
Por Pedro Costa Morata
Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.
Protesto, enérgica y devotamente, por el uso inapropiado, abusivo, injusto, exótico y escandaloso del término buitre cuando nos referimos a los fondos de inversión especulativos, muy especialmente cuando se lanzan sobre la vivienda. Me indigno de que con tanta y tan peyorativa frecuencia se haga esa referencia a un ave maravillosa, oportunamente rapaz, hermosa y respetuosa, amiga y solidaria, que limpia nuestros campos de podrida naturaleza, de la que hace su principal sustento resultando así utilísima, social y hasta divina.

Tengamos en cuenta a esas civilizaciones, pasadas y presentes, que exponen sus muertos a la acción benéfica de aves carroñeras como los buitres, creyendo con razón que así se reintegra en el ciclo de la vida la carne muerta, haciéndose eterna por vía mortal y sucesión material. A esos fondos que vienen mostrando su capacidad de hacer daño y de perturbar la paz social lo suyo es llamarlos canalla, con preferencia, aunque también sería acertado calificarlos de mortales o, al menos, piratas, delictivos o antisociales… pero no buitre. Permítaseme, con esta protesta, arrogarme la representación de estas aves moralmente maltratadas ya que ellas mismas no pueden, desde su mundo de armonía, trasladarla a una sociedad enloquecida. Que mucho cuento con que la conciencia ecológica y la sensibilidad ambiental avanzan entre la gente, pero a la hora de la verdad ni siquiera cumplimos con atenciones elementales hacia la vida animal, nuestra prójima. Me gustaría no tener que repetirlo.
Y entrando ya en el meollo del asunto, aportaré, como primera nota en la disección del problema de la vivienda la mención del rentista casero actual: esa figura de remembranza castiza pero más emparentada con el usurero universal que con el pillastre celtíbero o el fiel heredero de una vivienda familiar que le sobra y cuyo alquiler le permite alzarse sobre la pobreza y guardar eterno buen recuerdo de sus antepasados; porque este casi nunca ha hecho daño, aunque su fama, recluida en un ambiente de discreción, no haya mejorado con el tiempo. No son esos, que han constituido una figura sin brillo ni aura, desde luego, los que han hecho temblar la paz social, sino estas sociedades y filiales bancarias, en auge impetuoso por la protección (activa o pasiva) del poder político, dedicadas a la más miserable actividad del negocio inmobiliario olfateando gangas u oportunidades felinas, para lanzarse sobre ellas como apetitosos objetos de especulación. Como buitres, sí, pero sin serlo y, por supuesto, violentando las leyes de la naturaleza.
(En el anecdotario canalla madrileño, observemos a la familia política del alcalde Martínez Almeida, poseedora de pisos innumerables lo que justifica de sobra la certera visión del edil popular sobre los peligrosos acampados en la Puerta del Sol, que preparan sin duda la ocupación del castillo de la Ayuso -ese que no hace más que provocar con sus sombríos recuerdos- como delata su posesión de cuchillos para el bocata y adoquines sujeta vientos, siendo no obstante incapaz de inventariar del todo el armamento disponible para el asalto, que incluye las tijeras recorta pancartas y los cortaúñas de aseo personal, igualmente letales.

