
Por Mercedes Gallego
Periodista internacional. Corresponsal del Grupo Vocento en Nueva York desde hace 16 años.
Trump intenta blindar en los tribunales un Senado que las encuestas le niegan, empezando por Alaska, donde hay demasiados Dan Sullivan.

Faltan diez días para las elecciones legislativas del 3 de noviembre y pintan tan mal para el partido de Donald Trump que el presidente ya ha empezado a impugnarlas. Así, preventivamente, sin esperar siquiera a que abran los colegios electorales. Para qué perder el tiempo contando votos si uno ya sabe que no le van a gustar.
Ha empezado por Alaska, uno de los estados que decidirán el control del Senado, que es lo que de verdad se juega –los demócratas necesitan ganar 4 asientos más de los que tienen–. La Cámara Baja ya se da por perdida, y con ella la oposición se convertiría en una molesta piedra en el zapato, aunque sin capacidad para darle el zarpazo definitivo: podría abrirle un impeachment, pero no destituirlo; bloquearle los presupuestos, pero no aprobar los suyos. Básicamente, hacerle patalear, como hacía Nancy Pelosi mientras observaba divertida sus rabietas, con la experiencia de ser abuela. A estas alturas Trump se pasaría por el forro las investigaciones de la Cámara y gobernaría aún más por decreto. Como si no lo hiciera ya.
Según Ballotpedia, en su primer año de mandato ya había firmado más órdenes ejecutivas que Joe Biden en cuatro. Pero una cosa es gobernar sin el Congreso y otra verse obligado a gobernar contra él, que es lo que ocurriría si pierde el Senado.
Así que, de los creadores de las guerras preventivas, llegan las demandas preventivas. “Yo soy el que les ha dicho que lo hicieran”, presumió el viernes a pecho descubierto. Su Departamento de Justicia ha pedido a un juez federal que impida certificar “cualquier resultado que pueda verse afectado por la confusión de los votantes” si el senador republicano pierde por menos votos de los que saque su homónimo. Conmueve ver a quienes popularizaron las fake news y bautizaron a la prensa como “enemiga del pueblo” tan preocupados porque el votante esté bien informado.
El pretexto se lo ha servido un maestro jubilado de Petersburg, una pequeña isla del sudeste de Alaska, que tiene la desfachatez de llamarse Dan Sullivan, igual que el actual senador republicano, leal a Trump hasta el tuétano. Por su Sullivan, el presidente voló ocho horas el pasado día 13 hasta Wasilla, la ciudad que hizo alcaldesa a Sarah Palin, donde arengó a los suyos contra el “falso Dan Sullivan” que, según él, “pusieron los demócratas”. No parece haber bastado. Trump ganó Alaska en 2024 por 13,5 puntos, pero hoy el 58 % de sus habitantes tiene una opinión negativa de él, según Alaska Survey Research. Morning Consult calcula que su aprobación en ese estado de hielo ya se había vuelto negativa a finales del año pasado, antes incluso de que la guerra de Irán le diera mala fama en las gasolineras de todo el país.
Toca, por tanto, desacreditar el proceso. La demanda tacha de “frívola” la candidatura del maestro y sostiene que su único propósito es engañar a los votantes. Lo de que es un topo demócrata lo añade Trump de su cosecha, que para eso no necesita abogados. Las autoridades electorales del estado, republicanas, ya intentaron borrarlo de la papeleta en junio, pero los tribunales estatales, Supremo incluido, le dieron la razón apenas un día antes de que venciera el plazo. Así que se conformaron con lo que pudieron. Al maestro le quitaron la etiqueta de partido, pese a estar registrado como republicano. Al senador lo dejaron como “Sullivan, Dan S. (Registered Republican) Incumbent”, que en una papeleta viene a ser lo mismo que poner “el de verdad”.
Para colmo, el supuesto impostor quedó tercero en la primaria abierta, en la que pasan los cuatro más votados. Según el Alaska Beacon, sus votos vinieron sobre todo de distritos progresistas, no de republicanos despistados. Militó en el Partido de la Independencia de Alaska hasta que se disolvió, critica los aranceles de Trump y tiene la audacia de sostener que los votantes son perfectamente capaces de distinguir a su senador de un maestro retirado. Debe de ser el único en esta historia que confía en ellos.
Ahora le toca a los tribunales federales de Alaska, que tienen tres jueces en activo. Una nominada por Obama, Sharon Gleason, y dos por Trump –Aaron Peterson y Kyle Reardon–, a propuesta del senador Sullivan, que ya veía venir la importancia de tener amigos en los juzgados.
Dado el patrón previo, todo apunta a una cortina de humo para recrear el clima con el que intentó mantener en el poder en 2020, acusando de antemano a los demócratas de fraude y marrullerías varias. Lo más irónico es que el sistema que ahora denuncia podría jugar a su favor. Alaska vota por orden de preferencia: si nadie supera el 50 %, se elimina al último y sus papeletas pasan a la segunda opción de cada votante. Si esos votantes confundidos existen y marcaron a los dos Sullivan, sus votos acabarían exactamente donde Trump quiere. Solo que las encuestas no creen que el ganador vaya a ser ningún Sullivan, sino la demócrata Mary Peltola. A sus 53 años, esta indígena yupik que en 2022 se convirtió en la primera nativa de Alaska en el Congreso aspira a volver a Washington como senadora, a lomos de la marea azul. Y eso sí que fastidiaría a Trump.
El presidente tiene otras plazas que defender y su manera de echar una mano a los suyos tiene un estilo inconfundible. En Maine, la senadora Susan Collins suele acabar votando con su partido, pero se ha plantado una y otra vez contra los aranceles a Canadá, de los que vive buena parte de la economía del estado. Para echarle un cable, Trump retirará algunos de esos aranceles a partir del 30 de octubre: quitará los de ciertos productos agrícolas y, de paso, subirá los de otros, para que el balón de oxígeno no le haga perder fuerza.
En Carolina del Norte la derrota sería algo personal, porque la ayuda consistió en elegir él mismo al candidato. Las encuestas dan ya casi por perdido el escaño que ha dejado libre Thom Tillis, quien se retiró tras experimentar la furia de Trump por oponerse a su Big Beautiful Bill sobre presupuestos. Trump buscaba a alguien en Washington que no le llevara la contraria y le ha salido el tiro por la culata. Lo que antes era un escaño sólido para el Partido Republicano, está ahora a tiro del exgobernador demócrata Roy Cooper, quien en el último sondeo de Elon University le saca 13 puntos a Michael Whatley, sin que eso haya servido para que Trump tire la toalla. “Yo soy quien le metió en esto”, ha reconocido. Al menos esa autoría nadie se la discute.
Con su estelar historial de más de 4.000 demandas en las que él o sus empresas se han visto envueltos desde 1973, según un recuento de USA Today, todo indica que, si los resultados no le gustan, los enredará en los tribunales hasta que sean sus jueces quienes tengan la última palabra. No vaya a ser que los votantes se confundan y le den el Senado a la oposición.
Fuente: Ctxt

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