancia, una operación de justificación anticipada.
El documento atribuye a los servicios de inteligencia cubanos una capacidad extraordinaria para infiltrar organizaciones, reclutar simpatizantes y construir redes internacionales de influencia política. Incluso sostiene que Cuba habría conseguido desarrollar una infraestructura destinada a enfrentar a la propia sociedad estadounidense consigo misma.
Esta interpretación resulta llamativa por el contraste entre la dimensión material de Cuba y el papel estratégico que le asigna Washington. La isla atraviesa una profunda crisis económica, sufre graves problemas energéticos y dispone de recursos muy limitados en comparación con cualquier gran potencia. Sin embargo, el informe le atribuye una capacidad de proyección internacional comparable a la de los principales actores globales.
Uno de los argumentos centrales consiste en vincular históricamente a Cuba con los movimientos anticoloniales y de liberación nacional surgidos durante la segunda mitad del siglo XX. El documento interpreta la Conferencia Tricontinental celebrada en La Habana en 1966 como el nacimiento de una suerte de nueva izquierda internacional que habría impulsado luchas revolucionarias en América Latina, África y Asia.
A partir de ahí, la narrativa de Estados Unidos para atacar Cuba establece una continuidad entre aquellas experiencias históricas y movimientos contemporáneos como Black Lives Matter o diversas organizaciones antirracistas o pro-Palestina. Según el informe, la influencia ideológica cubana seguiría presente en buena parte de las movilizaciones sociales que cuestionan determinados aspectos del sistema político estadounidense.
En esa lógica aparecen mencionadas decenas de organizaciones sociales estadounidenses, asociaciones de solidaridad internacional, colectivos jurídicos e incluso dirigentes políticos como Zohran Mamdani, alcalde socialista de Nueva York.
La amenaza dejaría así de ser exclusivamente exterior para adquirir una dimensión doméstica que recuerda a algunos de los episodios más intensos del anticomunismo estadounidense durante la Guerra Fría y del macartismo.
La Habana ha rechazado frontalmente estas acusaciones. Desde el Gobierno cubano sostienen que el informe constituye un ejercicio de propaganda destinado a fabricar un enemigo político. Para las autoridades de la isla, y específicamente para el presidente Díaz Canel, cabeza del Partido Comunista, Washington intenta presentar como terrorismo cualquier forma de solidaridad internacional o cualquier movimiento crítico con la política exterior estadounidense.

Ir contra Cuba es ir contra China…
Más allá de la dimensión ideológica, el informe dedica buena parte de su contenido a justificar la importancia estratégica de Cuba dentro de la actual competencia entre grandes potencias.
El documento sitúa la relación entre La Habana y Moscú como uno de los principales desafíos para la seguridad nacional estadounidense. Según el Departamento de Estado, Rusia habría reconstruido progresivamente su cooperación con Cuba mediante asistencia energética, colaboración tecnológica y acuerdos de carácter militar. A cambio, obtendría acceso privilegiado a una posición geográfica situada a escasos kilómetros del territorio continental estadounidense.

Washington sostiene además que la isla albergaría una importante infraestructura de inteligencia electrónica utilizada por Rusia para recopilar información sobre comunicaciones civiles y militares estadounidenses.
Aunque muchas de estas afirmaciones no han sido verificadas públicamente, el informe las presenta como prueba de que Cuba desempeña un papel esencial dentro de la estrategia global de Moscú.
El segundo gran actor señalado es China. Para la administración Trump, Pekín habría incrementado de forma constante su presencia económica y tecnológica en Cuba mediante inversiones, financiación y cooperación en infraestructuras. Esa relación sería interpretada como parte de una estrategia más amplia destinada a consolidar la influencia china en América Latina.
Desde la narrativa estadounidense, la preocupación no reside únicamente en la economía. El informe afirma que China utilizaría parte de esa cooperación para ampliar sus capacidades de inteligencia y vigilancia en el Caribe, aprovechando la cercanía geográfica de Cuba respecto a numerosas instalaciones militares estadounidenses.
La publicación también dedica un amplio espacio a las relaciones entre Cuba e Irán. Según Washington, ambos países compartirían intereses estratégicos y colaborarían con otros actores considerados hostiles por Estados Unidos, entre ellos Venezuela y diferentes organizaciones del Eje de la Resistencia. Esa red de alianzas es presentada como una arquitectura internacional destinada a erosionar la influencia occidental.
El informe cumple una función política evidente. No solo redefine el papel internacional de Cuba, sino que proporciona un marco narrativo para justificar futuras medidas de presión económica, diplomática o incluso militar.
La isla deja de aparecer como un actor secundario para convertirse en uno de los principales frentes de la competencia estratégica entre Estados Unidos y sus rivales internacionales. Al mismo tiempo, la construcción de esta narrativa permite extender la categoría de “amenaza” mucho más allá del Gobierno cubano y colocarla sobre actores no estatales.
Estados Unidos se prepara para Atacar Cuba
Al ampliar el concepto de “amenaza” e incorporar dentro de él a movimientos sociales, organizaciones civiles y actores políticos de distintos países, Washington construye un marco mucho más amplio para legitimar futuras políticas de seguridad y nuevas formas de confrontación. A su vez, señala a La Habana como cuna de aquello que la propia Casa Blanca define como amenazas existenciales.
Desde Cuba, el Gobierno interpreta este proceso como una nueva fase de una estrategia histórica de presión destinada a justificar el aislamiento internacional de la isla y reforzar las políticas de cambio de régimen.
“El neomacartismo trasnacional que se reinstaura en Estados Unidos, desde una corriente claramente fascista, recurre a la mentira para generar pretextos sobre los cuales sostener agresiones contra Cuba y coartar libertades civiles en Estados Unidos”, ha declarado el jefe de Estado cubano.
En definitiva, el documento contribuye a construir el relato que puede servir de fundamento para la siguiente fase de la política estadounidense de agresión contra Cuba y, por extensión, hacia segmentos de la izquierda estadounidense, europea y latinoamericana.
Fuente: Descifrando la Guerra

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