O en el de Junts per Catalunya y su numerito de hacer fracasar los decretos de emergencia sobre la vivienda que, cuando menos, respondían al clamor popular, ya que hay que prestar atención a la presencia en esa tierra de toda una ristra de fondos de inversión israelíes que en este caso habrá que llamarlos genocidas, ni buitres ni canallas, porque asumen un grado más en maldad ya que alimentan la economía de un Estado genocida, además de racista, ilegítimo e ilegal, que se interesa muchísimo por España, ¡vaya por Yahvé!)
Desde la conmoción que vive el país entero, generada por un basta ya joven, indignado y conminatorio, se abre paso la consulta en referéndum para modificar la Constitución y volver a redactar su artículo 47, timorato, ambiguo y pelín cínico, para que exprese claramente la obligación y capacidad exclusivas del Estado en todo lo relativo al derecho de los españoles a “una vivienda digna y adecuada”, ampliando esto y apuntando sin posibilidad de confusión a la responsabilidad básica de la Administración central. O sea, trasladando la “vivienda” del punto 3 del artículo 148 (competencia en “ordenación del territorio, urbanismo y vivienda”) a una posición anterior al punto 24 del 149 (“obras públicas de interés general”), dada la evidente prelación de la vivienda sobre las carreteras (¿o no?).
Inevitablemente, estallará el debate sobre el por qué no hacer lo mismo con la sanidad, la educación y los servicios sociales, interrogantes muy extendidos dada la degradación de nuestra democracia y puesto que son bienes y derechos hacia los que no debiera caber la posibilidad de que los dirigentes autonómicos -y menos los que actúan de sátrapas o lacayos del mundo de los negocios- puedan imponer diferencias y desequilibrios entre ciudadanos por el mero hecho de la diferenciación político-territorial. Y animada sería, entonces, la polémica sobre en qué quedaría el Estado autonómico, joya de la corona de la sacrosanta Transición. Pero eso es en lo que hay que pensar, ya lo creo, y mirar ya, por favor, a Marinaleda, un pueblo donde la acción política municipal ha resuelto desde el minuto uno el problema de la vivienda.
Siendo realistas, a la hora de acometer de verdad tan serio e inaplazable problema, las primeras dificultades vendrían del PSOE, que sí, muy agobiado ahora con el fracaso de los decretos de emergencia tumbados por la derecha, la derechona y la más perversa de las burguesías catalanas de toda la vida, y esto en el caso de que vuelva a gobernar tras las próximas elecciones, adelantadas precisamente por el drama de la vivienda. Porque estos socialistas -más o menos incursos en la declinante socialdemocracia europea- no van a dejar de ser filo capitalistas, burguesitos y socialistas con seleccionados y oportunistas matices. Que la socialdemocracia europea en realidad se viene dedicando desde el final de la I Guerra Mundial -con notables (por inolvidables) intervenciones del SPD alemán contra los cambios profundos- a frenar los conflictos o dilatarlos, sin resolverlos. Una perspectiva de verdadero compromiso político, cívico e histórico, cuyos perfiles ya podremos ir viendo tras el 29 de noviembre. ¡Uf!
Y ya en otro orden de cosas, que no se nos pase la mirada a las actuaciones de la policía y en general las fuerzas llamadas del orden en los episodios recientes de las manifestaciones por la vivienda en toda España, reflexionando sobre el placer que indudablemente sienten, y se les nota, cuando sus agentes sacuden estopa a civiles generalmente poco o nada peligrosos y ni siquiera amenazantes.

Sus actuaciones violentas no siempre parecen responder a la orden de cargar, despejar la calle o contestar a un insulto, sino que demasiadas veces transmiten la sensación de que estos agentes se saben con libertad para hacer frente a lo que puedan interpretar como desorden, y si se extralimitan también parecen contar con que sus jefes, sus sindicatos y los medios de derechas que los justificarán y respaldarán. Casi siempre ha sido así, o sea qué.
De todas formas, y para que la reflexión se complete y redondee, hay que recordar que las fuerzas del orden constituyen una variante más o menos especial de las burocracias administrativas que -como las demás- tienden a funcionar por sí solas, es decir, sin la necesaria y precisa supeditación a una cadena jerárquica o de mando. Esto, que se sitúa en lo rutinario (y lo inevitable, por consolidado), debiera tenernos siempre en alerta si nos empeñamos en creer que vivimos en un país democrático, y ser persistentemente duros e intransigentes con la violencia gratuita, los abusos mamporreros y el desorden de uniforme, o sea, cuando la cosa no es para tanto.
Queda por añadir que las burocracias son de por sí conservadoras, y más cuando se trata de éstas, las de repartir leña, que suelen tener como habitual objeto de sus leñazos a gentes de izquierda, dejando que ultras y fachas escapen de rositas no pocas veces, cuando suelen ser ellos los causantes del desorden y la violencia. Y eso, tampoco.

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