Fallece Joaquín Díaz García, el hombre que nunca escatimó su tiempo

Pascual Vera
Pascual Vera

Por Pascual Vera

Universidad de Murcia.

Allí donde surgía una reivindicación que consideraba legítima, aparecía dispuesto a arrimar el hombro, repartir octavillas, recoger firmas o permanecer horas en la calle.

Joaquín Díaz García.  Israel Sánchez.
Joaquín Díaz García. Israel Sánchez.

Se nos ha ido Joaquín Díaz García y me resulta casi imposible sentarme a escribir sobre él sin que los recuerdos se agolpen y las palabras se resistan a salir. Se nos ha ido un hombre bueno, de esos que nunca preguntaban qué podían obtener a cambio de su ayuda, sino qué podían hacer por los demás. Una persona siempre dispuesta a batirse el cobre por cualquier causa justa que se cruzara en su camino, capaz de regalar a manos llenas lo más escaso que tenemos en esta sociedad de prisas, egoísmos y agobios: el tiempo. Y con él, su esfuerzo, su paciencia y una perseverancia que no entendía de renuncias.

Allí donde surgía una reivindicación que consideraba legítima, Joaquín aparecía dispuesto a arrimar el hombro, repartir octavillas, recoger firmas o permanecer horas en la calle tratando de convencer a quienes pasaban de que merecía la pena defender aquello por lo que luchaba. No buscaba protagonismo ni reconocimientos. Nunca lo hizo. Le bastaba con sentirse útil.

Lo conocí durante sus últimos años, cuando se había convertido en uno de los más entusiastas defensores de la continuidad del cine Rex, aquella sala que durante más de un siglo formó parte de la memoria sentimental de Murcia. Desde la atalaya de su silla de ruedas, reclamaba con pasión que la ciudad no perdiera uno de sus espacios culturales más queridos, situado en pleno centro y con unas condiciones de accesibilidad difíciles de encontrar en otros cines.

Fue uno de los puntales de la Plataforma Cine Rex Vivo desde su creación. Durante las diversas campañas de recogida de firmas permaneció a pie de calle, jornada tras jornada, junto a otros compañeros igualmente comprometidos, defendiendo la supervivencia de aquella sala que había acompañado a generaciones de murcianos. Lo hacía con una paciencia admirable, con la misma naturalidad con la que otros dedicaban las tardes a pasear o sentarse en una terraza.

Su silla de ruedas acabó convirtiéndose en una especie de oficina ambulante

En ella transportaba chapas, carteles, fotografías y cuantos materiales pudieran servir para divulgar las reivindicaciones de la plataforma. Los repartía entre sus compañeros o los vendía para alimentar una modesta caja de resistencia con la que sufragar folletos y otros gastos de la campaña en defensa del querido cine, que cumplirá 112 años a finales de este mes. Siempre aparecía con alguna iniciativa para mantener viva la movilización y, cuando los demás comenzábamos a flaquear, él continuaba con una tenacidad que parecía inagotable.

Pero detrás del activista había también un hombre de enorme curiosidad intelectual, enamorado de la cultura y, muy especialmente, de la historia. Tanto le apasionaba esta disciplina que decidió estudiarla en la universidad cuando ya había dejado atrás la juventud, cumpliendo uno de esos sueños que muchas personas terminan aplazando indefinidamente. Consiguió licenciarse, demostrando que las ganas de aprender no tenían edad.

En ocasiones, aquella silla cargada de materiales reivindicativos se transformaba en una pequeña biblioteca ambulante. Joaquín nos sorprendía a menudo sacando de su portaequipajes algún libro recién adquirido y enseguida comenzaba a hablar de su contenido con verdadero entusiasmo. Conservo especialmente una imagen suya que difícilmente se borrará de mi memoria. Lo veo saliendo de mi despacho en el viejo Rectorado de Convalecencia, con su silla convertida en un improvisado anaquel literario, repleto de libros que transportaba con el mismo cuidado con el que otros habrían llevado objetos de extraordinario valor. Aquella escena resumía su amor por el conocimiento y su capacidad para encontrar motivos de entusiasmo incluso en medio de las dificultades cotidianas.

Porque Joaquín conocía bien esas dificultades. Las había sufrido personalmente durante años, al enfrentarse a una ciudad que todavía conservaba demasiadas barreras para quienes necesitaban desplazarse en silla de ruedas. Sin embargo, lejos de resignarse, convirtió aquellas experiencias en una reivindicación permanente de los derechos de las personas con discapacidad.

Le indignaba especialmente encontrar obstáculos arquitectónicos en edificios y dependencias oficiales, precisamente aquellos lugares donde las administraciones públicas deberían haber dado ejemplo. Tampoco comprendía que hubieran tenido que transcurrir tantos años para eliminar del artículo 49 de la Constitución una terminología que consideraba ofensiva y anacrónica. Cuando hablaba de estas cuestiones, su habitual carácter afable dejaba paso a una indignación que nacía de la experiencia y de un profundo sentido de la justicia.

Esa preocupación lo llevó también a colegios e institutos, donde participó en charlas destinadas a concienciar a los jóvenes sobre la necesidad de construir una sociedad accesible para todos. Sabía que la eliminación de las barreras físicas debía ir acompañada de un cambio de mentalidad y que la educación era uno de los mejores caminos para conseguirlo.

Su defensa del cine Rex tenía mucho que ver con esa sensibilidad. Para Joaquín, la desaparición de aquella sala suponía también la pérdida de un espacio donde las personas con movilidad reducida podían disfrutar cómodamente de una película. Se quejaba de que muchas multisalas de los centros comerciales relegaran a los espectadores en silla de ruedas a las primeras filas, obligándolos a mantener durante toda la proyección una postura incómoda y perjudicial para las cervicales. Frente a esa situación, defendía soluciones como las adoptadas en la sala principal de la Filmoteca Regional, donde se habían reservado espacios en la parte posterior para facilitar una visión adecuada de la pantalla.

Tenía, además, una virtud que siempre me impresionó: su capacidad para conservar el buen ánimo. La adversidad no había conseguido arrebatarle la ilusión ni aquella disposición permanente a colaborar. Podía mostrarse firme, incluso vehemente, cuando defendía sus convicciones, pero detrás de esa energía había una persona cercana y extraordinariamente sensible a las necesidades ajenas.

Ahora que se ha ido, vuelvo inevitablemente a aquella imagen suya alejándose por los pasillos de Convalecencia, con los libros cuidadosamente acomodados sobre la silla y en el interior de los bolsillos de la misma. Entonces no podía imaginar que aquel hombre, al que había conocido por una reivindicación cultural, acabaría dejándome un recuerdo tan entrañable. Hoy daría cualquier cosa por volver a verlo aparecer por la puerta de mi despacho, dispuesto a enseñarme su última adquisición literaria o a contarme algún nuevo proyecto para el que, naturalmente, ya había decidido ofrecerse voluntario.

Me duele pensar que ya no volveremos a encontrarnos, que no habrá más conversaciones sobre libros, sobre el viejo Rex o sobre cualquiera de aquellas causas que encendían su entusiasmo. Me consuela, al menos, haber compartido con él una parte de su vida y haber conocido de cerca esa manera tan generosa de emplearla.

Joaquín nos enseñó que el valor de una existencia también podía medirse por las horas dedicadas a los demás. Ahora que tanto nos gustaría disponer de un poco más de tiempo para estar con él, comprendemos mejor cuánto valía todo el que nos regaló.

Descansa en paz, querido Joaquín. Te vamos a echar mucho de menos.

Fuente: La Opinión de Murcia

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